El desafío de iluminar lecturas en “Las alas doradas de Bruno Schulz”, de Edith Mora

Escribir esta reseña o comentario desde la Sala de Lectura del la Biblioteca Municipal Sr. Arturo Capdevilla, ubicada en las dependencias del Honorable Cabildo de la ciudad de Córdoba, Argentina, no es sino una acción cultural que me posiciona en tres instancias creativas: escribir desde los umbrales y espacios del sujeto foráneo, marginal, que habla más de su origen inmediato sin reconocer el lugar en que se encuentra; o al ejercicio de apropiación de un nuevo lugar, sintiéndose parte, en el entendido que esta nueva residencia influirá en el ejercicio escritural para abrir otras vías que amplifiquen y creen sentidos alternativos; o también ubicarse en el medio de las anteriores, construyendo así un sitio enunciativo que las reconozca o las rechace, y desde ahí proponer una lectura.

Estas discusiones por el origen, las identidades, representaciones e imaginarios,  así como también ideologías y hegemonías, son parte de los cuestionamientos que propone la escritora y académica Edith Mora Ordóñez (México, 1982) en el libro Las alas doradas de Bruno Schulz (2016), perteneciente a la colección Ínsula NºXIII de los Cuadernos de escritura de armas y letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

En este texto de cuarenta y cinco páginas la autora transita por diferentes obras del autor polaco Bruno Schulz (1892-1942) con el objetivo de proponer algunas vías de interpretación para sus libros desde las claves de lo público y lo privado, la importancia de la voz y el silencio, monstruosidades – siendo la guerra la mayor de ellas –  y fundamentalmente los diálogos que se establecen entre ficción y realidad desde el punto de vista del autor, pues Bruno Schulz, desde la mirada al detalle de Edith Mora, resignifica la soledad, la agresión y el desplazamiento del sujeto para contemplar y promover una vía creativa que critica los diseños sociales y políticos de su época, haciendo necesario diseñar un mapa con el cual sea posible vislumbrar caminos para continuar leyendo.

Los senderos que se bifurcan, desde Borges, son el epígrafe y la clave de lectura para Las alas doradas. La autora reconoce en Schulz una escritura desafiante, compleja de seguir, habitada y constituida con sujetos y componentes que confunden al lector y lo desafían a tensionar los pactos de verosimilitud. En este sentido entonces, señala Mora, es cotidiano extraviarse en la lectura, así como los personajes de los textos de Schulz que viven el “placer del extravío”(16).  Perderse es, en si mismo, una vía hacia el descubrimiento, la oportunidad de descubrir aquellos espacios abiertos y cerrados aparentemente invisibles. Aquellos lugares, señala la autora, que pueden disponerse para protección o zona creativa.

Las alas doradas de Bruno Schulz es un ensayo en-desde las fronteras de las escrituras, pues los ingresos a la literatura provienen y se gestan en la combinación de múltiples productos culturales como la música y la pintura. Además, la escritora, una ciudadana multicultural que incorpora experiencias estéticas e investigativas de México, España y Chile, se desplaza sobre todo límite tradicional de segmentación, leyendo las particularidades y conectando los aspectos y signos constituyentes de un proceso creativo, diluyéndolos y resignificándolos por medio de la interpretación literaria y cultural.

Desde una propuesta editorial universitaria que se extiende por setenta años, la Colección Ínsula ha podido construir su propio “archipiélago”(8), como menciona Jéssica Nieto, editora del libro. De esta manera, Edith Mora ubica su voz y escritura – armas y letras -para hacer de  Bruno Schulz un autor significativo dentro del campo de producción literaria.

Obras citadas

Mora, Edith. Las alas doradas de Bruno Schulz. Colección INSULA Nº XIII Cuadernos de escritura de armas y letras. Revista de literatura, arte y cultura de la UANL. Nuevo León, Mexico: Universidad Autónoma de Nuevo León.

¿Ser o no ser?: Activismo, diversidad y consciencia ciudadana[1]

“Pero eso de ver un hombre deformado por los golpes […]
Tenía una sensación de rabia, compasión, pena infinita,
falta de justicia”

(Parada 2013: 30)

Chile, desde sus preceptos históricos más antiguos, se ha configurado como una sociedad binaria en que dos fuerzas en conflicto construyen y liberan sus ideologías para hacer que el otro – subalterno, marginado, disidente – asuma una posición redimida frente al poder. Es interesante ampliar el espectro y considerar que la sociedad chilena puede ser sintetizada en una escena de conflicto teatral permanente, donde muy pocas son las veces en que ambas fuerzas trabajan juntas. En este sentido, la historia y las dinámicas de la sociedad, consideran y confluyen en que uno de los puntos de concordancia donde los binarismos se unifican es la violencia, posicionándose como objeto de culto, la oportunidad más próxima para resolver cualquier conflicto, “vía de diálogo” curiosa en su anulación de la alteridad que fomenta la pertenencia a una colectividad agresiva, dañina y normalmente inconsecuente en su conocida mala memoria.

La violencia de género, mantengo este concepto al no existir ley de identidad, es y ha sido una de esas “costumbres” nacionales que se maquillan de simpatía en algunas propuestas familiares sin mediar el daño que causan, siendo ejercicios de discriminación velados por una crianza en que se fomentan lógicas y (pre)juicios de hombres y de mujeres donde lo diferente se desprecia.

De esa manera, lo extraño, lo instalado como monstruoso en su seductora abyección voyerista colectiva, genera las risas estertóricas de compañeros(as) que se burlan de los cuerpos del otro, de sus costumbres, de su posición económica, de su ascendencia religiosa, de su raza, de su orientación sexual y así muchas otras situaciones que van determinando la continuidad del discurso discriminador violento en la sociedad, en un cíclico proceso de formación que dificulta integrar la conciencia por el/la otrx, sobre todo al considerar que en los establecimientos educacionales y la política pública no desarrollan acercamientos relevantes en torno a la sexualidad y los Derechos Humanos.

En este diseño de dulce patria y de gobernabilidad cuestionada, pues en los últimos tiempos, especialmente desde el golpe, el concepto de ‘prioridad nacional’ ha desencadenado enviar al último eslabón de la cadena a algunos hombres y mujeres. Ellos(as), que también son parte de este país – chilenxs por nacimiento y/o migrancia – residen en un territorio que constitucionalmente no reconoce otras sexualidades y culturas[2], así como tampoco ha instalado la oportunidad de lo diverso como política pública, sino que aún transita con cuidado y temor en el diseño social, para no desestabilizar el conservadurismo neoliberal que sustenta el chile del mercado y el empresariado – como único partido influyente en el estado – para quienes mientras menos diversidad es mejor, pues, en lo más foucaultiano, es más fácil controlar.

Este contexto permite comprender que el libro de Jaime Parada lleve por nombre “Yo, gay”, pues, desde su sitio político-activista, asume una posición visible para decir a la sociedad que la homosexualidad es una de las formas de la sexualidad que debe naturalizarse como la heterosexualidad, en el entendido que la diversidad no tiene que restar ciudadanía a los sujetxs.

El autor ingresa y problematiza la situación sociocultural chilena de los últimos tiempos a través de un diseño de escritura que vincula lo testimonial/autobiográfico de su niñez y juventud con el activismo sociopolítico, centrado en su experiencia como participante y vocero del Movimiento de Liberación Homosexual (MOVILH).

Desde un yo homosexual se escribe este relato a través de la construcción de su identidad personal, su mundo privado-familiar, con aventuras y desventuras que lo llevan a incorporarse como profesional, sujeto sexual gay y activista, orientando la lectura desde diferentes temáticas que han marcado su crecimiento: El ser niño en una burguesía decadente, la soledad dentro de su núcleo familiar, ser distinto dentro de los cánones escolares (haciendo la salvedad que los niños(as) no discriminan, sino que ese discurso violento es heredado de la familia o de los amigos), la ceguera condicionada de una familia frente al abuso y los cuestionamientos del violentado por no dañar a su familia, las decisiones de un profesional joven que al vivir la violencia – evidenciada en el caso Zamudio y muchos otros que recibe el MOVILH – deja su sitio cómodo de vida por estar con la personas, incluso, volviéndose el primer concejal gay de la Comuna de Providencia.

La lectura se nutre, además, con textos periodísticos publicados en The Clinic donde se tratan diferentes temáticas relativas a la situación homosexual en Chile y el mundo; la influencia de la religión en un país que posee un discurso laico; las experiencias en las visitas al extranjero para vivenciar políticas públicas de inclusión social homosexual, entre otras.

Yo gay, es un texto que permite cuestionar(se), frente a qué hacer y hacemos como pertenecientes a esta sociedad. Es un libro osado, que trata con delicadeza los aspectos crudos de la vida del autor y es enérgico cuando se posiciona sobre la problemática de Chile en torno al género, estableciendo con claridad que lo prioritario es Ley de Identidad de Género y desde ahí se reconstruyen las posiciones y leyes de Matrimonio Igualitario e, incluso, los temas relativos a los hijos de familias homoparentales.

En definitiva, el libro de Parada Hoyl, asume una posición que transmite experiencias privadas y públicas que permiten ampliar la mirada de las instituciones chilenas, las dinámicas de la política nacional y la forma en que la gente hereda, asume, comprende y cambia su mirada con respecto a la homosexualidad.

“Esto no acaba con la ley, sino que comienza con ella.

El gran cambio está en la gente y que sea posible caminar por las calles, de la mano con la pareja, sin ser ajeno a ellas.”

yo gay parada
Jaime Parada Hoyl
Yo, gay
Parada, J. 2013. Yo, gay. Santiago de Chile: Ediciones B

[1]Este texto corresponde a un libro publicado en el año 2013. La significancia escribir sobre él dos años más tarde responde a la necesidad de visibilizar iniciativas socioculturales que permiten acercarse a la diversidad, visibilizarla, para así buscar diferentes formas que promuevan el cambio en las lógicas de pensamiento segregador de la sociedad nacional. Hoy, no muy lejos de la muerte de Daniel Zamudio, muere Marcelo Lepe en un nuevo crimen de odio. En Chile, ser diverso puede significar la muerte.

[2] Se entiende reconocer como amplitud de derechos de decisión individual y en Chile hay una tendencia al desarrollo legal con trasfondo biopolítico donde el concepto de diversidad – en su amplitud – pareciera no tener espacio. Aún está en trámite la Ley de Identidad de Género, el avance más considerable pueden ser las oficinas de no discriminación y de migración en algunos municipios, no más de veinte en el país, así como el Acuerdo de Unión Civil, medida de legitimación de parejas y convivencia legal que opera como una vía de acceso al matrimonio igualitario, entendiendo que éste último es de compleja aprobación en el diseño nacional.

La palabra familia termina con S.

Un libro con diseños de mosaicos, de esos pequeños y complejos de limpiar, como si en medio quisieran guardar la historia que se resiste a ser higienizada por el cloro gel y la mentira del líquido de pisos con hedor a lavanda que en realidad es a cochayuyo. Diseño de azulejos de casas viejas que hoy en día se cambian por modernas palmetas de cerámica mate antideslizante. Sobre esa textura, propone Fabián Casas, leer las formas de constitución de la familia, más bien del plural ‘familias’ – que se agradece -, diseñado como un trayecto al que cada sujeto aporta, resignifica y produce múltiples sentidos que permiten comprender que no existe sólo una versión del concepto.

Cuarenta textos que montan la reflexión sobre las experiencias que se generan en los espacios familiares, diversas zonas hogareñas, los recuerdos, así como los desafíos que sitúa el destino frente a los sujetos que ven complejizada permanentemente la concepción familiar, incentivando diferentes formas para comprender cada giro que altera al grupo en diferentes temas: Trabajo, sustento, confianza, muerte, dolor, incomprensión, frustración, entre otros.

La propuesta del texto evidencia la diversidad propia de cada familia, en el entendido que es una construcción colectiva, donde se organizan las individualidades. Para esto, el libro articula diferentes géneros que permiten, por una parte, complementar diferentes estrategias expresivas, pero también ofrece al lector distintas oportunidades de ingreso al texto con las cuales sea posible complejizar los diseños de familia: Familia/prioridad, Familia/sufrimiento, Familia/traición, Familia/amigos(as) y otros, desde la angosta línea autobiográfica.

En continuidad con lo anterior, Casas, establece miradas genealógicas en las reflexiones de los(as) subjetividades que intervienen en sus textos, donde abuelos(as), padres, madres, hijos(as), nietos(as) dan claves del contexto en que les ha correspondido aportar a la construcción familiar o han sido permeados por su crianza[1]. En este sentido, formula categorías puente entre las generaciones que permiten desplazarse entre ellas, incluyendo la música, el teatro, la literatura y el cine.

La colectividad[2] y la herencia – más bien cultural que material – se entroncan como rasgos fundamentales en ese cuadro familiar, haciendo que los participantes construyan la convivencia y la promuevan. Así, cada personaje representativo aporta al diseño de familia: el ingenio del abuelo para los negocios, la actitud emprendedora del padre[3], la observación permanente y el juicio de la madre[4], las aventureras vidas de las tías, aparecen en medio de un ambiente culturalmente intenso entre haikus, lecturas de El club de la pelea y El principito, referencias a Beckett y conversaciones veraniegas con Pedro Lemebel.

Relatar la familia es complejo y el autor lo evidencia. Desde la escritura es posible detectar que existe una aproximación permanente al recuerdo que desea tener un orden, pero es alterado por las anécdotas. Es recurrente la expresión “voy a hablar de él [ella/algo) más adelante”, demostrando una ansiedad por no dejar fuera a alguien o algún detalle que rememora, nombrándolo para considerarlo posteriormente.

Entonces, ¿Cuál es la razón de esa ansiedad o es, tal vez, la insistencia autoimpuesta de una responsabilidad testimonial para recordar todo en el relato? ¿Qué responsabilidades y atenciones son las mediadoras para establecer una política del recuerdo familiar?. El autor adelanta una respuesta al considerar el diálogo y la interacción como fundamentales dentro del proceso de construcción, adecuación y comprensión de los diseños familiares.

Familias es un texto que propone lecturas diversas para evidenciar características disyuntivas y formular puentes intergeneracionales que instalen la comunicación en la base de lo que se presenta como familia desde la consciencia y experiencia de los(as) personajes, pues “lo que se pudre y forma una familia”(Casas 2015: 41) existe cuando media el olvido.

Desde esta lógica, relevar la pertinencia de los versos del poema ‘suena el teléfono y me despierta” es fundamental, pues señala: “Suena el teléfono y me despierta. Es mi padre. / Quiere que vaya a visitarlo. […] /pensaré algunos temas para hablar mientras comemos / porque no me gusta, / no me parece bueno, / quedarme callado cuando estoy con mi viejo”(Casas 2015: 44), en el entendido que, en algún momento, la vejez y la muerte intervendrán la comunicación familiar de manera permanente o, de acuerdo a las creencias de cada colectividad, puede ser reformulada en otro plano.

Referencia

Casas, Fabián. Familias (La vuelta del salmón). Santiago: Lecturas Ediciones. 2015.

familias-casas

[1] Con respecto a esto, se menciona que “creo que este carácter popular de mi abuelo marcó a mi papá y después modeló a mi familia” (Casas 2015: 21)

[2] “Mi casa siempre estuvo repleta de amigos del barrio de mi viejo y de las amigas y familia de mi mamá. Después los amigos míos y de mi hermano formarían parte del elenco estable” (Casas 2015: 22)

[3] El narrador destaca que “fue boletero, tallista, recepcionista, representante de artistas de variedades, vendedor a domicilio de guías de viajero, etcétera” (Casas 2015: 23)

[4] “En la parte de atrás de mi casa se alzaba la cocina. Centro de inteligencia desde donde mi vieja monitoreaba los destinos de toda su familia […]” (Casas 2015: 30)

Disclaimer: La fotografía de Fabián Casas pertenece a LaTercera.com.

Una memoria consciente y consecuente para Pedro Lemebel

¿Es posible heredar a las políticas de la memoria la representación que un artista decide para su propuesta creativa? ¿De qué manera el campo cultural, heterogéneo en propuestas, iniciativas y perspectivas, asume la transmisión del estilo creativo cuando el artista muere en vigencia y fervor popular? ¿Qué vínculos y actividades permiten recordar a Pedro Lemebel en su primer año de fallecimiento? ¿Son esas actividades la herencia consciente del ejercicio artístico y evidentemente político del autor?.

De acuerdo con estos cuestionamientos pareciera que muchas veces los ejercicios de la memoria no están alineados con las propuestas ideológicas de los artistas y toda conmemoración, festiva o no, se ve colonizada por la estandarización de las actividades y la estética de la institución que financia cualquier gestión, como si la memoria tuviera un molde, ese mismo molde que tanto molestaba a Pedro cuando se baila la cueca escolar devenida marcha y doctrinada por el tono quinchero obligatorio de su práctica en los colegios.

Afortunadamente, las actividades para conmemorar un año de fallecimiento no están permeadas por el ímpetu del financiamiento y la oportunidad de la fama que pudiera aprovechar alguien astuto que buscase posicionar su rostro, nombre y habilidad cultural con un réquiem anual para Lemebel.

Esta situación, la génesis y deseos de montar actividades por la memoria, es un ejercicio político que toma rasgos ideológicos del artista para constituirse como motivaciones consecuentes, pues existe una preocupación, una lectura intensa y comprometida con lo que significa/ó Pedro Lemebel en el diseño cultural.

De esta manera, acciones como “Tu intensa memoria”, nace de las energías colectivas de amigos/as, seguidores, investigadores que visibilizaron el trabajo artístico y ahora consideran fundamental relevar la instalación visible de esa ‘intensa memoria’ en un espacio colectivo como el Museo de Arte Contemporáneo; En el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos la exposición “Arder” articula diferentes objetos culturales en los que participaron variadas personalidades de los territorios del arte; En la Feria del Libro de Viña del Mar se monta un espacio dentro de la programación para que Víctor Hugo Robles intervenga, transformándose en voz de recuerdo; En redes sociales, diferentes organizaciones y personas individuales resimbolizan textos, arman collages y viralizan fotografías, donde el soporte virtual, el mismo que bulló los deseos de la multitud para que fuese premiado con el nacional de literatura, hace aparecer muchos Lemebel que escriben con su propia lengua, jugando con los signos, alterando sus figuraciones, creando mensajes y politizando el discurso.

Volvemos a la pregunta inicial de la consecuencia de estas actividades con la propuesta artística de Pedro en su nueva etapa de construcción de memoria y cada una de las iniciativas va formando un hilo de la madeja de la representación para un autor que ya no está escribiendo con su cuerpo, sino que entrega esa tarea a los/as demás.

Este primer año de fallecimiento es altamente simbólico pues Lemebel entronca dos caminos de recuerdo, une dos memorias, al cruzar sus iniciativas culturales por mantener la búsqueda de los cuerpos en esas tumbas vacías y el respeto por los Derechos Humanos y la memoria que se construye paulatinamente luego de su muerte.

El año pasado cantábamos en coro “El necio” en medio de caporales, chinchineros, flores y lágrimas de distintos colores. Esa noche, la expresión más relevante que conectó al hombre y al artista es “Yo me muero como viví” y detrás de ello las voces cantábamos un elogio a la consecuencia, insistencia y resistencia por llevar adelante un proyecto artístico y político.

Es prioritario, entonces, que la memoria de Pedro Lemebel responda a estas concepciones ideológicas que forman parte de la representación que construyó y transmitió, pues son éstas las que permitieron a la colectividad identificarse, relevar su escritura y participar de las diferentes manifestaciones culturales.

Este año la vía para diseñar la memoria es la colectividad de la amistad, la exposición en una galería de arte, la intervención en una feria del libro y la virtualidad de muchas voces que desean participar de su memoria. Son un buen comienzo, teniendo la cautela que pueden existir muchas otras. Así se diseña el primer piso desde donde se van construyendo las figuraciones del recuerdo[1].

[1] Es pertinente reconocer que durante el año diferentes instituciones han generado instancias de docencia, extensión e investigación relacionadas con las propuestas artísticas de Pedro Lemebel: Coloquios y simposios en la U. Alberto Hurtado y la Universidad de Chile, por ejemplo.