La adolescencia de Emma Bovary

Quisiera este recuerdo decirlo…
Pero de tal modo se ha borrado… como que nada queda —
porque lejos, en los primeros años de mi adolescencia yace.
“Lejos” de Kavafis.

En la literatura occidental existen pocos personajes (de los grandes, de los que nunca han caído en el sueño eterno) cuya infancia y adolescencia conozcamos a cabalidad. Sabemos, por ejemplo, que Aquiles fue entrenado y criado por el centauro Quirón. Apartado desde pequeño de cualquier tipo de sensibilidad, el de los pies ligeros vivió una infancia en la que el choque de las armas era el único sonido de amor que escuchaba. Por su parte, de Alonso Quijano poco sabemos salvo que fue un hidalgo venido a menos en cuyas horas muertas — todas — se dedicó a la lectura de libros de caballerías.

Sin embargo, ¿por qué preguntarnos por tales estados de la vida o de la psique humana? Más aún, ¿qué interés tiene para el lector la infancia o juventud de un personaje literario? ¿Acaso un autor, antes de formar su polilla, observa al gusano, a la larva que antes fue? Si el realismo —la estética realista— se preocupa por tratar de transmitir, en un texto, los detalles de la realidad, ¿no es acaso la infancia y la juventud de sus protagonistas un dato importante por conocer?

Detalles

James Wood, en Los mecanismos de la ficción, libro en el que estudia cómo se construye una novela (y en el que coloca la obra de Flaubert como uno de los pilares de este género) dedica un apartado a los detalles. Empieza ese capítulo con una cita de la novela El último encuentro de Sandor Marai que expone la importancia que tienen los detalles en la ficción:

Pero no se puede hacer de otra manera: sólo a través de los detalles podemos comprender lo esencial, así lo he experimentado yo, en los libros y en la vida. Es preciso conocer todos los detalles, porque nunca sabemos cuál puede ser importante, ni cuándo una palabra puede esclarecer un hecho.

Este fragmento interesa porque resalta lo que significa el realismo o la estética realista. No es exactamente ser fiel a la realidad, al mundo de lo denotativo, de las referencias palpables, sino transmitir detalles que otras corrientes han pasado por alto. La mímesis pasa de “imitar las más nobles acciones” a recrear los más ínfimos detalles. Novelas románticas como Cumbres Borrascosas o Nuestra Señora de París no son menos reales que Madame Bovary ya que las tres aluden a entidades y situaciones existentes (aunque hayan elementos fantasmagóricos como el caso de la novela de Emily Bronte). La diferencia está en los detalles, en cómo un novelista como Flaubert, en Madame Bovary, se preocupa por retratarnos hasta la forma en que Charles se vestía cada mañana.

Así parece que Flaubert pudo haber pensado. ¿Por qué, si no, empieza su novela relatando la infancia de Charles Bovary? ¿Por qué necesitamos saber lo bruto y holgazán que era el futuro Doctor en los estudios primarios? Ah, dirá el lector — el crítico o el mero detective de esta pista sin revelación final que es la literatura — si leemos el mundo, o la literatura, de manera científica, debemos entonces descubrir las causas, los orígenes, de los acontecimientos que han ocurrido. Importa, para la construcción del personaje, conocer sus orígenes, no por cuestiones de linaje o para legitimarse como burgués, sino para formarse como un propio ser imaginario. Madame Bovary no nace adulta y con gusto por las novelas románticas; todo ello tiene una causa que Flaubert narra con detalle. Sabemos que, de joven, estuvo en un convento. ¿Llegaría a monja? El camino ascético le estaba listo pero en el trayecto se vio con un desvío hacia otro tipo de espiritualidad: la literatura.

Ser niña en el siglo XIX

Ser mujer, hasta la liberación femenina, implicaba, quizá, una única y fundamental labor: ser esposa. Con esto, venían no sólo las responsabilidades del hogar sino también la maternidad. Es fácil, entonces, señalar que una dama del siglo XIX, a pesar de que tenía mayor acceso a la educación y a los placeres mundanos, debía ser esposa de alguien. Ese título le da el carácter de objeto, de pertenecer, de ser poseída por otro (el hombre). Ese carácter privativo la hace parte de la sociedad. Una mujer soltera, de manera contradictoria, se vuelve objeto público a la vez que la sociedad la ve con malos ojos. Imaginariamente, cualquiera puede poseerla.

Para llegar a ser esposa, uno de los pasos evidentes pero menos pensados es el de la formación de la mujer en su infancia. Antes de ser mujer, se es niña, se es hija de alguien (otro hombre, otra vez se pertenece a). El comportamiento durante la infancia parece determinar la conducta que tendrá la persona en su adultez. Charles Bovary mantiene su estado de sandez y simpleza. ¿Pero qué ocurre con Emma?

Hay que preguntarse, primero, ¿qué hace una niña del siglo XIX? Tenemos obras literarias de esa época, como Oliver Twist de Charles Dickens o Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, que retratan personajes niños o jóvenes. El primero se enfoca en un varón, lo cual poco importa para este ensayo salvo, quizá, para señalar los miserables padecimientos que vive este joven en una sociedad que, todavía, no ha reconocido los derechos del niño. La novela de Carroll, por su parte, no nos interesa debido a que el elemento fantástico ocupa gran parte de la obra, y el hecho de que Alicia sea una niña no se profundiza.

En el caso de Madame Bovary, la joven Emma vivió parte de su infancia y adolescencia en un internado. En el capítulo VI de la primera parte se relata cómo fue su vida durante su estancia con las monjas. Un punto clave es que “lejos de aburrirse en el convento los primeros tiempos, se encontró a gusto en compañía de las monjas” (Flaubert, 2003, p. 120). El aburrimiento, tema propio del siglo XIX, lleva a Emma a buscar distracciones — nuevos motivos de vida — en la literatura. Hay, en todo este asunto del aburrimiento, un problema en la relación del hombre con el tiempo. La vida urbana, la conciencia de la temporalidad no basada en el ritmo del campo, generan que el hombre se encuentre ante un tiempo muerto. Cuántos no soñamos con no trabajar, con llevar una vida de placer en el que hagamos lo que deseamos. Cuántos no quisiéramos, como Emma o Alonso Quijano, tener toda una vida dedicada al sólo placer de la lectura. La mal llamada locura de estos personajes no se produce por el hecho de leer, o por querer encontrar en el mundo la correspondencia con lo que se ha leído, sino porque les sobra el tiempo, una extensa hoja en blanco, que deben (re)llenar. La voluntad se refleja en no querer dejar vacíos temporales en sus vidas.

La infancia, espacio sublime para la libertad del tiempo, es también un momento de formación del carácter. Si relacionamos a Charles Bovary con el niño que fue; y hacemos lo mismo con Emma, encontramos que son verosímiles las acciones que llevan a cabo en su etapa adulta. La novela tiene un cierto rasgo determinista porque pareciese que no hay forma de escapar del sello psicológico de la infancia. Las señales de identidad forjadas en la infancia perduran. Charles sigue, a pesar de que por un momento la suerte le juega a favor, siendo un ser mediocre, aburrido, tonto. Emma, quien por un momento cree que ha logrado entrar a una novela romántica, encuentra que su vida sigue siendo la de la niña encerrada en un convento. Porque, ¿en qué se diferencia la vida entregada a Charles que la vida entregada a Jesús? La pasión por ambos es imaginaria. Lo carnal, lo físico, sólo lo encuentra fuera de las cuatro paredes del convento/hogar al que se había entregado.

¿Qué hubiese ocurrido, entonces, si Emma no hubiera regresado a su hogar y terminara, para siempre, en el convento? ¿Le hubiera sido infiel Emma al Dios cristiano? ¿Cometería adulterio con el dios de otra religión? ¿Saldría a escondidas a tener encuentros místicos con Deva? ¿Le daría Apolo clases privadas sobre música?

De manera profética, la superiora del convento, al Emma partir, piensa que la joven se había vuelto “poca respetuosa con la comunidad” (Flaubert, 2003, p. 124). En un primer momento, Emma pierde el respeto por el oficio religioso. Luego, en su adultez, será contra los convencionalismos burgueses que se rebele.

La nostalgia de Emma parece venir de ese recuerdo perdido de la adolescencia. Al salir del convento creyó poder encontrar la historia romántica que la literatura le había prometido. Si no estaba hecha para vivir con Dios, lo estaba, aparentemente, para pasar la eternidad con su héroe novelesco.

BIBLIOGRAFÍA

Flaubert, G (2003). Madame Bovary. Madrid: Cátedra.

Wood, J (2009). Los mecanismos de la ficción. Madrid: Gredos.

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