Tres poemas de Régulo Villegas

Tres poemas de Régulo Villegas

Presentamos tres poemas del venezolano Régulo Villegas (1930-2006), pertenecientes a su libro paraíso de los condenados (1957).

del nacimiento

Yo habitaba mi país de origen
ignoraba los ritos y las iniciaciones
desconocía mis generaciones anteriores
Me desterraron bajo las garras azules de la lluvia
desde entonces lámparas húmedas lamen mi rostro
Único fue mi grito
incapaz de morder la forma de los signos
cuando mi padre dijo “Es El”
y besaba mis pies y mi frente conocidos ya
por confesiones clandestinas de la sangre

Marché junto a mi sombra
Mujeres blandas como grasa
Tornaron mi corazón límite fresco
Pesado como un crimen
Hoy digo a mis padres
―Mirad el aire poblado de pulpos minerales
mirad al sol regando tachuelas en el piso
Digo —Soy vuestra agonía más mis huesos
soy vuestra edad doblada en el olvido
Antes de hablar sabed que de vosotros
filosos mandarines cortarán la sonrisa



renacimientos

Renacemos en el paisaje
en la forma de insectos perfumados
cálices monstruosos nos alimentan
nos sostienen hojas de grueso pecíolo
Renacemos en el mar
en el ancla oxidada de las embarcaciones
en los rostros poblados de algas
de los marinos
en el pico de los alcatraces
Renacemos en el musgo que recubre las piedras
en el aceite de las jabonerías
en las esquinas de los cines
en los lugares sórdidos
Renacemos
y es que no obstante quiero marcharme
sin que nadie pregunte si he partido



Cosmopolita

1
Cosmopolita significa el primero

Significa el que silba en la boca de los estuarios
y agoniza bajo los árboles donde el ciempiés
tiende sus rieles como un tren de azogue

Significa el que gime el día de su natalicio
y escupe en el cráneo de las fieras marinas
que rondan el casco de las embarcaciones

Significa el que clama como la piel del náufrago
entre las mandíbulas de los mingitorios

Cosmopolita significa tu mortal enemigo

2
Hay una escala para dormir tras de los equinoccios
cuando la llama señala los templos
en cuyos pilares florece la cabellera
de una doncella más pura que el terciopelo de los gusanos

Cierto es que el dios de la melaza
canta como el fuego como los cataclismos

Cierto es nadie cruza el cielo sobre un potro
nadie reza ante un espejo herido
ni oficia en un altar adornado de jóvenes gramíneas

Cosmopolita significa tu muerte

3
Un farol no es ojo de un animal nocturno
no es la mano encendida de un ebrio
no es el brillo de los santiguadores
que cae sobre los niños como un buitre

Por eso nada nos duele tanto
como la mañana de abandonar el lecho
de mujeres venidas en grandes trasatlánticos
cuando el miedo salta de sus ojos como un caballo triste

Cosmopolita significa tu destrucción final

Tres poemas de Yolanda Pantin

Tres poemas de Yolanda Pantin

CUERPOS (Luis Cernuda)

Son tan bellos los cuerpos

Que he besado

 

Es tal el calor con que reciben

a otro cuerpo

 

que no puedo hacer más

que agradecer

la dicha

que tan poco merezco

 

Recuerdo un cuerpo de pie

ante el espejo

 

el acto de ofrecerse

en un instante

 

cuando todo está perdido

en el dorado reflejo

 

Son tan bellos los cuerpos

que he soñado

 

tan perfectos

estados de la gloria

donde un dios reside

 

que no puedo más que abandonarme

al vértigo en la piel

así nombrada

 

Pero tú

cuerpo creado por mi amor a solas

 

soñado besado

saciado

 

la mirada en ti es encarnación del mundo

de todo lo creado

 

por mí

a tus espaldas

 

piel abismo espejo

temible oscuridad más allá de tu cuerpo

 

a la palabra

 

todo lo consagro

 

los cuerpos que he besado

los soñados

 

inmóviles perfectos

 

terrores de la dicha

que tú encarnas.

 

 

BOSQUE

El que nos ha hecho sufrir

nos tiene consigo

 

El que ha talado la carne

la pulpa de la carne

nos adora

 

El sólo nos puede consolar

 

dar sosiego

paz

a lo que es implacable

 

y aquí en el corazón

no ha cesado.

 

EROTIA

Reconozco en ti lo que apenas conozco

y sé

que la piel de la espalda

al roce quema

Tres poemas de Ramón Palomares

Tres poemas de Ramón Palomares

En memoria del escritor venezolano Ramón Palomares, compartimos tres poemas de su autoría.

SALUDOS

Saludos, precioso pájaro.
Y no abandones el oro de las plumas
entre aquellas nubes
ni pierdas el canto en el dominio de los truenos.
No sea que pases del cielo
y quedes preso en los astros.

De viajes, cuánto se ha perdido,
cuánta ola estrellada en el acantilado,
mientras tus alas
robaban fulgores al poderoso perro del cielo.
Y cuánto de lluvias,
de verano, de hierba roja
por la implacable estación.
O de gris, nieblas y continuado fantasma
frente al joven enamorado de barcos.
Los vecinos perdidos,
el llanto de amigos
que he visto secar en paños
por olvidos e irremediable paso.
Ni qué decir de la muchacha
cuyo pecho hasta ayer fuera tan liso
y que luego se ha visto
como exquisito racimo.

Saludos.
Pero, amigo de viajes,
¿cómo poder contar las pérdidas,
ventas que se han hecho,
nuevas adquisiciones?
Y si la modesta familia
vende las posesiones de provincia
y compra apartamentos confortables,
¿no hemos vendido al corazón
y una y otra vez
cambiado los pareceres de conciencia
para entender mejor las noticias a la semana?
Y mientras tú por el pasado año
te entregabas a los aromosos cielos del norte,
aquí las muertes y los nacimientos
cambiaban las cuerdas del buque
y hacían trastabillar al viejo.
Y mientras robabas a ese perro
los bellos fulgores,
el oro para majestad en tus alas,
los cambios de ciudad,
las venidas al amor,
los cantos de una ilusionada nube
que nos ahogara en deseos
pintaban nuevas y extrañas figuras
en la quilla del buque.

Y entretanto no había más
que el incesante brillo
y el incesante batir de esas alas
sobre espumas y ciudades,
sobre campiñas y lejanas praderas;
más allá de las torres establecidas por la
caída de la noche.
No había más que esos ojos absortos,
fijos hacia el norte o el sur,
la cola firme,
a manera de timón,
y el impulso
y la ruta que algún hilo indicaba.

Y el cielo, y los aromas
de flores muertas o recién abiertas
y los aires cambiantes.

Y nada más había para ti,
amigo de viajes;
las idas, los regresos
encontraban esas pupilas
quietas, serenas, tendidas
en medio a las carreras que el cielo juega.

Saludos.
Apenas para ti hay tiempo de cantar
en el delicioso jardín
y sacudir en el estanque las alas
allí donde el viento no ha podido vencer.

MÁSCARAS


He aquí que existimos en el límite de la mentira
que nuestra vida es impalpable
que estas personas representadas pertenecen
a un dueño de otro orden.

Cumplimos cabalmente en escena
ante el gran público. Así recreamos bajo los astros
y acudimos a una cita en los vientos
saliendo al paso de nuestras fiestas.

Nuestro corazón está prestado a otros personajes,
murmuramos un sueño y nuestros labios no son responsables,
somos bellos o nobles según las circunstancias.
Nos asalta un delirio azaroso
y caemos en los escenarios bajo una voluntad extraña.
Y no tenemos vida,
pues andamos sobre ruedas en un país desconocido
cuyas flores nos interesan de manera frívola
y cuyas mujeres nos aman en alcobas de falsedad.

Producimos un fuego y su corazón azul
crepita con más fuerza que el nuestro
en tanto arden los leños a la manera de sangre.

Nos permitimos ser extraños. Falsos.
Llevar una emoción no sincera.
Mientras andamos, desterrados de nuestro cuerpo
en un interminable paseo.

ADIÓS

				Para Antonio Luis

Llovió y ha vuelto a llover
y cayeron las hojas y el sol las abrazó y el viento vino 
y arrastró las hojas y sonó la hojarasca
y otra vez cayeron las hojas y el sol las abrazó y vino el viento 
y el rocío se hizo en la yerba y se fue
y abrieron los capullos y el insecto rompió la húmeda cáscara y voló 
y otra vez el pájaro que cantaba en la cuerda
bajó a jugar bajo el rosal y volvió a su cielo
y cantó y la mariposa estuvo dormida al amanecer y con el sol caliente subía dando ligeros golpes 
y la lluvia la heló y otra mariposa voló por el jardín y el jardín de ayer 
quedó yerto y enrojeció y volvió a quedar yerto y pálido y las ramitas secas 
chasquearon y cayeron al césped y el sapo cambió de sombra y volvió a cambiar 
y ha buscado otra sombra húmeda
y el gusano ha terminado de hilar y ya voló y ya volvió a hilar y el viento 
mueve la hoja que lo hospeda
y los jejenes han ascendido en el vaho caluroso y caido con las aguas del cielo
y se han levantado de nuevo porque otra vez ha sido el día caluroso 
y la hilera de hormigas corta el campo en el claro seco y boronoso y ahora regresa al patio sembrado
y el ratón de monte ha dormitado largamente en su cueva y ha despertado por muchos días corriendo en secreto 
lejos del búho y ha caído lejos de las garras del búho y el búho comió y pasó noches de hambre y volvió a su comida 
y duerme este día y se despertó de nuevo y cazó la rata gris 
y un hombre encontró su pareja y se amaron y el hijo que nació encontró su pareja y la amó
y el hijo que de allí naciera encontró su pareja y la amó y de allí nació un hijo 
y el hombre murió y volvió otra muerte y se llevó otra vida y otra vida se apagó al entretanto 
y vinieron hermosas costumbres y cambiaron las
viejas costumbres y otras costumbres y modales se cambiaron y 
se levantaron templos prodigiosos y los templos prodigiosos se fueron y llegaron nuevos templos prodigiosos. 
Y se levantaron los ídolos todos de metal noble y refulgente y dieron vuelta y otro rostro cubrió el rostro de ellos 
y otra vuelta cambió este rostro por otro de otra forma
y el polvo hundió los ídolos y salieron flores del polvo y el desierto llegó a cantar un largo silencio 
y las ciudades despertaron y se durmieron y se ocultaron y desaparecieron 
y volvieron a nacer con sus comercios y sus tiendas y sus reyes y príncipes 
y poetas y bellas mujeres y mártires y guerreros y sacerdotes y santos y maestros
y muchachos atarantados y viejos
y la luna estaba dando vueltas y se encendía toda y se adelgazaba y se hacía tenue 
y se llenaba y se vaciaba de plata y volvía a llenarse y a subir tarde y tarde bajando tarde y tarde y noche y noche 
y la tierra corría y corría y regresaba y corría y la tierra en la noche en la oscuridad dando su cara negra y rodando su cara deslumbrante y su azul ligero y su azul negro y sus nubes y aladas 
y sus nubes estripotosas y deshechas con el mar que saltaba hacia su madre y saltaba desde el pecho de su madre 
y con el viento que lloraba y cantaba como un niño y lloraba y cantaba como una mujer y lloraba y cantaba como un anciano y como un perro 
y como un mar hasta que era otra vez viento y lloraba y cantaba 
y la tierra iba loca y bella entre sus madres entre sus padres loca como una jovencita y loca como una mujer en una fiesta 
y como un paso de baile y como una caída de flores y como un beso 
iba y venía mientras las grandes redes de estrellas subían y aleteaban como insectos 
desesperados de amor y como 
chispas que volaban desde la raza áspera y como cabelleras solas y como fuego solo y como 
oro raptado y oro yéndose y oro viniendo y oro jugando en todas partes y moscas plateadas y anillos perdidos y collares 
y cuellos y rostros de mujeres exquisitamente desenvueltas y allí las noches 
soltaban sus amarras y se aprisionaban y amaban la noche hembra y la noche viril 
y el tiempo hembra y el tiempo varón y la vastedad toda y los círculos de vastedad 
que iban y venían a sí mismo y de sí mismos alejándose y entregándose y frotándose 
como dos hocicos de hembra y macho encelados, tigres, lobos en celo. 
Y ha vuelto a llover y dime qué sol ha venido y qué canción has oído y que mariposa baja hasta la flor del patio 
y duerme y
dame ese perfume que todo es un perfume y una esencia y una vaga brisa que llega y se mueve anda y desanda 
y dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir
y si de ti todo se ha ido y todo está por llegar y todo está en viaje y todo es nuevo y vuelve.
Adiós Salud Adiós.
Adiós a Palomares

Adiós a Palomares

Ramón Palomares encarnó y verbalizó, es decir, dio cuerpo en las palabras a las circunstancias ideológicas, políticas, económicas y sociales de su generación, tanto en Venezuela como en la mayor parte de América Latina, marcadas por el abandono de las zonas rurales del interior para insertarse en una vida ciudadana interna y externamente.

En Caracas formó parte del grupo Sardio, con quienes publica su primer libro, El reino (1958). Ya desde ese momento estaba prefigurando lo que iba a ser su obra poética: un retorno físico e imaginario a su Escuque natal, para finalmente decirle adiós. El gran mérito está en haber objetivado con una sensibilidad particular esa experiencia en el lenguaje, revelando un estado de conciencia especialmente sensible en el que la bondad y la comunión con el entorno y sus seres son determinantes, además de recrear y detenerse en el decir andino en sus poemas.

Palomares tiene, en ese sentido, gran interés dentro de los actuales estudios lacanianos, amalgamando el lenguaje a las condiciones personales subjetivas y las externas colectivas, a través de un estado de conciencia. Es, para los poetas latinoamericanos contemporáneos, y de otras latitudes, un maestro dignísimo de estudiar e imitar con modestia y admiración. Su influencia en escritores consagrados, como Cristina Falcón Maldonado, por ejemplo, también es inmensa.

Salvador Garmendia ya había señalado que los países latinoamericanos fueron divididos de manera arbitraria. Y por eso, cada retorno al pueblo perdido tiene un ambiente y un lenguaje particular, como es el caso de Palomares. En estas diferencias, la experiencia poética de la realidad se vuelve un punto de encuentro entre este y otros autores de su generación y las siguientes, más allá o a pesar de las certitudes políticas e ideológicas divergentes. La patria en la obra de Palomares es el retorno a una aldea interna, que se encuentra, como dice Riley cuando habla de la Arcadia, en “la introvertida mente de los amantes”, entre la realidad y la irrealidad.

Y hoy, a pocas horas de la muerte del bardo andino, Ramón Palomares, uno y plural, nuestro y de todo el continente y el mundo, es necesario oír el eco del lenguaje musical de sus poemas, que corre por un pueblo de otro tiempo, como el frío río cristalino de la conciencia por el que todavía nadan las truchas de su legado. 

Poemas de Enza García Arreaza

Poemas de Enza García Arreaza

Una vez dormí contigo

y con tu gato desahuciado

debí saberlo entonces

eras incapaz de sostener el universo.

 

(a Stephen Hawking)

 

 

Voy a tener ausentes y lobos

por no hablar de mi abominable educación

en praxis, ontología o estética

y demás resabios del hastío.

Mi vida tendrá irrupciones

Ares para humillar

Orfeo para mentir

habrá sátiros, estrellas beatas

mi vida tendrá enjambres

salvajes, fotógrafos

juegos de súcubo

y notables incontinencias

llenaré cajones de celuloide y polillas

dormiré poco maleable

infecta y culpable de mis polizontes.

Debo equivocarme de semen

hablar de morir antes de tiempo

como una adolescente que se da mucha importancia

decir tigre, abedul, conejo y violeta

conjurar carne penitente

debo reconocer que una mente arruinada

no distingue entre demonio y compromiso

debo convencerme de que el estallido

y los planetas resultantes

no fueron en vano.

 

Crecer es asesinar al padre, te dicen.

Pero cuando yo veo a mi padre

encuentro al niño

hambrienta miniatura corriendo por el monte

cazador de tucusitos con una gomera

que le temía a su abuela por bruja y lujuriosa.

Yo no puedo matar a un niño

le tengo pena

ahora que ha envejecido

y habla de las mismas cosas

recordándome que debo cavar un hueco

y amarlo para siempre.

 

 

En el colegio católico sucedían estas cosas:

Yo tenía diez años

(la cara redonda, las rodillas rotas)

entonces algún compañerito me interrogaba

sobre el oficio de mis padres

y yo no encontraba con apenas una década sobre la tierra

cómo bregar con la vergüenza que en aquel entonces

aparecía como un espanto en la barriga:

 

Papá vende animalitos y terminales*

por las tardes sale en su moto

mamá se la pasa todo el día gritando

y mis hermanas quieren crecer y largarse.

 

Después supe que desperdicié mis años de inocencia

preguntándome si alguna vez me pondrían

como reina del Carnaval

y si de verdad pertenecíamos a la clase media.

 

(Para Manuel Gerardo Sánchez)

*Juegos de azar.

Todos los poemas pertenecen al libro inédito El dinosaurio blanco
Ilustración de la autora

Poemas de Lydda Franco Farías

Poemas de Lydda Franco Farías

Compartimos una selección de poemas de la escritora venezolana Lydda Franco Farías (1943-2004).

una trepa la desnudez de otro cuerpo

una encuentra la rama dorada y la codicia

abre las puertas de otro reino

inaugura otra carencia

una se deja llevar por sacudimientos extremos

(1994)

 

 

yo venía de los bosques húmedos

en mi equipaje de la inocencia

en sí misma dobladita

olorosa a preguntas

me quitaron

bosque y humedad

el equipaje revolvieron

las preguntas me las fui respondiendo

con el tiempo y de a poquito

ahora no sé de qué sirve la inocencia

ni me importa

(1994)

 

 

para ti soy tal vez una huera mujer

con el cabello levemente despeinado

digna de un cuadro renacentista

o de un ardiente cumplido o de un piropo

(dicho como al azar/ con rebuscada elegancia)

de sobra sabes que me avergüenzo

de ese otro ser que me esquilma

y me avasalla

de repetir hasta borrarme

el gesto heredado de pálidas

enhiestas

amas de casa remotísimas

pero ciertamente hay un rótulo en la sangre

una danza del vientre

una marca rotunda

ten en cuenta muchacho de las cavernas

que he ido ganando el derecho a perder de igual a igual el paraíso

la paciencia

a compartir la cama

el santo y seña

el mundo

fifty fifty

o no hay trato

vete acostumbrado hombre voraz

mujer no es sólo receptáculo

flor que se arranca

y herida va a doblarse en el florero

al fin de de la repisa

entre santos y candelabros y trastos de cocina

una mujer es una mujer más sus uñas y sus dientes

lo siento caballero de la brillante armadura

aquella doncella rompió el molde

creció

 

(1985)

 

Rafael Cadenas y Gustavo Pereira: país adentro, o había que llenar de vino el vaso

Rafael Cadenas y Gustavo Pereira: país adentro, o había que llenar de vino el vaso

Entre los tres mil huéspedes de este príncipe
¿quién de nosotros recuerda aún algunos de sus nombres?
Si no gozamos de la vida, simplemente seremos dignos
de la piedad de nuestros descendientes.

“En el Pabellón Meridional de Han Tan, mirando a las cortesanas”, Li Po

 

Una isla (1958), Cuadernos del destierro (1959), Preparativos de viaje (1964) y En plena estación (1966)

Me interesa el enfrentamiento de los escritores con la realidad, ya sean venezolanos o de otro países. Pero sólo quisiera reflexionar un poco sobre ese acercamiento en la obra de Rafael Cadenas y Gustavo Pereira, porque quizás son dos de las propuestas que mejor se han proyectado en la poesía venezolana, en cuanto a posturas éticas y estéticas ante la realidad, o irrealidad, durante la segunda mitad del siglo pasado y este en Venezuela. Para empezar, quizás es bueno recordar aquello que planteaba Jesús Sanoja Hernández (compañero de Cadenas en Tabla Redonda): en el prólogo a su antología de la poesía de Salustio González Rincones, Sanoja inscribe a Cadenas en una tradición del exilio en nuestra poesía, en la que lo anteceden autores como José Antonio Ramos Sucre y el mismo Salustio. Cada uno con sus particularidades casi divergentes, pero encontradas, como todo, en ciertos puntos.

El hecho es que me interesa partir de aquí por la sencilla razón de que de aquí parte la obra de Cadenas: Una isla y Cuadernos del destierro. Para mí, Cuadernos…, sin olvidar que formalmente es una narración, puede resumirse y prosificarse diciendo que es el testimonio de un hombre en el exilio de sí mismo y de un país y una ciudad (de sus ancestros) que en ese nuevo entorno oscilante entre la ficción y la realidad, buscando un nuevo lenguaje con el cual narrar su experiencia; el libro ya está anticipado temáticamente en Una isla. Esta realidad lingüística que crea el poemario es también una desmarcación del pasado y de los ancestros, el testimonio de un hombre que antes fue rey, ahora desvalido y en proceso de conseguir algo más en la vida circundante. Está de más notar la soberbia del rey que determina la posterior búsqueda despojada en su poesía. Por eso (ese exilio interno y anecdótico también) es que Sanoja ubica a Cadenas en esa tradición que él mismo observa en nuestra literatura.

Ahora, estableciendo un paralelismo con el primer libro de Gustavo Pereira, Preparativos de viaje, me sorprende la resonancia de las primeras líneas de los Cuadernos… de Cadenas y las del poema “Escribo tu nombre” de Pereira.

Dice Cadenas: “YO pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor”. Nótese que se escribe desde el desarraigo y la diferencia, la marca de alteridad, quizás, que porta la voz del antiguo rey narrador en el resto del poemario: “Pero mi raza era de distinto linaje (…) Era dable advertirla, hurgando un poco la historia de los derrumbes humanos, en los portones de las casas, en sus trajes, en sus vocablos”. En cambio, en la poesía de Pereira, se inicia una relación completamente diferente con el pueblo: “Aquí escribo tu nombre pueblo mío / Descubridor de todos los buenos sentimientos / Creador y magnificador / Verdadero y presente”.

En ambos poemarios, además, está por consiguiente expresada la relación del hablante (dos distintos a primera vista, pero ambos hundidos a voluntad en un lúcido delirio y a momentos la miseria) con la ciudad y el país. Así todo en abstracto y no hablando con nombres propios, porque es la relación que el sujeto-poeta establece con el país y la ciudad que subjetivamente procesa, así como todos nosotros a diario, ciudadanos como los poetas, procesamos de manera subjetiva y abstracta la realidad concreta que nos rodea en el país que habitamos por dentro y hacia afuera. Además, encontramos en ambas obras la idea de que el sujeto empírico, el yo que firma los poemas (Rafael Cadenas y Gustavo Pereira) son anulados al momento de la escritura y quien termina verdaderamente poniendo las palabras es un fuerza otra que posee.

En los Cuadernos… de Cadenas, la ciudad o, mejor dicho, la vida ciudadana, está en directa relación con el desdoblamiento del sujeto y por consiguiente su exilio de las tierras del amor y de sí mismo: “Una ciudad arrojandome del amor (…) Yo apenas sospechaba que había tierra, luz, agua, aire, que vivía y estaba obligado a llevar mi cuerpo de un lado a otro, alimentándolo, limpiándolo, cuidándolo para que luciera más o menos presentable en el animado concierto de la honorabilidad ciudadana”. Ese es el exilio de sí mismo, y sobre todo del cuerpo que es el alma, como dice Walt Whitman, ocasionado por la vida ciudadana. Y si bien habíamos visto en las primeras líneas una diferencia con el pueblo (también en abstracto), es este a su vez quien logra sacar a flote la voz del rey narrador en el exilio de la irrealidad: “Un pueblo aplastado por las pezuñas de la luna desentierra voces sepultadas por marejadas de exilio. Un adolescente oscuro mira desde un trono de luciérnagas el paso de las cebras como cordón de brasas. Pasa un elefante”. Esto podría tomarse en un doble sentido: como el exilio donde la irrealidad se realiza o como una tensión entre las voces exiliadas y la presencia de la naturaleza, a su vez asociada a lo exiliado.

También podemos verlo resumido en un verso de Pereira, aunque ya En plena estación: “Un árbol lleno de calles con semáforos”, del poema “Los ojos vacíos”, que precisamente termina: “Un país que amo / Un país que amo locamente / Un país que amo ciegamente”. Y ahí, ante esa situación, están las dos posturas filtradas por la subjetividad expresiva. Parece que en estos versos de Pereira resonara la voz de Antonio Arráiz diciéndole mala madre a Venezuela y que, a pesar de eso, él estaría adherido de amor a ella. Podemos decir entonces que, desde su inicio, la poesía de Gustavo Pereira se define como nacionalista apasionada, aunque también el hablante se fugue hacia el delirio o sentimiento de irrealidad propiciado por la patria y la urbe, como en el caso de Cadenas (¿no es también ese el delirio colectivo del país en que ambos viven internamente en sus primeros poemas, con sus semejanzas compartidas?). Quizás este último sea el tema del poema de Pereira en sus Preparativos…, “Ciudad que se retuerce”.

“Derrota” (1963), Falsas maniobras (1965), Hasta reventar (1966), El interior de las sombras (1968), Poesía de qué (1970)

La poesía de Cadenas se concentra cada vez más en la búsqueda del individuo, y el país y la ciudad apenas son un rumor al fondo, del cual el individuo se aparta para conseguirse. Ya esta postura se observa desde “Derrota”:

“que todo el día tapo mi rebelión

que no me he ido a las guerrillas

que no he hecho nada por mi pueblo

que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas y por otras cuya enumeración sería interminable”.

No obstante, no los pierde de vista y en Falsas maniobras escribe “Beloved country”, donde quizás resuena algo del cariño por el país de Pereira; no nacionalismo. En la poesía de Pereira es al revés: el hombre está inserto en la ciudad y compartiendo con el pueblo que habita su mismo país, y no es sino hasta que comienza a avanzar en la escritura de su obra que empieza a preguntarse con más insistencia por el individuo (siempre inserto en ese país) y su relación con el idioma, pregunta esta última insistente también en la poesía de Cadenas. Como dice José Balza en un prólogo a una antología de Pereira: “interrogantes a la soledad individual, siempre extendida o moviéndose dentro de la colectividad”.

Otro punto de encuentro entre ambos es la búsqued del amor, y el sosiego, expresado estéticamente a través de un depuramiento, concisión y precisión del lenguaje empleado en el poema, pero sobre todo en la materialidad que este cobra y la agudeza con que (re)produce la sensación de realidad vívida. En “Un gran amor sobre la tierra”, de Hasta reventar, dice Pereira:

“Un gran amor sobre la tierra desde las alturas 
       infinitas que palidecen avergonzadas
Como dos amantes que únicamente poseen las manos 
       con que se entrelazan”.

Y desde los Cuadernos… de Cadenas ya venimos encontrando reiteradamente la figura de los amantes, y la relación de pareja, incierta a veces, del hablante con una mujer imprecisa y casi onírica, parte de ese sueño de la realidad revuelta contra la que el poeta se rebela y nos devuelve procesada. En el caso de Pereira estos poemas serenos parecen anunciar sus “somaris” y ser el resultado de un encuentro con la fuerza benéfica de las palabras. Dice apenas después de haber encontrado ese bello amor contra el que nadie puede hacer nada, en “Canción del hijo en el vientre” (el cual tiene algo también de su acercamiento posterior al mundo indígena):

“A través de tu estómago me llegan
       las dulces palabras que me susurras desde arriba
madre que apenas conozco”.

Paso muy por encima de El interior de las sombras, apenas diciendo que es un libro donde Pereira consigue un lenguaje sólido y contestatario, realzando también allí el encuentro de los amantes (“Dos que se encuentran en la calle”), para pasar a Poesía de qué, libro en que, al igual que Cadenas, se despoja de las nociones de poesía y se entrega al descubrimiento de un lenguaje que manifiesta la vida. Este libro marca una emergencia de las que cosas de abajo hacia arriba (ese camino entre lo alto y lo bajo), que a su vez conlleva una difusión de la identidad en los espacios domésticos, como son también los de Cadenas en Falsas maniobras, y relacionada al cuestionamiento de la poesía. Ejemplo de lo primero es el “Somari” con epígrafe de unas palabras de Li Tai Po a Tu Fu y el “Autorretrato de la taza de té”. De otro modo, pero parecido, este cuestionamiento ocurre en poemas de Cadenas como “El monstruo” o “Reconocimiento”.

Al parecer es un momento donde ambas obras comparten si no una misma poética, al menos sí dos muy afines. Rafael Cadenas la continuó desarrollando de manera más fija e insistente que Pereira, y desde Falsas maniobras ya se anticipa a la escritura de su libro de ensayos Realidad y literatura (1979), aunque en algunos de sus poemas filosóficos más recientes esta claridad y concisión del lenguaje se encuentre en ambos frecuentemente.

Para resumir esta poética de alguna manera, podría decirse que es el ejercicio vital de acercarse a la realidad sin la niebla ciudadana que el mundo moderno pone entre nuestros sentidos y la vida psíquica, y los tratos con lo que se se encuentra afuera y por lo tanto pasa a adentro (como si uno viera a la calle a través de una ventana empañada por nuestro propio aliento); el lenguaje, en este punto, en vez de crear una realidad propia y cerrada y ajena a la externa que siempre se impone, y por lo tanto adentro, se convierte en una herramienta extra-artística para un nuevo encuentro del sujeto consigo y dicha realidad (como si con la manga de la camisa frotasemos un poco el vidrio empañado). Las angustias por las alienaciones humanas dejan de encarnarse falsamente en las palabras, desapareciendo estas a su vez como conceptos y pensamientos razonantes, y se abre el camino para que las palabras encarnen las formas de la realidad, “los firmes objetos”, como dice Cadenas en “Imago”.

Sin embargo, esta perspectiva también puede llegar a ser una idealización e irrealización de la realidad, dándole a ésta un sentido restrictivo y restándole su potencialidad plural.

Intemperie (1977), Memorial (1977), Amante (1983), Los cuatro horizontes del cielo (1973), El libro de los somaris (1974), El segundo libro de los somaris (1979), Tiempos oscuros tiempos de sol (1981)

Después de definir un poco el acercamiento a la estética y relación con las palabras encontradas por ambos en la primera parte de su obra, vemos que en estos tres libros de cada uno se encuentra una reflexión honda del “yo”, pero también muchas de las claves políticas en ambas obras y vidas: la manera en que cada uno se relaciona con su pasado, es decir, con los años 60´s y 70´s marcados por una revolución de las conciencias a nivel global y las cuales, precisamente en los años de publicación de estos libros, era “imperativo” mantener en movimiento, en estado de alerta. De modo que en estos libros están ya planteadas las posturas de ambos autores frente al chavismo, presentes en las líneas que esa fuerza que ellos mencionan dejó escritas en los libros firmados con sus nombres propios.

Empiezo con Los cuatro horizontes del cielo de Pereira. Desde el “II” poema de este libro ya vemos una de las inquietudes básicas, esa que mueve a su persona y forma parte de la fuerza que lo empuja ante la página en blanco y la realidad y dice:

“Calle vacía que recoge nuestros pasos

poco hemos hecho

Páncreas desnudo metido hasta el alma

poco hemos hecho

Ojo triste de nuestro interior

poco hemos hecho

Temblor que parte la última ola en huesos
poco hemos hecho”.

Hay un dilema ético en su poesía, como vemos: la acción; no sólo hacer cuerpo con el país sino hacer país con el cuerpo y por lo tanto el alma, trazar las líneas de la patria. Y esa tensión entre poesía y acción, ese “dilema”, como él mismo dice más adelante, es algo que va a estar presente en su propia vida y sus declaraciones. Como dijo Juan Liscano, en su poesía “lo ideológico sentido con autenticidad se armoniza con lo introspectivo propio y lírico”. Esta es la razón por la que, como dice Balza: “la invocación al cambio social, a la justicia inmediata e histórica, saltó de sus propios versos a la situación del país a partir de 1998, cuando formó parte de la Asamblea Constituyente, en la cual redactó el ‘Preámbulo’ para la nueva Constitución. Aparece allí la palabra cultura como un derecho absoluto del pueblo venezolano”. Esta preocupación había llegado, 25 años antes, a un punto crítico cuando escribe en “XII”:

“Y este país
         que amo con rabia
y desprecio hasta adentro
Este país vasallo sediento y sin embargo apagado
Este país que carece del más elemental sentido de su interior
Este país detrás de las pequeñas iluminaciones detrás de los mitos que envuelve
También conforme a que lo pisen o lo degüellen
Este país que no tiene un punto fijo sino los cuatro horizontes del cielo
      para perderse o para salvarse!”.

Se desprenden de estos versos el tema de la soberanía del país y la no dependencia de una “potencia extranjera”, la larga historia de los Estados Unidos y nuestro petróleo y la ciudad como hecho político que se va formando y engendrando dos mentalidades, dando pie al enfrentamiento político de ideologías divergentes. Y la otra cosa que se desprende es la de la propia identidad, que Pereira buscará yendo a nuestras raíces indígenas (otra similitud con Antonio Arráiz), lo cual forma parte importante del desarrollo posterior de su obra y de otro de sus mejores libros, Escrito de salvaje, en que resalta los contrastes del mundo moderno y la sociedad banal y de consumo estadounidense con respecto a la cultura y sabiduría de los pueblos originarios de América y otros países del mundo en otros momentos históricos. Puede decirse que aquí ya está traducida la postura política posterior de Pereira por esa fuerza que escribe su poesía, pero la cual la termina firmando él.

De igual manera, puede decirse que la postura ante la política de Cadenas ya se fija también en estos años (aunque esto puede complejizarse). En el mismo descrédito del pensamiento se inscribe su duda. En Memorial está manifiesta su atención ante el devenir de la realidad: “Escoge el mejor vino, el que transporta la intensidad, el vino de los atentos”, dice en “Reaparición”, lo cual pudiera extrapolarse a las experiencias del socialismo que ya en esos años eran puestas en entredicho por muchos intelectuales a quienes el velo de los intereses, o lo sentidamente  ideológico, no se les había metido por los ojos. Además, podría verse en él una ruptura y reinterpretación de su pasado comunista. Dice Cadenas algunas cosas en su poema “El enemigo” de las que podríamos inferir esto:

“De pronto aparece en la puerta, como tallado, el acreedor.

Viene en busca de su salario. Tiende su mano izquierda desde la entrada, inmóvil. Los dos nos miramos sin comprender (…)

Mi costumbre es tomar su bando. Le permito que hable por mí.

Me convierte en plato de su odio (…)

Sí, me usa para sus fines, que también se vuelven contra él (…)

Siempre firmé sus acusaciones, sus ataques sorpresivos, sus listas de agravios (…)

Sí, siempre a mi acusador lo encontré más eficaz, y a su casuística atroz sólo podía oponerle unos ojos inmóviles”.

Son dos miradas sobre un posible proyecto de nación que encarnase gran parte de las ideas de esos años de su juventud, y que si bien aquí se presentan como dilema no concreto en la realidad inmediata también pudieron servir a sus autores como entrenamiento para un futuro enfrentamiento del panorama político y la postura ante él.

Cuando Gustavo Pereira ganó el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora en 2011 fue entrevistado por Aporrea. Y en esa entrevista volvió una y otra vez sobre el peligro de la burocratización en los países donde el socialismo se ha intentado, porque para él la corrupción se trata de un asunto cultural, en el que el arte y la cultura son útiles herramientas de solidarización y sensibilización con el prójimo. En la entrevista lanza un argumento, mencionando a Cadenas, que resume todo lo dicho hasta el momento. Sin embargo, en toda la entrevista se siente una tensión de Pereira, quizás presintiendo cierto fracaso de la revolución en el plano de los servicios públicos burocratizados.

La poesía -dijo en la entrevista- es un servicio público, y los poetas somos servidores públicos: nadie cobra nada, ni siquiera por publicar un poema (…) Yo soy uno de los privilegiados, de los afortunados que logró ingresar a una universidad como docente. Yo le decía a Cadenas, a Rafael Cadenas, hace muchos años: nosotros deberíamos sentirnos muy dichosos, cero tristeza (… a mí me encanta la alegría, a mí no me gusta la tristeza), porque nosotros tuvimos el privilegio, la fortuna, la suerte, de ingresar a la universidad, en donde tenemos un salario, en donde tenemos unas vacaciones, en donde al fin y al cabo tenemos un bono vacacional; tenemos hasta un año sabático, en donde uno sale a trabajar en lo que uno quiere trabajar. ¿Tú te imaginas mayor fortuna para un poeta? Qué privilegio.  En cambio, el 90 % de nuestros queridos camaradas poetas están en una oficina, están ejerciendo los oficios más dispares para ganar el sustento, porque nadie le paga a un poeta para que publique.

Ese es el conflicto moral, político, que se mueve en su poesía entre el poeta y la sociedad que habita. En Cadenas, en cambio, un distanciamiento y cierto aire pesimista es quizás lo que lo preserva de implicarse en la posibilidad fallida de un cambio social eficiente, pues tal vez precisamente el distanciamiento le ayudó a ver lo que se avecinaba, sin dejar a un lado la gran y absoluta validez de los argumentos de Pereira. Otro de los peligros de esa moralidad respaldada siempre en “el peso de la historia” parece estar abordada en su poema “Inquisidores”. De todos modos, Cadenas también se ha adentrado en uno de los temas en los que se siente útil para el país: la educación.

Gestiones (1992), Vivir contra morir (1988), La fiesta sigue (1992), Escrito de salvaje (1993), Oficio de partir (1999)

Como es constante en buena parte de la poesía venezolana, los poemarios de vejez ganan una hondura filosófica calma y una apaciguada actitud reflexiva ante la vida. Lo mismo ocurre, por supuesto, en el caso de Cadenas y Pereira, desde donde podría hacerse a su vez un repaso de lo dicho y un recuento del ensayo aproximativo a sus obras y posturas ante un bien conocido (por ellos) país interno.  

En “Entrevista” Cadenas recuerda la que Grazia Livi le hizo a Ezra Pound en la casa de su hija en Venecia, donde

“En sus últimos días

el viejo poeta

llegó a la Gran Incertidumbre

(…) pero a lo largo de la conversación

sí se observa entre líneas un dilema: el arte

es ofrenda

o vanidad”.

Quizás resulte interesante el hecho de que directa o indirectamente la poesía de Pound está presente en la poesía de Pereira, muchas veces en un gran interés por la poesía china y su sensibilidad y relación el lenguaje y la vida social. Un poema de Escrito de salvaje como “Con Li Po en el Festival de la Luna de Octubre” recuerda muchísimo aquel poema de Pound: “Carta de la mujer del mercader del río”. Pero en el de Pereira también podemos leer un conflicto que se plantea entre esa necesidad vital en su vida y obra por hacer país y el conflicto del artista entre habitar “la casa de los desposeídos” y empezar a habitar el palacio de los poderosos y príncipes soberbios.

Con el correr del tiempo, los emperadores chinos,

antaño poderosísimos príncipes, bajaron al fondo

de la historia y fueron pasto del olvido

(…) Una escultura de jade, un farol palaciego orlado en oro,

una taza de marfil, un bajorelieve con dragones,

la cabeza de un Buda o un fénix de bronce sobrevivieron

sin embargo al polvo y a las sombras,

como Li Po al olvido

(…) Con oro amarillo y trozos de blanco jade compramos

canciones y risas

y ebrios meses y meses

nos burlamos de reyes y príncipes”.

La única necesidad que tiene el artista de los poderosos es la de la subsistencia y la sensación de que “es sólo a través de estos que ellos pueden influir en la sociedad” en que están insertos. Enmendar los errores de la historia, para artistas intelectuales como Pound (quien quiso enmendar la usura de los prestamistas judíos y terminó apoyando a Hitler y a Mussolini, y luego juzgado por su país de origen, Estados Unidos) es, en la poesía de Cadenas, una muestra de soberbia y no el arte como ofrenda. Entonces, vemos que ese conflicto del artista entre la reflexión y la acción, en un país que por pensarlo de manera “intelectual” se complejiza en su interior, lleva a distintas resoluciones que se traducen en las actitudes de ambos poetas ante la realidad.

La poesía de Cadenas es el testimonio de una voz soberbia que se inicia internamente (en ese sentido soberbio) del lado de los reyes poderosos y con el tiempo se va decantando por la sencillez y la inmovilidad intelectual, asumiendo el flujo de la vida y la incapacidad para influir notablemente en la sociedad que habita y por lo tanto de enmendar los “errores de la historia”, barriendo esta noción (como puede verse su poema “Historia”, de Memorial): un aprender del error del Pound. En Gustavo Pereira, el poeta como “servidor público”, como sujeto que ofrenda lo que escarba en sí mismo y en los libros y seres que lo rodean, también está presente en su poesía, pero con el detalle de que esta se sale de sus versos y pasa al asunto público. Por ejemplo en “Adagio de la desconocida”, de La fiesta sigue.

“Pero yo no tenía en el alma nada que ofrendarte

salvo el agotado compás de aquella última canción que la

radio abandonada rastreó como un quejido

y que resuena todavía en la penumbra de una insulsa

habitación

de hotel”.

Así más o menos quedan planteados algunos encuentros y desencuentros de estas dos obras poéticas, de inestimable valor en el desarrollo de nuestra lírica, y los puntos divergentes y subjetivos que motivaron distintos acercamientos a la experiencia de la vida en relación al panorama político del país y la reflexión “intelectual”. Queda aquí el recorrido subjetivo por dos caminos país adentro, pero mejor llenar de vino el vaso.

Poema: Tu país se murió

Poema: Tu país se murió

Te llaman y te dicen:
“Tu país se murió”
sin mucho rodeo.

Preguntas “¿Pero cómo?”
“No pudimos hacer nada”, responden.

Y piensas
que no estaba tan viejo,
que apenas hace unos siglos
lo habían descubierto:
parece ayer
cuando llegó
la luz eléctrica.

Que tú y él estaban empezando. 
Que recién se habían conocido. 
Que hace nada se sentó contigo 
a mostrarte las fotos de su infancia.
Y se veía tan joven
vigoroso
algunas lo mostraban demás 
y eran 
un poco comprometedoras
pero tú y tu país se reían:
cómplices.

Abres el periódico
buscando el obituario
quieres ir al entierro
de tu país
pero apenas encuentras
en un cuadrado pequeño
casi ilegible
las coordenadas del funeral.

Te dices:
“Mi país murió solo”
porque nadie
se ocupó de darle
una primera plana.

Vas por la calle
te sorprende como
todo está normal
preguntas
“¿Se enteraron de la muerte
de mi país?”
Pero parece que nadie sabe nada
algunos hasta te responden
de una manera poco educada:
“¿Cuál país?”

Al fin llegas
vestido de negro
a donde supuestamente
lo enterrarán
y hay uno que otro afligido
quieres dar el pésame
pero no sabes a quién
intentas averiguar
cómo fue que murió
qué enfermedad tenía
si fue fulminante
si sufrió
si la muerte lo sorprendió
estando dormido
pero nadie dice nada
y te hallas completamente 
solo
despidiéndote 
de tu país
sin saber
en qué hombro
llorarlo.
Poemas de Hanni Ossott

Poemas de Hanni Ossott

Compartimos una selección de poemas de la escritora venezolana Hanni Ossott (1946-2002).

LA MORDIDA PROFUNDA

Hay una mordida profunda
            incisiva
en el centro de mi sexo
por la cual yo me erijo como yo misma 
    y soy,
    y poseo y dono.
    Regalo mi cuerpo y mi ansia.

Hay una mordida en mí
    que doblega al otro
            lo arrodilla, lo inclina

por esa mordida se abre un vasto mar de vacíos 
    vértigos
    precipitaciones
    abismos
Me cruza una pendiente
me traza un precipicio
                        en el amor...
        y en todas mis secretas junturas
con cuido, con recelo, tú te avienes a mí
                                    y no me sabes.


POESÍA
           A mis alumnos y a Lotty Ipinza,
           cantante de óperas y poeta...

Quien vive la poesía. vive la tensión.
El cielo, la tierra. los hombres les resultan extraños.

Calla: aquí vive un Angel... ¡un pájaro!

La serenidad y la tormenta conciernen al poeta. 
El cielo naranja sobre una colina azul 
La sagrada voz del Requiem de Brahms 
El plenilunio. La melancolía.

Al poeta le gusta el abrazo
el roce, los besos llenos de licor 
y la caricia, la última caricia
      la caricia final
             susurrada 
             infinita

¿Qué es ser poeta? 
       Llorar. 
       Llorar. Infinitamente.

Y escuchar una voz de hombre 
     silente y viril
         por su feminidad perdida
porque la poesía es feminidad.

Y los hombres poetas deben ser femeninos. 
   Y las mujeres poetas deben ser masculinas

   Y esta es ley de Dios 
        Ley sagrada

LAS PASTILLAS
                A los médicos psiquiatras

Una pastilla
dos pastillas 
tres pastillas
seis pastillas 
Dayamineral 
Carbonato de Litio 
Haldol 
Neubión 
Oranvit 
Rivotril 2 mg 
¿y el médico?

Deambulando por ahí... ahí como en la Luna 
Sin saber de la verdadera enfermedad

La enfermedad es el vivir
la única
La enfermedad es el cuerpo
y las pastillas no sirven de mucho

Sólo sirve el alma 
haciendo cuerpo
y el cuerpo haciendo alma

¡Fuera el Lexotanil!
            Ciao bambino...

POR SALIR DEL CHARCO
                   A Washington con Manuel

En algún lugar del mundo
una mujer se sentaba todas las mañanas 
a contemplar un viejo edificio. 
Y había ventanas, sí 
plenas de sombras
hombres, mujeres, monstruos. 
Esa casa estaba deshabitada 
no había amantes, no.
Sólo aves que a veces cruzaban el horrendo paisaje.

En algún lugar del mundo
  había una lámpara rota 
  que no era de ella.
También un diccionario.

Eso no podía resolver su soledad.

Había tres árboles, cuatro árboles 
y ruidos, la calle, los automóviles.

En algún lugar del mundo ella 
no pudo hablar con quien podría
     ser su amante. 
El placer estaba vedado. 
Las ambulancias pasaban 
El fastidio cundía.

En algún lugar del mundo
ella se detenía
a ver un enchufe 
un sofá
una mesa repleta de libros y de centavos
y al marido: mustio, callado, leyendo...

También había pastillas, muchas pastillas 
y un avión que pasaba. 
Llevando a gente que sí tenía lugar.

En algún lugar del mundo 
      ella rezaba 
      por salir 
      por salir 
      del charco.

--
EL CIRCO ROTO
                                          A todos
                        <<Toda la vida es un drama>> 
            Rafael Cadenas  (En una conversación.)

He muerto
  he trascendido la muerte
  he trascendido la vida
  más allá de mí no queda nada
          sólo rastrojos 
          penas

La fiesta se ha apagado
las luces del teatro ya no existen
estoy en la nada
del Circo no queda sino un traje raído
            cansado 
            descolorido.

Poemas pertenecientes a El Circo Roto (1993, Monte Ávila).
Tomados de PanfletoNegro
Fotografía: Vasco Szinetar

La poesía que viene de la madre. Pequeña nota sobre “Árbol que crece torcido”, de Rafael Castillo Zapata

La poesía que viene de la madre. Pequeña nota sobre “Árbol que crece torcido”, de Rafael Castillo Zapata

La poesía que viene de la madre. Pequeña nota sobre “Árbol que crece torcido”, de Rafael Castillo Zapata, a propósito de su cumpleaños.

Todos los que tuvimos la oportunidad de ver clases con Rafael Castillo Zapata coincidimos en algo: en las aulas, es alguien que habla poco de su obra. El año pasado se publicó la reedición de su primer libro, Árbol que crece torcido, de la mano de Kalathos Editorial, reedición que muchos aplaudimos y apreciamos.

A pesar de haber sido un año para celebrar su obra, en clases se habló poco de ella. Como profesor, siempre buscó la manera de no hablar de sí mismo. Guía, profesor y facilitador, lleva sus clases con modestia y sólo es capaz de hablar de sí mismo cuando participa en los mismos ejercicios que él crea para que nosotros aprendamos a expresarnos. Hablar de Árbol que crece torcido es hablar de un himno que nació para revisar nuestras historias personales y hallar allí la poesía.

Lirismo confesional, pasajes autobiográficos y versos cargados de honestidad son parte de las características de esta primera obra. Lo familiar, el paisaje urbano y las relaciones interpersonales forman los episodios que utiliza el autor para trazar este libro, libro que además se enmarcó en el momento histórico de la irrupción del Grupo Tráfico, cuya aparición sorprendió a todos por comenzar con la famosa frase “Venimos de la noche y hacia la calle vamos”. Eso es, precisamente, parte de lo que enmarca a la poesía de Rafael Castillo Zapata, la necesidad de la confesión lírica, la necesidad de desafiar al abismo y convertirlo en canto de guerra. Él viene de la noche y hacia la calle va, todos los días, celebrado y recordado por todos los que devoran sus libros en busca de la luz.

Árbol que crece torcido (1984). Rafael Castillo Zapata.

I

A mi la poesía

me viene de mi madre

que más que nada fue costurera

pero escribía poemas en secreto

y lloraba en verso sus amores contrariados

copiaba a Nervo y a Darío en cuadernos empastados

con una perfecta caligrafía enamorada

hay lágrimas por eso en sus cuadernos

lloviéndole la tinta a cada rato

hay zanjones hechos con la pluma en cada página rota

acaso por la desesperación de amar a su novio tanto

entre el ruido aplacado de la Singer y las rimas de Bécquer.

Victoriosa en su llanto

porque antes las mujeres se defendían así

a fuerza de llanto y de morir calladas

un poco más de mundo digo yo

y un poco más de escuela

hubieran hecho de ella

una Juana de Ibarbouru mía

una Gabriela Mistral en casa

una Enriqueta Arvelo

una Alfonsina Storni en la familia.

 

II

De tanto estar en azoteas de pequeño

llevando sol entre la ropa tendida en lo más alto

es que deben venirme estos relumbrones de la mente sin aviso

estos encandilamientos que me dan de golpe y me devuelven

a los perros poderosos que tuvimos -cazadores callejeros

Pizzirilo y Negrito y sus ladridos claros

devoradores de chancletas de cálidos hocicos

o a los papagayos y a la pepa y palmo

y al rayo y caballito que jugamos

en un patio de tierra al fondo -sin coleo y sin temor

o al viejo Dogde de dos puertas vino tinto -que teníamos brillando

del lavado del domingo y del pulirlo afuera

sobre la acera larga del frente familiar

y al mecánico “toero” de mi padre oficinista

metido siempre de cabeza -entre las tuercas y la lata

bajó el capó meditabundo

hay grasa en las bujías falla el freno

el trueno acelarado el croche – el ruido ronco del escape del motor

o a la pinta de las FALN borrosa me devuelven a los tiros

pidiendo libertad par Fabricio Ojeda sobre un muro en letra roja -guerrilleros

y al “Tome Hit” de la bodega de un costado

un muchacho en una esquina -fuma un Lido

y a las carruchas despeñándose por esas calles en bajadas -a los patines

y a los asaltos al abastos

y al métase temprano para adentro -a los domingos

del cine Avila y cotufas y de sol

y a un primo de uno entonces -melenudo y callejero

lo agarra en una redada La Recluta y se lo lleva por bandido

por andar jugando de noche hasta tan tarde

en una de esas legendarias

caimaneras de béisbol

y aquella noche se traga amarga la mortadela frita

porque el que falta no llega -el compañero fijo

el jonronero el todo el goleador

y se juega ludo bajo la lámpara monopolio bingo

con el televisor encendido para que vean El Zorro – y se distraigan los

muchachos

y luego el programa de concursos mientras comen

y un palo ensebado y un locutor ridículo el señor se gana un radio

y este aceite no brinca porque es Branca, señora si no brinca

y hay que abandonar los lápices sin haber resuelto nada en el cuaderno

y luego la novela de las nueve

y el noticiero de las diez Viernam que arde el humo del napalm

mientras pasan las horas y él no llega

y cine para adultos y mensajes en la noche y náa

hasta que el viejo Dodge de dos puertas vino tinto -se sienta que regresa

(con que júbilo loco de corneta a medianoche

se escucha aquel frenazo con chispa en la parada seca)

que nos devuelve al primo bravo al héroe

con el pelo rapado y una mueca de rabia en la sonrisa

que no le duró empañada sino el tiempo

que le tardó en crecer de nuevo

la melena fuerte la alegría a este sansón.

Y así como si nada en sus bluyines

volvió a tener de loco la misma facha de bandido

de atlético peludo pendenciero los mismos ademanes

la misma cara -el mismo sobrenombre

del malandro retador

 

III

Yo te pegaba encendido con una furia exacta de madre en la correa

hijo mío de embuste que inventaba de golpe yo y porrazo en la pared

para vengarme de las vaya palizas de mi madre quién dijera

por mi bien que me daba mi madre si supiera

al árbol torcido que enderezará jamás

y te inventaba moqueando de gemir qué bravas injusticias en medio de mi

llanto

y eras la pared a mano convertida a juro en compañero

sobre la que descargaba furibundo yo mi látigo y te daba

igualitos los sermones que me daban

y toda mi rabia entonces se desataba en tí

porste de una esquina blanco del desquite

puerta de escaparate atravesada

palo de escoba o de haragán tu eras por el medio que partí

en todo te convertías madera de mi furia

paño de lágrima al lamento que acababas

serenándome a la larga ya de tanto correazo

manotazo

coscorrón

porque no quería aprender a multiplicar como debía la tabla bárbara del nueve

porque no conseguía debajo de la cama

el compañero izquierdo de mi otro ortopédico zapato en un descuido

o a lo mejor porque volvía

de la calle con un vuelto fallo o la rodilla rota o la camisa

con un botón de menos la traía

o con un morado enorme regresaba de un traspiés

digo yo por eso por mi bien que recibía

merecido aquel castigo por el patio

por todita la casa en estampada

con los palos de la rabia por detrás

perseguido por mi madre hecha un furia una medusa -quién la viera

transformada en un verdugo con rollos en el pelo y en la mano el cinturón

y tú me recibías ubicuo el solidario

lobato siempre listo dondequiera aquel consuelo

sanasana

abracadabra

guarimba

cielo

culito de rana compasivo por la espalda en la caricia

socorro a punto en el bolsillo duradero de la nalga con dolor

soportando fiel donde quisiera

mis mentadas de madre por lo bajo

mis burdas palabrotas entre diente

sin que nadie supiera -sino tú.

 

IV

Las que siempre terminan por sostener el techo en la penuria bajo los palos del

agua

que amenudan el miedo y la gotera y la ventisca

las de brazos como vigas

como mástiles los brazos como horcones lavanderas

empinadas las mujeres

las mujeres de la casa son el alma del tentempié

de repuesto la madera siempre como tranca que se toca que bendice

sustentoras del postigo y de la mata de zábila en la puerta

y de la palma bendita en lo alto de la cruz

las duras platabandas que espantan la intemperie que llovizna cuando brisa

y cargan con el peso de la casa cuando el sol se mete

para que el cielo entonces no se nos venga encima

mientras tienden las cobijas en las cuerdas de colgar.

Las que arden con la lámpara en el cuarto

junto al pecho de uno acoquinado

cuando nos quiebran esas asmas severas el gañote con martirio

que en su solícito mentol y en su quehacer alcanforado de esclava cabecera y abanico

con el tibio vicvaporú en el humo del que tiembla en la camita le hacen bien

porque amansan esos sustos del ahogo en la cercana muerte que aparece

del niñito con un duérmase mijito

con un sí dime cariño un ya está bien.

 

Fidedignas de nombres socorridos

lupes panchas lauras ligias, -monjitas santas de llamar

que esparcen tanto el incienso de sus risas

en tiritas módicas de aprecio

o en la curita que nos dan de un beso

por las mesas de noche atiborradas cada vez

y con la cucharita untuosas de jarabes a la mano y la emulsión de escot en la

repisa

tan a tiempo ahuyentadora de flatos cómo es que son el tilo tibio

profilácticas temibles

pedagógicas devotas

cielo atroz.

Son las que son por fin y es tanto

que quién se sostendría aquí dentro si no fuera

que por encima del polvo que se aferra a las gargantas los auxilios

los puñados tibios del ungüento le amanecen por doquier

sin abuelas digo

sin nana o sin poltrona que se haría

sin su buen montón de primas y sin tías ni miradas

sin estas taimas anitas de la hermana o de la madre

guarimbas de resguardo de dios cuando eres ere y ya te dan

faldas mansas que dicen cabelleras cobertoras

que se van apilonando estambre a juro de quererlas tanto

en el corazón de uno -atapusado hasta el antojo con su amor.

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