Poemas de Malena de Mili

Presentamos una selección de poemas inéditos de la escritora chilena Malena de Mili.

Papá, mamá:

 

Qué solos estamos

sin nuestra Mili, sin nuestro Argán

tratando de armar con el cansancio,

con la rutina,

algo parecido a la felicidad,

como quien prepara un plato de comida

con las sobras de un festín.


Teoría de la Dominación en el supermercado

 

¿Y si en vez de cerrar los ojos

y pasar de largo ante el pasillo de las mascotas

me rebelara y entrara?

Si echara al carro tu saco de comida,

y al llegar a casa sacara tus cosas

demasiado prematuras para la cajita de los recuerdos,

si te sirvo la comida

y me siento en el sillón con tu cepillo en la mano

a esperar

y hago sonar tu juguete

y no me levanto

y de aquí nadie me mueve

hasta que vengas

quizás, sencillamente,

si yo no la acepto,

si no legitimo su poder,

la muerte no tendría ninguna autoridad sobre nosotros.

Y tú volverías a estar vivo.


El Sacrificio

 

Y estas ganas de matar

no a un ser vivo, oh no, no, no

jamás a un ser inocente…

Yo quiero matar,

sacrificar a un dios,

ese que no sabe nada de la vida ni del amor,

y volverme hacia mis criaturas

con las manos y la boca bañadas de sangre

para poderles decir:

“Amores míos, os he vengado”


Materia

 

Pero a veces,

a veces,

de golpe mis dedos recuerdan el tacto de tu pelo

 

Y esta precaria paz de espíritu,

el andamiaje de sentidos

en los que he hallado algo de calma

se hace añicos

por no poder tocarte

y todo en mí cae de rodillas suplicando

la inmaterialidad de la muerte

con tal de poder tocarte,

la muerte:

 

Deshacerme en luz
para acariciarte
como ha de acariciarse la luz


Una vez fui joven y soberbia.

Dije: “Sin mi piel

no me interesa la trascendencia”

 

Hoy sólo soy la niña

implorando de rodillas

que le quede el alma tras la muerte

para ir a reunirse con su perra


Rezar

 

Yo no sé lo que es rezar.

Pero me imagino que se debe sentir

algo parecido

a lo que se siente

tener tu nombre en mis labios.


Malena de Mili (Santiago de Chile, 1989). Licenciada en Antropología Social por la Universidad de Chile y Diplomada en Estudios Griegos por la misma casa de estudios. Premio Juegos Florales Gabriela Mistral 2005. Ha publicados los libros de poesía Elegías (2013) y Lacrimal (2014).

Tres poemas de José Watanabe

Presentamos tres poemas del escritor peruano José Watanabe (1945-2007).

La oruga

Te he visto ondulando bajo las cucardas, penosamente, trabajosamente
pero sé que mañana serás del aire.

Hace mucho supe que no eras un animal terminado
y como entonces
arrodillado y trémulo
te pregunto:
¿Sabes que mañana serás del aire?
¿Te han advertido que esas dos molestias aún invisibles
serán tus alas?

¿Te han dicho cuánto duelen al abrirse
o sólo sentirás de pronto una levedad, una turbación
y un infinito escalofrío subiéndote desde el culo?

Tú ignoras el gran prestigio que tienen los seres del aire
y tal vez mirándote las alas no te reconozcas
y quieras renunciar,
pero ya no: debes ir al aire y no con nosotros.

Mañana miraré sobre las cucardas, o más arriba.
Haz que te vea,
quiero saber si es muy doloroso el aligerarse para volar.
Hazme saber
si acaso es mejor no despegar nunca la barriga de la tierra.


Sala de disección

Un cadáver puede provocar una filosofía del ensimismamiento,
sin embargo los estudiantes, admirablemente,
estaban entusiasmados con su muerto,
lo rodeaban
y discutían con fervor la anatomía de ese cuerpo de piel coriácea.
Yo aprendía otra lección:
la vida y la muerte no se meditan en una mesa de disección.
Los estudiantes me previnieron
que iban a extraer el cerebro. Permanecí con ellos:
a veces soporto lo siniestro sin perturbarme demasiado.
No hay sofisticación instrumental para retirar un cerebro,
una modesta sierra de carpintero
cortó el cráneo a la altura de las sienes,
luego sumergieron el órgano místico en un frasco lleno de formol.
Yo me dediqué a observarlo, solo, en otra mesa
mientras los estudiantes seguían cotejando su denso libro con el muerto.
Sorpresivamente
una burbuja brillante brotó del interior del cerebro
como un mensaje venido de la otra margen,
y no había boca que lo pronunciara.

No había boca

La burbuja, muda, se deshizo en ese aire levemente podrido.


La ranita

Duermes, mi complacida. Y veo
con qué perfección, equidistancia y malicia
se disponen en tu cuerpo tendido
tus yemas de gusto

concupisciente.

Ahora tus yemas están dormidas,
pero cuando están despiertas provocan muchas ocurrencias.
La que más provoca es tu ranita lúbrica

llamada clítoris.

(Entre las hojas de los trópicos
he visto ranitas coloradas, miniaturas
de carne húmeda
que se contraen o se adelgazan

y nadie las comprende

porque son temperamentales

como las muchachitas humanas)

Tu ranita no late contigo, tiene vida propia
pero no puede deleitarse sola.
La desmesura de su deseo
haría estallas su minúsculo cuerpo. Necesita
extender su gozo
en un cuerpo grande como el tuyo,

y así sobrevive,

convidándote placer.

Antes de tu sueño
viene siempre un ángel plumado y casto
que peina tu piel y censura
a nuestra ranita.

Es que nadie la comprende.

Sólo yo.

Poemas de Rodolfo Hinostroza

Presentamos tres poemas del escritor peruano Rodolfo Hinostroza (1941-2016), pertenecientes a su libro Contra natura (1971).


Gambito de Rey


Y continué P4AR 
“Jugada peligrosa”, dijo el Maestro, “de la escuela romántica. Andersen 
sale así en La Inmortal. Cuide Ud. 4T y tal vez haga tablas” 
            Y salieron mis escuadras imprecisas 
transparente mediosueño bajo el canto del pájaro campana 
y el árbol que todo lo sabe desplegando sentencias en románicas. PxP 
aceptó el Negro. Y yo C3AR. 
                        Y por entonces la Realidad era 
una impetuosa fantasmagoría / cierto impulso 
en la materia del ánima humana la conduce a negar el pasado.
   “Eh!”, insistí otra vez “Cómo voy a seguir? 
Qué decir de la Historia si es licencia poética 
decir que se repite, que el incesante error
de los vencidos se repite, que el Poder del Imperio se repite? “ 
Algo hay, yo te diré
que te conduce a afirmar el pasado y a repetir un acto equivocado 
para sentir que existes /porque eres desdichado por ejemplo/ 
y es inútil el acto, pero no obstante obligado 
de repetir, pudiera ser que en el siguiente ciclo se abran las puertas 
            de la justicia 
o de la paz 

Ah! Esa repetición spengleriana! /Espanto lúdico 
perdido en sus orígenes. 
                        Gigantesca esfera de leyes implacables 
Nunca nadie jugó dos partidas iguales: así creer 
en la repetición histórica es. pura necedad. Mira bien: 
ahora el Negro 
llevará el Alfil a 2D, y esa es 
Defensa Cunningham 
de largas consecuencias. 
-Supuse que volviendo 
agradaría a todos si es que hablaba de amor y alegría 
aunque malditas las ganas que me quedaban, pero aquí 
huyen 
del melancólico como del apestado en el s. XIV 
y todo se ha perdido, aunque haya bautizado este regreso 
con un sonoro nombre griego: NOSTOS 
                                    Extraño 
en 
   Ecbatana, como dice 
Mc Leish. Adiós, culeados sueños, adiós tu pulso, tallador 
            de brillantes 
el regreso no significa nada, la miserable comunión de los cielos 
con cualquier otra cosa jamás se ha producido, y hay algo 
que acelera la fuerza de las cosas: una quieta barbarie de los tuyos 
oculta entre palabras y unos gestos ambiguos. Nostos: 
destierro del amor. Adiós gran árbol que ibas a florecer y 
            te quemaste; 
adiós frutas enanas, parábola de Anteo, cte. que las gentes 
echan tierra a tus ojos, y esa es toda la tierra que te han dado. 
Cuídate del ridículo. 
Cuídate del epíteto. 
Cuídate de la verdad en boca de los niños. 
“Audacia, más audacia, siempre audacia”, recordé 
haciendo A4AD. El Maestro insistió.- “4T está desamparada”. 
Y se siguieron una serie de golpes: 
su A5T jaque (+) mi CxA y el suyo DxC y nuevamente jaque. 
Así llegó la hora de velar al gran amor. Los manjares del banquete 
            nupcial sirvieron 
para el banquete de difuntos Hamlet, act 1, viceversa, y grité. “Eh? 
            Quién ha muerto? 
En esta casa no se muere nadie! Es la casa del amor, del olvido, 
            de la re- conciliación! 
“Eso dije y los pájaros picotearon mis rifíones y creo que el pórtico 
            de una casa en mi 
espíritu se derrumbó crujiendo como el hueso de un ave. 
El Maestro 
salmodiaba en un tablero lejano: “Hablemos de dialéctica 
viviente, o alquimia del espíritu, como se llamaba 
hace 8 siglos.- una fuerza que se opone a otra fuerza 
actúa sobre la contradicción del enemigo. Enroque Ud. 
consolídese/conózcase a sí mismo/no juegue ningún rol 
sea Ud. todas las piezas del tablero/sienta la amputación 
de un miembro cuando cae un peón. Un Yo compacto, un Yo 
visible, si no revierte sobre la propia Historia es un poder 
            desperdiciado, una pura 
metáfora hedonista. Observe Ud. la armonía 
de la Defensa India del Rey”. 
Pero quieren decirme de qué juego me hablan?
Los últimos cisnes cantaron con horribles aullidos de castrati. 
Una mano indecisa sacrificó el P en 3C, y PxP, la 
rápida respuesta D2R, y el Negro 
siguió P7C, jaque descubierto. 
   Y todo fue arriesgado 
y todo fue perdido. 
Así ellos los audaces sobre un punto de una esfera bruñida 
quisieron encender lo que se dice el fuego incorruptible. 
Pero no hubo movimientos alados, ni ayuda, ni piedad. 
Oh 
descomedidos campesinos! Ah, las brutales manadas 
            de los satisfechos 
que imaginan tomar parte en el banquete! Mala peste al país 
que abandona a sus héroes, que caen como una estampa bíblica 
con la sal en el rostro. 
      Y un hombre 
se apoya contra un árbol, disponiéndose a acabar su vida 
            con dignidad: 
escucha: K.550 entre el murmullo de las ametralladoras 
el minuet se enfrenta al infinito 
sabiendo de antemano que será derrotado 
      y así fue el canto 
de la revolución, amor, amor. 
Así pues 
      devoraron bellotas 
haciendo lo que se llama el recuento de muertos. 
Y siguió mi fatal RID y el PxT coronando 
abrió la persecución implacable 
crucé 
mi D en IA. 
“Sabes lo que jugamos?” preguntó el Negro 
“Qué?” dije estúpidamente. “Tu fe. Y tu futuro.” 
Utopía se cae, se cae. 
Los sueños ruedan a las alcantarillas 
      ángeles incoloros vagan 
sin ruta y sin objeto entre las agujas de los templos 
ruedas ardientes giran con los descabezados 
      Mi escuadra! 
Mi orgullosa escuadra! 
      Mi querido Yo Mismo! 
Entre la música de los escupitajos y los murmullos 
            de los paterfamiliae. 
   DSC (+). Una fangosa eternidad de espera; luego 
el lento movimiento al A2R. Y DTXD 
“Mate!” aulló el Negro 
derribando las sillas escarlata. / Act. V. Telón/ 
La implacable esfera 
las leyes implacables. 64 escaques 
y el universo se comba sobre sí mismo. No hay afuera, 
no hay 
escape hacia otra dimensión donde todo esto sea 
la historia del reptil, la historia del anfibio, la pura prehistoria. 
“Pero vuelva a jugar” dijo el Maestro “una partida 
es sólo una partida. La especie humana 
persiste en el error, hasta que sale 
una incesante aurora 
fuera del círculo mágico”. 
Entonces 
a la partida siguiente 
jugué en 3) A5C. 
“¿Ruy López?” observó el Maestro 
“Usted aprende”.

Celebración de Lysístrata


War, he sung, is toil and trouble
honour but an empty bubble
y ese verano estábamos tendidas en las playas de España
incandescencia de ojos
   tomé un caracol y lo puse sobre mi sexo
quieto ahí dije y a mi amiga esa luz Turner
que nos borra nos saca del planeta
          breve humo azul
y me desentumecí entre tres muros blanqueados
         blanco de cal pensé
y me revolví una vez más en el lecho
                                                él dormía
                                                          y vi:
botas kepí correhuelas
     en algún sitio un arma
un manojo de flechas atravesando el cuarto
    pero su cuerpo era como un arco iris
podrido por la violencia
  no sabrá que es lo que ha dormido con él
haz el amor no la guerra
                   hazme el amor
                             no la guerra
repetí en su oído
     él prometió y juró
pero no sabe y duerme indefinidamente.


II

Never ending
  still beginning
fighting still and still destroying
                     Le advertí y dije No es heroísmo
no amo a esa clase de héroes
   1.83m 21 años sano cree en los Hell’s
                           / Angels
escribió y dijo: «Marga, la vida del ejército es la mía;
    hay un tesoro
de compañerismo. Me siento más hombre que en tus brazos —etc.»
 Hice el amor con un hindú; sus brazos eran frescos
y su lengua dulcísima
                 rodamos entre el heno
                                nos rodearon cantando
los pájaros salvajes y él habló de las constelaciones
                                                    again
y en Silver Street nos insultaron: le abrí la camisa y besé
su pecho hundido: «Ponme encinta» murmuré «antes
    de que él regrese»
         & le espera una larga noche de llanto
llamándome ramera y arrastrada
          o la ficha US Army: «A las 23 h. a 10 km.
                               de Da Nang...»

III

If the world be worth thy winning
think, O think it worth enjoying
      & varias de esas luces de magnesio se balancearon
                                      sobre la playa
y vi: éramos como 5,000 que dormíamos o hacíamos el
 amor
o fumábamos en silencio
                      sólo el oleaje plac roar plac roar
y Antoine: «Es mejor que te vistas no tardan en llegar».
Envolví el Oro de Acapulco y lo escondí en mi slip
                             reí: sombras reptantes: reí
& cstrópito/furia/camiones/jeeps/soldados/gases
                                       y un imbécil gritaba:
«Quién es Russell? Agarren a Russell!»
                     Les entregamos flores y sonrisas
y el puro canto de la Giovinetta
                deslumbrados mirando caer las bengalas
entre dos me arrastraron & sentí el temblor de su mano
    en mis muslos
«Quieres?» dije
«No ahora» dijo sudando
         reí: «No nunca» y me golpeó con el dorso de la
                                          mano.

IV

Lovely Thais sits beside thee
take the good the gods provide thee
pero la primavera no ha terminado
             the Youth aún sin astucia
Don’t trust anyone over 30
                         ojos agua azul
y los veleros eran de cristal
                      aéreas praderas de Marte & Etoile
la tomé de la cintura y dije nuestros cuerpos son jardines
                        tomemos del mundo la belleza
usemos de esta dialéctica inmisericorde
                  sorprendidos por los deportes de invierno
ese blanco estuvo en las flores y las bugambilias eran
    sangrientas
corza frágil teme la tierra
                     y te acercaste a las puertas de la Cité
los guardias te desnudaron & preguntaste han visto
a mi amante
      desplazándonos entre paréntesis de aire
así: 
            creamos belleza donde había miseria
             amor en vez del odio
             verdad y no exterminio
en Dachau crecen lilas
       oh ves oh ves
                  y no mas arrinconarse a meditar
alguien musitaba la canción de Fergus en la noche
                                             desertores
US Army
     War is good business      invest your son
 no callaré por más que con el dedo
                                                O my Youz!

Contra natura 

Leggierissima
            toda ojos entraste a mi tienda
            cubierta de flores/ oh animal olfativo/
así el color que atrae a las pequeñas bestias
                                   así casco de pavorreal
y recordé: deseo cinético
               stasis en la contemplación de un cuerpo
milenaria repetición así la mariposa y el coleóptero
& en tu sexo/ el mar/ thrimetilamida
& en tu pecho jugaban cervatillos de colores
                          ojos de pez: te vi y lo supe
un coup de cheveux y ruedo por tierra
& antes había entrado en ti y vi: un universo líquido
mareas dentro tuyo
nuestros cuerpos imitando el movimiento del mar
El Pez y La Luna
arriba un cielo podrido jusqu’au bout
                                    pero las estrellas
hombre errante
               Adieu
               gobernalle/ancla/astrolabio
& más allá aún más atrás in the no man’s land del
orgasmo
                                       el pez sueña
así 
   amiboide forma líquida indiferenciada
atracción implacable
                  in suo esse perseverare conatur
Spinoza dixit
             no sexo no el olor metálico del cielo
                                                 but
amor abominable odio hermoso
             Nada, gameto mío! Remonta el río líquido
hasta el origen
La calcárida y la salamandra
                           :para que yo abra mi tienda
y un oleaje de muslos rescate toda una vida perdida. 


II
 
& te enviaron a mi tienda
                         & yo era un pastor de cabras
podrido por la violencia igualmente
                                   ánima sola
& miraba las estrellas en silencio / entorpecido
y así te vi venir:
no hembra que mata al macho no la que cría perros
no l’heritage de la araña no la disputa nonsense de la
   presa
                                                      pero
complicidad de sangre
            así jugabas tocándote tu cuerpo
                                           así
ojos oscuros/ aromas de milenios: mirra y sodomía/
    cunilingum
pude decir: soy el más solo de los animales
                                         but
un coup de cheveux y ruedo por tierra.
 
III
 
& todo pudo ser distinto en la naturaleza
comedores de hierbas y raíces
         tuvimos que imitar a los grandes carnívoros:
tu cuerpo es una presa/ el cazador será jefe del CIA y
   de la OTAN
anamorfosis no metamorfosis
Vegetarianos & Salvation Army & Hippies
                              no detendrán las guerras
la tarea es reparar lo ocurrido en milenios
                                hija de Betulia: plegaria
mis cabellos son largos como los tuyos
la paz y la belleza de este mundo se han extendido sobre mí
nuestros cuerpos
     sucesivos intemporales hommages al alba de la vida
ánima sola
           & vi el hacha en tu túnica
pero quise rescatar en una noche /thalassa oh thalassa/
                                 toda una vida perdida.

Poemas de Salvador Novo

Presentamos una selección de poemas del escritor mexicano Salvador Novo (1904-1974).

Viaje

Los nopales nos sacan la lengua
pero los maizales por estaturas
con su copetito mal rapado
y su cuaderno debajo del brazo
nos saludan con sus mangas rotas.

Los magueyes hacen gimnasia sueca
de quinientos en fondo
y el sol -policía secreto-
(tira la piedra y esconde la mano)
denuncia nuestra fuga ridícula
en la linterna mágica del prado.
A la noche nos vengaremos
encendiendo nuestros faroles
y echando por tierra los bosques.

Alguno que otro árbol
quiere dar clase de filología.
Las nubes inspectoras de monumentos
sacuden las maquetas de los montes.

¿Quién quiere jugar tenis con nopales y tunas
sobre la red de los telégrafos?

Tomaremos más tarde un baño ruso,
en el jacal perdido de la sierra
nos bastará un duchazo de arco iris
nos secaremos con algún stratus.

De XX Poemas (1925)


 

Primera cana
Primera cana
Súbita
has sido como un saludo frío
de la que se ama más.

Pronto te me perdiste en el tumulto
no te he vuelto a encontrar,
pero te busco
indiferentemente
como se busca la casualidad.

No he de ocultarte a nadie
todo el mundo pasará junto a mí
sin sospecharte, absurda.
Sólo yo he de saber de ese tesoro.

Ahora escribiré algunas cosas humoristas;
te me olvidarás en tanto
saludo a numerosas personas
y si el peluquero te descubre
me explicará científicamente tu presencia
y me recetará una loción.

Será el único que te sepa
pero lo callará por discreto y descreído
y serás así en mí como un pensamiento
en medio de numerosa concurrencia.

Dentro de veinte años
te habrás perdido por el mundo
pero entonces ya será natural
que no se te encuentre
a la edad adecuada, entre las otras.

De XX Poemas (1925)


La escuela

A horas exactas
nos levantan, nos peinan, nos mandan a la escuela.

Vienen los muchachos de todas partes,
gritan y se atropellan en el patio
y luego suena una campana
y desfilamos, callados, hacia los salones.
Cada dos tienen un lugar
y con lápices de todos tamaños
escribimos lo que nos dicta el profesor
o pasamos al pizarrón.

El profesor no me quiere;
ve con malos ojos mi ropa fina
y que tengo todos los libros.

No sabe que se los daría todos a los muchachos
por jugar con ellos, sin este
pudor extraño que me hace sentir tan inferior
cuando a la hora del recreo les huyo,
cuando corro, al salir de la escuela,
hacia mi casa, hacia mi madre.

De Espejo (1933)


El amigo ido

Me escribe Napoleón:
“El Colegio es muy grande,
nos levantamos muy temprano,
hablamos únicamente inglés,
te mando un retrato del edificio…”

Ya no robaremos juntos dulces
de las alacenas, ni escaparemos
hacia el río para ahogarnos a medias
y pescar sandías sangrientas.

Ya voy a presentar sexto año;
después, según todas las probabilidades,
aprenderé todo lo que se deba,
seré médico,
tendré ambiciones, barba, pantalón largo…

Pero si tengo un hijo
haré que nadie nunca le enseñe nada.
Quiero que sea tan perezoso y feliz
como a mí no me dejaron mis padres
ni a mis padres mis abuelos
ni a mis abuelos Dios.

De Espejo (1933)


La poesía

Para escribir poemas,
para ser un poeta de vida apasionada y romántica
cuyos libros están en las manos de todos
y de quien hacen libros y publican retratos los periódicos,
es necesario decir las cosas que leo,
esas del corazón, de la mujer y del paisaje,
del amor fracasado y de la vida dolorosa,
en versos perfectamente medidos,
sin asonancias en el mismo verso,
con metáforas nuevas y brillantes.

La música del verso embriaga
y si uno sabe referir rotundamente su inspiración
arrancará las lágrimas del auditorio,
le comunicará sus emociones recónditas
y será coronado en certámenes y concursos.

Yo puedo hacer versos perfectos,
medirlos y evitar sus asonancias,
poemas que conmuevan a quien los lea
y que les hagan exclamar: “¡Qué niño tan inteligente!”

Yo les diré entonces
que los he escrito desde que tenía once años:
No he de decirles nunca
que no he hecho sino darles la clase que he aprendido
de todos los poetas.

Tendré una habilidad de histrión
para hacerles creer que me conmueve lo que a ellos.

Pero en mi lecho, solo, dulcemente,
sin recuerdos, sin voz,
siento que la poesía no ha salido de mí.

De Espejo (1933)


Gaspar, el cadete

Adoraba su uniforme de gala
con los botones limpios, brillantes.
Todo el primer año le fue duro y hostil,
la iniciación en que los mayores le pegaron
llamándole “potro” y arrebatándole la comida
hasta hacerlo sentir que su niñez había terminado,
que tendría que valerse por sí mismo en adelante
y que ya su familia le sería extraña.
Ya en el segundo se había disciplinado
y había aprendido a “hacer marrulla”,
a saltar la reja, de noche,
para ir a la galería del cine cercano
y al mismo tiempo su cuerpo iba endureciéndose
dándole la euforia de una madurez vigorosa
que lo tenía siempre de buen humor
entre los compañeros de su “antigüedad”.
El tercer año pasó muy rápidamente
—los años pasan muy rápidamente—
y fue nombrado sargento de su compañía
lo cual le dio el sentido de la autoridad
que ejercitaría ya muy pronto
cuando saliera a filas, el año próximo
y no tuviera ya que ir a formar toda la tarde
el primero de septiembre
mientras el Presidente leía su Informe a las Cámaras
y llovía tanto.
Es injusto que el “pre” no sea mayor
conforme uno crece
porque sus necesidades son más urgentes y grandes
y a veces no tenía nadie cigarrillos.
El curso de táctica, los viejos profesores,
las prácticas en los pueblos cercanos,
el encierro forzoso, relativamente, de toda la semana,
todo esto terminaría muy pronto
con la ceremonia de Entrega de Espadas,
la adscripción a batallones y regimientos,
el sueldo y el vistoso uniforme de gabardina, con una barra.

De Poemas proletarios (1934)


Poemas de Miguel Ortiz

hasta el núcleo
no pondrás nombre al fuego 

Chantal Maillard
cálculo ancestral

                                               persecución de un nombre

            poder

                                   morder sólo

                                                       la sombra

                                                       el cuajo que desgájase

                                   en eterna huida

                       vertical y gravitacional

como la vía láctea

                                               micoscópica partícula

                                  

de semen        y ovario           de dios

                                              

            espacio sin tiempo

                                                  historia sin memoria

            muerte sin testigos

                                                  palabra sin oreja




se desdice

                       cada palabra

                                                   una sobre otra forman




            el laberinto inexpugnable

            la masacre de la cosa en su invisibilidad

            fuego rodeado de los estigmas de la nada




se dice




                       cada olvido

                                                  choca contra lo demás




            hasta el núcleo

                       infinitesimal

                                   del miedo




***

respuesta del silencio

Each syllable

is the work of sabotage

Paul Auster

bestia               /          laberinto                 /          plegaria




lengua mutilada   /      arrojada                                   al azar




al nombre abstracto                            del reloj




a las trizas          -   abandono             que llaman vida




en aforismos    /          rimas ilegibles




el ojo del destino         :           un palimpsesto




                                               un mapa sin puntos cardinales




una boca inmóvil                    que tiene la respuesta




del silencio                  /          un quebrar de hueso




en la euforia                /          en el levantamiento




                                             de las arcadas del día




cartografía-aliento       /          coordenada-lengua




quebrada         /          arrebatada       /          ebria




en su propio canto      /          finito   /          perenne



***




coda




arrancaré

las máscaras                y quedará desvelada

la intemperie

nos sumergiremos en ella

como quien busca refugio

en los testigos de

la ruina




se sabrá el laberinto     una entidad

que se desteje

                       que se bifurca en caminos

                                   olvidados                   

 de tierra

                                   que llevan




                                                          al límite al




desborde.

Miguel Ortiz Rodríguez (Caracas, 1993.) Tesista de la Escuela de Letras en la Universidad Católica Andrés Bello.

Ha participado en talleres literarios con Sael Ibáñez, Natasha Tiniacos, Fedosy Santaella, Miguel Marcotrigiano, Igor Barreto y María Auxiliadora Álvarez.

Sus poemas han sido publicados en Stand Up Poetry (Vzla), Revista Cantera #2 (Vzla) , Revista Ojo #25 (Vzla), Revista Canibalismos #2 y #6 (Vzla), Revista Caligrama #3 (España), Revista Furman 217 #2 (E.E.U.U), digopalabra.txt (Venezuela).

Poemas suyos aparecen en la antología 102 poetas: Jamming, publicada por Oscar Todtmann Editores (2014) y en la antología de poesía joven venezolana Amanecimos bajo la palabra (2017) publicada por Team Poetero.

Ha sido finalista en el I Certamen Mundial Excelencia Literaria (Mención Poesía; 2015) en E.E.U.U y en el I Concurso de Prosa Poética Ojos Verdes Ediciones (2016) en Alicante, España, siendo publicado en ambas antologías.

La fotografía utilizada es de Thinking-Silence

Por un Reverón travesti

Sobre Tecnologías del cuerpo: exhibicionismo y visualidad en América Latina, de Javier Guerrero

 

El cuerpo vocea un secreto que no se oye…

Rafael Cadenas

En Venezuela hay verdades que parecen inamovibles, intocables, incuestionables. Pensar a Armando Reverón sólo como el pintor nacional por excelencia es una certeza que aparenta la imposibilidad de ser revisada, reescrita, impugnada. Decir que el gran aporte de este artista fue su búsqueda incesante por pintar la luz natural se ha vuelto ley. En efecto, recuerdo mis clases en el colegio, y posteriormente en la universidad, Reverón era nombrado solamente como un gran pintor. Es decir, no había lugar para sus producciones no pictóricas, tales como sus muñecas. Asimismo, no ha habido preocupación en pensar la presencia y el cuerpo de Reverón, sino más bien se le imagina en su casa de Macuto, apartado, pintando y conviviendo con sus monos.

Sin embargo, Javier Guerrero, profesor asistente de la Universidad de Princeton, no comparte esa mirada heteronormativizante y pro-paisajística que se ha impuesto sobre la figura de Armando Reverón. En su libro Tecnologías del cuerpo: exhibicionismo y visualidad en América Latina, publicado en el 2014 por Iberoamericana Vervuert, Guerrero estudia a una serie de artistas latinoamericanos que han exhibido sus cuerpos como parte de un proyecto estético que busca romper con las instituciones nacionales, aquellas que han hecho y hacen del cuerpo, simplemente, una alegoría de la nación. Para el crítico venezolano, el cuerpo de estos artistas importa en su materialidad —no tanto en su lectura alegórica— y en las estrategias que ellos han usado para transformarlo y “desafiar los límites materiales del sexo” (Guerrero, 2014: 170).

Para este artículo, me detengo solo a comentar el capítulo 4 del libro, dedicado a Armando Reverón.

Usualmente, cuando se nos ha hablado sobre las muñecas del artista venezolano, casi siempre se las refiere como una obra menor (pero no “menor” en sentido deleuzeano, sino despectivo), prácticamente ignoradas por la crítica especializada, y que, a la vez, generan un profundo rechazo en el espectador. Esto se debe a que han sido descritas comúnmente como monstruos, como “modelos”, o como compañeras sexuales —¿suerte de muñecas inflables?— del artista. Cuenta Guerrero en su trabajo cómo en el imaginario nacional se creía que “presuntamente las muñecas estaban contaminadas. Se decía que Reverón las utilizaba como compañeras sexuales y que por lo tanto, sus cuerpos conservaban restos de cabello, saliva, sangre y hasta semen” (163). Es decir, las muñecas han sido pensadas solo como objetos, como pura pasividad. Sin embargo, ellas parecen invadir la obra de Reverón. Aunque parte de la crítica las haya categorizado como una minúscula parte de su trabajo artístico, no podemos pensar a Reverón sin sus muñecas. Están en sus pinturas y en las fotografías y videos que se tomaron del artista trabajando en El Castillete. Así, miramos estas muñecas y sentimos que nos esconden un secreto; sus bocas de tela parecieran querer deshilacharse para revelar un misterio que llevan años cargando.

De ahí que el libro de Javier Guerrero pareciera ser la llave que permite acercarnos a comprender qué importancia tienen las muñecas para Armando Reverón. Dice el profesor de Princeton que “las muñecas de Reverón constituyen, sin lugar a dudas, la obra más inquietante del artista venezolano. Estas figuras hechas de yute y trapo, a escala natural humana, cuyos cuerpos parecen vendados, fueron realizadas con exhaustividad. Sus pies, dedos, ojos, manos, labios, han sido producidos con detalle” (163). Este cuidadoso trabajo del artista de Macuto por sus muñecas —para las cuales, cabe recordar, también produjo vestimentas y objetos— no puede ser por simple entretención o “locura”. Por tanto, comparto con Guerrero su incertidumbre: ¿por qué seguir pensando las muñecas de Reverón como algo menor frente a sus pinturas?

Guerrero hace una revisión de cómo la crítica ha abordado las muñecas reveronianas y encuentra lo que ya he mencionado: rechazo. Aunque no quiero detenerme en todas las exhaustivas referencias que cita Javier Guerrero, me parece importante rescatar que fue quizá sólo Guillermo Meneses, quien de manera somera encuentra que el cuerpo es un asunto importante en la obra de Armando Reverón. Sin embargo, esa mención se opaca cuando el autor de “La mano junto al muro” vuelve a poner en escena la trascendencia del paisaje sobre todas las otras creaciones de Reverón.

Ahora bien, sobreponer el paisaje al cuerpo causa extrañeza. A Javier Guerrero le llama la atención que a pesar de que la modernidad plástica está asociada con lo material, y su relación con la obra de arte, la crítica ha insertado a Reverón en la modernidad artística a través del paisaje, y ha tomado a las muñecas como piezas independientes. “Silenciar a las muñecas equivale a ignorar el importante concepto del cuerpo en la obra reveroniana y sublimar su trabajo haciéndolo el artista caribeño de la luz y el paisaje” (180). Pareciera, pues, que el cuerpo y los cuerpos de Reverón no pueden insertarse en el proyecto nacional monumentalista del dictador Marcos Pérez Jiménez. Durante su mandato, dice Guerrero, se “domestica” la ciudad de Caracas al “exhibirla al mundo” como una nación moderna. Parte de este intento de ordenamiento está en la creación de cuerpos nacionales, obras que reflejan una constitución “grecolatina” —aceptada por el buen gusto—tales como las “Toninas”, de Francisco Narváez, y “Monumental Venezuela”, de Ernesto Maragall. Estos cuerpos grecolatinos se contraponen a las “monstruosas” muñecas de Reverón. Por tanto, las muñecas no pueden ser alegorizadas por la nación, sino quedan marginadas.

De ahí que la crítica instale a Reverón a través del paisaje y no de los cuerpos puesto que no se “aceptan” a las muñecas como parte del imaginario moderno que se va formando en Venezuela. Paradójicamente, la gente “baja” desde Caracas a La Guaira a ese “otro lado” del Ávila en el que Reverón ha levantado su rancho. Así, la burguesía se acerca a ser retratada por el artista y a divertirse con esa escena “salvaje” de El Castillete. Instalan a Reverón en su discurso pues es el divertimento nacional, como bien explica Guerrero. Sin embargo, podríamos pensar que es Reverón, en su “supuesta” locura, quien inserta a toda la burguesía criolla en su discurso travesti.

Fotografías y muñecas

En la fotografía Armando Reverón con cabeza de muñeca (tomada por Ricardo Razetti en 1953), Guerrero imagina esa imagen como la evocación de una escena shakesperiana. “¿Ser o no ser muñeca?”, pareciera preguntarse Reverón.  La muñeca, pues, deja de ser un mero objeto pasivo para presentarse, diríamos en palabras de Jane Bennett, como “materia vibrante”, mostrando la vitalidad que tiene y su propia capacidad de agenciamiento. La tensión que se produce entre muñeca y artista radica entre dos subjetividades y no una verticalidad entre el artista como sujeto y la muñeca como objeto. Ahora bien, agrega Guerrero que “las muñecas son creaciones plásticas —en un sentido estético, artístico—, pero además son objetos plásticos en el sentido de que son únicamente cuerpos; como representaciones de la materia son, entonces, puro cuerpo sin órganos (Deleuze). Las muñecas son temidas y deseadas a la vez por ser solamente cuerpos. Definitivamente ellas llaman la atención a causa de su materialidad, por no ser metáfora ni alegoría, por no comunicarse con un afuera sino por ser cuerpos plásticos par excellence” (203).

Armando Reverón con cabeza de muñeca. Fotografía de Ricardo Razetti, 1953.

Por otro lado,  en la fotografía “Reverón con muñecas”, Guerrero señala:

“Las muñecas son modelos, objetos, representaciones bidimensionales, esculturales, espectadoras, hijas y amantes. Estos cuerpos resuelven el problema de la modelo y cancelan el enigma de la musa. El recorrido representacional de Reverón convierte a ésta en modelo; a la modelo, en muñeca; a la muñeca, en representación bidimensional y a ésta, a su vez, en muñeca. Lo que resulta crucial de este movimiento es la desaparición de la modelo-musa, fetiche de la vanguardia, como cuerpo que ancla la creación” (200).

Reverón con muñecas. Fotografía de Victoriano de los Ríos, 1949-1954. Colección Fundación Museos Nacionales, Caracas.

Las muñecas cuestionan tanto la representación como nuestra capacidad de mirar. El rostro de Reverón está encerrado entre muñecas, pero a la vez él mismo —en el congelamiento de la imagen, en los rasgos de su cara, en el ocultamiento detrás de las figuras, en la secuencialidad de la fotografía— parece volverse muñeca.

Por otro parte, en Autorretrato con muñecas (1949) dice Guerrero que las pinceladas plantean una apertura de los cuerpos que generan una confusión entre Reverón y las muñecas.  En otro Autorretrato, Guerrero ve el travestimiento de Reverón. “Su pintura Autorretrato con muñecas (1948) presenta a Reverón con las muñecas al fondo, guindadas de los brazos. Sin embargo el autorretrato presenta a un hombre travestido o en pleno proceso de transformación” (206). El crítico destaca dos elementos que son justamente los que travisten a Reverón y lo hacen parecer una muñeca: el trapo en la cabeza y la mirada fija. “El trapo es uno de los elementos que se usa para definir estas muñecas —hechas de trapo—“ (209).

Autorretrato con muñecas de Armando Reverón, 1948. Carboncillo, tiza, pastel y tiza de color sobre papel, 60 x 92 cm. Colección Asdrúbal Fuenmayor R.

Guerrero le da luz a Reverón y no es ya Reverón quien la da en sus pinturas. De hecho, las pinturas podemos leerlas bajo esta nueva luz, la luz que le da visibilidad a las muñecas.

Finalmente, ¿qué debemos hacer con esta visión de Guerrero? ¿Debemos empezar a leer a Reverón como un artista travesti? ¿Tenemos que cambiar nuestra mirada paisajística sobre la obra reveroniana para enfocarnos en la materialidad de los cuerpos de sus muñecas?

Quizá, lo que más motiva esta lectura de Javier Guerrero es su intento de problematizar algunas de las categorías establecidas e invitarnos a realizar nuevas lecturas sobre asuntos acerca de los que suelen repetirse los mismos discursos. Reverón deja de ser simplemente pensado como un “pintor de luces” para concebirlo como un artista visual cuyo mejor trabajo fue saber cómo jugar a ser muñeca.

Guerrero, Javier (2014). Tecnologías del cuerpo. Exhibicionismo y visualidad en América Latina. Madrid: Iberoamericana Vervuert.

La fotografía que abre este artículo es un de Luis Brito. Detalle de una muñeca de trapo de tamaño real fabricada  por el artista venezolano Armando Reverón en su casa-taller de Macuto, El Castillete. (Luis Brito/Orinoquiaphoto).

Tres poemas de Diego Illescas

Altar a lo que aún no defino pero existe
 
 sus trenzas siguen amarradas
 a mi pecho,
 
 no la quiero sacar del todo
 de ese rincón
 que le he guardado,
 
 abundan los viejos recuerdos
 en mi memoria
 pedazos sin vida,
 
 le he dedicado un altar
 al fondo de mi boca,
 hay palabras
 que nunca salieron de mi saliva
 
 y mis dedos todavía sienten
 su presencia,
 
 al hundirme en la almohada
 sus pétalos
 se aferran a mi boca 
 la impregnan de su canto
 
 en las lágrimas 
 hay estrellas que soñé podrían florecer
 y ahora son supernovas
 en mis manos,
 
 queda 
 solo el fétido olor 
 del amor caducado
 como una meseta que atraviesa
 mi garganta,
 de donde a veces brotan aves
 o solo gárgolas,
 
 no la quiero sacar del todo
 temo morir en un  abismo, 
 morir 
 más que de costumbre,
 
 no creo en cuentos de hadas,
 el pasado fue un aleteo 
 arrebatado, despedazado 
 en mis labios,
 
 donde aún te amo,
 y amor me es una palabra
 sin definición en mi vocabulario,
 del que solo conozco su sabor.
 ---------------------
 Amor, fría rosa.
 eleva y en la punta
 te desploma cielo arriba,
 se abre el cosmos 
 y su horrorosa belleza.
 Cierro las puertas.
 No hay entradas ni salidas.


Mi novia el subsuelo
 
 Jamás aceptare que he pecado.
 Que me avergüenzo de lo hecho.
 Que noche a noche
 hay una alcoba de alaridos esperándome
 con puños cerrados y látigo en mano.
 No hallaré cielo en esto, lo sé
 
 pero asfixiarse 
 un poco,
 a veces,
 demasiado
 puede llegar a ser placentero.
 
 Se encuentran diminutas partículas de aire
 que se creían extintas
 en pulmones de hierro. 
 
 Mirar la oscuridad del sótano 
 ahogarse en su humedad
 también
 puede ser agradable
 
 uno halla pequeños fragmentos 
 de astros y lunas 
 que nunca se dejan ver en la pupila del sol.
 
 Sol hiriente cuando no lo busco.
 Que quiere implotar en mi ser
 y no lo dejó.
 Por si la mañana 
 posee astillas 
 y solo es actuación.
 
 Jamás aceptare que he pecado.
 La cálida putrefacción de las lombrices
 la negrura del agua estancada
 es una cobija para mí
 
 el subsuelo
         mi novia perfecta.





 Una tarde de puños cerrados
 
 La pelea/ el tono acribillante de las palabras/
 el ambiente tenso de los rostros/ los gritos
 como agujas/ él como fantasma de la atmosfera.
 Acentuando la ira.
 Siendo el acento de los remordimientos/
 la frustración de ser transparente/
 de no poder poner el alto/
 hacer de los gritos libélulas.
 
 Salé/ con una patada apuñala al perro.
                    Todoregresaalsilencio.

.

Como otra vida
          
        en la memoria
                 
                de otra forma
         
                          duele el tiempo

Poemas de César Vallejo

Hoy 15 de abril se cumplen 79 años del fallecimiento del poeta peruano César Vallejo.
A continuación pueden leer una selección de sus poemas.

De Los heraldos negros (1918)

LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes Yo no sé!
 Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
 la resaca de todo lo sufrido
 se empozara en el alma Yo no sé!

Son pocos; pero son Abren zanjas oscuras
 en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
 Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
 o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
 de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
 Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
 de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre Pobre pobre! Vuelve los ojos, como
 cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
 vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
 se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes Yo no sé!

NERVAZON DE ANGUSTIA 

Dulce hebrea, desclava mi tránsito de arcilla; 
desclava mi tensión nerviosa y mi dolor... 
Desclava, amada eterna, mi largo afán y los 
dos clavos de mis alas y el clavo de mi amor! 

Regreso del desierto donde he caído mucho; 
retira la cicuta y obséquiame tus vinos!: 
espanta con un llanto de amor a mis sicarios, 
cuyos gestos son férreas fieras de Longinos! 

Desclávame mis clavos, oh nueva madre, mía, 
Sinfonía de olivos, escancia tu llorar! 
Y has de esperar, sentada junto a mi carne muerta, 
cuál cede la amenaza, y la alondra se va! 

Pasas..., vuelves... Tus lutos trenzan mi gran cilicio 
con gotas de curare, filos de humanidad, 
la dignidad roquera que hay en tu castidad, 
y el judithesco azogue de tu miel interior. 

Son las ocho de la mañana de un crema brujo... 
Hay frío... Un perro pasa royendo el hueso de otro 
perro que fue... Y empieza a llorar en mis nervios 
un fósforo que en cápsulas de silencio apagué! 

Y en mi alma hereje canta su dulce fiesta asiática 
un dionisiaco hastío de café...!

BORDAS DE HIELO 

Vengo a verte pasar todos los días, 
vaporcito encantado siempre lejos... 
¡Tus ojos son dos rubios capitanes; 
tu labio es un brevísimo pañuelo 
rojo que ondea en un adiós de sangre! 

Vengo a verte pasar; 
hasta que un día, 
embriagada de tiempo y de crueldad, 
vaporcito encantado siempre lejos, 
¡la estrella de la tarde partirá! 

Las jarcias; vientos que traicionan; vientos 
¡de mujer que pasó! 
Tus fríos capitanes darán orden; 
¡y quien habrá partido seré yo...!

De Trilce (1922)
I 

   Quién hace tanta bulla 
y ni deja testar las islas que van quedando. 

      Un poco más de consideración 
en cuanto será tarde, temprano, 
y se aquilatará mejor 
el guano, la simple calabrina tesórea 
que brinda sin querer, 
en el insular corazón, 
salobre alcatraz, a cada hialóidea 
           grupada.
     Un poco más de consideración,
y el mantillo líquido, seis de la tarde
          DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES. 

 Y la península párase
 por la espalda, abozaleada, impertérrita 
en la línea mortal del equilibrio.

II

         Tiempo Tiempo.

Mediodía estancado entre relentes. 
Bomba aburrida del cuartel achica 
tiempo    tiempo    tiempo    tiempo.

           Era Era.

Gallos cancionan escarbando en vano. 
Boca del claro día que conjuga
era era era era.

         Mañana Mañana.
 
El reposo caliente aún de ser.
Piensa el presente guárdame para 
mañana   mañana   mañana   mañana 

         Nombre Nombre.

¿Qué se llama cuanto heriza nos?
Se llama Lomismo que padece 
nombre  nombre  nombre  nombrE.

V

   Grupo dicotiledón. Oberturan
desde él petreles, propensiones de trinidad, 
finales que comienzan, ohs de ayes 
creyérase avaloriados de heterogeneidad. 
¡Grupo de los dos cotiledones!

    A ver. Aquello sea sin ser más.
A ver. No trascienda hacia afuera,
y piense en són de no ser escuchado,
y crome y no sea visto.
Y no glise en el gran colapso.

    La creada voz rebélase y no quiere
ser malla, ni amor.
Los novios sean novios en eternidad.
Pues no deis 1, que resonará al infinito.
Y no deis 0, que callará tánto,
hasta despertar y poner de pie al 1.


    Ah grupo bicardiaco.

Cuatro poemas de ‘Al Mundo le aze falta un Orgazmo Máz’, de Mauricio Torres Paredes

 Presentamos cuatro poemas de Al Mundo le aze falta un Orgazmo Máz (1997), del escritor chileno Mauricio Torres Paredes.

ZIBER CHILE

 

En el último orgazmo ke le dio la androide

(por detráz) al polizia Pokoz fueron loz

komentarioz del religiozo ke ze meneaba el poder al

máz puro eztilo Zan Kamilo

Del Zur zur de Santiago Zur realizta.Ze biste de

kuero y lentez ozkuroz en una plataforma de

mengano aliado kon retrofilaziona miento zino kon

retorfilak donde ella lo ezkupe diziendo Bonito

Berdad? de Bello Hermozo Audaz , debería tener uno

Azí, pero lamentablemente el ombre ziber ez uno de

loz kulpablez de ke Zuzuyaka Larraín zea enjendro

del kruel Deztino.

No pazaron máz de 40 díaz aya en el emizferio de

lo rekordado para ke el ezkupitajo de mis ojoz

rodara por zikatriz zu entre piernaz.  Me arraztraré

para ke mi boka pueda yegar al platiyo y beberé la

zangre meztrual dezperdiziada ke kon la ezkuza de

la libertad embranina ezklabizaron a otraz de zu

mizma raza a labar pañalez ajenos y la zangre

kuajará la zangre en miz labioz y ze formará una

gran koztra y ezta ze infektará para kuando me

entrebizte kon el poder

mirar fijamente al ombre, a la mujer y

ezkupirle el puz ke retiene mi zenzurada boka

¿porké? Por todoz loz ke fueron y zomoz parte de

ezte

mundo feliz y preguntarlez kuando por zuz anoz

korra el mal oliente líkido:

¿Te guzta verdad? De guzto, de agrado, de dicha

En ezte CHILE ZIBER copia amburjerza,

koituz interruptuz y arte pop, donde

kauzar azko ez zer azko y azko azkiado komo típiko

autómata.

Azko eterno Azko mi alma mierda para dezir

1 2 3 momiaz de loz nogalez ke ezperan para

eyakular la kara del jeneral y todas zuz eztreyaz del

Power Ark Rock

 

Pincha luego lo nezezito

dejame akí moribundo dopado de TB

CHILE ZIBER kontigo rebolkando mi nariz en la

inztituzionalidad blanka y pura kontigo zudando

graffitiz ke digan Chile Ziber puro Chile en la máz

engrupido (kon blanko azul y rojo en letraz de neón)

permitir todo máz lo permitido repartición

de todo Igual.

Rebalorazión rekonztrukzión reembolzazión

CHILE ZIBER frente a una pekeñita plazita de

kriztal donde la androide trabaja aogando kafichez y

zu gente y  zu chicha y zu empaná el pueblo donde

está el pueblo está en la metropoliz pidiendo liberar

a los ke dieron zu bida por luchar en ezte CHILE

ZIBER Ziber popular


LA MUJER ZIBER

 

La zenzibilidad relaja el pulzo mientraz la bizta

ze distrae kon nuebo spot ke biola el zub konziente

a modo de inbazión Yanky ¡obbio! Tratando de

zakar algún probecho.

Ze kruza kon japoneza ke paraliza zuz

ektremdadez kon zu rebolber zóniko

(Ekzplikar el funzionamiento de ezte zeria algo

largo y aburrido, ademáz por la manía ke tienen

loz japonezez de azer todo chiko me zeria difizil

referirme a loz trifazialez ke ze mezklan kon la

memoria análoga del pozeedor).

Agrietar, gritar, tomar y produzir sonidoz

guturalez a modo de pregunta ke parezka eztar

diziendo ke paza dioz mio Fuera del zubterraneo

loz mutantez an rezibido la noticia

Zin agredir y flotando por el ziber ezpazio, agarra

el azido ke produze la bida y deforma tu roztro antez

ke otra lo aga por ti.

Zuzto realmente grande, la dezkontrolada japoneza

la abrazó y akribiyó zuz doz piernaz a modo de

felizitazión y korrió korrió komo kien korre en

buzka de libertad y máz máz rápido ke el deztino ke

le tokaba zu ombro zuzurrándole al oído:

Tu ora pazó aora me toka a mí


ADROGADOZ

 

Komienza la fiezta

 

miz manoz zekaz me rebelan tu negatiba

a zegir produziendo nektar entre tuz piernas

pero yo me distorsiono en strezz katatóniko

remobiendo kada trozo de karne leproza de mi

kuerpo ziamez

¿porké Edipo no perpetuazte laz abitazionez de tuz

familiarez re-kreando la máz dezkabeyadaz

deprabaciones?

¿Porké bertizte la sangre ke kojaba la lengua de

tu madre aorkada en loz orifizioz ozkuro-biolazio

ke kedaron perpetuoz donde tuz lágrimas ya máz no

zalieron?

Rebuelka tu autoekzilio en la tierra putrefakta

inundada de kuerpoz zin zanta zepultura

Tierra putrefakta

inundada de kuerpoz sin zanta zepultura

putrefakta

inundada de kuerpoz zin zanta zepultura

de kuerpos zin zanta zepultura

mientraz el maldito konejo roza

zigue burlándoze de mí.

 


REW

 

Nada podrá kambiar pichangaz de barrio o komo

kuando laz kayez zekaban laz lágrimaz del inbierno

Nada podrá kambiar kantoz en laz mikroz

zobre todo kuando tuz ojoz ze umedezían

eeeeeeeechale la kulpa a la briza ke entra por la ventana.

 


Mauricio Torres Paredes, poeta  (Santiago, 1973) Ha publicado: “Al Mundo le aze falta un Orgazmo Máz” (1997); “Adicción Adicción” (1998); “El Futuro Prometido” (2001); “Orgasmos”. “Trilogía de Fin de Siglo” (2004) y 2da Edición (2014); “…todas las playas del planeta” (2005); En el año 2012 se Realizó el año 2002 una muestra de poesía visual de su obra titulada “No compre”. Organizador del Encuentro de Poesía Santiago 4043 (A 40 años del Golpe Militar y a 43 años del Triunfo Popular) años 2013, del Ciclo de Lecturas Poéticas “Invadiendo la Ciudad” (2014). Editor del poemario “El Abrazo del Viento” de Matías Catrileo y del libro Guilitranalhue de David Aniñir. Además ha sido invitado a la Feria internacional del Libro de la Habana, Cuba y al Encuentro de poetas de la ciudad de Zamora, Michoacán. Mexico, entre otros.

La fotografía es de Albert Pocej

La obra de Diamela Eltit se publicará por primera vez en Brasil

La escritora Diamela Eltit, una de las voces literarias más importantes en lengua española, será publicada por primera vez en Brasil. Asimismo, la escritora asistirá a la Festa Literária Internacional de Paraty (Flip), evento que se llevará a cabo en Río de Janeiro entre el 26 y 30 de julio.

A pesar de que la obra de Eltit ha sido muy estudiada en Estados Unidos e Hispanoamérica, sus libros no habían sido traducidos al portugués hasta ahora. En julio de este año se publicarán en Brasil Jamás el fuego nunca (traducida como Jamais O Fogo Nunca), considerada una de las 25 mejores novelas en español de los últimos 25 años (Babelia, 2016), y A Máquina Pinochet e Outros Ensaios, una colección de textos críticos traducidos por Pedro Meira Monteiro y organizados por Javier Guerrero, ambos profesores del departamento de Español y Portugués de Princeton University.

El nombre de Diamela Eltit, prácticamente desconocido en Brasil, es una apuesta de la nueva curadora de Flip, Joselia Aguilar.

A continuación puedes leer un fragmento en portugués de Jamais O Fogo Nunca.

“Estamos jogados na cama, entregues à legitimidade de um descanso que merecemos. Estamos, sim, jogados na noite, compartilhando. Sinto o seu corpo dobrado contra as minhas costas dobradas. Perfeitos. A curva é a forma que melhor nos acomoda porque podemos harmonizar e desfazer nossas diferenças. Minha estatura e a sua, o peso, a distribuição dos ossos, as bocas. O travesseiro sustenta equilibradamente as nossas cabeças, separa as respirações. Tusso. Levanto a cabeça do travesseiro e apoio o cotovelo na cama para tossir tranquila. Incomoda você e até certo ponto lhe preocupa a minha tosse. Sempre. Você se mexe para me mostrar que está ali e que eu me excedi. Mas agora você dorme enquanto eu mantenho ritualmente minha vigília e meu afogamento. Terei que lhe dizer, amanhã, sim, amanhã mesmo, que devo racionar seus cigarros, reduzi-los ao mínimo ou definitivamente deixar de comprá-los. Não temos o bastante. Você apertará as mandíbulas e fechará os olhos quando me escutar, e não vai me responder, eu sei. Permanecerá impávido como se as minhas palavras não tivessem a menor aderência e continuasse ali, íntegro, o maço que compro fielmente para você.

Você gosta, você se importa com isso, você precisa fumar, eu sei, mas você não pode mais, eu não posso, não quero. Não mais. Você pensará, eu sei, em quanto você tem se sustentado nos cigarros que consome sistematicamente. Tem sido assim, mas já não é necessário.

Não.

Não consigo dormir e, entre os minutos, através dos segundos que não chego a precisar, se intromete uma inquietude absurda mas que se impõe como decisiva, a morte, sim, a morte de Franco. Não consigo lembrar quando Franco morreu. Quando foi, em que ano, em que mês, em que circunstâncias você me disse: Franco morreu, finalmente morreu, jogado como um cachorro. Mas você estava fumando e eu também nesse momento. Você fumava enquanto falava da morte e eu fumava e, enquanto acompanhava seu rosto adolescente, abertamente ressentido e lúcido e de certa forma deslumbrante, apaguei o cigarro entendendo que era o último, que eu nunca mais fumaria, que nunca gostei de aspirar aquela fumaça e engolir a queimação do papel. Sinto o seu cotovelo apoiado na minha costela, penso que ainda tenho costela, e aceito, sim, me entrego ao seu cotovelo e me conformo com a minha costela.

Me viro, ponho minha mão sobre o seu quadril e sacudo você uma e outra vez, rápido, ostensiva. Quando morreu Franco, pergunto, em que ano. Quê?, quê?, você diz. Quando morreu, eu digo, Franco, em que ano. Com um só impulso você se senta na cama, veloz, atravessado por uma fúria muscular que você já não exerce nunca e que me surpreende. Apoia a cabeça na parede, mas volta de imediato a deslizar entre os lençóis e fica de costas para mim.

Quando?, eu pergunto, quando?

Com a respiração agitada demais, você chega à borda da cama, não sei, responde, fique quieta, durma, vire para lá. Um dia específico de um ano específico, mas que não faz parte de uma ordem. Uma cena desprendida, já inarticulada na qual fumávamos concentrados, entregues à nossa primeira célula, enquanto você, precocemente sábio, com a plenitude que as habilidades podem alcançar, sustentava algumas palavras legítimas e consistentes que não se podiam contornar, e nós o olhávamos extasiados – os seus argumentos – quando você explicava a morte de Franco e eu, cativada pelo rigor das suas palavras, apagava o cigarro possuída por um nojo final e observava o papel destroçado contra o filtro, olhava a ponta no cinzeiro e pensava, nunca mais, é o último, acabou, pensava e pensava por que eu tinha fumado tanto naquele ano se não gostava, na verdade, da fumaça. Visualizo o cinzeiro, o cigarro apagado com os filamentos escassos de tabaco desfeitos em seu centro. Eu o tenho. Tenho também a morte de Franco, mas não o ano, nem o mês e muito menos o dia. Me diga, me diga, pergunto. Não comece, não continue, durma, você responde. Mas eu não posso, não sei como dormir se não recupero a parte perdida, se não escapo do buraco nefasto do tempo que preciso atrair. A ponta do cigarro amassada contra o cinzeiro, os meus dedos, a sequência das suas palavras convincentes, jogado como um cachorro, em sua cama, o assassino, ou talvez você tenha dito: o homicida, e meu nojo definitivo ao trago de fumaça, o último.

(…)”

Fuente: Estadao

Cuatro rostros en un espejo, de Andrés Mariño Palacio

Presentamos un cuento del escritor venezolano Andrés Mariño Palacio (1927-1965).

“Creo que la humanidad comienza allí donde las gentes
sin genio se figuran que acaba”.

Thomas Mann

-A-

Me desespera visitar a Raquel, porque siempre que voy a su casa, tengo que encontrarme con su marido. Me desespera terriblemente, pese a que Raquel es mi hermana, pero su marido es un hombre hermoso, de un rostro fino y delicado, tanto así, que si yo no le conociera tan bien, diría que se hace sutiles maquillajes para mantener la tersura de su piel y las líneas del rostro.

Cada vez que llego y abrazo a mi hermana, —mi hermana es una mujer rubia de un cuerpo magistral—, él me saluda con afecto y me estrecha la mano. Dice con su voz lánguida:

—¡Oh, cómo marchan esos cuadros señor pintor! Estoy muy contento de que mi cuñado sea un ilustre dilettante. Así la familia se engrandece, y cualquier día mi querido cuñado, mi estimado Claudio, usted abre su exposición y se gana sus miles de bolívares…

Yo lo desprecio finalmente.

En realidad, sus palabras son vacías, afectadas, y creo que me habla y busca mi compañía para establecer el contraste entre su rostro de apolo y mi cara demacrada; porque nací feo, crecí igualmente, y no he podido modificar en nada mis rasgos. No soy ni siquiera simpático, sino feo, completamente horrífico. Cuando tenía catorce años, decía mi madre: “Claudio cambiará, eso le pasa a todos los muchachos de su edad, ese es el crecimiento, asimismo ocurrió con Beltrán”.

Todo era una mentira, una dulce mentira de mi madre; porque yo nací feo, crecí igualmente, y seré siempre un hombre de fealdad corrosiva… Por eso me desespera intensamente visitar a mi hermana Raquel. Y siempre sale al paso el bello de su marido a abrazarme y a compadecerse de mi grotesco rostro.

-B-

A la verdad, no soy pintor como insinúa el marido de Raquel, ni siquiera un mal pintor. Lo que sucedió fue, que caí de lleno en una ola de mediocres que se daban aires peripatéticos de intelectuales. Discutían demasiado acerca del arte y sus relaciones con el hombre y el mundo. Yo, por mi espíritu irónico, (volteriano podría decir), me gustaba intervenir a veces, poniendo de antemano la alabarda del desprecio, haciéndoles ver a todos que comprendía la farsa que estaban llevando a cabo, y que me prestaba a hacerla más sugestiva con mi mezquino aporte… En muchas oportunidades salía muy bebido. Una noche, después de haber polemizado acerca de la misantropía de Leonardo, después que discutí la trascendencia de “La Gioconda”, nos fuimos a un prostíbulo. Llegué completamente borracho, divagaba como un bárbaro acerca de temas profundamente vastos. Entonces, en un arranque sensualista que es común a todos los borrachos, hice que una rubia de ojos grises que me miraba hacía rato, se desnudara para yo pintarla. La mujer accedió, (¡estaba enamorada de mi bella fealdad!), y el boceto grotesco, vulgar, lleno de un sadismo inspirado, rebosante de obscenidad, agradó a todos. Volqué mi pasión de borracho, de hombre feo, y de parásito intelectual, en las carnes hermosas de la prostituta. Junto a sus senos, dibujé los senos cerebrales de un químico, (simulé vagamente unas probetas…), en la flor del vientre, coloqué a dos filósofos que seguramente hacían alardes pedantes en torno al amor y a la muerte… En total, después de esa noche, mi fama de pintor apocalíptico, mordazmente trágico, se extendió…

Así, el marido de mi hermana, habla siempre de mi habilidad pictórica cuando yo les hago una visita. (En el fondo, sólo desea comparar nuestras bellezas: su hermosa belleza y mi bella fealdad). No sabe que he descubierto su juego. Quizás algún día me decida a englobar en una gran obra, —un cuadro monumental, fantástico, inconcebible—, los términos indefinidos y relativos de la belleza y de la fealdad. En realidad, en mí se han llegado a confundir esos términos. Para el vulgo, soy un hombre feo, hasta para mis más inmediatos parientes. Mi madre, se daba cuenta de mis rasgos irregulares cuando tenía catorce años, y llegó a decirme que era el proceso de crecimiento que desproporcionaba la simetría de mis pómulos, y me daba ese aire satánico de monstruo intelectual. Porque esa es la verdad, cuando la gente me ha tratado por algún tiempo, comprende, intuye, descubre horrorizada que tengo un aire satánico de monstruo intelectual…

Mis hermanos son perfectos, elegantes, de piel tierna y agraciada, (Raquel es rubia, Beltrán s bronceado, casi un hindú); sin embargo, no sé por qué oculta razón, he querido siempre descubrir un hilo común entre cuatro rostros que en el fondo y superficialmente, son tan distintos. Son cuatro grados de belleza que palpitan en mi derredor, y me ofuscan, me ofuscan angustiosamente…

-C-

Aquella prostituta rubia, de pupilas grises, que sirvió de modelo para el boceto, —cuadro nonato y culpable de mi fama—, representa el primer grado: está ajada, pura en su decadencia; la belleza, la extirpó, la hizo inútil traficando con su pasión. Y mi hermana Raquel, —la rubia, la casada con el apolo—, simula el grado opuesto, pero también hermano contradictorio. Ella, reina opulenta en su lecho amplio, cubierto de perfumes voluptuosos, (¡cómo se dilatan las aletas de su nariz en la medianoche cuando siente el cuerpo calenturiento que la está poseyendo!). Y la prostituta, —polo a polo, dos grados diferentes de belleza—, se resigna como un lúgubre Cristo en su camastro, mientras que algún hombre anémico bebe el placer ansiosamente, lo busca como un sediento en sus belfos cansados… Los otros dos grados de belleza son varoniles, ¡pero qué distintos! El marido de mi hermana es uno. Su belleza es física. La máscara que le cubre el rostro es una llama afrodisíaca para las mujeres que le rodean, sin embargo, no se eleva al plano de la otra belleza, ¡mi belleza intelectual, satánica, monstruosa! Son los cuatro grados perfectos de la belleza… Quisiera fundirlos, confundirlos, aliarlos, hacerlos una sola y única substancia, los reuniría en un cuadro monumental, o… en un espejo!

La belleza pura, que nada en la morbidez del placer, la otra, alicaída, penumbrosa, náufrago en el vicio. La belleza firme, segura, periférica, y la belleza demoníaca, la belleza de la fealdad, en cuyo fondo se entrecruzan las aguas salvajes, turbias, de las ideas humanas. Quisiera fundir esas bellezas, aliarlas, hacerlas un aereolito mágico, impresionante, ante el cual todos los hombres libraran sacrificios en aras del supremo dios del universo: ¡el sexo agobiador!

-D-

A veces me sorprenden estos éxtasis y me siento un artista inconmensurable. Dispuesto a crear monstruos bellos; sombríos y hermosos a la vez. Pero todo queda en la idea, en la forma gaseosa que se evapora en cuanto la febrilidad desaparece. Es como mi hermosura, que sólo aparece en determinados instantes, ante determinada mujer, después que he llegado a penetrar en la identidad anímica de mi amante… Por eso, me cuesta tanto ser un amante completo…

Hace muchos días que no visito a mi hermana Raquel. Tampoco he visto a su marido. Parece que mi hermana se encuentra embarazada. ¡Coincidencia! ¡Singular coincidencia! La prostituta aquella, la rubia de pupilas grises que sirvió de modelo a mi locura de creador, lleva un hijo mío, una pequeña bestia que yo alenté con mi soplido, en su vientre de pecadora. ¿Podemos culpar a los espermatozoides de los monstruos que fabrican? Esos dos cuerpecitos que saldrán algún día a la luz, llevarán los sellos de las cuatro bellezas, fundidas no en uno, sino en dos modelos, ¡serán cuatro rostros en un espejo, pero que reflejan sólo dos imágenes!

Tres poemas de Valeria Román Marroquín

Presentamos tres poemas de la escritora peruana Valeria Román Marroquín.

i.


DESPUÉS DE LAS BOMBAS VINIERON LOS SANMARQUINOS
corriendo bajo cuesta
hacia /la incertidumbre/
                             un laberinto de piedras y humo

tres juraron entre lágrimas no retroceder
ante una totalidad articulada/compleja/contradictoria y sus instituciones
              y sin embargo enterrados sus rostros sus costillas
el olor a batalla les quemaba las narices
un rumor de derrota se sobreponía / después de las bombas
            despejaron el terreno
            pesando sus pasos
y golpe tras golpe
y grito tras grito hacia                                        el desconcierto

un laberinto de piedras y panfletos donde anduvimos perdidos
                           bajo la mirada de trescientos uniformados
                          dos tanquetas                                                 
complacientes
y tres perros del lugar


inevitablemente
/quedaba esperar/

a lo lejos el sol quema sin haber salido

ii.

DESPUÉS DE LAS BALAS VINIERON LOS CAÍDOS
y avanzaron
como única verdad legítima justa y grande entre cuantas ha conocido la historia
bajo la mirada de tres perros del lugar
      trescientos perros del estado


cien estudiantes (y un poco menos, se especulaba) formados
algunos con palos otros con miedo
desnudos los ojos abiertas las voces
a defender una
única hipótesis posible                                 todopoderosa porque es cierta
ESTAMOS CONVENCIDOS LA LUCHA ES EL CAMINO
                                       hasta quedar exhaustos

pero indivisibles

después de las bombas
la ansiedad de la lógica en sus cabezas y en sus bocas
un vacío como la noche negra
en sus estómagos / un laberinto de piedras y pan duro para la noche
acaso
una formación social concreta con una historia específica se ha levantado
acaso
un hito un proceso revolucionario –de entre los varios procesos en la historia–
siquiera prerevolucionario
acaso
una oportunidad para la articulación
             de nuestro glorioso movimiento una oportunidad
para recuperar por fin recuperar el cogobierno recuperar los espacios de la reforma
por fin
denunciar mil veces denunciar grupos autoritarios
                    sectores corruptos sectores reaccionarios
          los mismos miserables sirviendo a un aparato abiertamente privatizador
             mercantilista sirviendo
acaso no el estado acaso en su cima los andes sostengan el deber democrático
de brindar a
todos los malditos amurallados un libro un mísero libro hasta el punto de
no dejarnos morir
acaso
un laberinto
una vanguardia en nuestros estómagos acaso lenin nos veía acercarnos cien años atrás
acaso
estamos sangrando
acaso los nombres las consignas los héroes las batallas el dolor se quedan
en el silencio
de la madrugada
plena hora en que atacaron                 miserables
la negra noche /como un hoyo/

iii.

DESPUÉS DE LAS BALAS VINO EL FISCAL
defensoría
la prensa
un par de curiosos un congresista

después de las bombas mirarnos las caras

y pensar
que todo está hecho

a lo lejos la victoria quema
un rumor de retorno permanece bajo la sombra

nudo de inquietudes: nadie baja la cabeza

Valeria Román Marroquín (Arequipa, 1999) Estudia Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado Feelback (2016), su primer poemario. Entusiasta del queso helado.

La fotografía utilizada es de Aaron D. Feen.

Tres poemas de Adriana Paredes Pinda

Presentamos tres poemas de la poeta Adriana Paredes Pinda.

Te llaman en lenguas raulíes y alerzarias

Se está cayendo Treng –Treng
¿Por qué no escuchan a los niños?

Planten canelos para el tiempo de los brotes.
Abuela abuelo,
se cae el wuinkul frente
a la casa de mi madre.

Ellos se van a buscar el poder a la montaña,
los pantanos permiten sólo a algunos.

Los pastos son demasiados finos para ti.
La mujer lleva la música,
aquella cuyo espíritu
fue tomada por el pájaro.

Abuela, abuelo,
me voy a Quinquén a ver la nieve,
a empollar su sueño roto,
antes que enmudezca
me voy sola.

Apochi küyen mew
Amutuan

Kuze fücha
Ülcha weche
la nieve es verde.

______________

Treng-Treng: La gran serpiente de la tierra que luchó contra Kai Kai, la serpiente del mar, defendiendo a los primeros hombres. El relato mítico de la guerra entre Treng Treng y Kai Kai explica el origen del pueblo mapuche.
Wuinkul: Cerro
Apochi küyen mew / amutuan: Con luna llena / me voy
Kuze Fücha / Ülcha Weche:  Mujer Anciana / Hombre joven

 


Sanación

Fuchotun
es lo que falta. Laurel limpie estos aires,
aclare los caminos.
La que me guía
vuelca foye en la penumbra, erupciona
una luna mordiendo los espíritus. Ella dirá cuándo.
Por ahora tengo los olores,
despierto con la nariz pegada
a la vertientes,
la lamedura del sueño.
Fuchotu fuchotu
pieyfey tañi ñaña
amulerkeita pu chollvñ mamvll.

Cantará la niña su canto antiguo si conoce
la madre de su raíz, si llena su boca
con yerbas sanadoras. Tusílago
para la pena que le derrama
en tos asmática por el pecho, palke
para la cabeza afiebrada sin trarilonco,
matico cicatrizará herida de parturientas
cuando venga su luz.
Ahora los ojos se les quedan en cementos,
no hay lunas maternales en los edificios,
no entra sol ni aire ni fuego.
La muchacha tendrá que hacer machitún.
Los brotes de las maderas
pujan en sus lengua,
un pewen de aroma en parto.
Se le había ido el espíritu, dicen.
Le hicimos fuegos con luna llena a su ruka,
sus brazos no querían mapuche por eso la pena,
pero se rindió con foye
mientras cantábamos. Trutruka,
pvfvllka, trompe antiguo con raulí
para enamorarla.
Un muchacho pedía por su regreso,
porque la libráramos de los perros negros.
Ya no quería ser secuestrada la muchacha
en otro mundo, pero su corazón estaba partido
en dos
Por eso la pena y piojos blancos.
Pedimos a la mamita le sobara la partidura
allí donde moría. Vinieron entonces buenos olores,
tierra de Treng-Treng llenó sus manos,
volvía espíritu de chiquilla enferma
porque la madre fue por él.
“Tuve que ir a buscarlo por donde se perdió”.

 

Algo le falta a esta casa – me han dicho.
Habrá pues que habitarla,
la ronda el tigre viejo.
Pu aliwen.
Abran las piezas murmurantes, déjenlo
tomar lo suyo. Enmontañarse
en los pulsos secretos.
Que venga Kvtral, nos consuma en su rescoldo vivo
el humo, las secreciones milenarias.

 

Yo te permito tigre viejo peinarme los cabellos.

 

______________

Fuchotun: Hacer sahumerio con plantas nativas.
Foye: Canelo. Árbol autóctono sagrado. Sus hojas y corteza se utilizan como narcótico y cicatrizante.
Fuchotu fuchotu pieyfey tañi ñaña amulerkeita pu chollvñ mamvllSahumerio sahumerio / eso dijo la tía /va caminando/ en busca de plantas nuevas.
Palke o palqui: arbusto cuyas hojas y cortezas se usan como antipirético.
Trarilonco: Cinta tejida que se usa como adorno en la cabeza.
Machitún: Rito de sanación oficiado por la machi o  chamán.
Pewen: Fruto de la araucaria.
Ruka: Casa mapuche.
Txutxuca o trutruka: Instrumento de viento. Se utiliza en todos los actos sociales y religiosos. Se fabrica con una vara de coligüe de dos a cuatro metros de longitud, la cual se cubre con tripa de caballo. Se sopla por uno de sus extremos, mientras que el otro termina en un cuerno de vacuno que sirve como amplificador.
Püfülka: Instrumento musical de viento. Se fabrica de una pequeña pieza de madera que tiene un agujero por el cual se sopla.
Trompe: Pequeño instrumento musical metálico. Antiguamente este instrumento se hacía con corteza de coligüe tensada en forma de arco, con una tira de tripa de animal. El trompe se dispone entre los dientes, ahuecando la boca. Se aspira y se expira el aire levemente y al mismo tiempo se pulsa la lengüeta para emitir mediante esta vibración su particular sonido. El varón utiliza ese instrumento para enamorar a la joven de su preferencia.
Pu aliwen: Árboles nativos.
Kvtral o Kütral: El fuego.


Yo soy
la que te adivina en el rocío

—en el rocío del amanecer
se lamen las hendiduras del mundo—

la brotada en chümeley
beso de lengua
hendida
enjuto escupo atravesado en el aire torcido
que me envuelve

Ilwen me llaman en lenguas—

me encontraron
brotada toda
después de perderme
en remolino
«pasó meulen»
me encontraron
lengua kitral

escupo de fuego y hielo
en la carne
que se extingue

apellinada en chümeley
me vi
escuchando
el paso de mi sangre furiosa y cándida
por los derroteros oscuros y malignos de mi alma
mujer remedio

vi los códices                        arder

Malinche me llamaron
pero quien supo
de mis ardores
mis nebulosas líquidas mazorcas atorando mi alma
la entraña mía, restallando amarga insidia y miel
del equívoco desvarío

fui topada
por meulen

—no me mires
que es tiempo de rastrojo—

miel chacay

kewün kelü
choyünga

paine kewvn            lengua cielo

 

ta ñi kewvn
ayechi mollfvñ
vlkantuay famo

vino mi adversario
para ser vencida

—lengua canta aquí—


hombre lengua

Liftray

el que se cimbra
en remolino
con la muerte

solo
para recordarme
que soy viva
llama devoradora           de la infamia

hombre lengua partida cuchillo de plata fl otando en la niebla
hombre palmas raspadas por todos los augurios vanos e indomables del
mundo

—«suéñame ahora
que aún es temprano


Adriana Paredes Pinda nació en Osorno, Chile, en 1970. Pertenece a la Nación Mapuche-Huilliche. Es poeta, profesora y mujer-medicina. También es Doctora en Ciencias Humanas por la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Austral de Chile. Ha publicado ÜI, 2005; Parias zugun, 2014.

Poemas de Carlos Bolton

Presentamos tres poemas del escritor chileno Carlos Bolton, pertenecientes a su libro Áspero sonido (1977).


El mundo como asco y representación

La minúscula angustia de la mosca
que se ahoga en la sopa,
instante de un instante sin ala,
color ni memoria.


El mundo como voluntad y estupefacción

Ir por una calle
sin árboles
y abundantes perros,
por una escalera
sin gatos
y frecuentes ratas,
tener ganas de algo
y al entrar al baño
ver por el espejo
pasar
un mero artefacto.


Alguien lleva la cuenta

En este preciso momento un millón
seiscientas cuarenta y dos mil veinticuatro
parejas humanas
copulan simultáneamente.
El dos coma nueve por ciento de ellas
comete adulterio, y un cero
coma uno por medio millón
incesto. El resto
podría decirse que no.


La fotografía utilizada es de Fokko Muller.

Tres poemas de Régulo Villegas

Presentamos tres poemas del venezolano Régulo Villegas (1930-2006), pertenecientes a su libro paraíso de los condenados (1957).

del nacimiento

Yo habitaba mi país de origen
ignoraba los ritos y las iniciaciones
desconocía mis generaciones anteriores
Me desterraron bajo las garras azules de la lluvia
desde entonces lámparas húmedas lamen mi rostro
Único fue mi grito
incapaz de morder la forma de los signos
cuando mi padre dijo “Es El”
y besaba mis pies y mi frente conocidos ya
por confesiones clandestinas de la sangre

Marché junto a mi sombra
Mujeres blandas como grasa
Tornaron mi corazón límite fresco
Pesado como un crimen
Hoy digo a mis padres
―Mirad el aire poblado de pulpos minerales
mirad al sol regando tachuelas en el piso
Digo —Soy vuestra agonía más mis huesos
soy vuestra edad doblada en el olvido
Antes de hablar sabed que de vosotros
filosos mandarines cortarán la sonrisa



renacimientos

Renacemos en el paisaje
en la forma de insectos perfumados
cálices monstruosos nos alimentan
nos sostienen hojas de grueso pecíolo
Renacemos en el mar
en el ancla oxidada de las embarcaciones
en los rostros poblados de algas
de los marinos
en el pico de los alcatraces
Renacemos en el musgo que recubre las piedras
en el aceite de las jabonerías
en las esquinas de los cines
en los lugares sórdidos
Renacemos
y es que no obstante quiero marcharme
sin que nadie pregunte si he partido



Cosmopolita

1
Cosmopolita significa el primero

Significa el que silba en la boca de los estuarios
y agoniza bajo los árboles donde el ciempiés
tiende sus rieles como un tren de azogue

Significa el que gime el día de su natalicio
y escupe en el cráneo de las fieras marinas
que rondan el casco de las embarcaciones

Significa el que clama como la piel del náufrago
entre las mandíbulas de los mingitorios

Cosmopolita significa tu mortal enemigo

2
Hay una escala para dormir tras de los equinoccios
cuando la llama señala los templos
en cuyos pilares florece la cabellera
de una doncella más pura que el terciopelo de los gusanos

Cierto es que el dios de la melaza
canta como el fuego como los cataclismos

Cierto es nadie cruza el cielo sobre un potro
nadie reza ante un espejo herido
ni oficia en un altar adornado de jóvenes gramíneas

Cosmopolita significa tu muerte

3
Un farol no es ojo de un animal nocturno
no es la mano encendida de un ebrio
no es el brillo de los santiguadores
que cae sobre los niños como un buitre

Por eso nada nos duele tanto
como la mañana de abandonar el lecho
de mujeres venidas en grandes trasatlánticos
cuando el miedo salta de sus ojos como un caballo triste

Cosmopolita significa tu destrucción final

Poemas de Michela Lagalla

Boromas (Fragmentos)
                         «At vobis male sit, malae tenebrae
                         orci, quae omnia bella devoratis» [1]
                                                    Catulo
I                                                                                     

una vez leí 
     que 
           a veces
los cuerpos descompuestos
               exhalan
    un olor a violetas
o jazmines
       especialmente
a la intemperie
cuando son
        corrompidos
por el sol


II


 mi mente descompuesta
se desdobla
             fragmentaria
 como un espejo roto
         en el que me reflejo
quedándome todo
el tiempo
         anonadada y
                      perpleja
frente a la oscura
       e informe
         masa
              que soy


III


a los nueve
me precipité en un salto
al vacío húmedo
      a un pozo de arena movediza
   buscando algo
que no fuese la certeza
de que el agua arde
en los pulmones

lo llamé accidente
y desde eso
          ya no busco:
me he limitado a
                perderme
 

IV


crecer
siempre implica
marchitarse
 

V      


a los veinte
        me deshice entre
humo y navajas
         me deshice
 en desesperación
         me deshice
   de tanto poner a prueba
 la fragilidad
          de eso que no sé
                         que soy
 

VI


 certeza:
          morirse es siempre
      más fácil de lo que piensas
                   pero
       más difícil de lo que crees

 

[1] “Malditas seáis, crueles tinieblas infernales: devoráis toda cosa bella.”


Michela Lagalla (1994) cursó estudios de Letras en la Universidad Católica Andrés Bello. Escribe y traduce poesía y prosa del inglés, francés e italiano. Su trabajo ha sido publicado en diversas revistas literarias como Buenos Aires Poetry, Cantera, Digopalabra.txt y Poesía. Actualmente se dedica a la traducción de The Bell Jar, única novela de su autora preferida, Sylvia Plath.

Cortometrajes animados latinoamericanos I

En América Latina se ha producido una considerable cantidad de cortometrajes animados destacables. En esta primera edición, los invitamos a ver tres preciosas piezas de este género cinematográfico en nuestra región.

Lucía

Producido por Diluvio. Este cortometraje fue proyectado en distintos festivales internacionales y ganó varios premios.

Sin salida

Producido por Stuff3D Animation. Resultó ganador de varios premios en distintos festivales.

Historia de un oso

Producido por PunkRobot. Resultó ganador del Premio Oscar al Mejor Corto Animado 2016.

Historia de un Oso cortometraje animado from YGGDRASIL DIGITAL on Vimeo.

Historia universal de la demagogia, de Andrés Mariño Palacio

Rescatamos el ensayo “Historia Universal de la Demagogia”, del escritor venezolano Andrés Mariño Palacio (1927-1965). Este texto está recogido en el libro Ensayos (1967), prácticamente inencontrable hoy.

HISTORIA UNIVERSAL DE LA DEMAGOGIA

Andrés Mariño Palacio

Antes de hacer la historia viva de la demagogia, hay que narrar la historia misma del vocablo. Su significado intrínseco, natural, es el engaño de las masas por el político habilidoso, para alcanzar sus ambiciosas finalidades de poder. Pero el tiempo y los hombres, los hechos y sus consecuencias, van modificando paulatinamente el contenido vital de cada frase. Así vemos cómo unos vocablos se han aristocratizado mejorando notablemente su calidad inicial; así vemos cómo otros, en lugar de experimentar tan notable ascenso han caído en la más anonadante de las degradaciones.

El vocablo demagogia ha tenido una evolución maravillosa. El tiempo, los hombres y las épocas le han sido favorables: se han hecho a través de distintas metamorfosis un vocablo de purísimo contenido estético. Ya no tiene una solitaria significación política, sino que representa al lado de su estupenda aliada la imaginación, algo así como un elixir que a todos nos embriaga, que a todos nos seduce y obnubila, y que nos hace ver exquisitos mundos de ensueño donde nada en realidad prístina existe. Hoy por hoy, pues, el concepto de demagogia es concepto estético del existir a través de la ilusión, de cambiar el pan cuotidiano de todos los días, por el pan maravilloso hecho de nubes y ensueños, delirio y sonambulismo. Todo ello ha sido engendrado por un vocablo; un vocablo que es en sí raíz de una época, sedimento de muchas pasiones, substancia de demasiadas realidades que lucen verdaderas siendo solamente demagógicas.

¿Qué podemos hacer ante la demagogia; ante la demagogia y su continuo inmiscuirse en todos los asuntos humanos? Acaso ¿cruzarnos de brazos o dejarla pasar en su avance arrollador a través del tiempo, o en última instancia, tornarnos en fieros opositores de lo que no existe, de lo que no es tangible y concreto y por lo tanto se halla exento de cualquier clase de oposición? A la demagogia no podemos oponernos porque sencillamente no existe, no posee forma corpórea ni tangible. De allí nace su absoluta impunidad, su terrible omnipotencia, su estable poderío. ¿Cómo luchar contra lo que vive en el aire y por el aire es alimentado y en el aire desarrolla sus hechos y ese mismo aire quizás sea su propio destructor algún día?

No lo sabemos. Las visiones hay que destruirlas mirándolas de frente, sin temor alguno, con el corazón arraigado en su sitio de combate.

El tiempo que vivimos es tiempo de confusiones y alegorías, es tiempo de río revuelto, es tiempo de humo y laberinto, es decir: es tiempo de demagogia y demagogos, y a él y a ellos tenemos que remitirnos.

Humildemente trataremos de echar las bases para una Historia Universal de la Demagogia.

1. LA POLÍTICA

Esta para algunos es el más justo sinónimo de la demagogia. Surgida de las costumbres de los pueblos que buscan siempre el mejor modo de convivir en calma depositando en manos de los llamados dirigentes las circunstancias del poder, ha tenido que apelar más que ninguna de las otras manifestaciones demagógicas al engaño y al sortilegio hechizante. El político goza del dominio de las formas: debe tener algo de fakir, mucho de ilusionista, en exceso de encantador de serpientes.

¿Cuando un orador henchido y despampanante sube a la tribuna para arengar a las masas no os imagináis al instante que cuando lleva la mano a su bolsillo interior va a sacar taumatúrgicamente una liebre o varias ágiles palomas?

Encantador de serpientes, fakir o ilusionista, lo cierto del caso es que el político a todos engaña con su mágica flauta. Y es el más demagogo de los demagogos porque nunca su demagogia alcanza esos planos excelsos del arte por el arte que podemos advertir en el poeta, el novelista, el amante o el beodo. La demagogia del político tiene siempre fines rigurosamente prácticos. Y para llegar a esos fines terriblemente prácticos tiene que utilizar medios increíblemente severos.

Así nos explicamos ese rostro grave y sesudo de los estadistas, sus ceños comprometedores, sus miradas que parecen semejantes a las de Jehová cuando estaba creando el universo y los seres que le poblarían. ¿Y no es, acaso, el político un Jehová resurrecto que crea de la nada, que transforma los castillos de naipes en sólidos basamentos, que saca de las costillas del Tesoro Nacional miles de graciosas y ondulantes Evas? He aquí, pues, que se imponía la simpática comparación y el digno paralelo.

El demagogo convence a todo el mundo. Debe comenzar su terrible hazaña de transformación por convencerse a sí mismo de la seriedad de sus fines y de la trascendencia de sus propósitos; y llega siempre a magníficos resultados; el demagogo es capaz de dejarse llevar a la guillotina o al Congreso o a una cartera de Ministro para no renunciar a sus ideas. ¿Y cuáles son las ideas más verticales del demagogo? Pueden sintetizarse en tres consignas sagradas: poder, poder y poder. Siempre el poder. Para el demagogo el poder es la vara taumaturga del mago cuando aún las bambalinas se estremecen con los aplausos del público.

Podemos cerrar este primer capítulo de nuestra Historia Universal considerando a la política como madre putativa de la Demagogia.

2. EL PERIÓDICO

Muchos pensarán que en lugar del periódico me iba a ocupar de la historia como una de la mala demagogia. No; aunque si bien es cierto que ésta nutre, alimenta, sustenta e inspira a la gran mayoría de los demagogos no podemos hacerla culpable de ningún modo ni manera puesto que al fin y al cabo la mayoría de los ilusionistas quedan vencidos frente a la gran ilusión de la historia.

En cambio ¡oh el periódico! es uno de los baluarte más sólidos e interesantes de la demagogia. Y explica claramente el que hayamos dicho en nuestra introducción que el tiempo que vivimos es tiempo de demagogia.

Es tiempo de demagogia, repetimos, porque, sencillamente es tiempo de periodismo veloz e informativo, gas sobre gas, aire sobre aire, sutileza sobre sutileza es una de las razones modernas que mejor alimentan el desarrollo de la demagogia.

El periódico crea conceptos fáciles, sintéticos y ligeros sobre todos los humanos asuntos. Hace de la política una función tan trivial y amena como el juego de béisbol o el nuevo bolero que ha estrenado el cantante de moda. Convierte el último libro del prosopopéyico escritor en una brevísima crítica donde se les dice explícitamente a los lectores si el libro es bueno o malo. Hace de las más terribles desgracias y conflictos sentimentales el más escueto relato policíaco. Quita a los grandes temas —la sociología, la inmigración, la inflación, la próxima guerra— todas sus principales argumentaciones y las reduce al comentario ágil en media cuartilla de la distinguida colaboradora Madame Equis.

El periódico hace y deshace famas y nombradías; usted puede ser el mes pasado el hombre sin menor importancia de toda su nación, pero se le ocurre retratarse tres veces por semana en los periódicos, hacerse escribir sugerentes leyendas, no dejar que su nombre se escape de la mente de los lectores, y será al poco tiempo una gran personalidad entre las muchas grandes personalidades que ha creado el mejor auxiliar de la demagogia, o sea, el periódico.

El periódico es el máximo ayudante, a su vez, del político. El político sin el periódico se sentiría perdido. A través de ese vocero donde las ideas pueden reducirse a su esqueleto más ayuno de carnes no hay que tener ideas sino esqueletos de ideas; de allí nace esa manera de pensar por intermedio de slogans y consignas que caracterizan al político moderno.

Una de las más grandes demagogias del periódico y de los periodistas es hablar de libertad de prensa. El periodista no piensa sino como robot de las administraciones. Hablemos entonces de la libertad de administración. El día en que cada periodista tenga su periódico habrá, sí, libertad de prensa, auténtica, verdadera.

3. LA MUERTE Y EL TIEMPO

Agotamos la vida a toda prisa y vamos embarcados en el navío de la muerte que es el tiempo mismo.

Tiempo y muerte: he aquí presentes dos estupendas acepciones de la demagogia.

Comenzamos a tener conciencia del tiempo cuando tenemos conciencia de nosotros mismos y adquirimos la obsesión de la muerte cuando tenemos conciencia del tiempo.

¿Hemos vivido? Nos preguntamos a veces al contemplar cómo los meses caen del calendario y en nuestra memoria nada existe sino vagos recuerdos, pequeñas sensaciones, sutiles remembranzas. Ese gran demagogo que es el tiempo todo lo modifica, todo lo cambia.

El tiempo aniquila al héroe, destruye al vencedor, envejece a Don Juan, quita la inspiración al poeta. El tiempo es el aliado de la muerte y ambos son aliados de la nada, es decir: de la demagogia.

Ocurren hazañas, crímenes, sucesos, amores, triunfos, y el tiempo implacable lo borra todo al final. Y al final nada queda; todo era ilusión de los sentidos y delirio de la imaginación. Cada día que nos despertamos al mundo estamos naciendo de nuevo. Neonacemos con cada alba que nos alumbra.

Hay un momento en nuestra vida en que tememos a la muerte; en que pensamos en la inmortalidad del ser metafísico que anima nuestra carne; pesamos con terribles mediciones las horas de la soledad; tratamos de encontrar una solución para el proceso cruel de nuestra fuga mortal; ¡y a qué dolorosa conclusión llegamos luego!; la muerte, como tantas otras hijas de la demagogia, es la nada, es el siempre desaparecer, el hacer mutis por el foro de las circunstancias teatrales.

La muerte y el tiempo: dos encantadoras formas que complementan el gran todo.

El tiempo se apodera de nosotros, nos obliga a hacer todo lo que le apetece, quiebra nuestras voluntades, mixtifica nuestros sueños, anula nuestras realidades, y, finalmente, se burla gloriosamente de nosotros diciéndonos: —Nada era cierto: he aquí que yo les conducía hasta el embarcadero de la muerte.

4. EL POETA Y EL AMOR

¿Qué culpa tiene el poeta de que le incluyan en esta Historia Universal de la Demagogia? ¿No es acaso un feroz atrevimiento del autor para quien ha sabido ser el más puro, el más creyente, el más iluminado de los demagogos? ¿Quién podría negar al poeta la fe estupenda que tiene en sus metáforas, en sus ensueños, en sus mitos? Esto es algo que nos lleva a meditar largamente entre si incluirle o no incluirle en nuestra enumeración. Cierto es que el poeta lleva a cabo el arte por el arte, o sea: la demagogia por la demagogia misma. A nadie pretende convencer, como el político, a nadie pretende engañar, como el periódico, a ninguno conduce por miles de angustias y obsesiones para concluir en la nada, como el tiempo. Entonces ¿por qué razón le condenamos a figurar en esta odiosa antología de la demagogia?

He aquí una buena razón: el poeta es quien hace posible el amor; y el amor ¿no es una estupenda manifestación de la más espléndida demagogia?

Los sentidos pierdes sus naturales perspectivas cuando el amor prende en nosotros. Adivinamos cualidades en el objeto amado que éste nunca ha poseído; es más: le cargamos nuestras propias cualidades sin cargarle nuestros propios defectos y al contrario, con este acto le estamos despojando de los que pudiere tener. La imaginación ocupa el puesto de la razón; por los días en que el amor vence a los sentidos somos los más fervientes creyentes en el hecho mágico de la vida y en ese otro hecho divino que se llama utópicamente la bondad de lo hombres. Los enamorados son seres inofensivos y expuestos a todos los riesgos imaginables. Desde el matrimonio hasta un accidente automovilístico. Los enamorados pierden el sentido de la economía y del arribismo, adquieren en cambio el del sagrado hedonismo y la felicidad burguesa; creen, finalmente, hasta en el Paraíso recobrado.

Y ¿quién es causante de todas estas circunstancias demagógicas? Nadie más que el poeta. Él, ha cantado las formas delirantes del travieso dios amor; ha divinizado a la mujer poetizando sus ojos y su cabellera, sus manos y sus sentimientos, su rostro y todo lo que de ella emana y deriva. Por eso, yo sería partidario de que cada enamorado caído en el despecho en lugar de suicidarse fuera a buscar al poeta causante de su erupción demagógica y le propinara cuatro palos.

Esto último, sin embargo, es un mero decir.

El poeta y su correspondiente el amor son dos de las formas más delicadas de la demagogia. Y aquí comienza a hacerse un poco simpática, un poco agradable, esta inteligente harpía que ya nos estaba resultando superiormente tediosa.

El poeta nos da la magia del amor y el amor nos entrega, en cambio, la magia de cada cosa a cambio de un trastorno absoluto de los sentidos.

Son dos formas demagógicas dignas de ser cultivadas muy asiduamente por los hipersensibles.

5. EL MAR Y LA BELLEZA

Cuando nos encaminamos a la orilla del mar parece que estuviéramos dejando muy atrás todo lo que constituye la resaca de nuestras existencias. Sucede que el océano actúa sobre los hombres en una forma decididamente profiláctica; no sólo en el aspecto físico, sino también en el espiritual; a la orilla del mar, en esos atardeceres espléndidos signados de curvilíneas gaviotas, damos libre curso a la veta de ensueño que en toda alma común existe. Aquí el mar es un recurso magnífico para los fabricantes de ilusiones; su misma razón de cuerpo inquieto y móvil; los elementos marinos tan propicios a las poetizaciones inmediatas; su maravillosa conciencia del hecho material que nos lleva a buscar en cada alga o en cada estrella de mar un correspondiente necesario dentro de nosotros mismos.

Talismán que nos conduce al sueño, llave magnífica que nos libera de la opresión de la sociedad y de nosotros mismos —más grave opresión, quizás—, condiciones éstas que hacen del mar un elemento demagógico de gran aprecio para las mentalidades afirmes a la divagación.

Pero el mar nos lleva también a meditar en el hecho de la belleza. La belleza misma en su significado puramente femenino se encuentra ligada inexorablemente al mar. He aquí que casi siempre la mujer que más nos conmueve es aquella en quien adivinamos reminiscencias marinas. Hay pupilas de mujeres que nos hacen soñar con océanos maravillosos; hay mujeres que al caminar arrastran tras de sí toda una estela de navío en alta mar. No podemos desligar la belleza de la mujer de la belleza del mar. Ni el engaño que el mar despierta en nuestros sentidos haciéndonos sentir falsamente poderosos, ni la quimera que la belleza despierta en nuestros instintos conduciéndonos a las más atrevidas aventuras.

¿Cómo definir el hecho mismo de la belleza sino a través de la imaginación que corretea en nosotros como un travieso duende? En ocasiones la razón de lo bello no está en el objeto que amamos sino en nosotros mismos; en nosotros mismos que a conciencia y placer lo vamos provocando; gozamos con el descubrimiento y no nos importa a fin de cuentas si esa belleza, si esa aproximación a lo bello, no es verídica o carece de comprobación inmediata.

La belleza, pues, es una manifestación más de los desequilibrios imaginativos que sufren nuestros sentidos y órganos perceptores; ella tiene algo de sirena y mucho de ninfa perversa, nos ciega siempre y cuando lo hace, nunca es para bien nuestro, sino, al contrario para perdernos en el más encantador y peligroso de los humanos laberintos.

6. EL PLACER Y LA EMBRIAGUEZ

Hay un nuevo capítulo que escribir en esta Historia Universal; es el que corresponde al placer. ¿Se vive o no se vive para el placer? ¿Qué es lo que impulsa al hombre en sus empresas y hazañas más heroicas sino el hecho de tratar de colocarse ante el mundo en la mejor forma posible de tener acceso al placer? Y el placer es una negación de la realidad, puesto que reside en la sensación, y la sensación viene a ser un examen lógico, un embrujo de los sentidos: es decir: demagogia pura, metafísica elegante, simbolismo alucinado.

¿Cómo probarnos a nosotros mismos después de haber conocido el goce, el deleite supremo, que éste era verdadero, auténtico? La duda queda y el hombre se lanza de nuevo desesperado a la conquista del placer mientras éste le sonríe detrás de una gruta florecida y huye de nuevo en fuga grotesca con agilidad de ciervo. Esa es la consigna que rige a los humanos —esclavos en la noria— en su búsqueda del goce por entre las jornadas lentas que marca obsesionante el señor Tiempo.

Y algunos, sin embargo creen tener el placer llegando al clímax de la embriaguez. O sea, que esta fórmula puede sintetizarse diciendo: metafísica más metafísica para llegar como resultado a metafísica pura. Lo abstracto para conquistar lo abstracto, lo invisible para conquistar lo invisible: neblina para vencer el humo.

La embriaguez es la solución más a la mano para hacer que los proyectos se lleven a cabo sin necesidad alguna de vivirlos. ¿Qué necesita el amante de la ebriedad en su deslumbrante universo de fantasmas y alegorías de la presencia odiosa de la realidad? Cuando se está ebrio anulamos la marcha del tiempo; éste pierde su condición de omnipotente. Es nuestra imaginación quien entonces regula los relojes y quien da marcha atrás o marcha adelante a los aconteceres históricos.

El prisionero de la embriaguez juega con las siluetas del pasado, traza sombríos bocetos sobre la blancura inmaculada del presente y se lanza sobre el porvenir como el bailarín inverosímil que ha perdido el control de sus ritmos en la geografía del escenario.

¡Ah! la embriaguez crea posibilidades, rescata situaciones dormidas, hace que veamos desde una nube la realidad terrena y que tengamos oscuro temor de todo lo que es sensato, de todo lo que es venerado por los que se llaman a sí mismos gente cuerda.

7. EL ARTE Y LA NOVELA

Todas las manifestaciones del arte vienen siendo en síntesis cabal manifestaciones purísimas de la más perfecta demagogia.

El artista lucha contra la realidad, se enfrenta a ella con el escudo de la imaginación, deforma a las instituciones, las cambia y las modifica, anula los sentimientos, crea el símbolo audaz, da nacimiento al mito que es el alimento de los pueblos en el devenir de los siglos.

El arte hereda los derechos del sueño. El artista con las bombas fabricadas en la imaginación destruye las bases sociales de su época y da lugar a nuevos conceptos, a nuevos estilos para vivir, amar u odiar. Tanto el renacentista como el surrealista han actuado en forma más contundente sobre los hechos terrenos que todos los políticos reformadores y revolucionarios juntos. El artista ataca el punto más débil del hombre civilizado: la imaginación. De allí nace esa su habilidad taumatúrgica para ser siempre el dragomán de su tiempo. Homero vence a Ulises, Platón a Pericles, Erasmo a Lutero, Rimbaud a Robespierre, Víctor Hugo a Napoleón III, Thomas Mann a Adolfo Hitler. No es lo mismo ser demagogo por la demagogia misma, que demagogo por la especulación de la materia. El político es demagogo de la demagogia misma, el poeta en cambio, es demagogo puro: el que falsea la realidad por el simple hecho de soñar.

La novela transforma la vida diaria en boceto glorioso donde el tiempo del personaje es tiempo de trascendencia y aventura, donde hasta las formas del tedio y la desesperación dejan de ser ingratas para convertirse en heroicas. El novelista exalta siempre el sufrimiento, dignifica la angustia, embellece las situaciones dramáticas. En la novela el hombre se convierte casi siempre en héroe.

Aun la novela que pretende ser realista es por lo común irreal, puesto que olvida una de las bases más reales de la vida, esto es: la imaginación, la mentalidad del hombre deformando los hechos. Puesto que puede considerarse la mente humana como una sutilísima retorta literaria donde conviven símbolos y metáforas extraídas de la experiencia diaria y que cambia dentro de cada quien todos los sucesos externos. De dos personas que contemplan un crimen, cada una de ellas tiene en su imaginación una metáfora mental del suceso completamente distinta a la del otro. De allí surge nuestra teoría de la novela como magnífica demagogia sobre la realidad vital. La novela se adelanta a la vida, supera a la vida, puesto que es una cosmovisión de escenarios y personalidades. Mientras que el existir terreno nunca está sujeto a las leyes, resultados ni técnicas: sino a ese sencillo, humano y lógico fluir, a veces grato, a veces ingrato, pero siempre encantador.

EPÍLOGO PARA ESTA HISTORIA UNIVERSAL

¿A cuáles conclusiones llegar después de finalizar esta historia enumerativa de las posibles manifestaciones demagógicas? Pienso como primera conclusión, afirmar que nuestra época, este siglo, es tiempo de demagogia, de especulaciones sobre la imaginación y sus derivados intelectuales. La órbita de acción práctica de cada hombre se ha reducido notablemente con la marcha precipitada de la civilización. Hoy todas nuestras actividades se encaminan a suscitar reacciones intelectuales en cada hombre. Ya los resultados materiales no convencen a nadie. El mejor resultado práctico ha venido a ser, aunque luzca paradójico, el símbolo. Ningún hecho material conmueve a las masas, como antes, ninguna hazaña o heroicidad. Superior a las campañas de Alejandro es para el hombre moderno —hombre metafísico en esencia—, la campaña intelectual enrevesada de Marcel Proust en En Busca del Tiempo Perdido, asimismo, la Teoría de la Relatividad de Einstein nos deja más perplejos que las aterradoras correrías de Benvenuto.

Como segunda conclusión quiero anotar que la vida, el existir terreno, no es más que demagogia, demagogia pura voluta que se eleva hacia los cielos y que el viento se lleva y desmenuza. Ya lo ha escrito Dostoiewski interrogándose: “¿Y no es un sueño nuestra vida?” Como única prueba de que hemos vivido apenas tenemos la memoria y lo que somos y constituimos en el devenir del tiempo como esencia y prolongación de actos y pensamientos. Es decir: no tenemos ninguna prueba. Somos partes, átomos integrantes de la Comedia Humana. Balzac tiene la razón y es, quizás, más creador que Jehová mismo.

Como tercera y última conclusión escribiré que quizás este intento de Historia Universal, sea, como los capítulos anteriormente enumerados, una manifestación más de la demagogia que circunvala por el mundo envuelta en su abrigo de niebla.

El espíritu de la ciencia ficción, de Roberto Bolaño, se publicará en noviembre de 2016.

Nota de prensa.

Alfaguara, sello perteneciente a Penguin Random House Grupo Editorial, ha sido desde su origen una editorial con vocación iberoamericana, entre cuyos objetivos ha estado siempre el acabar con las fronteras impuestas a la lengua común. Hoy, Alfaguara mantiene con entusiasmo literario y con decisión editorial esta propuesta y, en esta línea, anuncia la publicación de la totalidad de la obra del escritor chileno Roberto Bolaño. El acuerdo alcanzado con la agencia Wylie, en representación de los herederos del autor, incluye los veintiún títulos que integran su obra actualmente, así como dos textos inéditos: una novela, titulada El espíritu de la ciencia ficción y que será publicada en noviembre de este año en el marco de la Feria del Libro de Guadalajara; y un libro de cuentos.

Novela inédita

En cuanto a la novela inédita, Roberto Bolaño mencionó en varias ocasiones El espíritu de la ciencia ficción en su correspondencia desde fechas tan tempranas como 1980. Está fechada en Blanes, en 1984, y se sabe que fue un proyecto que mantuvo con vida durante bastantes años. Pertenece a la misma etapa creativa deMonsieur Pain, Los consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, el cuento «El contorno del ojo» y La universidad desconocida. Las libretas del manuscrito en limpio pueden datarse en los primeros años de residencia en Blanes, cuando la afición a jugar juegos de estrategia se reflejaría en la novela El tercer Reich.

Se trata de una novela que sigue su metodología de trabajo habitual previa al uso del computador: notas, borrador y transcripción en limpio. La fecha y la firma al final del manuscrito indican que la dio por finalizada. Fue transcrita póstumamente; el archivo informático tiene un total de 43.612 palabras y 167 páginas. Una de sus secciones, titulada «Manifiesto mexicano», fue incluida en La universidad desconocida y publicada en inglés en The New Yorker.

El espíritu de la ciencia ficción tiene lugar en México DF durante los años setenta. Compuesta por dos partes en las que se desarrollan tres ejes argumentales, la novela mezcla rasgos propios de la literatura realista con otros fantásticos de carácter onírico en la descripción de los sueños del protagonista. Hay ciertos elementos comunes entre sus personajes y los protagonistas de Los detectives salvajes; pareciera que relata la adolescencia de estos últimos.

Para Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, «la publicación de El espíritu de la ciencia ficción, así como la sucesiva aparición de toda la obra anterior de Roberto Bolaño, que de manera tan determinante ha irrumpido en el panorama de la lengua española y de la literatura universal, da continuidad a una apuesta cultural y a una iniciativa editorial que tienen como objetivo pensar la literatura en lengua española como una patria común. Alfaguara ha sido la casa de los autores del Boom y de los escritores más destacados de las generaciones siguientes, y Bolaño era la pieza que nos hacía falta para componer el catálogo más sólido de la literatura en nuestra lengua. Para los editores de Alfaguara en América Latina y España, esta contratación supone un gran orgullo y un inmenso reto tras el gran trabajo realizado por su editor anterior».

Reedición de toda su obra en Alfaguara, Debolsillo y por primera vez en edición digital

A partir del próximo mes de septiembre, Alfaguara relanzará las novelas 2666 y Los detectives salvajes y continuará con la reedición de todos los títulos, también en ediciones económicas bajo el sello Debolsillo, en su prestigiosa colección Contemporánea. Y por primera vez estará disponible en edición digital toda la obra del escritor chileno.

La Biblioteca Bolaño estará integrada por los siguientes libros:

Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (1984, en colaboración con Antoni García Porta)
Estrella distante (1996)
Llamadas telefónicas (1997)
Los detectives salvajes (1998)
Amuleto (1999)
Monsieur Pain (1999)
Nocturno de Chile (2000)
Putas asesinas (2001)
Amberes (2002)
El gaucho insufrible (2003)
Entre paréntesis (2004)
2666 (2004)
La pista de hielo (1993, 2003)
Una novelita lumpen (2002)
El Tercer Reich (2010)
La literatura nazi en América (1993, 2008)
El secreto del mal (2007)
La universidad desconocida (2007)
Los sinsabores del verdadero policía (2011)
Los perros románticos (2006)
Tres (2000)

Tres textos de Oswaldo Trejo

Presentamos tres textos del libro Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo, del escritor venezolano Oswaldo Trejo (1924-1996). Para el crítico Julio Ortega: “Oswaldo Trejo es el autor de una obra única. (…). Fiel a su naturaleza experimental y exploratoria, esto es, a la noción de que la narrativa no es una representación del mundo sino una reformulación de la escritura”. Por su parte, el crítico Luis Barrera Linares indica que la cuentística y las novelas de Trejo “constituyen ejercicios permanentes en los que casi toda la esencia pareciera radicar en el lenguaje”.

Raro, experimental, fragmentado e irreal. Términos que tratan de categorizar textos imposibles describir. Trejo es un autor olvidado, uno de mayores secretos de la literatura latinoamericana, que esperamos pronto sea recuperado y valorado como merece.

Antes de la misa en re

A todas partes llegaba la noticia que alguna vez habría de darse, por ella recibida con naturalidad abajo, en lugar distante, visto desde la torre como maqueta blanca y movible hacia un lado cualquiera de la playa.

La noticia no formuló pareceres en morador alguno porque esperaban el espectáculo que diría quien, ya descendiendo de la torre, era sentimentalmente el único afectado. Tampoco la noticia le merecía ninguna conjetura. Bajaba. Fue solo en el lugar donde perdió aquella indiferencia que tanto sorprendió a quienes, apartándose para darle paso, formaron larga calle hacia las puertas, hacia la gran sala con la muerta.

– ¿Tú?

Donde soltó las lágrimas y vinieron los deseos de gritar, donde tuvo la certeza de que, en adelante, todo sería negativamente distinto después de aquella pérdida, ya para las referencias, las desorientaciones, las desataduras, dijo ¿tú?, a quien no estando más como lenguaje ni maneras le dejaba esa sensación de estar naciendo y de hallarse sin compañía alguna, a solas restando los más inhóspitos años de los pocos en haber

– ¿Tú?

Sensación y realidad integrándose de pronto donde olor de flores y tristeza de miradas ya lo hacían, obedeciendo también a eso los pasos todavía lejanos y los pasos dándose en el lugar y alrededores y, asimismo, las voces otras y las voces estas, la pena propia y la pena de familia aquí. Haciendo apartes, la otra pena, la del silencio, la del gesto, la del consabido “lo siento mucho. Dios les dará tanta resignación como dolores estamos llamados a recibir de su grandeza”

Desfilando ante los deudos y el dolido. Frases quiso constatar afuera. ¡Quien sabe!, tal vez alguien pronuncie otras. Se desplazó por entre las personas hasta encontrarse en la calle, dejando atrás el ataúd, en sitio mejor escogido, ahora más visible, contra la pared principal, alta, despejada de cuadros y retratos para el homenaje, todavía de miradas ausentes y miradas de quienes estaban, integrándose también a la mirada de la muerta.

Debía haber un límite entre sensación y realidad, separador de lo que podría ser la muerte de la persona más querida y lo que era la muerta más querida. ¿Quién o qué fijaba el límite? Lo supo en la calle, después de recibir imprecaciones, insultos, reclamos, amenazas, de personas que, a su paso, salían al encuentro mientras huía hacia la torre. ¿Qué decirles si nada sabía del por qué de aquella muerte? Avanzando sin temor, guardaba gestos y palabras inculpándolo, de aquellos a veces detenidos, a veces trás de él: Al final del recorrido, ¡viva lo esperaba!, como era y una vez la había dejado recostada a las paredes de la torre, mirando desde lo alto hacia el lugar, abajo, donde otra era la muerta, no la más querida. La más querida estaba del lado acá del límite.

Su rareza y la potencialidad de su escritura generan una serie de textos difíciles de catalogar y que rompen con la visión lineal o circular de la narrativa.

Memorandum para cuando vuelva Dante

Dante Como te llames, con nombres entrando y saliendo de tu nombre, eras blanco en abanico, desplegado. Como lo llamen, era centro de todas las esperas. Como vayan a llamarte, eras reconfortante haber y tope de llegadas.

Y era alrededor bastante despejado hacia el que iban individuos ganando unos escalones; algunos se desprendían de los escalones, cayendo abajo para recomenzar, yendo a pararse detrás de aquellos individuos que en sendas filas, por lados opuestos, ya traspasaban horizontes, viniendo lentamente, nutriendo la aglomeración formada ante dos puertas impidiéndoles la entrada, por urgidos, forcejeando afuera, obedeciendo al mismo juego con sus leyes seguido también por los que estaban adentro, de saludarse, abrazarse, conversar, si se conocían entre sí; individuos todos, adentro o afuera, dejando por sentado el derecho de apuntarle a lo que fueras para obtener algún trofeo. Pero también eras máxima rigurosidad, enfrentándolos a competir por grupos, por parejas, o solos, como practicantes que eran de tiros al blanco.

Sabían de los mil pasos cuadrados, divididos en diez escalones de cien pasos cuadrados cada uno, cinco en un extremo y cinco en el otro extremo, por buenaventuranza alternativamente numerados en orden descendente, el décimo escalón del lado allá, el noveno del lado acá, y así sucesivamente, estando semejante tal extensidad convenientemente separada de un altísimo espejo, rodeándola. El canto de los escalones medía treinta pasos, habiendo escaleras rústicas para pasar de un escalón a otro. Parecían terrazas. Algunos individuos pretendían eliminar las escaleras, esconderlas, pero esto no era nunca permitido, evitando así inconvenientes pues muchas serían las dificultades y peligros en el caso de una evacuación: Todos caerían tan repentinamente como si el inmenso espejo se rompiera los pedazos del inmenso espejo si se rompiera, anticipando lamentaciones limitadas en el lado entero y mirón, ajeno al desastre más allá salidas del escalón donde se iniciara el desastre, entrando en el espejo circundante.

Escritas en grandes caracteres había frases en el canto de las terrazas los escalones, sacadas de la frase puesta en el décimo escalón, invisibles para quienes los individuos que seguían afuera, en fila antes las dos grandes puertas, tal vez por siempre.

Ahí, en vez de en el lugar

Donde no había estado estaba, ahí, sorpresivamente ante el marco de la puerta. De extrañar tanto más ahí, en el umbral, que en el lugar mismo con altas, anchas puertas, innecesarias por estar siempre abiertas.

Los marcos de las puertas, visibles desde ahí hasta el final, acaso conduzcan al único lugar de las esporádicas llegadas donde la espera siempre juega a eso de llegará, no llegará, posiblemente llegue.

Sumado el tiempo de las esperas siempre largo en el lugar de las no llegadas, donde solamente aparece de vez en cuando, tanto más inesperado resulta que haya estado ahí en el umbral. ¡Ahí estuvo! ¡Ha estado ahí, ante el marco de la puerta!

Acaso por donde vino sea por donde va, pero de frente hacia acá, como si volviera hacia el marco de la puerta, ese ahí, ese ante el que estuvo. Se aleja con lentitud tal vez impuesta por la manera de hacerlo o, acaso, porque entre marco y marco de las puertas exista una gran distancia que obedezca a las dimensiones de las salas que atraviesen, donde ellos sean el centro. Acaso, también, ese ganar las puertas encienda lámparas, ilumine las salas por momentos, nuevamente a oscuras cuando llega a otra puerta, a otro marco.

La luz concluye cada vez para las salas, deja de ser hasta donde llega. ¿Cuándo habrá de terminar el recorrido? Acaso sea cuando no pueda verse más, tal vez muy pronto, cuando sólo se sepa de un punto de luz y nada de las salas ni de los marcos de las puertas, todavía perceptibles. ¿Serán? ¿No serán? Ya casi desaparecen. Quien fue quien dijo que cuando la luz no sea más habrá llegado, que entonces será cuando habrá de sonar una sirena o algo parecido para que vuelva desde Constantinopla hacia el lugar, el de siempre, el único donde sus llegadas son ocasionales, tal vez aquel lugar donde la luz muera, definitivamente.

Ahí, también estuvo. ¡Ahí, ante el marco de la puerta! Ahí.

Oswaldo Trejo (1980), Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo,
Caracas: Monte Avila Editores.
Antes de la misa en re, pp. 27-29
Memorandum para cuando vuelva Dante, pp. 43-44
Ahí, en vez de en el lugar, pp. 87-88

David Foster Wallace: Esto es agua

Un 21 de febrero de 1962 nació el escritor David Foster Wallace. Sus novelas, ensayos y cuentos son considerados parte fundamental de la literatura norteamericana. Hoy compartiremos el discurso de graduación que el autor de La broma infinita dio en el Kenyon College en el año 2005.

Discurso de Graduación de la promoción de 2005 del Kenyon College. David Foster Wallace.

Érase una vez dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo que les saludó y dijo: “Buenos días, muchachos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó: “¿Qué demonios es el agua?”.

Esto es algo común al inicio de los discursos de graduación en Estados Unidos, el empleo de una pequeña parábola con un fin didáctico. Esta costumbre resulta ser una de las mejores convenciones del género y la menos mentirosa, pero si se han empezado a preocupar porque mi plan sea presentarme como el pez sabio y viejo que les explica a los peces jóvenes lo que es el agua, por favor no lo hagan. Yo no soy el pez sabio y viejo. El punto de la historia de los peces es, simplemente, que las realidades más importantes y obvias son a menudo las más difíciles de ver y explicar. Enunciado como una frase, por supuesto, suena a un lugar común banal, pero el hecho es que las banalidades en el ajetreo diario de la existencia adulta pueden tener una importancia de vida o muerte, o así es como me gustaría presentarlo en esta mañana despejada y encantadora.

Por supuesto que el principal requisito en un discurso como éste es que hable sobre el significado de la educación en Humanidades y que intente explicar por qué el título que están a punto de recibir posee un verdadero valor humano en vez de ser una mera llave para la simple remuneración material. Así que mencionaremos otro lugar común al inicio de los discursos: la educación en Humanidades no es tanto atiborrarte de conocimiento como «enseñarte a pensar». Si fueran como yo fui alguna vez de estudiante, nunca hubiesen querido escuchar esto, y se sentirán insultados cuando les digan que necesitaron de alguien que les enseñara a pensar. Porque dado que fueron admitidos en la universidad precisamente por esto, parece obvio que ya sabían cómo hacerlo. Pero voy a hacerme eco de ese lugar común que no considero insultante, porque lo que verdaderamente importa en la educación –la que se supone obtenemos en un lugar como éste– no vendría a ser aprender a pensar, sino a elegir cómo vamos a pensar. Si la completa libertad para elegir acerca de qué pensar les parece obvia y discutir acerca de ella una pérdida de tiempo, les pido que piensen acerca de la anécdota de los dos peces y el agua y que dejen entre paréntesis por unos segundos su escepticismo acerca del valor de lo que es obvio por completo.

Les voy a contar otra de estas historias didácticas. Había dos personas sentadas en la barra de un bar en la parte más remota de Alaska. Uno de ellos era religioso, el otro ateo. Ambos discutían acerca de la existencia o no de Dios con esa especial intensidad que se genera después de la cuarta cerveza. El ateo dijo: “Vamos a ver, no es que no tenga un motivo real para no creer. No es que nunca haya experimentado todo el asunto ese de Dios, rezarle y esas cosas. El mes pasado, sin ir más lejos, me sorprendió una tormenta terrible cuando aún me faltaba mucho camino para llegar al campamento. Me perdí por completo, no podía ver ni a dos metros, hacía 50 grados bajo cero y me derrumbé: caí de rodillas y recé ‘Dios mío, si en realidad existes, estoy perdido en una tormenta y moriré si no me ayudas, ¡por favor!’”. El creyente entonces le miró sorprendido: “Bueno, ¡eso quiere decir entonces que ahora crees! ¡De hecho estás aquí, vivo!”. El ateo hizo una mueca y dijo: “No, hermano, lo que pasó fue que de pronto aparecieron dos esquimales y me ayudaron a encontrar el camino al campamento…”

Es fácil hacer un análisis típico en las Humanidades: una misma experiencia puede significar cosas totalmente distintas para diferentes personas si tales personas tienen distintos marcos de referencia y diferentes modos de elaborar significados a partir de su experiencia. Puesto que apreciamos la tolerancia y la diversidad de creencias, en cualquiera de los análisis posibles jamás afirmaríamos que una de las interpretaciones es correcta y la otra falsa, lo que en sí está muy bien. Lástima que nunca nos extendemos más allá y no nos propongamos descubrir los fundamentos del pensamiento de cada uno de los interesados, y me refiero a de qué parte del interior de cada uno de ellos surgen sus ideas. Si su orientación básica en referencia al mundo y el significado de su experiencia vienen dados por su altura o la talla de calzado, o si en cambio es absorbida por la cultura, como su lenguaje. Es como si la construcción del sentido no fuera realmente una cuestión de elección intencional y personal. Y más aún, debemos incluir la cuestión de la arrogancia. El ateo de nuestra historia está totalmente convencido de que la aparición de esos dos esquimales nada tiene que ver con el haber rezado o pedido ayuda a Dios. Pero también debemos aceptar que la gente creyente pueda ser arrogante y fanática a su modo de ver las cosas. Puede que sean más desagradables que los ateos, al menos para la mayoría de nosotros. Pero el problema del dogmatismo del creyente es el mismo que el del ateo: certeza ciega, una cerrazón mental tan severa que aprisiona de un modo tal, que el prisionero ni se da cuenta de que está encerrado.

Aquí apunto lo que creo que realmente significa que me enseñen a pensar. Ser un poco menos arrogante. Tener un poco de conciencia de mí y mis certezas. Porque un gran porcentaje de las cuestiones sobre las que tiendo a pensar con certeza, resultan ser erróneas o ser meras ilusiones. Lo aprendí a base de golpes y les pronostico otro tanto a ustedes.
Les daré un ejemplo de algo totalmente erróneo pero que yo tiendo a dar por sentado: en mi experiencia inmediata todo apuntala mi profunda creencia de que yo soy el centro del universo, la más real, vívida e importante persona en la existencia. Raramente pensamos acerca de este modo natural de sentirse el centro de todo ya que esto está socialmente condenado. Pero es algo que nos sucede a todos. Es nuestro marco básico, el modo en el que estamos conectados de nacimiento. Piénsenlo: nada les ha sucedido, ninguna de sus experiencias han dejado de ser percibidas como si fueran el centro absoluto. El mundo que perciben lo perciben desde ustedes, está ahí delante, rodeándoles en su ordenador o en la TV. Los pensamientos y sentimientos de las otras personas nos tienen que ser comunicados de algún modo, pero los propios son inmediatos, urgentes y reales.

Y, por favor, no teman que no me dedique a predicar acerca de la compasión o cualquiera de las otras virtudes. Me refiero a algo que nada tiene que ver con la virtud. Es cuestión de mi posibilidad de encarar la tarea de, por decirlo de algún modo, verme libre de mi natural e inherente modo de operar, que está profunda y literalmente centrado, y que hace que lo vea todo a través de las lentes de mi mismidad. A la gente que logra algo de esto se la suele describir como «bien equilibradas» y me parece que no es un término aplicado casualmente.

Dado el entorno en el que ahora nos encontramos es adecuado preguntarnos cuánto de este reajuste de nuestro marco referencial natural implica a nuestro conocimiento o intelecto. Es una pregunta difícil. Probablemente lo más peligroso de mi educación académica –al menos en lo que a mí respecta– es que tiendo a la sobreintelectualización de las cosas, que me lleva a perderme en argumentos abstractos en mi cabeza en vez de, simplemente, prestar atención a lo que ocurre dentro y fuera de mí.

Estoy seguro de que ustedes ya se han dado cuenta de lo difícil que resulta estar alerta y atento en lugar de ir como hipnotizados siguiendo el monólogo interior (algo que puede estar sucediendo ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación llegué a comprender el típico cliché liberal acerca de las Humanidades y del enseñarnos a pensar: en realidad se refiere a algo más profundo, a una idea más seria: porque aprender a pensar quiere decir aprender a ejercitar un cierto control acerca de qué y cómo pensar. Implica ser consciente y estar atento de un modo tal que podamos elegir sobre qué poner en nuestra atención y revisar el modo en que llegamos a las conclusiones, al modo en que construimos un sentido en base a lo que percibimos. Y si no logramos esto en nuestra vida adulta, estaremos perdidos por completo. Me viene a la mente aquella frase que dice que la mente es un excelente sirviente pero un pésimo amo.

Como todos los clichés, superficialmente es soso y poco atractivo, pero en realidad expresa una verdad terrible. No es casual que los adultos que se suicidan con un arma de fuego lo hagan apuntando a su cabeza. Intentan liquidar al tirano. Y la verdad es que esos suicidas ya están muertos bastante antes de que aprieten el gatillo.

Este debe ser el resultado genuino de vuestra educación en Humanidades, sin mentiras ni bromas: como impedir que vuestra vida adulta se vuelva algo confortable, próspero, respetable pero muerto, inconsciente, esclavo de vuestro funcionar conectado inconsciente y solitario. Esto puede sonar a hipérbole o a sinsentido abstracto. Pero ya que estamos, pensemos más concretamente. El hecho real es que ustedes, recientemente graduados, no tienen la menor idea de lo que conlleva el día a día de un adulto. Resulta que en estos discursos de graduación nunca se hace referencia de cómo transcurre la mayor parte de la vida de un adulto norteamericano. Una gran porción esa vida implica aburrimiento, rutina y bastante frustración. Vuestros padres y parientes mayores que aquí les acompañan deben de saber bastante bien a qué me estoy refiriendo.

Pongamos un ejemplo. Imaginemos la vida de un adulto típico. Se levanta temprano por la mañana para concurrir a un trabajo desafiante, un buen trabajo si quieren, el trabajo de un profesional que con entusiasmo trabaja ocho o diez horas y que al final del día lo deja bastante agotado con el único deseo de volver a casa y tener una buena y reparadora cena y quizá un recreo de una o dos horas antes de acostarse temprano porque, por supuesto, al otro día hay que levantarse temprano para volver al trabajo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa. No ha tenido tiempo de hacer la compra esta semana porque el trabajo se volvió muy arduo y ahora no hay más remedio que subirse al coche y, en vez de volver a casa, ir a un supermercado. Es la hora en que todo el mundo sale del trabajo y las calles están saturadas de automóviles con un tránsito enloquecedor. De modo que llegar al centro comercial le lleva más tiempo que el habitual y, cuando al fin llega, ve que el supermercado está atestado de gente que como él, luego de un día de trabajo agotador, trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento. El lugar está lleno de gente y la música funcional y melosa hace que sea el último lugar de la tierra en el que se quiera estar, pero es imposible hacer las cosas rápido. Debe andar por esos pasillos atiborrados de gente, confusos a la hora de encontrar lo que uno busca y debe conducir con cuidado el carrito de la compra entre toda esa gente cansada y apurada (abreviemos que es demasiado penoso). Al fin, después de conseguir todo lo que necesitaba, se dirige a las cajas que por supuesto están casi todas cerradas a pesar de ser hora punta, y las que están funcionando lo hacen con unas demoras colosales, lo que es irritante, pero esta persona se esfuerza por dejar de sentir odio por la cajera que parece moverse en cámara lenta, quien está saturada de un trabajo que resulta tedioso, carente de sentido de un modo que sobrepasa la imaginación de cualquiera de los aquí presentes en nuestro prestigioso colegio.

Bueno, al fin esta persona consigue ser atendida, paga sus productos y escucha «que tenga un buen día» con una voz que es la de la muerte. Luego carga todas sus bolsas en el carrito que tiene una rueda estropeada e insiste en ir de costado y hace que el camino hasta el coche lo saque completamente de quicio; luego queda ponerlo todo en el maletero y salir del aparcamiento atestado de coches que circulan a dos por hora buscando un lugar libre. ¡Y todavía queda el camino a casa! Con un tránsito pesado, lento y plagado de enormes todoterrenos 4×4 que parecen ocupar toda la calle, etcétera, etcétera, etcétera.

Todos aquí han pasado por esto, claro. Sin embargo aún no es parte de su rutina de graduados, semana a semana, mes a mes, año a año. Pero lo será. Y otra cantidad de tareas fastidiosas y sin sentido aparente les esperan. Aunque no es este el punto al que me refiero. El caso es que estas tareas de mierda, insignificantes y frustrantes son las que permiten escoger qué y cómo pensar, ya que debido al tránsito congestionado o a los pasillos atiborrados de gente con carritos, o incluso a las larguísimas colas, tengo tiempo para pensar y si no tomo una decisión consciente acerca de cómo pensar, de a qué prestar atención, me sentiré frustrado y jodido cada vez que me vea en estas situaciones. Porque el ajuste natural me dice que estar situaciones me afectan a mí. A mi hambre, a mi fatiga, a mi deseo de estar en casa y esto me hace ver que toda esa gente se cruza en mi camino. Y ¿quiénes son, después de todo? Miren qué repulsivos son, qué caras de estúpido llevan, esas miradas de vaca, no parecen humanos, y qué soeces y groseros se muestran hablando en voz alta por sus teléfonos móviles todo el tiempo. Es absolutamente injusto e incordiante que me encuentre ahí, entre esa gente.

Y, claro, además, como pertenezco a una clase de gente socialmente más consciente, gente de Humanidades, me parece terrible quedar atrapado en el tránsito de la hora punta entre esos tremendos 4×4, esos cochazos de 12 cilindros que desperdician egoístamente sus tanques de 80 litros de un combustible cada vez más escaso, y puedo asegurar que las calcomanías con los eslóganes más religiosos y patrióticos están pegados en los cristales enormes, llamativos y egoístas de esos vehículos, conducidos por los más horrendos personajes [aplausos y respondiendo a esos aplausos] –¡este no es un ejemplo de cómo debemos pensar, ojo! –, conductores detestables, desconsiderados y agresivos. Y también puedo imaginar cómo nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos van a acordarse de nosotros por derrochar el combustible y probablemente joder el clima, y pensar en lo egoístas y estúpidos que fuimos por permitirlo y cómo nuestra sociedad consumista es detestable.

Ya habrán captado la idea.

Si yo escojo pensar así cuando me encuentro atrapado en mitad del tráfico o en los pasillos de un supermercado, bueno, a la mayoría nos pasa. Porque este modo de pensar es tan automático, tan natural y establecido que no implica ninguna elección. Es el modo automático en que percibo la parte aburrida y frustrante de la vida adulta, cuando inconscientemente me vuelvo autómata, cuando me creo el centro del mundo y mis necesidades y sentimientos inmediatos determinan las prioridades de todo el mundo, que creo gira a mi alrededor.

La cosa es que hay otras maneras de pensar, por entero distintas, acerca de estas situaciones. En esa caravana de coches entorpecida, con vehículos que dificultan mi avance, puede que en uno de esos horrorosos 4×4 haya un conductor que tras un horrible accidente se haya sentido tan acobardado que el único modo de volver a conducir sea sintiéndose protegido dentro de uno de esos tanques. O que aquella camioneta que corta mi paso imprudentemente esté conducida por un padre que lleva a su hijo enfermo o accidentado y se apura por llegar a una centro de salud, o que está en una situación más urgente y legítima que la que yo me encuentro, y que por tanto en realidad soy yo el que se mete en su camino.

Puedo elegir pensar y considerar que todos los que nos encontramos en esa larga cola del supermercado estamos tan aburridos y nos sentimos tan mal como me siento yo y que algunos de ellos probablemente tengan una vida más tediosa y dolorosa que la mía.

De nuevo, por favor, no crean que estoy dándoles consejos moralistas o que sugiero el modo en que tienen que pensar ustedes, o que estoy señalando remotamente cómo se espera que ustedes piensen. Porque esto que les describo es muy difícil. Requiere de mucha voluntad y esfuerzo y, si son como yo, algunos días no lo lograrán o simplemente se dejarán llevar por la comodidad y la falta de ganas.

Pero si están lo suficientemente atentos como para darse a ustedes mismos la opción, podrán escoger una manera distinta de percibir a esa gorda sobremaquillada, de ojos muertos, que no deja de gritar a su hijo en la fila. Quizá ella no es siempre así. Quizá lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que sufre y está muriendo de cáncer en los huesos. O quizá esta señora es la misma que ayer ayudó a otra señora a resolver un horrendo trámite en el Registro mediante un simple acto de gentileza. Claro, sí, nada de esto es lo habitual, pero tampoco es imposible. Todo depende de lo que uno elija pensar. Si están seguros de saber exactamente cuál es la realidad y operan automáticamente como me suele suceder a mí, entonces no dejarán de pensar en posibilidades rabiosas y miserables. Pero si en realidad aprenden a prestar atención, se darán cuenta de que en realidad hay otras opciones. Van a poder percibir esa circunstancia y su lento infierno no sólo como significativo, sino como algo sagrado, consumido por las mismas llamas que las estrellas: amor, comunión, esa unidad mística que existe en la profundidad de las cosas.

No afirmo que esta mística sea necesariamente verdadera. Pero lo que sí lleva una uve mayúscula es la verdad que les permitirá decidir cómo se lo van a tomar.

Esto, yo les aseguro, es la libertad que otorga la educación real. Aprender a balancearse. Y decidir cada cual qué tiene y qué no tiene sentido. Decidir conscientemente qué es lo que vale la pena venerar.

Y he aquí algo raro, pero es verdad: en las trincheras del día a día de la vida de un adulto, no existe el ateísmo. No hay tal cosa como la «no-veneración». Todo el mundo es creyente. Y quizá la única razón por la que debamos cuidarnos al elegir qué venerar, es que cualquier camino espiritual –llámese Cristo, Alá, Yaveh, la Pachamama, las Cuatro Nobles Verdades o cualquier set de principios éticos– sea lo que sea que elijan, les devorará en vida. Si eligen adorar el dinero y los bienes materiales, nunca tendrán suficiente. Si eligen su cuerpo, la belleza y ser atractivos, siempre se van a ver feos y cuando el tiempo y la edad se manifiesten, padecerán un millón de muertes antes de que al fin les entierren. En cierto modo, todos lo sabemos. Esto fue codificado en mitos, leyendas, cuentos, proverbios, epigramas, parábolas, en el esqueleto de toda gran historia. El verdadero logro es mantener esta verdad consciente en el día a día. Si eligen venerar el poder, terminarán volviéndose débiles y necesitarán cada día más poder para no creerse amenazados por los demás. Si eligen adorar su intelecto, ser reconocidos como inteligentes, terminarán sintiéndose estúpidos, un chasco, siempre al borde de ser descubiertos. Pero lo más terrible de estas formas de adoración no es que sean malas o pecaminosas, es que son inconscientes. Son el funcionamiento por defecto.

Día a día nos vamos sumergiendo en un modo cada vez más selectivo en el «a qué prestar atención», qué percibir como bueno y deseable, sin siquiera ser consientes de lo que estamos haciendo.

Y el mundo real no les va a desalentar en este modo de operar, porque el así llamado mundo real está esculpido del mismo modo, dinero y poder se regodean juntos en una piscina de miedo, odio, frustración, ambición y adoración al Yo. Las fuerzas de nuestra cultura dirigen estas fuerzas en pro de las riquezas, el confort y la libertad individual suficiente como para ser los señores de nuestro diminuto reino mental, solitarios en el centro de la creación. Este tipo de libertad es muy tentadora. Ahora bien, hay otros tipos de libertad. Sin embargo de estos tipos de libertad, que son los más valiosos, no van a escuchar mucho en este mundo que nos rodea, basado en el puro deseo y la posesión.

La libertad que verdaderamente importa implica atención, conciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en cuestiones insignificantes y desagradables todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por defecto, el constante sentimiento de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.

Yo sé que esto que les digo puede sonar soso y aburrido y que roza lo grandilocuente y espiritual que se espera en un discurso de graduación. Lo que quiero que rescaten, del modo en que yo lo veo, es el tema de la uve mayúscula de Verdad, dejando fuera todos los ornamentos retóricos. Ustedes son libres de pensar como quieran. Pero por favor, no tomen este discurso como un sermón de esos con el dedito apuntando acusatoriamente. Nada de esto tiene que ver con moralidad, religión o dogma, tampoco con las grandes preguntas después de la muerte.

La uve mayúscula de Verdad se refiere a la vida antes de la muerte.

Es acerca de los valores que implican la educación real, que no tiene nada que ver con el acumular conocimiento y sí con la simple atención, atención a lo que es real y esencial, tan oculto en plena vista a nuestro alrededor todo el tiempo, que tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua.

Es inimaginablemente difícil llevar a cabo ser conscientes y sentirnos vivos en el mundo adulto, día a día. Lo que trae a colación otro gran cliché archiconocido: la educación es un trabajo para toda la vida. Y comienza ahora.

¡Les deseo que tengan más que suerte!

David Foster Wallace

(Ohio, 21 de mayo de 2005)

Traducción tomada de Arsenal de Letras

Poemas de Eduardo Chirinos

Esta mañana falleció el poeta peruano Eduardo Chirinos. El reconocido escritor publicó en vida los libros El equilibrista de Bayard Street (1998), Abecedario del agua (2000), Breve historia de la música (Premio Casa de América de Poesía, 2001), Escrito en Missoula (2003), No tengo ruiseñores en el dedo (2006), Humo de incendios lejanos (2009), Mientras el lobo está (XII Premio de Poesía Generación del 27, 2010), 35 lecciones de biología (y tres crónicas didácticas) (2013), Medicinas para quebrantamientos del halcón (2014), entre otros.

Derrota del otoño

Aquí no es bienvenido el otoño.
                                                       Nadie lo espera
a la orilla de ningún río melancólico
que esconda en su cauce los secretos del mundo.
El otoño reina en otras latitudes.
Allá lejos, donde los ciclos se cumplen, allá lejos
donde envejecen y renuevan las metáforas.

(El sol se hunde en un verdoso charco
donde flota, solitaria, una hoja de laurel).

Pero esta tarde no ha llovido. Las hojas
se aferran a sus ramas,
heroicamente luchan contra el viento
y en la noche celebran la derrota del otoño.

No saben que las hojas que caen son las escritas
y el árbol un seco y callado poema sin estrías.

--

Junto a la tumba de Salinas

Un pequeño saurio atraviesa la tumba de Salinas,
husmea el óxido que mancha la blancura del mármol
y se oculta rápidamente entre la hierba.
Entonces lo contemplo.
Qué de besos perdidos frente al mar,
qué de labios bebiendo sus gotas azules,
qué de cielos nunca hollados, fortalezas
donde el amor se rindió a los abrazos de nadie.
Nadie, Salinas, buscando entre sombras un cuerpo desnudo,
nadie en las palabras que alguna vez ardieron por nosotros.

Yo también me enamoré con tus poemas.
Ellos sabían lo que habría de ocurrirme, me leía en ellos,
pero tú plagiaste mi vida, la dignificaste, la hiciste del revés.
¿Mereces entonces el perdón?
Ahora que estás bajo un cielo verdadero,
devorado por los insectos de la tierra, pronombre
encadenado a la carne de unos besos que yo di por ti,
te ofrezco estas flores.
Acéptalas,  Salinas, como un homenaje de quien quiso creer
y vivió feliz en el fecundo engaño.

--
Bisontes

Antaño los bisontes manchaban la llanura
de un claro y suave marrón.

Sus pezuñas hollaban sin miedo esta hierba.
Era su casa. Su vasto
dominio que nadie se atrevía a profanar.

Los veranos
migraban hacia el norte donde el sol se apaga.
Los inviernos hacia el sur
donde languidecen las estrellas.

Camino a Montana he visto bisontes.
Lejanos y míticos bisontes aguardando una
            estampida,
un estrépito de pájaros, un canto de guerra.

Si hubo algún Dios en estas tierras
debió tener cara de bisonte.

--

Okapi herido de muerte

Desde hace años me persigue ese título
«Okapi herido de muerte».

Debo haberlo leído de niño.
Hojeando las páginas de un álbum,
o las figuras de un libro de animales.

Guardo conmigo la escena.
El zarpazo felino
                               un fondo de acacias
y el terror de la víctima
tratando de huir, inútilmente.

Raro animal el okapi.
Indeciso entre cebra y jirafa. Temeroso
y nocturno, en peligro de extinción.

Cuando fui a verlo al zoo de Berlín
se acercó desde la página remota
y me dijo en secreto:

«aún estoy herido de muerte».

--

El gato y la luna

When two close kindred meet,
What better than call a dance?
W. B. Yeats

El gato de mi vecina arquea su lomo
como el arco de la luna.
                                         La luna
relame sus bigotes como gato
y llora por un platito de leche.

Mi vecina ve televisión
(pero no llora)
y se desliza furtivamente por la hierba
inventando pasitos de baile.

Micifuz o Minnaloushe
                                      la luna
me tenderá esta noche su mano
y yo le diré (con los ojos cambiantes):

«Oh lo siento, no me gusta bailar».


Selección tomada de OtroPáramo

Las cartas de amor de James Joyce

Para “celebrar” este 14 de febrero, los invitamos a leer las cartas de amor de James Joyce a Nora Bernacle.

2 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín

Querida mía, quizás debo comenzar pidiéndote perdón por la increíble carta que te escribí anoche. Mientras la escribía tu carta reposaba junto a mí, y mis ojos estaban fijos, como aún ahora lo están, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y Nora Barnaclediabólico.

Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Si, querida, “mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo nombre! ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia! Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalaré un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta a una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto. Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi pija mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso. He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo lo hacías? Después quedaste avergonzada hasta para mirarme a los ojos.

¡Eres mía, querida, eres mía! Te amo. Todo lo que escribí arriba es sólo un momento o dos de brutal locura! La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi pija está todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal embestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros de mi corazón.

Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mi puta, mi amante, todo lo que quieras (¡mi pequeña pajera amante! ¡mi putita folladora!) eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia.

JIM

8 de diciembre de 1909

44 Fontenoy Street, Dublín

Mi dulce putita Nora, he hecho como me lo pediste, muchachita sucia, y me hice dos pajas mientras leía tu carta. Me deleita ver que haces como si te follara por atrás. Sí, ahora puedo recordar esa noche cuando de follé por atrás mucho tiempo. Fue la follada más sucia que te he hecho, querida. Horas y horas mi sexo estuvo duro dentro tuyo, entrando y saliendo de tu trasero vuelto hacia arriba. Sentía tus rollizas nalgas sudorosas bajo mi vientre y veía tu rostro y tus ojos enloquecidos. A cada una de mis arremetidas, tu desvergonzada lengua salía de entre tus labios, y si te embestía con mayor fuerza que la usual, gruesos y sucios gases surgían balbuceantes de tu trasero. Tenías un culo lleno de pedos aquella noche, querida, y con la follada salieron todos para afuera, gruesos camaradas, otros más ventosos, rápidos y pequeños requiebros alegres y una gran cantidad de peditos sucios que terminaron en un largo chorrear de tu agujero. Es delicioso follarse a una mujer con pedos cuando cada embestida le saca uno. Estoy seguro que podría reconocer los de ella en un cuarto lleno de mujeres flatulentas. Es un ruido mucho más juvenil, que en nada se parece a los flatos húmedos que deben poseer las esposas gordas. Es más repentino y seco y sucio como el que imagino haría para divertirse una muchacha desnuda en el dormitorio de la escuela por la noche. Confío que Nora dejará escapar sus gases en mi rostro para que también pueda conocer su olor.

Dices que a la vuelta me vas a chupar y quieres que lama tu sexo, pequeña pícara depravada. Espero que alguna vez me sorprendas durmiendo vestido, me asaltes con un destello de puta en tus soñolientos ojos, me desabroches con suavidad, botón por botón en el vuelo de mi trusa, y saques gentilmente la gruesa fusta de tu amante, la escondas en tu boca húmeda y la mames hasta que dura y erectísima acabe en tu boca. Algunas veces también te sorprenderé dormida, levantaré tu camisón y abriré suavemente tus bombachas caliente; suavemente me recostaré y comenzaré a lamer con placidez alrededor de tu sexo. Te agitarás incómoda, entonces lameré los labios del sexo de mi querida. Te pondrás a gruñir y a gemir, a suspirar y pedorrear ávida en tu sueño. Entonces lameré más rápido, como un perro voraz, hasta que tu sexo sea una masa de suciedad y tu cuerpo un corcoveo salvaje.

¡Buenas noches, mi pequeña Nora pedorra, mi sucia pajarita folladora! Hay una palabra amable, querida, que subrayaste para que me masturbara mejor. Escríbeme más acerca de eso y de ti misma, dulcemente, totalmente sucia, totalmente sucia.

JIM

9 de diciembre de 1909

44 Fontenoy Street, Dublín

Mi dulce sucia pajarita folladora. Aquí está otra nota para comprar bragas bonitas o ligueros o ligas. Compra bragas de puta, amor, y trata de perfumarlas con algún suave aroma y de decorarlas también un poquito por atrás.

Pareces ansiosa de saber cómo recibí tu carta que, dices, es peor que la mía. ¿Cómo que es peor que la mía, amor? Sí, es peor en una o dos de sus partes. Me refiero a la parte en la que dices que lo harás con tu lengua (no me refiero a que me chupes) y en esa amable palabra que escribiste tan grande y subrayaste, pequeña pícara. Es estremecedor escuchar esa palabra (y una o dos de las que no escribiste) en los labios de una chica. Pero ojalá hables de ti y no de mí. Escríbeme una carta larga, larga, llena de esas y otras cosas acerca de ti, querida. Ahora ya sabes cómo endurecérmela. Dime las cosas mínimas acerca de ti tan minuciosamente como sean de obscenas, sucias y secretas. No escribas más. Deja a cada oración llenarse de sucias palabras y sonidos sin recato. Son lo más amable de oír y de ver en el papel, porque las más sucias son las más bellas.

Las dos partes de tu cuerpo que hacen las cosas más sucias son las que yo más quiero. Prefiero tu culo, querida, a tus tetitas, porque hace cosas más sucias. Si amo tanto tu coño no es por ser la parte de tu cuerpo que penetro, sino porque hace otra cosa sucia. Puedo pasar todo el día acostado masturbándome en la contemplación de la divina palabra que escribiste, y la cosa que dices quisieras hacer con tu lengua. Ojalá pudiera oír a tus labios murmurando esas poderosamente excitantes palabras obscenas, ver tu boca haciendo ruidos y sonidos lascivos, sentir tu cuerpo agitándose debajo de mí, oír y oler los gruesos sucios pedos de muchacha ir pop pop fuera de tu hermoso culo de muchacha desnuda y follar, follar, follar a mi ardiente culo sucio de pajarita folladora por siempre.

Estoy contento ahora porque mi putita me dijo que quiere entregarme su trasero, y quiere que la folle por su boca, y quiere desabotonarme y sacar mi palito y mamarlo como una teta. Más y más sucias que éstas quiere mi pequeña folladora desnuda que le haga, mi perversa excitable amante, mi dulce pedorrita obscena.

Buenas noches mi coñito, me voy a acostar y pajearme hasta acabar. Escribe más y más sucias cosas, querida. Acaricia tu coñito mientras me escribes para hacer peor y peor lo que escribes. Escribe grandes las palabras obscenas y subráyalas y bésalas y ponlas un momento en tu dulce sexo caliente, querida, y también levanta un momento tu vestido y ponlas debajo de tu querido culito pedorro. Haz más si quieres y mándame entonces la carta, mi querida pajarita folladora del trasero café.

JIM

Tomado de Cultura Colectiva

Cuento: La noche boca arriba, de Julio Cortázar

Tal día como hoy, en 1984, murió Julio Cortázar. En homenaje, compartimos uno de sus más célebres cuentos.

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

Un drama en los aires, de Julio Verne

En el mes de septiembre de 185…, llegué a Francfort. Mi paso por las principales ciudades de Alemania se había distinguido esplendorosamente por varias ascensiones aerostáticas; pero hasta aquel día ningún habitante de la confederación me había acompañado en mi barquilla, y las hermosas experiencias hechas en París por los señores Green, Eugene Godard y Poitevin no habían logrado decidir todavía a los serios alemanes a ensayar las rutas aéreas.

Sin embargo, apenas se hubo difundido en Francfort la noticia de mi próxima ascensión, tres notables solicitaron el favor de partir conmigo. Dos días después debíamos elevarnos desde la plaza de la Comedia. Me ocupé, por tanto, de preparar inmediatamente mi globo. Era de seda preparada con gutapercha, sustancia inatacable por los ácidos y por los gases, pues es de una impermeabilidad absoluta; su volumen -tres mil metros cúbicos-le permitía elevarse a las mayores alturas.

El día señalado para la ascensión era el de la gran feria de septiembre, que tanta gente lleva a Francfort. El gas de alumbrado, de calidad perfecta y de gran fuerza ascensional, me había sido proporcionado en condiciones excelentes, y hacia las once de la mañana el globo estaba lleno hasta sus tres cuartas partes. Esto era una precaución indispensable porque, a medida que uno se eleva, las capas atmosféricas disminuyen de densidad, y el fluido, encerrado bajo las cintas del aerostato, al adquirir mayor elasticidad podría hacer estallar sus paredes. Mis cálculos me habían proporcionado exactamente la cantidad de gas necesario para cargar con mis compañeros y conmigo.

Debíamos partir a las doce. Constituía un paisaje magnífico el espectáculo de aquella multitud impaciente que se apiñaba alrededor del recinto reservado, inundaba la plaza entera, se desbordaba por las calles circundantes y tapizaba las casas de la plaza desde la primera planta hasta los aguilones de pizarra. Los fuertes vientos de los días pasados habían amainado. Ningún soplo animaba la atmósfera. Con un tiempo semejante se podía descender en el lugar mismo del que se había partido.

Llevaba trescientas libras de lastre, repartidas en sacos; la barquilla, completamente redonda, de cuatro pies de diámetro por tres de profundidad, estaba cómodamente instalada: la red de cáñamo que la sostenía se extendía de forma simétrica sobre el hemisferio superior del aerostato; la brújula se hallaba en su sitio, el barómetro colgaba en el círculo que reunía los cordajes de sostén y el ancla aparecía cuidadosamente engalanada. Podíamos partir.

Entre las personas que se apiñaban alrededor del recinto, observé a un joven de rostro pálido y rasgos agitados. Su vista me sorprendió. Era un espectador asiduo de mis ascensiones, al que ya había encontrado en varias ciudades de Alemania. Con aire inquieto, contemplaba ávidamente la curiosa máquina que permanecía inmóvil a varios pies del suelo, y estaba callado entre todos sus vecinos.

Sonaron las doce. Era el momento. Mis compañeros de viaje no aparecían.

Envié mensajeros al domicilio de cada uno de ellos, y supe que uno había partido hacia Hamburgo, el otro hacia Viena y el tercero para Londres. Les había faltado el ánimo en el momento de emprender una de esas excursiones que gracias a la habilidad de los aeronautas actuales están desprovistas de cualquier peligro. Como en cierto modo ellos formaban parte del programa de la fiesta, les había dominado el temor de que les obligasen a cumplirlo con exactitud y decidieron huir lejos del teatro en el instante en que el telón se levantaba. Su valor se encontraba evidentemente en razón inversa del cuadrado de su velocidad… para largarse.

Medio decepcionada, la multitud dio señales de muy mal humor. No vacilé en partir solo. A fin de restablecer el equilibrio entre la gravedad específica del globo y el peso que hubiera debido llevar, reemplacé a mis compañeros por nuevos sacos de arena y subí a la barquilla. Los doce hombres que retenían el aerostato por doce cuerdas fijadas al círculo ecuatorial las dejaron deslizarse un poco entre sus dedos, y el globo se elevó varios pies más de tierra. No había ni un soplo de viento, y la atmósfera, de una pesadez de plomo, parecía infranqueable.

-¿Está todo preparado? -grité.

Los hombres se dispusieron. Una última ojeada me indicó que podía partir.

-¡Atención!

Entre la multitud se produjo cierto movimiento y me pareció que invadían el recinto reservado.

-¡Suelten todo!

El globo se elevó lentamente, pero sentí una conmoción que me derribó en el fondo de la barquilla. Cuando me levanté, me encontré cara a cara con un viajero imprevisto: el joven pálido.

-Caballero, le saludo -me dijo con la mayor flema.

-¿Con qué derecho?…

-¿Estoy aquí?… Con el derecho que me da la imposibilidad en que está para despedirme.

Yo permanecía estupefacto. Aquel aplomo me desarmaba, y no tenía nada que responder.

-¿Mi peso perjudica su equilibrio, señor? -preguntó él-. ¿Me permite usted?…

Y sin aguardar mi consentimiento, deslastró el globo de dos sacos que arrojó al espacio.

-Señor -dije yo entonces tomando el único partido posible-, ya que ha venido… puede quedarse… de acuerdo, pero solo a mí me corresponde la dirección del aerostato…

-Señor -respondió él-, su urbanidad es completamente francesa. ¡Pertenece usted al mismo país que yo! Le estrecho moralmente la mano que me niega. ¡Tome sus medidas y actúe como bien le parezca! Yo esperaré a que usted haya terminado…

-¿Para qué?

-Para hablar con usted.

El barómetro había bajado hasta veintiséis pulgadas. Estábamos a unos seiscientos metros de altura por encima de la ciudad; pero nada indicaba el desplazamiento horizontal del globo, porque es la masa de aire en la que está encerrado la que camina con él. Una especie de calor turbio bañaba los objetos que se veían a nuestros pies y prestaba a sus contornos una indefinición lamentable.

Examiné de nuevo a mi compañero.

Era un hombre de unos treinta de años, vestido con sencillez. La ruda arista de sus rasgos dejaba al descubierto una energía indomable, y parecía muy musculoso. Completamente entregado al asombro que le procuraba aquella ascensión silenciosa, permanecía inmóvil, tratando de distinguir los objetos que se confundían en un vago conjunto.

-¡Maldita bruma! -exclamó al cabo de unos instantes.

Yo no respondí.

-Me guarda rencor, ¿verdad? -prosiguió-. ¡Bah! No podía pagarme el viaje, tenía que subir por sorpresa.

-¿Nadie le pide que se baje, señor!

-¿No sabes acaso que algo parecido les ocurrió a los condes de Laurencin y de Dampierre cuando se elevaron en Lyón el 15 de enero de 1784? ¡Un joven comerciante, llamado Fonatine, escaló la barquilla con riesgo de hacer zozobrar la máquina!… ¡Realizó el viaje y no murió nadie!

-Una vez en tierra ya tendremos una explicación -respondí yo picado por el tono ligero con que me hablaba.

-¡Bah! No pensemos en la vuelta.

-¿Cree, pues, que tardaré en descender?

-¡Descender! -dijo sorprendido-. ¡Descender! Empecemos primero por subir.

Y antes de que yo pudiese impedirlo, dos sacos de arena habían sido arrojados por la borda de la barquilla, sin ser vaciados siquiera.

-¡Señor! -exclamé yo encolerizado.

-Conozco su habilidad -respondió tranquilamente el desconocido-y sus hermosas ascensiones han sido sonadas. Pero si la experiencia es hermana de la práctica, también es algo prima de la teoría, y yo he hecho largos estudios sobre el arte aerostático. ¡Y se me han subido a la cabeza! -añadió él tristemente cayendo en muda contemplación.

Tras haberse elevado de nuevo, el globo permanecía en situación estacionaria.

El desconocido consultó el barómetro y dijo:

-¡Ya hemos llegado a los ochocientos metros! Los hombres parecen insectos. ¡Mire! Creo que desde esta altura es de donde hay que considerarlos siempre para juzgar correctamente sus proporciones. La plaza de la Comedia se ha transformado en un inmenso hormiguero. Mire la multitud que se amontona en los muelles y el Zeil que disminuye. Ya estamos encima de la iglesia del Dom. El Main no es ya más que una línea blancuzca que corta la ciudad, y ese puente, el Main Brucke, parece un hilo puesto entre las dos orillas del río.

La atmósfera había refrescado algo.

-No hay nada que yo no haga por usted, huésped mío -me dijo mi compañero-. Si tiene frío, me quitaré las ropas y se las prestaré.

-Gracias -respondí con sequedad.

-¡Bah! La necesidad hace ley. Deme la mano, soy su compatriota, lo instruiré en mi compañía, y mi conversación le compensará del perjuicio que le he causado.

Sin responder me senté en el extremo opuesto de la barquilla. El joven había sacado de su hopalanda un voluminoso cuaderno. Era un trabajo sobre la aerostación.

-Poseo -me dijo-la colección más curiosa de grabados y caricaturas que se han hecho a propósito de nuestras manías aéreas. ¡Han admirado y ultrajado a la vez este precioso descubrimiento! Por suerte ya no estamos en la época en que los Montgolfier trataban de hacer nubes falsas con vapor de agua, y fabricar un gas que tuviera propiedades eléctricas que producían mediante la combustión de paja mojada y lana picada.

-¿Quiere disminuir el mérito de los inventores acaso? -respondí yo, porque había tomado una decisión sobre aquella aventura-.¿No ha sido hermoso haber demostrado con experiencias la posibilidad de elevarse en el aire?

-¡Eh!, señor, ¿quién niega la gloria de los primeros navegantes aéreos? ¡Se necesitaba un valor inmenso para elevarse con estas envolturas tan frágiles, que solo contenían aire caliente! Pero quiero hacerle la siguiente pregunta: ¿la ciencia aerostática ha dado algún gran paso desde las ascensiones de Blanchard, es decir, desde hace casi un siglo? Mire señor.

El desconocido sacó un grabado de su cuaderno.

-Aquí tiene -me dijo-el primer viaje aéreo emprendido por Pilatre de Rozier y el marqués de Arlandes, cuatro meses después del descubrimiento de los globos. Luis XVI negaba su consentimiento a este viaje y dos condenados a muerte debían intentar, los primeros, las rutas aéreas. Pilatre de Rozier se indigna ante esta injusticia, y a fuerza de intrigas obtiene el permiso. Aún no se había inventado esta barquilla que hace fáciles las maniobras, y una galería circular ocupaba la parte inferior y estrechada de la montgolfiera. Los dos aeronautas tuvieron pues que permanecer sin moverse en cada extremo de aquella galería, porque la paja mojada que la llenaba les impedía todo movimiento. Un hornillo con fuego colgaba debajo del orificio del globo; cuando los viajeros querían elevarse, arrojaban paja sobre aquel brasero, con riesgo de incendiar la máquina, y el aire más caliente daba al globo nueva fuerza ascensional. Los dos audaces navegantes partieron, el 21 de noviembre de 1783, de los jardines de la Muette, que el delfín había puesto a su disposición. El aerostato se elevó majestuosamente, bordeó la isla de los Cisnes, pasó el Sena por la barrera de la Conference y, dirigiéndose entre el domo de los Inválidos y la Escuela Militar, se acercó a San Sulpicio. Entonces los aeronautas forzaron el fuego, franquearon el bulevar y descendieron al otro lado de la barrera de Enfer. Al tocar el suelo, el globo se desinfló y sepultó algunos instantes bajo sus pliegues a Pilatre de Rozier.

-¡Molesto presagio! -dije yo interesado por estos detalles que me tocaban muy de cerca.

-Presagio de la catástrofe que más tarde debía costar la vida al infortunado -respondió el desconocido con tristeza-. ¿No ha sufrido usted nada semejante?

-Nunca.

-Bah, las desgracias ocurren a veces sin presagios -añadió mi compañero.

Y se quedó en silencio.

Mientras tanto avanzábamos hacia el sur, y Francfort ya había huido bajo nuestros pies.

-Tal vez tengamos tormenta -dijo el joven.

-Antes descenderemos -respondí.

-¡Eso sí que no! Es mejor subir. Escaparemos de ella con mayor seguridad.

Y dos nuevos sacos de arena fueron al espacio.

El globo se elevó con rapidez y se detuvo a mil doscientos metros. Se dejó sentir un frío bastante vivo, y sin embargo los rayos de sol que caían sobre la envoltura dilataban el gas interior y le daban mayor fuerza ascensional.

-No tema nada -me dijo el desconocido-. Tenemos tres mil quinientas toesas de aire respirable. Además, no se preocupe de lo que yo haga.

Quise levantarme, pero una mano vigorosa me clavó en mi banqueta.

-¿Cómo se llama? -pregunté.

-¿Cómo me llamo? ¿Qué le importa?

-Le exijo su nombre.

-Me llamo Eróstrato o Empédocles, como más le guste.

Esta respuesta no era nada tranquilizadora.

Por otra parte, el desconocido hablaba con una sangre fría tan singular que no sin inquietud me pregunté con quién tenía que habérmelas.

-Señor -continuó él-, desde el físico Charles no se ha imaginado nada nuevo. Cuatro meses después del descubrimiento de los aeróstatos, ese hábil hombre había inventado la válvula, que deja escapar el gas cuando el globo está demasiado lleno, o cuando se quiere descender; la barquilla, que facilita las maniobras de la máquina; la red, que contiene la envoltura del globo y reparte la carga sobre toda su superficie; el lastre, que permite subir y escoger el lugar de aterrizaje; el revestimiento de caucho, que vuelve impermeable el tejido; el barómetro, que indica la altura alcanzada. Por último, Charles empleaba el hidrógeno que, catorce veces menos pesado que el aire, permite alcanzar las capas atmosféricas más altas y no expone a los peligros de una combustión aérea. El primero de diciembre de 1783, trescientos mil espectadores se apiñaban alrededor de las Tullerías. Charles se elevó, y los soldados le presentaron armas. Hizo nueve leguas en el aire, guiando su globo con una habilidad que no han superado los aeronautas actuales. El rey le otorgó una pensión de dos mil libras, porque entonces se alentaban las nuevas invenciones.

En ese momento el desconocido me pareció presa de cierta agitación.

-Yo, señor -continuó-, he estudiado y me he convencido de que los primeros aeronautas dirigían sus globos. Para no hablar de Blanchard, cuyas afirmaciones pueden ser dudosas, Guyton de Morveau, con la ayuda de remos y de gobernalle, imprimió a su máquina movimientos sensibles y de una dirección que podía notarse. Recientemente en París, un relojero, el señor Julien, hizo en el Hipódromo experiencias convincentes, porque, gracias a un mecanismo particular, su aparato aéreo, de forma oblonga, se dirigió de forma clara contra el viento. El señor Petin ha ideado unir cuatro globos de hidrógeno, y por medio de velas dispuestas horizontalmente y replegadas en parte espera obtener una ruptura de equilibrio que, inclinando el aparato, ha de imprimirle una dirección oblicua. Se habla también de motores destinados a superar la resistencia de las corrientes, por ejemplo, la hélice; pero la hélice, moviéndose en un medio móvil, no dará ningún resultado. ¡Yo, señor, he descubierto el único medio de dirigir los globos, y ninguna academia ha venido en mi ayuda, ninguna ciudad ha cubierto mis listas de suscripción, ningún gobierno ha querido escucharme! ¡Es infame!

El desconocido se debatía gesticulando, y la barquilla experimentaba violentas oscilaciones. Me costó mucho contenerle. Mientras tanto, el globo había encontrado una corriente más rápida, y avanzábamos hacia el sur, a mil quinientos metros de altura.

-Ahí está Darmstadt -dijo mi compañero, asomándose por fuera de la barquilla-. ¿Divisa usted su castillo? Con poca nitidez, ¿no es cierto? ¿Qué quiere? Este calor de tormenta hace oscilar la forma de los objetos y se necesita una vista experta para reconocer las localidades.

-¿Esta seguro de que es Darmstadt? -pregunté yo.

-Sin duda, y estamos a seis leguas de Francfort.

-¡Entonces hay que bajar!

-¡Descender! No pretenderá descender sobre los campanarios -dijo el desconocido burlándose.

-No, sino en los alrededores de la ciudad.

-Bueno, evitemos los campanarios.

Al hablar de este modo, mi compañero se apoderó de unos sacos de lastre. Me precipité sobre él; pero con una mano me derribó, y el globo deslastrado alcanzó los dos mil metros.

-Quédese tranquilo -dijo él- y no olvide que Brioschi, Biot, Gay-Lussac, Bixio y Barral fueron a las mayores alturas para hacer sus experimentos científicos.

-Señor, hay que descender -continué yo tratando de dominarle mediante la dulzura-. La tormenta se está formando a nuestro alrededor. No sería prudente…

-¡Bah! ¡Subiremos encima de ella y ya no tendremos que temerla! -exclamó mi compañero-. ¿Qué hay más hermoso que dominar esas nubes que aplastan la tierra? ¿No es un reto navegar de esta forma sobre las olas aéreas? Los mayores personajes han viajado como nosotros. La marquesa y la condesa de Montalembert, la condesa de Podenas, la señorita de La Garde, el marqués de Montalambert, partieron del barrio de Saint-Antoine hacia esas orillas desconocidas, y el duque de Chartres desplegó mucha habilidad y presencia de ánimo en su ascensión del 15 de julio de 1784. En Lyón, los condes de Laurencin y de Dampierre; en Nantes, el señor de Luynes; en Burdeos, d’Arbelet des Granges; en Italia, el caballero Andreani y en nuestros días el duque de Bunswick, han dejado en los aires los rastros de su gloria. Para igualar a esos grandes personajes hay que subir más alto que ellos en las profundidades celestes. ¡Acercarse al infinito es comprenderlo!

La rarefacción del aire dilataba considerablemente el hidrógeno del globo, y yo veía su parte inferior, dejada vacía a propósito, inflarse y hacer indispensable la apertura de la válvula; pero mi compañero no parecía decidido a dejarme maniobrar a mi gusto. Decidí, pues, tirar en secreto de la cuerda de la válvula mientras él hablaba animado, porque yo temía adivinar con quién tenía que habérmelas.

¡Hubiera sido demasiado horrible! Era aproximadamente la una menos cuarto. Habíamos dejado Francfort hacía cuarenta minutos y por el lado sur llegaban espesas nubes dispuestas a chocar contra nosotros.

-¿Ha perdido usted toda esperanza de ver coronadas por el éxito sus combinaciones? -pregunté yo con un interés… muy interesado.

-¡Toda esperanza! -respondió sordamente el desconocido-. ¡Herido por las negativas y las caricaturas, las patadas en el trasero han acabado conmigo! ¡Es el eterno suplicio reservado a los innovadores! Vea estas caricaturas de todas las épocas que llenan mi carpeta.

Mientras mi compañero hojeaba sus papeles, yo había agarrado la cuerda de la válvula sin que él se hubiera dado cuenta. Podía temer, sin embargo, que percibiera ese silbido semejante a una caída de agua que produce el gas al escaparse.

-¡Cuántas burlas contra el abate Miolan! -dijo-. Debía elevarse con Janninet y Bredin. Durante la operación, se declaró fuego en su montgolfiera, y un populacho ignorante la despedazó. Luego la caricatura de los animales curiosos los llamó Miaulant, Jean Miné y Gredin.

Tiré de la cuerda de la válvula y el barómetro empezó a subir. ¡Justo a tiempo! Algunos truenos lejanos gruñían por el sur.

-Vea este otro grabado -continuó el desconocido sin sospechar mis maniobras-. Es un inmenso globo elevando un navío, fortalezas, casas, etc. Los caricaturistas no pensaban que un día sus estupideces se convertirían en verdades. Este gran navío está completo; a la izquierda su gobernalle, con el alojamiento para los pilotos; en la proa, casas de recreo, órgano gigantesco y cañón para llamar la atención de los habitantes de la tierra o de la luna; encima de la popa, el observatorio y el globo-chalupa; en el círculo ecuatorial, el alojamiento del ejército; a la izquierda, el fanal, luego las galerías superiores para los paseos, las velas, los alerones; debajo, los cafés y el almacén general de víveres. Admire este magnífico anuncio: “Inventado para la felicidad del género humano, este globo partirá sin cesar a las Escalas del Levante, y a su regreso anunciará sus viajes tanto a los dos polos como a los extremos de Occidente. No hay que preocuparse por nada, todo está previsto, todo irá bien. Habrá una tarifa exacta para cada lugar de paso, pero los precios serán los mismos para las comarcas más alejadas de nuestro hemisferio; a saber, mil luises para cualquiera de esos viajes. Y puede decirse que esta suma es muy módica si tenemos en cuenta la celeridad, la comodidad y los encantos que se gozarán en el citado aerostato, encantos que no se encuentran en este suelo, dado que en ese globo cada cual encontrará las cosas que imagine. Esto es tan cierto que, en el mismo lugar, unos estarán bailando, otros descansando; los unos se darán opíparas comidas, otros ayunarán; quien quiera hablar con personas de ingenio encontrará con quien charlar; quien sea bruto no dejará de encontrar otros iguales. ¡De este modo, el placer será el alma de la sociedad aérea!…” Todos estos inventos producen risa… Pero dentro de poco, si mis días no estuvieran contados, se vería que estos proyectos en el aire son realidades.

Estábamos descendiendo a ojos vista. Él seguía sin darse cuenta.

Vea también esta especie de juego de globos -continuó extendiendo ante mí algunos de aquellos grabados de los que tenía una importante colección-. Este juego contiene toda la historia del arte aerostático. Es para uso de espíritus elevados, y se juega con dados y fichas sobre cuyo valor se ponen previamente de acuerdo, y que se pagan o se reciben según la casilla a la que se llega.

-Pero parece haber estudiado en profundidad la ciencia de la aerostación -dije yo.

-Sí, señor, sí, desde Faetón, desde Ícaro, desde Arquitas, he investigado todo, he consultado todo, lo he aprendido todo. Gracias a mí el arte aerostático rendiría inmensos servicios al mundo si Dios me diese vida. Pero no podrá ser.

-¿Por qué?

-Porque me llamo Empédocles o Eróstrato.

Mientras tanto, por fortuna, el globo se acercaba a tierra, pero cuando se cae, el peligro es tan grave a cien pies como a cinco mil.

-¿Se acuerda de la batalla de Fleurus? -continuó mi compañero, cuyo rostro se animaba cada vez más-. Fue en esa batalla donde Coutelle, por orden del gobernador, organizó una compañía de aerostatistas. En el sitio de Maubeuge, el general Jourdan sacó tales servicios de este nuevo modo de observación que dos veces al día, y con el general mismo, Coutelle se elevaba en el aire. La correspondencia entre el aeronauta y los aerostatistas que retenían el globo se realizaba por medio de pequeñas banderas blancas, rojas y amarillas. Con frecuencia se hicieron disparos de carabina y de cañón sobre el aparato en el instante en que se elevaba, pero sin resultado. Cuando Jourdan se preparó para invadir Charleroi, Coutelle se dirigió a las cercanías de esta última plaza, se elevó desde la llanura de Jumet, y permaneció siete u ocho horas en observación con el general Morlot, lo que contribuyó sin duda a darnos la victoria de Fleurus. Y en efecto, el general Jourdan proclamó en voz alta la ayuda que había sacado de las observaciones aeronáuticas. Pues bien, a pesar de los servicios rendidos en esa ocasión y durante la campaña de Bélgica, el año que había visto comenzar la carrera militar de los globos la vio terminar también. Y la escuela de Meudon, fundada por el gobierno, fue cerrada por Bonaparte a su regreso de Egipto. Y sin embargo, ¿qué esperar del niño que acaba de nacer?, había dicho Franklin. El niño había nacido viable, no había que ahogarlo.

El desconocido inclinó su frente sobre las manos, se puso a reflexionar unos instantes. Luego, sin levantar la cabeza me dijo:

-A pesar de mi prohibición, señor, ha abierto la válvula.

Yo solté la cuerda.

-Por suerte -continuó él-, todavía tenemos trescientas libras de lastre.

-¿Cuáles son sus proyectos? -pregunté yo entonces.

-¿No ha cruzado nunca los mares? -me preguntó a su vez.

Yo me sentí palidecer.

-Es desagradable -añadió- que nos veamos impulsados hacia el mar Adriático. No es más que un riachuelo. Pero más arriba quizá encontremos otras corrientes.

Y sin mirarme deslastró el globo de varios sacos de arena. Luego, con voz amenazadora, dijo:

-Le he permitido abrir la válvula porque la dilatación del gas amenazaba con hacer reventar el globo. Pero no se le ocurra volver a repetirlo.

Y continuó en estos términos:

-¿Conoce la travesía de Dover a Calais hecha por Blanchard y Jefferies? ¡Fue magnífica! El 7 de enero de 1785, con viento del noroeste, su globo fue hinchado con gas en la costa de Dover. Un error de equilibrio, apenas se hubieron elevado, les obligó a echar su lastre para no caer, y no conservaron más que treinta libras. Era demasiado poco porque el viento no refrescaba y avanzaban con mucha lentitud hacia las costas de Francia. Además, la permeabilidad del tejido hacía que el aerostato se fuera desinflando poco a poco, y al cabo de hora y media los viajeros se dieron cuenta de que descendían.

“-¿Qué hacer? -preguntó Jefferies.”

“-Solo hemos cubierto tres cuartas partes del camino -respondió Blanchard-, y estamos a poca altura. Subiendo quizá encontremos vientos más favorables.”

“-Tiremos el resto de la arena.”

“El globo recuperó alguna fuerza ascensional, pero no tardó en descender de nuevo. Hacia la mitad del viaje, los aeronautas se desembarazaban de libros y herramientas. Un cuarto de hora después, Blanchard le dijo a Jefferies:”

“-¿El barómetro?”

“-¡Está subiendo! ¡Estamos perdidos, y sin embargo ahí tiene usted las costas de Francia!”

“Se dejó oír un gran ruido.”

“-¿Se ha desgarrado el globo? -preguntó Jefferies.”

“-¡No! ¡La pérdida del gas ha desinflado la parte inferior del globo! ¡Pero seguimos descendiendo! ¡Estamos perdidos! Abajo con todas las cosas inútiles.”

“Las provisiones de boca, los remos y el gobernalle fueron arrojados al mar. Los aeronautas solo se encontraban ya a cien metros de altura.”

“-Estamos subiendo -dijo el doctor.”

“-¡No, es el impulso causado por la disminución del peso! Y no hay ningún navío a la vista, ni una barca en el horizonte. ¡Arrojemos al mar nuestras ropas.”

“Los infortunados se despojaron de sus ropas, pero el globo seguía descendiendo.”

“-Blanchard -dijo Jefferies-, usted debía hacer solo este viaje; ha consentido en llevarme con usted; yo me sacrificaré. Voy a tirarme al agua y el globo ascenderá.”

“-¡No, no! ¡Es horrible!”

“El globo se desinflaba cada vez más, y su concavidad, haciendo de paracaídas, empujaba el gas contra las paredes y aumentaba su escape.”

“-¡Adiós, amigo mío! -dijo el doctor-. ¡Que Dios le conserve la vida!”

“Iba a lanzarse cuando Blanchard le retuvo.”

“-¡Todavía nos queda un recurso! -dijo-. ¡Podemos cortar las cuerdas que retienen la barquilla y agarrarnos a la red! Tal vez el globo se eleve. ¡Preparémonos! ¡Pero… el barómetro sigue bajando! Estamos elevándonos… ¡El viento refresca! Estamos salvados.”

“Los viajeros divisaban ya Calais. Su alegría llegó al delirio. Algunos instantes más tarde, caían en el bosque de Guines.”

-No dudo -añadió el desconocido- que en semejante circunstancia usted seguiría el ejemplo del doctor Jefferies.

Las nubes se desplegaban bajo nuestros ojos en masas resplandecientes. El globo lanzaba grandes sombras sobre aquel amontonamiento de nubes y se envolvía como una aureola. El trueno rugía debajo de la barquilla. Todo aquello era horroroso.

-¡Descendamos! -exclamé.

-¡Descender cuando el sol que nos espera está ahí! ¡Abajo con los sacos!

¡Y el globo fue deslastrado de más de cincuenta libras!

Permanecíamos a tres mil quinientos metros. El desconocido hablaba sin cesar. Yo me hallaba en una postración completa mientras él parecía vivir en su elemento.

-¡Con buen viento iríamos lejos! -exclamó-. En las Antillas hay corrientes de aire que hacen cien leguas a la hora. Durante la coronación de Napoleón, Garnerin lanzó un globo iluminado con cristales de color a las once de la noche. El viento soplaba del noroeste. Al día siguiente, al alba, los habitantes de Roma saludaban su paso por encima del domo de San Pedro. ¡Nosotros iríamos más lejos… y más alto!

Yo apenas oía. ¡Todo zumbaba a mi alrededor! Entre las nubes se hizo una fisura.

-¡Ve esa ciudad! -dijo el desconocido-. ¡Es Spire!

Me asomé fuera de la barquilla y divisé un pequeño conjunto negruzco. Era Spire. El Rhin, tan ancho, parecía una cinta desenrollada. Encima de nuestra cabeza el cielo era de un azul profundo. Los pájaros nos habían abandonado hacía tiempo porque en aquel aire rarificado su vuelo habría sido imposible. Estábamos solos en el espacio, y yo en presencia de aquel desconocido.

-Es inútil que sepa dónde le llevo -me dijo entonces, y lanzó la brújula a las nubes-. ¡Ah, qué cosa tan hermosa es una caída! ¿Sabe que son muy pocas las víctimas de la aerostación desde Pilatre de Rozier hasta el teniente Gale, y que todas las desgracias se han debido siempre a imprudencias? Pilatre de Rozier partió con Romain, de Boulogne, el 13 de junio de 1785. De su globo a gas había colgado una montgolfiera de aire caliente, sin duda para no tener necesidad de perder gas o arrojar lastre. Aquello era poner un hornillo debajo de un barril de pólvora. Los imprudentes llegaron a cuatrocientos metros y fueron arrastrados por vientos opuestos que los lanzaron a alta mar. Para descender, Pilatre quiso abrir la válvula del aerostato, pero la cuerda de la válvula se encontraba metida en el globo y lo desgarró de tal forma que el globo se vació en un instante. Cayó sobre la montgolfiera, la hizo girar y arrastró a los infortunados, que se estrellaron en pocos segundos. ¿Es espantoso, verdad?

Yo no pude responder más que estas palabras:

-¡Por piedad, descendamos!

Las nubes nos oprimían por todas partes y espantosas detonaciones que repercutían en la cavidad del aerostato se cruzaban a nuestro alrededor.

-¡Me está hartando! -exclamó el desconocido-. Ahora no sabrá si subimos o bajamos.

Y el barómetro fue a reunirse con la brújula, a lo que unió también sacos de tierra. Debíamos estar a cinco mil metros de altura. Algunos hielos se pegaban ya a las paredes de la barquilla y una especie de nieve fina me penetraba hasta los huesos. Sin embargo, una espantosa tormenta estallaba a nuestros pies, porque estábamos por encima.

-No tenga miedo -me dijo el desconocido-. Sólo los imprudentes se convierten en víctimas. Olivari, que pereció en Orleáns, se elevaba en una montgolfiera de papel: su barquilla, suspendida debajo del hornillo y lastrada con materias combustibles, se convirtió en pasto de las llamas; Olivari cayó y se mató. Mosment se elevaba en Lille sobre un tablado ligero: una oscilación le hizo perder el equilibrio; Mosment cayó y se mató. Bittorf, en Mannheim, vio incendiarse en el aire su globo de papel; Bittorf cayó y se mató. Harris se elevó en un globo mal construido, cuya válvula demasiado grande no pudo cerrarse; Harris cayó y se mató. Sadler, privado de lastre por su larga permanencia en el aire, fue arrastrado sobre la ciudad de Boston y chocó contra las chimeneas; Sadler cayó y se mató. Coking descendió con un paracaídas convexo que él pretendía haber perfeccionado; Coking cayó y se mató. Pues bien, yo amo a esas víctimas de su imprudencia y moriré como ellas. ¡Más arriba, más arriba!

¡Todos los fantasmas de esa necrología pasaban ante mis ojos! La rarefacción del aire y los rayos de sol aumentaban la dilatación del gas, y el globo continuaba subiendo. Intenté maquinalmente abrir la válvula, pero el desconocido cortó la cuerda algunos pies por encima de mi cabeza… ¡Estaba perdido!

-¿Vio usted caer a la señora Blanchard? -me dijo-. Yo sí la vi. Sí, yo la vi. Estaba en el Tívoli el 6 de julio de 1819. La señora Blanchard se elevaba en un globo de pequeño tamaño para ahorrarse los gastos del relleno, y se veía obligada a inflarlo por completo. Pero el gas se escapaba por el apéndice inferior, dejando en su ruta una auténtica estela de hidrógeno. Colgada de la parte superior de su barquilla por un alambre, llevaba una especie de aureola de artificio que tenía que encender. Había repetido muchas veces la experiencia. Aquel día, llevaba además un pequeño paracaídas lastrado por un artificio terminado en una bola de lluvia de plata. Debía lanzar aquel aparato después de encenderlo con una lanza de fuego preparada a ese efecto. Partió. La noche estaba sombría. En el momento de encender su artificio, cometió la imprudencia de pasar la lanza de fuego por debajo de la columna de hidrógeno que salía fuera del globo. Yo tenía los ojos fijos en ella. De pronto una luminosidad inesperada alumbró las tinieblas. Creí en una sorpresa de la hábil aeronauta. La luminosidad creció, desapareció de pronto y volvió a reaparecer en la cima del aerostato en forma de un inmenso chorro de gas inflamado. Aquella siniestra claridad se proyectaba en el bulevar y en todo el barrio de Montmartre. Entonces vi a la desventurada levantarse, tratar por dos veces de comprimir el apéndice del globo para apagar el fuego, luego sentarse en la barquilla y tratar de dirigir su descenso, porque no caía. La combustión del gas duró varios minutos. El globo se empequeñecía cada vez más; continuaba bajando, pero no era una caída. El viento soplaba del noroeste y la lanzó sobre París. Entonces, en las cercanías de la casa número 16 de la calle de Provence había unos jardines inmensos. La aeronauta podía caer en ellos sin peligro. Pero, ¡qué fatalidad! El globo y la barquilla se precipitaron sobre el techo de la casa. El golpe fue ligero: “¡Socorro!”, grita la infortunada. Yo llegaba a la calle en ese momento. La barquilla resbaló por el tejado y encontró una escarpia de hierro. Con esta sacudida, la señora Blanchard fue lanzada fuera de la barquilla y se estrelló contra la acera. La señora Blanchard se mató.

¡Estas historias me helaban de horror! El desconocido estaba de pie, con la cabeza destocada, el pelo erizado, los ojos despavoridos.

¡No había equivocación posible! ¡Por fin veía yo la terrible verdad! ¡Tenía frente a mí a un loco!

Lanzó el resto del lastre y debimos ser arrastrados por lo menos a nueve mil metros de altura. Me salía sangre por la nariz y boca.

-¿Hay algo más hermoso que los mártires de la ciencia? -exclamaba entonces el insensato-. Los canoniza la posteridad.

Pero yo ya no oía. El loco miró a su alrededor y se arrodilló para susurrar a mi oído:

-¿Y la catástrofe de Zambecarri, se ha olvidado de ella? Escuche. El 7 de octubre de 1804 el tiempo pareció mejorar un poco. El viento y la lluvia de los días anteriores aún no había cesado, pero la ascensión anunciada por Zambecarri no podía posponerse. Sus enemigos le criticaban ya. Tenía que partir para salvar de la burla pública tanto a la ciencia como a él. Estaba en Bolonia. Nadie le ayudó a llenar su globo. Fue a medianoche cuando se elevó, acompañado por Andreoli y por Grossetti. El globo subió lentamente, porque lo había agujereado la lluvia y el gas se escapaba. Los tres intrépidos viajeros solo podían observar el estado del barómetro con la ayuda de una linterna sorda. Zambecarri no había comido hacía veinticuatro horas. Grossetti también estaba en ayunas.

“-Amigos míos -dijo Zambecarri -, el frío me mata. Estoy agotado. ¡Voy a morir!”

“Cayó inanimado en el suelo de la barquilla. Ocurrió lo mismo con Grossetti. Sólo Andreoli permanecía despierto. Después de largos esfuerzos consiguió sacar a Zambecarri de su desvanecimiento.”

“-¿Qué hay de nuevo? ¿Dónde estamos? ¿De dónde viene el viento? ¿Qué hora es?”

“-Son las dos.”

“-¿Dónde está la brújula?”

“-Se ha caído.”

“-¡Dios mío! ¡La bujía de la linterna se apaga!”

“-No puede seguir ardiendo en este aire rarificado -dijo Zambecarri.”

“La luna no se había levantando y la atmósfera estaba sumida en horribles tinieblas.”

“-¡Tengo frío, tengo frío! Andreoli, ¿qué hacer?”

“Los infortunados bajaron lentamente a través de una capa de nubes blancuzcas.”

“-¡Chist! -dijo Andreoli -. ¿Oyes?”

“-¿Qué? -respondió Zambecarri.”

“-¡Un ruido singular!”

“-¡Te equivocas!”

“-¡No!”

“Ve a esos viajeros en medio de la noche escuchando ese ruido incomprensible. ¿Van a chocar contra una torre? ¿Van a precipitarse contra los tejados?”

“-¿Oyes? Parece el ruido del mar.”

“-¡Imposible!”

“-¡Es el rugido de las olas!”

“-¡Es verdad!”

“-¡Luz, luz!”

“Después de cinco tentativas infructuosas, Andreoli lo consiguió. Eran las tres. El ruido de las olas se dejó oír con violencia. ¡Casi tocaban la superficie del mar!”

“-Estamos perdidos -gritó Zambecarri, y se apoderó de un grueso saco de lastre.”

“-¡Ayuda! -gritó Andreoli.”

“La barquilla estaba tocando el agua y las olas les cubrían el pecho.”

“-¡Tiremos al mar las herramientas, las ropas, el dinero!”

“Los aeronautas se despojaron de toda su ropa. El globo deslastrado se elevó con rapidez vertiginosa. Zambecarri se sintió dominado por un vómito espantoso. Grossetti sangró en abundancia. Los desventurados no podían hablar porque sus respiraciones se tornaban cada vez más dificultosas. El frío se apoderó de ellos y al cabo de un momento los tres estaban cubiertos por una capa de hielo. La luna les pareció de un color rojo como la sangre.”

“Después de haber recorrido aquellas altas regiones durante media hora, la máquina volvió a caer al mar. Eran las cuatro de la mañana. Los náufragos tenían la mitad del cuerpo en el agua, y el globo, sirviendo de vela, los arrastró durante varias horas.”

“Cuando amaneció se encontraron frente a Pesaro, a cuatro millas de la costa. Iban a atracar en ella cuando un golpe viento los lanzó a alta mar.”

“¡Estaban perdidos! Los barcos, asustados, huían cuando ellos se acercaban… Por fortuna, un navegante más instruido los abordó, los izó a cubierta y los desembarcó en Ferrada.”

“Viaje espantoso, ¿no le parece? Pero Zambecarri era un hombre enérgico y valiente. Apenas se repuso de sus sufrimientos, volvió a iniciar las ascensiones. Durante una de ellas chocó contra un árbol, su lámpara de alcohol se derramó sobre sus ropas; ¡se vio cubierto de fuego y su máquina empezaba a abrasarse cuando él pudo volver a descender medio quemado!”

“Por último, el 21 de septiembre de 1812, hizo otra ascensión en Bolonia. Su globo quedó enganchado en un árbol y su lámpara volvió a incendiarlo. Zambecarri cayó y se mató.”

-Y ante estos hechos, ¿todavía vacilamos? ¡No! ¡Cuanto más alto vayamos, más gloriosa será la muerte!

Completamente deslastrado el globo de todos los objetos que contenía, fuimos arrastrados a alturas que no pude apreciar. El aerostato vibraba en la atmósfera. El menor ruido hacía estallar las bóvedas celestes. Nuestro globo, el único objeto que sorprendía mi vista en la inmensidad, parecía estar a punto de aniquilarse. Por encima de nosotros las alturas del cielo estrellado se perdían en las tinieblas profundas.

¡Vi al individuo que se ponía en pie delante de mí!

-Ha llegado la hora -me dijo-. Hay que morir. Los hombres nos rechazan. Nos desprecian. Aplastémoslos.

-Gracias -le dije.

-¡Cortemos estas cuerdas! ¡Abandonemos esta barquilla en el espacio! ¡La fuerza de atracción cambiará de dirección, y nosotros llegaremos hasta el sol!

La desesperación me galvanizó. Me precipité sobre el loco. Comenzamos a combatir cuerpo a cuerpo, en una lucha espantosa. Pero fui derribado, y mientras mantenía la rodilla sobre mi pecho, el loco iba cortando las cuerdas de la barquilla.

-¡Una! -dijo.

-¡Dios mío!

-¡Dos!… ¡Tres!…

Yo hice un esfuerzo sobrehumano, me levanté y empujé violentamente al insensato.

-¡Cuatro! -dijo.

La barquilla cayó, pero instintivamente me aferré a los cordajes y trepé por las mallas de la red.

El loco había desaparecido en el espacio.

El globo fue elevado a una altura inconmensurable. Se dejó oír un crujido espantoso… El gas, demasiado dilatado, había reventado la envoltura. Yo cerré los ojos.

Algunos instantes después, me sentí reanimado por un calor húmedo. Me hallaba en medio de nubes que ardían. El globo daba vueltas produciéndome un vértigo espantoso. Impulsado por el viento, hacía cien leguas a la hora en una carrera horizontal, y a su alrededor los relámpagos iban y venían.

Sin embargo, mi caída no era muy rápida. Cuando volví a abrir los ojos, divisé tierra. Me encontraba a dos millas del mar, y el huracán me empujaba hacia él con fuerza cuando una brusca sacudida me hizo soltarme. Mis manos se abrieron, una cuerda se deslizó rápidamente entre mis dedos y me encontré en tierra.

Era la cuerda del ancla que, barriendo la superficie del suelo, se había enganchado en una grieta, y mi globo, deslastrado por última vez, iba a perderse más allá de los mares.

Cuando recuperé el conocimiento estaba tumbado en casa de un campesino, en Harderwick, pequeña aldea de la Gueldre, a quince leguas de Amsterdam, a orillas del Zuyderzee.

Un milagro me había salvado la vida, pero mi viaje no fue más que una serie de imprudencias efectuadas por un loco al que yo no conseguí detener.

Que este terrible relato, al instruir a los que me leen, no desaliente a los exploradores de las rutas del aire.

Tomado de CiudadSeva

Seis poemas de Rubén Darío que debes leer hoy

Hoy se cumplen cien años de la muerte de Rubén Darío. La importancia de este poeta para la lengua castellana ha sido repetida hasta la saciedad. Como dice Roberto González Echevarría: “En la poesía española hay un antes y un después de Rubén Darío. Fue el primer gran poeta desde el Siglo de Oro, el de Garcilaso, San Juan de la Cruz, Fray Luis, Góngora, Quevedo y Sor Juana. Y a pesar de la abundancia de poetas surgidos en el siglo XX a ambos lados del Atlántico –García Lorca, Alberti, Salinas, Cernuda, Neruda, Vallejo, Paz, Palés Matos, Lezama Lima, etc.– la dimensión que Darío alcanzó no ha sido superada. Fue el líder de una revolución literaria que se expandió a lo largo del mundo hispanohablante y transformó todos los géneros literarios, no sólo la poesía”.

Te presentamos seis poemas de Rubén Darío que deberías conocer. Si ya los conoces, no dudes en releerlos.

Nocturno

Los que auscultásteis el corazón de la noche,
los que por el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar de una puerta, el resonar de un coche
lejano, un eco vago, un ligero ruido…

En los instantes del silencio misterioso,
cuando surgen de su prisión los olvidados,
en la hora de los muertos, en la hora del reposo,
sabréis leer estos versos de amargor impregnados…

Como en un vaso vierto en ellos mis dolores
de lejanos recuerdos y desgracias funestas,
y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores,
y el duelo de mi corazón, triste de fiestas.

Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido,
la pérdida del reino que estaba para mí,
el pensar que un instante, pude no haber nacido,
y el sueño que es mi vida desde que yo nací.

 

Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón.

Salutación del optimista

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos; mágicas
ondas de vida van renaciendo de pronto:
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,
cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio condenásteis al noble entusiasmo,
ya veréis salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.

 

Abominad la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra:
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despierten entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia, ni Nínive enterrada en olvido y en polvo
ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,
tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.

 

Unanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos:
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco pristino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.

 

Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

 

La latina estirpe verá la gran alba futura,
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros,
¡ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

 

Los cisnes

 

¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores?

 

Yo te saludo ahora como en versos latinos
te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.
Los mismos ruiseñores te cantan los mismos trinos,
y en diferentes lenguas es la misma canción.

 

A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso vísteis, acaso, alguna vez…
Soy un hijo de América, soy un nieto de España…
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez.
Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas
den a las frentes pálidas sus caricias más puras
y alejan vuestras blancas figuras pintorescas
de nuestras mentes tristes las ideas oscuras.

 

Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,
se mueren nuestras rosas, se agostan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas.

 

Nos predican la guerra con águilas feroces,
gerifaltes de antaño revienen a los puños,
mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,
ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.

 

Faltos de los alientos que dan las grandes cosas
¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?
A falta de laureles son muy dulces las rosas,
y a falta de victorias busquemos los halagos.

 

La América española como la España entera
fija está en el Oriente de su fatal destino;
yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera
con la interrogación de tu cuello divino.

 

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?

 

He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros,
que habéis sido los fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el estertor postrero de un caduco león…

 

… Y un cisne negro dijo: -“La noche anuncia el día”.
Y uno blanco: – “La aurora es inmortal, la aurora
es inmortal!” ¡Oh tierras de sol y de armonía,
aún guarda la esperanza la caja de Pandora!

 

Epitalamio bárbaro

 

El alba aún no aparece en su gloria de oro.
Canta el mar con la música de sus ninfas en coro
y el aliento del campo se va cuajando en bruma.
Teje la náyade el encaje de su espuma
y el bosque inicia el himno de sus flautas de pluma.
Es el momento en que el salvaje caballero
se ve pasar. La tribu aúlla y el ligero
caballo es un relámpago, veloz como una idea.
A su paso, asustada, se para la marea;
la náyade interrumpe la labor que ejecuta
y el director del bosque detiene la batuta.
-¿Qué pasa?- desde el lecho pregunta Venus bella.
Y Apolo:
– Es Sagitario que ha robado una estrella.

Lo fatal

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

Yo persigo una forma

Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
al abrazo imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

Google conmemora el 103° aniversario del nacimiento de Amrita Sher-Gil, la “Frida Khalo” de India

Hoy se cumplen 103 años del nacimiento de la artista india Amrita Sher-Gil. Para celebrarlo, Google creó un Doodle inspirado en la pintura “Tres muchachas”, una de las obras más conocidas de la artista.

De acuerdo a El País, “La pintora Amrita Sher-Gil fue una de las figuras del arte contemporáneo en la India; una de las artistas más importantes del siglo XX. Conocida también como la Frida Kahlo india, Sher-Gil, de madre húngara y padre Punjabi, estudió en Paris en la École des Beaux-Arts en donde encontró la manera de expresar su estilo de vida apasionante”.

A continuación podrás apreciar algunas de sus pinturas.

Los consejos de los grandes maestros para escribir cuentos

Cuando los grandes narradores escriben consejos sobre cómo escribir cuentos… ¿debemos creerles o sus recomendaciones están, más bien, plagadas de ironía? Sea como sea, quienes se inician en la escritura “creativa” suelen tomar como punto de arranque las reflexiones en torno al cuento que los maestros de este género han escrito.

Algunos escritores suelen coincidir en que el “decálogo del cuento” de Julio Ramón Ribeyro es el más acertado.

Decálogo para cuentistas, de Julio Ramón Ribeyro

  1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su vez contarlo.
  2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real.
  3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
  4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no sirve como cuento.
  5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin aspavientos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
  6. El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
  7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
  8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
  9. En el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
  10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

También está el muy conocido Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga.

Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga

  1. Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.
  2. Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
  3. Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia
  4. Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
  5. No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
  6. Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
  7. No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
  8. Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
  9. No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino
  10. No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

Por último, el entrenido decálogo de Roberto Bolaño

12 consejos para escribir buenos cuentos,  de Roberto Bolaño

  1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
  2. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
  3. Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
  4. Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
  5. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
  6. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
  7. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
  8. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
  9. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
  10. Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
  11. Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
  12. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

Mira las nominadas a Mejor Película Extranjera en los Oscar 2016

Ya se han anunciado las nominadas a los Premios Oscar 2016. En la categoría Mejor Película de Habla No Inglesa, o Mejor Película Extranjera, son cinco los filmes que competirán por llevarse la estatuilla. A continuación podrás ver los trailers de cada una de estas películas.

El abrazo de la serpiente

Colombia. 2015. Dirigida por Ciro Guerra.

 

Mustang

Francia. 2015. Dirigida por Deniz Gamze Ergüven

 

Son of Saul

Hungría. 2015. Dirigida por László Nemes.

Theeb

Jordania. 2014. Dirigida por Naji Abu Nowar.

A War

Dinamarca. 2015. Dirigida por Tobias Lindholm.

 

Lista de nominados a los Premios Oscar 2016

Te presentamos a continuación la lista de películas nominadas a los Premios Oscar 2016.

Mejor Película

  • La gran apuesta
  • El puente de los espías
  • Brooklyn
  • Mad Max: Furia en la carretera
  • Marte (The Martian)
  • El renacido
  • La habitación
  • Spotlight

Mejor Director

  • Adam McKay
  • George Miller
  • Alejandro González Iñárritu
  • Lenny Abrahamson
  • Tom McCarthy

Mejor Actor

  • Bryan Cranston
  • Matt Damon
  • Leonardo DiCaprio
  • Michael Fassbender
  • Eddie Redmayne

Mejor Actriz

  • – Cate Blanchett
  • – Brie Larson
  • – Jennifer Lawrence
  • – Charlotte Rampling
  • – Saoirse Ronan

Mejor Actor de Reparto

  • – Christian Bale
  • – Tom Hardy
  • – Mark Ruffalo
  • – Mark Rylance
  • – Sylvester Stallone

Mejor Actriz de Reparto

  • – Jennifer Jason Leigh
  • – Rooney Mara
  • – Rachel McAdams
  • – Alicia Vikander
  • – Kate Winslet

Mejor Guión Original

  • – El puente de los espías
  • – Ex Machina
  • – Del revés
  • – Spotlight
  • – Straight Outta Compton

Mejor Guión Adaptado

  • – La gran apuesta
  • – Brooklyn
  • – Carol
  • – Marte
  • – La habitación

Mejor Película Animada

  • – Anomalisa
  • – Boy and the World
  • – Del revés
  • – La oveja Shaun
  • – When Marnie Was There

Mejor Película de habla no inglesa

  • Embrace of the Serpent
  • Mustang
  • Hijo de Saul
  • Theeb
  • A War

Mejor Diseño de Producción

  • El puente de los espías
  • La chica danesa
  • Mad Max
  • Marte
  • El renacido

Mejor Fotografía

  • – Carol
  • – Los odiosos ocho
  • – Mad Max
  • – El renacido
  • – Sicario

Mejor Montaje

  • – La gran apuesta
  • – Mad Max
  • – El renacido
  • – Spotlight
  • – Star Wars: El despertar de la fuerza

Mejor Efectos Visuales

  • – Ex Machina
  • – Mad Max: Furia en la carretera
  • – Marte
  • – El renacido
  • – Star Wars: El despertar de la fuerza

Mejor Vestuario

  • – Carol
  • – Cenicienta
  • – La chica danesa
  • – Mad Max: Furia en la carretera
  • – El renacido

Mejor Maquillaje y Peluquería

  • – Mad Max: Furia en la carretera
  • – El abuelo que saltó por la ventana y se marchó
  • – El renacido

Mejor Edición de Sonido

  • – Mad Max: Furia en la carretera
  • – Marte (The Martian)
  • – El renacido
  • – Sicario
  • – Star Wars: El despertar de la fuerza

Mejor Mezcla de Sonido

  • – El puente de los espías
  • – Mad Max: Furia en la carretera
  • – Marte (The Martian)
  • – El renacido
  • – Star Wars: El despertar de la fuerza

Mejor Banda Sonora

  • – El puente de los espías
  • – Carol
  • – Los odiosos ocho
  • – Sicario
  • – Star Wars: El despertar de la fuerza

Mejor Canción

  • – Cincuenta sombras de Grey
  • – Racing Extinction
  • – La juventud
  • – The Hunting Ground
  • – Spectre

Mejor Documental

  • – Amy
  • – Cartel Land
  • – Look fo Silence
  • – What Happened, Miss Silmore?
  • – Winter for Fire

Mejor Cortometraje

  • – Ave Maria
  • – Day One
  • – Everything Will Be Okay (Alles Wird Gut)
  • – Shok
  • – Stutterer

Mejor Corto Documental

  • – Body Team Twelve
  • – Chau
  • – Claude Lamann
  • – A Girl in the River
  • – Last Day of Freedom

Mejor Corto Animado

  • – Bear Story
  • – Prologue
  • – Sanjay
  • – We Can’t Live Without Cosmos
  • – World of Tomorrow

 

Los mejores discos gratuitos del 2015

En la web de música independiente FrostClick han seleccionado los 10 discos gratuitos más populares que reseñaron en el 2015. Cabe destacar que nos gusta mucho lo que esa página hace ya que promociona a aquellos artistas independientes que usan la licencia Creative Commons para sus discos. Además, FrostClick está asociada con el app de descargas FrostWire, por lo cual esos discos llegan diariamente a millones de usuarios.

Nos alegra mucho que una de las bandas de este top 10 sea venezolana. Me refiero a HolySexyBastards.

A continuación pueden encontrar los 10 discos y sus respectivos links de descarga.

  1. Mike Schpitz: Topeka High

    Topeka_High_cover
    #Rap #HipHop #Indie

  2. The Bourgeois

    The_Bourgeois_2
    #Rock #Punk

  3. Shinobi Ninja Free FrostWire Mixtape 2015

    shinobi_ninja_cover
    #HipHop, #Punk, #Funk, #Metal, #Reggae, #Electronic, #Rock.

  4. Lisa Richards: Beating of the Sun

    Backcover1
    #Acoustic, #Country, #Folk, #Indie

  5. Drake: Comeback Season

    drake
    #Rap, #HipHop, #R&B

  6. Fleurie: Fear & Fable EP

    10984050_430152410477149_7633190478217899797_n
    #Pop, #Ambient, #Indie

  7. Soulja Boy: Young Millionaire

    soulja_boy
    #Rap, #HipHop

  8. Noosa: Wonderland

    wonderland
    #Ambient, #Electro

  9. HolySexyBastards

    holeysexybastards
    #Rock

  10. Rick Ross: Black Dollar (2015)

    rick-ross-black-dollar-new-mixtape

    #Rap, #HipHop