Poemas de Salvador Novo

Presentamos una selección de poemas del escritor mexicano Salvador Novo (1904-1974).

Viaje

Los nopales nos sacan la lengua
pero los maizales por estaturas
con su copetito mal rapado
y su cuaderno debajo del brazo
nos saludan con sus mangas rotas.

Los magueyes hacen gimnasia sueca
de quinientos en fondo
y el sol -policía secreto-
(tira la piedra y esconde la mano)
denuncia nuestra fuga ridícula
en la linterna mágica del prado.
A la noche nos vengaremos
encendiendo nuestros faroles
y echando por tierra los bosques.

Alguno que otro árbol
quiere dar clase de filología.
Las nubes inspectoras de monumentos
sacuden las maquetas de los montes.

¿Quién quiere jugar tenis con nopales y tunas
sobre la red de los telégrafos?

Tomaremos más tarde un baño ruso,
en el jacal perdido de la sierra
nos bastará un duchazo de arco iris
nos secaremos con algún stratus.

De XX Poemas (1925)


 

Primera cana
Primera cana
Súbita
has sido como un saludo frío
de la que se ama más.

Pronto te me perdiste en el tumulto
no te he vuelto a encontrar,
pero te busco
indiferentemente
como se busca la casualidad.

No he de ocultarte a nadie
todo el mundo pasará junto a mí
sin sospecharte, absurda.
Sólo yo he de saber de ese tesoro.

Ahora escribiré algunas cosas humoristas;
te me olvidarás en tanto
saludo a numerosas personas
y si el peluquero te descubre
me explicará científicamente tu presencia
y me recetará una loción.

Será el único que te sepa
pero lo callará por discreto y descreído
y serás así en mí como un pensamiento
en medio de numerosa concurrencia.

Dentro de veinte años
te habrás perdido por el mundo
pero entonces ya será natural
que no se te encuentre
a la edad adecuada, entre las otras.

De XX Poemas (1925)


La escuela

A horas exactas
nos levantan, nos peinan, nos mandan a la escuela.

Vienen los muchachos de todas partes,
gritan y se atropellan en el patio
y luego suena una campana
y desfilamos, callados, hacia los salones.
Cada dos tienen un lugar
y con lápices de todos tamaños
escribimos lo que nos dicta el profesor
o pasamos al pizarrón.

El profesor no me quiere;
ve con malos ojos mi ropa fina
y que tengo todos los libros.

No sabe que se los daría todos a los muchachos
por jugar con ellos, sin este
pudor extraño que me hace sentir tan inferior
cuando a la hora del recreo les huyo,
cuando corro, al salir de la escuela,
hacia mi casa, hacia mi madre.

De Espejo (1933)


El amigo ido

Me escribe Napoleón:
“El Colegio es muy grande,
nos levantamos muy temprano,
hablamos únicamente inglés,
te mando un retrato del edificio…”

Ya no robaremos juntos dulces
de las alacenas, ni escaparemos
hacia el río para ahogarnos a medias
y pescar sandías sangrientas.

Ya voy a presentar sexto año;
después, según todas las probabilidades,
aprenderé todo lo que se deba,
seré médico,
tendré ambiciones, barba, pantalón largo…

Pero si tengo un hijo
haré que nadie nunca le enseñe nada.
Quiero que sea tan perezoso y feliz
como a mí no me dejaron mis padres
ni a mis padres mis abuelos
ni a mis abuelos Dios.

De Espejo (1933)


La poesía

Para escribir poemas,
para ser un poeta de vida apasionada y romántica
cuyos libros están en las manos de todos
y de quien hacen libros y publican retratos los periódicos,
es necesario decir las cosas que leo,
esas del corazón, de la mujer y del paisaje,
del amor fracasado y de la vida dolorosa,
en versos perfectamente medidos,
sin asonancias en el mismo verso,
con metáforas nuevas y brillantes.

La música del verso embriaga
y si uno sabe referir rotundamente su inspiración
arrancará las lágrimas del auditorio,
le comunicará sus emociones recónditas
y será coronado en certámenes y concursos.

Yo puedo hacer versos perfectos,
medirlos y evitar sus asonancias,
poemas que conmuevan a quien los lea
y que les hagan exclamar: “¡Qué niño tan inteligente!”

Yo les diré entonces
que los he escrito desde que tenía once años:
No he de decirles nunca
que no he hecho sino darles la clase que he aprendido
de todos los poetas.

Tendré una habilidad de histrión
para hacerles creer que me conmueve lo que a ellos.

Pero en mi lecho, solo, dulcemente,
sin recuerdos, sin voz,
siento que la poesía no ha salido de mí.

De Espejo (1933)


Gaspar, el cadete

Adoraba su uniforme de gala
con los botones limpios, brillantes.
Todo el primer año le fue duro y hostil,
la iniciación en que los mayores le pegaron
llamándole “potro” y arrebatándole la comida
hasta hacerlo sentir que su niñez había terminado,
que tendría que valerse por sí mismo en adelante
y que ya su familia le sería extraña.
Ya en el segundo se había disciplinado
y había aprendido a “hacer marrulla”,
a saltar la reja, de noche,
para ir a la galería del cine cercano
y al mismo tiempo su cuerpo iba endureciéndose
dándole la euforia de una madurez vigorosa
que lo tenía siempre de buen humor
entre los compañeros de su “antigüedad”.
El tercer año pasó muy rápidamente
—los años pasan muy rápidamente—
y fue nombrado sargento de su compañía
lo cual le dio el sentido de la autoridad
que ejercitaría ya muy pronto
cuando saliera a filas, el año próximo
y no tuviera ya que ir a formar toda la tarde
el primero de septiembre
mientras el Presidente leía su Informe a las Cámaras
y llovía tanto.
Es injusto que el “pre” no sea mayor
conforme uno crece
porque sus necesidades son más urgentes y grandes
y a veces no tenía nadie cigarrillos.
El curso de táctica, los viejos profesores,
las prácticas en los pueblos cercanos,
el encierro forzoso, relativamente, de toda la semana,
todo esto terminaría muy pronto
con la ceremonia de Entrega de Espadas,
la adscripción a batallones y regimientos,
el sueldo y el vistoso uniforme de gabardina, con una barra.

De Poemas proletarios (1934)


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