La chica más guapa de la ciudad, por Charles Bukowski

La chica más guapa de la ciudad, por Charles Bukowski

Presentamos un cuento de Charles Bukowski, traducido por Michela Lagalla

 


Cass era la más joven y la más bella de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio aindiada, con un cuerpo extraño y flexible; un cuerpo de serpiente fiera con ojos a juego. Cass era fuego fluido en movimiento. Era como un espíritu atrapado en una forma incapaz de contenerla. Su pelo era negro y largo y sedoso y ondulaba por ahí tal como lo hacía su cuerpo. Su espíritu estaba siempre demasiado alto o demasiado bajo. No había punto medio para Cass. Algunos decían que estaba loca. Los aburridos lo hacían. Los aburridos nunca entenderían a Cass. Para los hombres ella era simplemente una máquina de sexo, y en realidad no les importaba si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y los besaba, pero, a excepción de una vez o dos, cuando era hora de hacerlo con Cass ella siempre se escabullía, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no usar lo suficiente la cabeza, pero Cass tenía mente y espíritu; ella pintaba, bailaba, cantaba, hacía cosas con arcilla, y cuando la gente estaba lastimada, de espíritu o de cuerpo, Cass sufría profundamente por ellos.

Su mente era distinta; simplemente impráctica. Sus hermanas estaban celosas porque ella atraía a sus hombres, y estaban enojadas porque sentían que no sacaba el mejor provecho de ellos. Tenía el hábito de ser amable con los más feos; los hombres guapos la aburrían. “No tienen agallas”, decía, “cuentan demasiado con esos pequeños y perfectos lóbulos y esas bien formadas aletas de la nariz… pura superficie, sin entrañas…”.

Su temperamento era cercano a la locura, algunos lo llamarían locura. Su padre murió alcoholizado y su madre huyó, abandonándolas. Fueron a parar donde un familiar que las llevó a un convento. El convento era un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Todas las chicas estaban celosas de ella, y había peleado con la mayoría. Tenía cicatrices de hojillas en todo el largo de su brazo izquierdo, producto de defenderse en dos peleas. También tenía una cicatriz en la mejilla izquierda, pero más allá de afearla, parecía embellecerla.

La conocí en el bar West End, cuando había apenas salido del convento. Por ser la más joven, fue la última en ser liberada. Simplemente entró y se sentó a mi lado. Yo era, probablemente, el hombre más feo de la ciudad y puede que tuviese algo que ver con eso.

“¿Bebes?” le pregunté.

“Claro, ¿por qué no?”

No creo que hubiese nada de inusual en nuestra conversación esa noche, simplemente ese era la sensación que Cass me transmitía. Ella me había elegido y era tan simple como eso. Sin presiones. Le gustaron sus bebidas y tomó varias. No parecía ser mayor de edad pero de igual manera le servían. Tal vez había olvidado su identificación, no lo sé. De cualquier manera, cada vez que volvía del baño y se sentaba a mi lado tengo que admitir que sentía algo de orgullo. No era tan solo la mujer más bella de la ciudad sino una de las más hermosas que yo había visto nunca.

Le rodeé la cintura con el brazo y la besé.

“¿Piensas que soy bonita?” me preguntó.

“Sí, claro, pero hay algo más… hay algo más allá de tu apariencia…”

“La gente siempre está acusándome de ser bonita. ¿Realmente crees que soy bonita?”

“Bonita no es la palabra, difícilmente te hace justicia.”

Cass alcanzó su bolso. Pensé que buscaba su pañuelo. Sacó un alfiler largo, de esos para fijar sombreros. Antes de que pudiese detenerla se clavó el alfiler en la nariz, atravesándola de lado a lado, justo encima de las aletas. Sentí asco y terror. Ella me miró y se rió.

“¿Todavía crees que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, hombre?”

Le saqué el alfiler y detuve el sangrado con mi pañuelo. Varias personas, incluyendo el bartender, habían presenciado la escena. El bartender se acercó:

“Mira,” le dijo a Cass “lo haces de nuevo y te vas. No necesitamos tus actuaciones aquí.”

“Vete a la mierda, hombre.” le respondió.

“Haz que se comporte.” me dijo el bartender.

“Estará bien.” dije.

“Es mi nariz, puedo hacer lo que quiera con mi nariz.”

“No.” le dije “Me hace daño.”

“¿Me estás diciendo que te duele cuando me clavo una aguja en la nariz?”

“Sí, me duele. De verdad.”

“Está bien, no lo vuelvo a hacer. Anímate.”

Me besó sonriente mientras sostenía el pañuelo contra su nariz. Nos fuimos a mi casa cuando cerraron. Tenía algo de cerveza y nos sentamos a hablar. Fue ahí donde comencé a percibirla como una persona llena de amabilidad y preocupación. Se entregaba a sí misma sin darse cuenta. Y al mismo tiempo se refugiaba en zonas de salvaje incoherencia. Shitzi. Una hermosa y espiritual Schitzi. Tal vez algún hombre, algo, la arruinaría para siempre. Esperé no ser yo. Nos fuimos a la cama y luego de apagar las luces Cass me preguntó:

“¿Cuándo lo quieres? ¿Ahora o en la mañana?”

“En la mañana.” Le dije y me volteé de espaldas.

En la mañana me levanté e hice un par de cafés, le llevé uno a la cama. Ella se rió.

“Eres el primer hombre que lo ha rechazado en la noche.”

“Está bien.” Le dije “No tenemos que hacerlo.”

“No, espera, ahora quiero. Déjame refrescarme.”

Cass entró en el baño y salió poco después, maravillosa; su pelo largo y negro brillando, sus ojos y labios brillando, ella brillando… Mostraba su cuerpo calmadamente, como se muestran las cosas buenas. Se metió bajo las sábanas.

“Ven, amor mío.”

Me metí a su lado. Besaba con abandono pero sin prisa. Dejé que mis manos recorrieran su cuerpo, se metieran entre su pelo. La monté. Era caliente y estrecha. Comencé a moverme suavemente, queriendo que durase. Me miraba directamente a los ojos.

“¿Cómo te llamas?” le pregunté.

“¿Qué maldita diferencia hace?” me preguntó.

Me reí y continué. Luego se vistió y la llevé de nuevo al bar, pero era difícil olvidarla. No estaba trabajando por lo que dormía hasta las 2, luego me despertaba y leía el periódico. Estaba en la bañera cuando ella entró con una hoja grande ¾una oreja de elefante.

“Sabía que estarías en la bañera,” dijo “así que te traje algo para cubrir esa cosa, hijo de la naturaleza.”

Me arrojó la hoja de elefante.

“¿Cómo sabías que iba a estar en la bañera?”

“Lo sabía.”

Casi todos los días Cass llegaba cuando estaba en la bañera. Eran horarios distintos pero casi nunca se equivocaba, y siempre traía consigo la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.

Una o dos noches me llamó por teléfono y tuve que pagar la fianza para sacarla de la cárcel por ebriedad y peleas.

“Esos hijos de puta.” decía “Sólo porque te compran un par de tragos piensan que pueden quitarte los pantalones.”

“Una vez que aceptas un trago creas tú misma el problema.”

“Pensé que estaban interesados en mí, no sólo en mi cuerpo.”

“Yo estoy interesado en ti y en tu cuerpo. Dudo, por otra parte, que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.”

Dejé la ciudad por seis meses, deambulé por los alrededores, volví. Nunca olvidé a Cass, pero habíamos tenido una especie de discusión y yo tenía ganas de ponerme en marcha. Cuando volví imaginé que se había ido, pero no había pasado ni 30 minutos en el West End y ella entró y se sentó a mi lado.

“Bueno, bastardo, veo que volviste.”

Ordené una bebida, luego la miré. Tenía un vestido de cuello alto. Nunca la había visto con algo parecido, y bajo cada ojo, clavados, estaban dos alfileres con cabezas de cristal. Solo podías ver las cabezas, pero los tenía clavados en la cara.

“Maldita, ¿todavía intentas destruir tu belleza, no?”

“No, es la moda, tonto.”

“Estás loca.”

“Te he extrañado.” me dijo

“¿Hay alguien más?”

“No, no hay nadie más. Solo tú. Ahora trabajo, cuesta diez  dólares, pero para ti es gratis.”

“Quítate los alfileres.”

“No, es la moda.”

“Me ponen muy triste.”

“¿Estás seguro?”

“Claro que estoy seguro.”

Cass se sacó las agujas lentamente y las guardó en su bolso.

“¿Por qué peleas con tu belleza?” le pregunté “¿Por qué no vives con ella y ya?”

“Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada, no dura. No sabes lo afortunado que eres al ser feo, porque si la gente te quiere, sabes que es por otra cosa.”

“Ok.” dije “Soy afortunado.”

“No quiero decir que seas feo, la gente lo piensa. Yo creo que tienes una cara fascinante.”

“Gracias.”

Tomamos otro trago.

“¿Qué estás haciendo?” me preguntó.

“Nada. No puedo hacer nada. No tengo interés.”

“Yo tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.”

“No creo que podría mantener contacto con tantos extraños. Es agotador.”

“Tienes razón, es agotador. Todo es agotador.”

Nos fuimos juntos. La gente miraba a Cass por la calle. Era una mujer hermosa, tal vez más hermosa que nunca. Llegamos a mi casa y abrí una botella de vino y hablamos. Entre Cass y yo las cosas eran fáciles. Ella hablaba un rato y yo escuchaba y luego hablaba. Nuestra conversación fluía, parecíamos descubrir secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno Cass reía con esa risa ¾de la única forma en que sabía. Era como una alegría fogosa. Mientras hablábamos nos besábamos y nos acercábamos más y más. Luego nos calentábamos y decidíamos irnos a la cama. Fue luego, cuando Cass se quitó el vestido de cuello alto, que la vi ¾la fea y áspera cicatriz cruzándole la garganta. Era larga y gruesa.

“Maldita seas” le dije desde la cama “Maldita seas ¿qué hiciste?”

“Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Todavía soy bonita?”

La atraje hacia la cama y la besé. Se alejó riendo.

“Algunos hombres me pagan los diez y me desvisto y luego ya no quieren hacerlo. Me quedo con los diez. Es muy gracioso.”

“Sí” le dije “No puedo parar de reírme… Cass, perra, te amo… deja de destruirte; eres la mujer más viva que he conocido.”

Nos besamos de nuevo. Cass lloraba silenciosamente. Podía sentir las lágrimas. El largo cabello negro yacía a mi lado como una bandera de muerte. Nos juntamos e hicimos el amor de forma lenta, sombría y maravillosa. En la mañana Cass se levantó para hacer el desayuno. Parecía calmada y feliz, hasta cantaba. Me quedé en la cama disfrutando de su felicidad. Finalmente se acercó a la cama y me sacudió.

“¡Despierta, bastardo! ¡Échate agua fría en la cara y en el pajarito y ven a disfrutar el festín!”

La llevé a la playa ese día. Era un día de semana y todavía no era verano así que todo estaba espléndidamente desierto. Los vagabundos de la playa, con sus harapos, dormían en el césped que nacía sobre la arena. Otros estaban sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas sobrevolaban distraídas. Ancianas de 70 u 80 discutían, sentadas en los bancos, si vender propiedades dejadas por sus esposos, asesinados hace mucho tiempo por el ritmo y la estupidez de la supervivencia.

Todo esto hacía que se respirara paz en el aire y caminamos y nos estiramos en el césped y no dijimos demasiado. Simplemente se sentía bien estar juntos. Compré un par de sándwiches, unas papas y bebidas y nos sentamos a comer en la arena. Luego abracé a Cass y nos dormimos como por una hora. De alguna manera era mejor que hacer el amor. Era un flujo sin tensiones.

Cuando nos despertamos volvimos a mi casa y cociné la cena.  Luego de comer le sugerí que viviésemos juntos. Esperó un largo tiempo, mirándome, y luego lentamente dijo “No.”

La llevé de nuevo al bar, le compré un trago y me fui. Conseguí un trabajo como parquero en una fábrica así que al día siguiente y el resto de la semana estuve trabajando. Estaba demasiado cansado pero el viernes fui al West End. Me senté y esperé a Cass. Las horas pasaban. Luego de que estuviera lo bastante borracho el bartender me dijo:

“Lo siento por tu novia.”

“¿Qué pasó?” pregunté.

“Lo siento ¿no lo sabías?”

“No.”

“Suicidio. La enterraron ayer.”

“¿Enterraron?” pregunté. Parecía que en cualquier momento fuese a entrar por la puerta. ¿Cómo podía haberse ido?

“Sus hermanas la enterraron.”

“¿Un suicidio? ¿Te importaría decirme cómo?”

“Se cortó la garganta.”

“Ya veo. Dame otro trago.”

Bebí hasta que cerraron. Cass era la más hermosa de cinco hermanas, la chica más bella de la ciudad. Logré manejar hasta mi casa y seguía pensando, debí de haber insistido en que se quedara conmigo en vez de conformarme con ese “No.”. Todo decía que yo le había importado. Simplemente había sido demasiado indeciso al respecto, demasiado flojo, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Yo era un perro. No. ¿Por qué culpar a los perros?

Me levanté y conseguí una botella de vino que bebí entera. Cass, la chica más hermosa de la ciudad, estaba muerta a los 20 años. Afuera alguien tocaba la corneta con insistencia. Dejé la botella de vino y grité:

“MALDITO SEAS, HIJO DE PUTA, ¡CÁLLATE DE UNA BUENA VEZ!”

Y la noche siguió pasando y no había nada que yo pudiese hacer.

Cuatro rostros en un espejo, de Andrés Mariño Palacio

Cuatro rostros en un espejo, de Andrés Mariño Palacio

Presentamos un cuento del escritor venezolano Andrés Mariño Palacio (1927-1965).

“Creo que la humanidad comienza allí donde las gentes
sin genio se figuran que acaba”.

Thomas Mann

-A-

Me desespera visitar a Raquel, porque siempre que voy a su casa, tengo que encontrarme con su marido. Me desespera terriblemente, pese a que Raquel es mi hermana, pero su marido es un hombre hermoso, de un rostro fino y delicado, tanto así, que si yo no le conociera tan bien, diría que se hace sutiles maquillajes para mantener la tersura de su piel y las líneas del rostro.

Cada vez que llego y abrazo a mi hermana, —mi hermana es una mujer rubia de un cuerpo magistral—, él me saluda con afecto y me estrecha la mano. Dice con su voz lánguida:

—¡Oh, cómo marchan esos cuadros señor pintor! Estoy muy contento de que mi cuñado sea un ilustre dilettante. Así la familia se engrandece, y cualquier día mi querido cuñado, mi estimado Claudio, usted abre su exposición y se gana sus miles de bolívares…

Yo lo desprecio finalmente.

En realidad, sus palabras son vacías, afectadas, y creo que me habla y busca mi compañía para establecer el contraste entre su rostro de apolo y mi cara demacrada; porque nací feo, crecí igualmente, y no he podido modificar en nada mis rasgos. No soy ni siquiera simpático, sino feo, completamente horrífico. Cuando tenía catorce años, decía mi madre: “Claudio cambiará, eso le pasa a todos los muchachos de su edad, ese es el crecimiento, asimismo ocurrió con Beltrán”.

Todo era una mentira, una dulce mentira de mi madre; porque yo nací feo, crecí igualmente, y seré siempre un hombre de fealdad corrosiva… Por eso me desespera intensamente visitar a mi hermana Raquel. Y siempre sale al paso el bello de su marido a abrazarme y a compadecerse de mi grotesco rostro.

-B-

A la verdad, no soy pintor como insinúa el marido de Raquel, ni siquiera un mal pintor. Lo que sucedió fue, que caí de lleno en una ola de mediocres que se daban aires peripatéticos de intelectuales. Discutían demasiado acerca del arte y sus relaciones con el hombre y el mundo. Yo, por mi espíritu irónico, (volteriano podría decir), me gustaba intervenir a veces, poniendo de antemano la alabarda del desprecio, haciéndoles ver a todos que comprendía la farsa que estaban llevando a cabo, y que me prestaba a hacerla más sugestiva con mi mezquino aporte… En muchas oportunidades salía muy bebido. Una noche, después de haber polemizado acerca de la misantropía de Leonardo, después que discutí la trascendencia de “La Gioconda”, nos fuimos a un prostíbulo. Llegué completamente borracho, divagaba como un bárbaro acerca de temas profundamente vastos. Entonces, en un arranque sensualista que es común a todos los borrachos, hice que una rubia de ojos grises que me miraba hacía rato, se desnudara para yo pintarla. La mujer accedió, (¡estaba enamorada de mi bella fealdad!), y el boceto grotesco, vulgar, lleno de un sadismo inspirado, rebosante de obscenidad, agradó a todos. Volqué mi pasión de borracho, de hombre feo, y de parásito intelectual, en las carnes hermosas de la prostituta. Junto a sus senos, dibujé los senos cerebrales de un químico, (simulé vagamente unas probetas…), en la flor del vientre, coloqué a dos filósofos que seguramente hacían alardes pedantes en torno al amor y a la muerte… En total, después de esa noche, mi fama de pintor apocalíptico, mordazmente trágico, se extendió…

Así, el marido de mi hermana, habla siempre de mi habilidad pictórica cuando yo les hago una visita. (En el fondo, sólo desea comparar nuestras bellezas: su hermosa belleza y mi bella fealdad). No sabe que he descubierto su juego. Quizás algún día me decida a englobar en una gran obra, —un cuadro monumental, fantástico, inconcebible—, los términos indefinidos y relativos de la belleza y de la fealdad. En realidad, en mí se han llegado a confundir esos términos. Para el vulgo, soy un hombre feo, hasta para mis más inmediatos parientes. Mi madre, se daba cuenta de mis rasgos irregulares cuando tenía catorce años, y llegó a decirme que era el proceso de crecimiento que desproporcionaba la simetría de mis pómulos, y me daba ese aire satánico de monstruo intelectual. Porque esa es la verdad, cuando la gente me ha tratado por algún tiempo, comprende, intuye, descubre horrorizada que tengo un aire satánico de monstruo intelectual…

Mis hermanos son perfectos, elegantes, de piel tierna y agraciada, (Raquel es rubia, Beltrán s bronceado, casi un hindú); sin embargo, no sé por qué oculta razón, he querido siempre descubrir un hilo común entre cuatro rostros que en el fondo y superficialmente, son tan distintos. Son cuatro grados de belleza que palpitan en mi derredor, y me ofuscan, me ofuscan angustiosamente…

-C-

Aquella prostituta rubia, de pupilas grises, que sirvió de modelo para el boceto, —cuadro nonato y culpable de mi fama—, representa el primer grado: está ajada, pura en su decadencia; la belleza, la extirpó, la hizo inútil traficando con su pasión. Y mi hermana Raquel, —la rubia, la casada con el apolo—, simula el grado opuesto, pero también hermano contradictorio. Ella, reina opulenta en su lecho amplio, cubierto de perfumes voluptuosos, (¡cómo se dilatan las aletas de su nariz en la medianoche cuando siente el cuerpo calenturiento que la está poseyendo!). Y la prostituta, —polo a polo, dos grados diferentes de belleza—, se resigna como un lúgubre Cristo en su camastro, mientras que algún hombre anémico bebe el placer ansiosamente, lo busca como un sediento en sus belfos cansados… Los otros dos grados de belleza son varoniles, ¡pero qué distintos! El marido de mi hermana es uno. Su belleza es física. La máscara que le cubre el rostro es una llama afrodisíaca para las mujeres que le rodean, sin embargo, no se eleva al plano de la otra belleza, ¡mi belleza intelectual, satánica, monstruosa! Son los cuatro grados perfectos de la belleza… Quisiera fundirlos, confundirlos, aliarlos, hacerlos una sola y única substancia, los reuniría en un cuadro monumental, o… en un espejo!

La belleza pura, que nada en la morbidez del placer, la otra, alicaída, penumbrosa, náufrago en el vicio. La belleza firme, segura, periférica, y la belleza demoníaca, la belleza de la fealdad, en cuyo fondo se entrecruzan las aguas salvajes, turbias, de las ideas humanas. Quisiera fundir esas bellezas, aliarlas, hacerlas un aereolito mágico, impresionante, ante el cual todos los hombres libraran sacrificios en aras del supremo dios del universo: ¡el sexo agobiador!

-D-

A veces me sorprenden estos éxtasis y me siento un artista inconmensurable. Dispuesto a crear monstruos bellos; sombríos y hermosos a la vez. Pero todo queda en la idea, en la forma gaseosa que se evapora en cuanto la febrilidad desaparece. Es como mi hermosura, que sólo aparece en determinados instantes, ante determinada mujer, después que he llegado a penetrar en la identidad anímica de mi amante… Por eso, me cuesta tanto ser un amante completo…

Hace muchos días que no visito a mi hermana Raquel. Tampoco he visto a su marido. Parece que mi hermana se encuentra embarazada. ¡Coincidencia! ¡Singular coincidencia! La prostituta aquella, la rubia de pupilas grises que sirvió de modelo a mi locura de creador, lleva un hijo mío, una pequeña bestia que yo alenté con mi soplido, en su vientre de pecadora. ¿Podemos culpar a los espermatozoides de los monstruos que fabrican? Esos dos cuerpecitos que saldrán algún día a la luz, llevarán los sellos de las cuatro bellezas, fundidas no en uno, sino en dos modelos, ¡serán cuatro rostros en un espejo, pero que reflejan sólo dos imágenes!

Esa mujer, un cuento por Rodolfo Walsh

Esa mujer, un cuento por Rodolfo Walsh

Rodolfo Walsh  (9 de enero de 1927-25 de marzo de 1977) Periodista, escritor y traductor argentino. Reconocido por su novelas testimoniales Operación masacre y ¿Quién mató a Rosendo?. Considerado por Ricardo Piglia como uno de los mejores escritores de Argentina. Fue asesinado por la dictadura militar un día después de que enviara la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar.


El coronel elogia mi puntualidad:

-Es puntual como los alemanes -dice.

-O como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.

Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.

El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.

Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

El coronel sabe dónde está.

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Ficción: Con usted

Ficción: Con usted

Míreme señor, no se haga el loco. Usted sabe que todos saben. Eso le importa. A mí no. A mí me importa que me mire porque usted dijo que bajo su mirada yo era luz y sigo siendo luz porque sé que usted me mira.

Estoy haciendo un esfuerzo y lo sabe. Tengo que decirle que no me he enamorado de usted, que simplementeme siento espuma a su lado cuando en realidad me siento mar, palabra dicha en conferencia: importante. Venga y hábleme de cosas, déjeme darle un abrazo, ese que quiere. Sabe que cuando lo escucho me voy entre árboles y senderos y que regreso a la realidad rodando sobre piedras.

No hay manera de que lo olvide porque su recuerdo es mi punto G dormido y escondido, caliente y viscoso que despierta al contacto de su lengua en el borde de mi oreja. Es bola de estambre que recorre cada espacio de esta casa de paredes lisas y sin floreros; rueda por el jardín, sale por la reja, recorre el pueblo y se vuelve a enrollar…

No sea oscuro señor, míreme. Yo no le propongo estar conmigo el resto de la vida porque mi vida no tendría resto a su lado, sería un renacimiento, el inicio de mi vida con usted.

Cuento: La noche boca arriba, de Julio Cortázar

Cuento: La noche boca arriba, de Julio Cortázar

Tal día como hoy, en 1984, murió Julio Cortázar. En homenaje, compartimos uno de sus más célebres cuentos.

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

Cuento: Mariposas

Cuento: Mariposas

Ya vas a ver qué lindo vestido tiene hoy la mía, le dice Calderón a Gorriti, le queda tan bien con esos ojos almendrados, por el color, viste; y esos piecitos… Están junto al resto de los padres, esperan ansiosos la salida de sus hijos. Calderón habla, Gorriti mira las puertas todavía cerradas. Vas a ver, dice Calderón, quedate acá, hay que quedarse cerca porque ya salen. ¿Y el tuyo cómo va? El otro hace un gesto de dolor y se señala los dientes. No me digas, dice Calderón. ¿Y le hiciste el cuento de los ratones…? Ah, no, con la mía no se puede, es demasiado inteligente. Gorriti mira el reloj. En cualquier momento se abren las puertas y los chicos salen disparados, riendo a gritos en un tumulto de colores, a veces manchados de témpera, o de chocolate. Por alguna razón, el timbre se retrasa. Los padres esperan. Una mariposa se posa en el brazo de Calderón, que se apura a atraparla. La mariposa lucha por escapar, él une las alas y la sostiene de las puntas. Aprieta fuerte para que no se le escape. Vas a ver cuando la vea, le dice a Gorriti sacudiéndola, le va a encantar. Pero aprieta tanto que empieza a sentir que las puntas se empastan. Desliza los dedos hacia abajo y comprueba que la ha marcado. La mariposa intenta soltarse, se sacude y una de las alas se abre al medio como un papel. Calderón lo lamenta, cuando intenta inmovilizarla para ver bien los daños termina por quedarse con parte del ala pegada a uno de los dedos. Gorriti lo mira con asco y niega, le hace un gesto para que la tire. Calderón la suelta. La mariposa cae al piso. Se mueve con torpeza, intenta volar pero no puede. Al fin se queda quieta, sacude cada tanto una de sus alas, y ya no intenta nada más. Gorriti le dice que termine con eso de una vez y él, por el propio bien de la mariposa por supuesto, la pisa con firmeza. No alcanza a apartar el pie cuando advierte que algo extraño sucede. Mira hacia las puertas y, como si un viento repentino hubiese violado las cerraduras, las puertas se abren, y cientos de mariposas de todos los colores y tamaños se abalanzan sobre los padres que esperan. Piensa si irán a atacarlo, tal vez piensa que va a morir. Los otros padres no parecen asustarse; las mariposas sólo revolotean entre ellos. Una última cruza rezagada y se une al resto. Calderón se queda mirando las puertas abiertas, y tras los vidrios del hall central, las salas silenciosas. Algunos padres todavía se amontonan frente a las puertas y gritan los nombres de sus hijos. Entonces las mariposas, todas ellas en pocos segundos, se alejan volando en distintas direcciones. Los padres intentan atraparlas. Calderón, en cambio, permanece inmóvil. No se anima a apartar el pie de la que ha matado, teme, quizá, reconocer en sus alas muertas, los colores de la suya.

Publicado con permiso de Samanta Schweblin.
Te invitamos a leer su libro de cuentos Pájaros en la boca.

Cuento: Periquera

Cuento: Periquera

Publicado en el sexto número de Cantera

La red de autopistas de Caracas es una raya de coca de sesenta kilómetros de largo. Desde la Planicie hasta Tazón, de Petare a Caricuao.

Tercera, cuarta, tercera. Acelera, recorta, acelera.

Tanque de gasolina lleno. 30 litros. Bolsa repleta. 3 gramos.

Lo que me pasa a mí es que soy muy autodestructiva.

A través del parabrisas el mundo parece una película. 24 cuadros por segundo a cien kilómetros por hora. Hileras de edificios aparecen y desaparecen. La Urbina. Estoy jaladísima. A ver dónde me paro.

Cuando estoy drogada los semáforos se ponen verdes para mí.

Un pase. Otro pase. Otro pase.

Antímano, Carapita, Gramovén. Nombres que conozco pero no son yo. Mundos ajenos.

Ese deseo intenso de sentir la nota, ese cosquilleo en la nariz, ese impulso en la barriga. Quieres controlarlo pero no puedes. Te domina.

Mi mamá dice que tengo que cuidar mi apariencia. Me lleva los domingos al gimnasio. Yo estoy enratonada pero ella no se da cuenta. Hija, pero si tienes estrías en los muslos. Recuerda vestir bien, oler bien, sonreír bien, sentarte bien, hablar bajito, decir por favor y gracias, ser dulce con los ricos y amarga con los pobres.

Quizá si no fuera tan autodestructiva no tendría que andar arrastrándome, pidiéndole al más idiota que me quiera.

No sé qué hacer con mi vida.

Carlos, Pablo. Cada uno más imbécil que el anterior.

No olvides que debes estar lo más buena posible. Media hora para alisarte el cabello, media hora para depilarte, difícil la simetría en la cresta púbica. Todas las noches cremas de albaricoque para mantener la piel tersa y apetecible. Me acuerdo de que a los doce años empecé a comer mucha clara de huevo. Según mi mamá la que tiene las tetas pequeñas tiene poco futuro.

Lo bueno de la cocaína es que te mantiene flaca.

Dos hombres, dos abortos.

Al principio siempre raspa. Te dan ganas de estornudar, papel de lija escalando las fosas nasales.

En las fiestas competencia de escotes. Las mujeres dando vueltas y saltos o bailando, riéndonos a todo pulmón. A ver quién es la que grita más fuerte, cuál de nosotras llama más la atención. Rímel y licra. Desde su rincón los hombres beben y hablan mientras nos miran los culos.

Pero ya después no hay sensación. Entraste en la burbuja, te sientes en calma.

No dejo el perico. Por ahora, no lo dejo.

Todo el mundo grita y las bolsas pasan de mano en mano. Hoy somos el mejor amigo del que tiene más. Mandíbulas desencajadas, ojos saltones. Una espesa nube de marihuana queda suspendida sobre la sala. Nadie abre las ventanas. Esa voz que escuchas es la de Tom Zé.

Carlos decía que no sabía si era adicto porque era músico o si era músico porque era adicto.

Muchas de nuestras rumbas más voladas las hacíamos en la casa de playa de los papás de Maximiliano. Nuestro alto pana para todo lo que se terciara. En casa de Maxi cualquier cosa era posible. Todos lo adorábamos pero era imposible seguirle el ritmo. Era el más drogadicto del grupo. El más yonki.

La historia de mi primer aborto es la siguiente. A Carlos y a mí nos gustaba tirar en el asiento de atrás de su carro, en el estacionamiento de su edificio. Borrachos y jalados. Bájate las pantaletas.

Cuando el vigilante tocó el cristal con la linterna, no nos dio tiempo de vestirnos. Yo salí del carro con las tetas al aire. Carlos le dijo qué te pasa. El vigilante le pegó con la linterna en la frente. Carlos empezó a sangrar. Yo pegué un alarido que se escuchó en todo el edificio. El vigilante salió corriendo. Carlos le gritó te voy denunciar, mamahuevo.

Carlos, el roquero maldito.

Esta noche estamos tranquilos porque sabemos que de un momento a otro vamos a empezar a drogarnos y la fiesta se va animar. Esto seguro se acaba en una arepera, llenos de arepa nihilista y batido de parchita. Sólo esperamos a que a alguno se le ocurra la genial idea, invite a los demás, nos convenza de lo que ya tenemos aceptado. Al tercer ron todos queremos jalarnos. El más ansioso llama al jíbaro. Los Ruices. Una comitiva sale en la busca. Recopilamos billetes, esperamos. 3 rones más. Conforme sube el volumen de la música y el nivel de alcohol en el organismo, las conversaciones se vuelven incoherentes. El jíbaro hace un gesto Scarface cuando nos pasa la merca. Adiós.

Maxi pasó por el alcohol, los porros, el perico, los ácidos, los hongos, las anfetas, las benzodiazepinas, el jarabe, los antipsicóticos, los antidepresivos, las pepas, la piedra, la morfina en pastillas, la heroína fumada. Se hacía panita de los jíbaros. Subía a los barrios, entraba en los ranchos de los malandros, jugaban Fifa en el Playstation.

Fumaba piedra con los mendigos de las bombas. A veces esnifaba 95 sin plomo de los tanques de gasolina. Olía pegamento, thinner, pintura. Luego llegaba a casa de sus papás. Se tomaba una caja entera de Rivotril para bajar el acelerón y se quedaba dormido tres o cuatro días seguidos.

Me gusto más con el corte escalonado largo y la pollina hacia la derecha.

Carlos llevaba 9 discos editados. Empezó a los 18 y no ha parado de producir desde el estudio de su casa, sacando un álbum al año. Todos caseros, con ese sonido tan crudo y verdadero del lo-fi. No le interesaba pertenecer al mainstream. Lo que importa es la expresión artística, decía. Quería que su música fuera apreciada por un público selecto de iniciados. Ofrecía los discos gratis en su página web, acompañados de las letras y todo.

Si te da congestión nasal jálate un poquito vaporú.

Al principio Carlos era la cosita más tierna e ingenua que había conocido en mi vida. Tan sensible, tan culto, tan tímido. Había personas que opinaban que era medio retrasado mental. Lo que no sabían era que en la adolescencia sufrió de Asperger y la mamá lo mantuvo aislado de la gente. Vivía encerrado en sí mismo. Por eso tocaba tan bien guitarra y piano y componía y escribía sus propias letras. El Cheky lo admiraba demasiado. El Roro lloraba cada vez que escuchaba sus maquetas. Tomás, el pana-mánager-productor-baterista-percusionista le conseguía toques en pequeños locales de la ciudad y de Maracaibo y de Barquisimeto y de Valencia.

Inoportuno el escritor cita a Lyotard y el artista plástico le responde ya te estás poniendo teórico otra vez. La vida hay que vivirla, pana. Tómate otro trago. De qué sirve pensar en modernidades y posmodernismos. Una canción tras otra va sonando. Increíble el bajo en Mistress Flouxetine y uff, alucinante cómo entra la guitarra en Lonsome streets of Preveral.

Un pase. Otro. Otro. Acelera.

Yo tranquila leyendo Auroras de otoño cuando Carlos se acerca y me recita ocurre solamente que el movimiento y el calor son como el calor y el movimiento de una mujer. Levanto los ojos del libro, enamorada ya, y allí está a él. Alto, delgado, barbudo, con su chaqueta bluyín, sus Ray Ban y su disociada abundancia de ser. Verso a primera vista.

Mis papás se sienten importantes pero no son nadie. Los pobres. Hace siglos participaron en la carrera electoral de un tal Alvarez Paz, un maracucho panzón sin carisma que acabó perdiendo estrepitosamente contra el falangista Rafael Caldera. Pa’ lante, era su eslogan de campaña. Qué frase tan estúpida.

Con Carlos aprendí a dejarme llevar, a no enrollarme, a vivir la vida flow y guguancó. La primera noche nos pegamos una tremenda rumba de cerveza y tequila y porros y acabamos follando en el suelo de su cuarto. Enredándonos con los cables, tumbando las guitarras. Presionábamos sin querer los pedales, componiendo loops distintos con cada polvo. Desde entonces fui roquera con él, me empapé de su carisma y su discurso.

La cocaína es la amiga que más nos quiere en el mundo. No exige nada, lo da todo. Cuando me jalo, los demás desean estar conmigo, nuestra conexión es la más profunda. Hermanos todos, noches y noches reflexionando sobre el amor eterno que nos rodea, sobre cómo el arte salvará la humanidad. Proyectos creativos acelerados en los que el cineasta pacta un guión con el escritor, el diseñador se compromete a trabajar los decorados, y el músico promete que se ocupará de la banda sonora. El día puede ser duro, podemos haber sido humillados por los jefes, raspados por los profesores, insultados por nuestros padres. El país puede estar yéndose a la mierda, pero no importa. Tres rayas y todo bien.

El mejor rock es el clásico, si no es old school no es nada. Vacílate la dinámica en Harvest, de Neil Young.

Y al día siguiente la esponja en la cabeza. Sudor, náuseas y por qué no te bañas. Culpa y odio. Una cervecita para activarse. A cuadrar la próxima rumba.

Siempre me mostraba en la Telecaster las melodías que se le iban ocurriendo. Yo toda pendeja mirándolo tocar.

Pero cómo no amar su melena negra, cómo no amar su amor por la vida, el vino, la buena vibra por encima de todo. Cómo no amar su corazón infantil, sus pataleos de niño malcriado, su amor por los sonetos de Quevedo y Gutiérrez de Cetina. Yo lo acompañaba a cada ensayo con el Roro y el Cheky. El toque es este viernes y a nadie le cuadró la agenda hasta hoy.

Nada como bajar a la playa a tomarse unas birritas, comer pescado frito, escuchar The Abyssinians, tragarse unas piolas y caerse a porros a la luz de la luna.

Con este biquini se me nota demasiado la celulitis.

No es que no me guste el sexo. El sexo es el medio, nunca el fin. Helena fue la que me besó primero. Después vino la lengua y nos gustó la cosa. Seguimos besándonos, empezamos a tocarnos y cómo me excitaba la idea de todos ellos mirándonos perplejos.

Hubo un tiempo en que lloraba mucho.

Mi papá dice que me interno o me centro, me paso 6 meses en rehabilitación o me caso, me suicido o me busco un hombre decente y trabajador. La elección es tuya: la muerte o la edad adulta. Mi papá no se mete mucho en mi vida porque se pasa el día intentando componer los asuntos del país. Hacia dónde vamos, dice. Tienes que votar en las próximas elecciones, dice. Tienes que ir a la marcha.

Antes muerta que internada. Asistir cada día a reuniones pavosas donde se habla de cómo mi gato se murió y lo triste que me puse. Grupos de apoyo para leer y reflexionar sobre las profundísimas enseñanzas del Solo por hoy. Cerramos los ojos para meditar y yo pensando qué carajos querrán decir con Poder Superior. Si sigues las reglas, te damos puntos por buen comportamieto. Si llegas a 100, igual te dejamos salir al patio a hablar con los pajaritos. Lo llamamos plan motivacional.

Cuando las gotas comienzan a bajarte por detrás de las fosas nasales. Nosotros los pitiyanquis le decimos dripping.

Al ver la alcabala policial, sabes que te van a hacer bajar del carro y lo hacen. Ciudadano, muéstreme la licencia. Todos parados a un lado de la carretera, mirando el pavimento, bajo una valla enorme en que aparece la simpar Mujercerveza. Estamos temblorosos porque el carro es del papá de Francisco, si lo llaman vamos a caer todos. Un niño que pasa en una camioneta se caga de risa al vernos. Uno de los policías se me queda mirando, me doy cuenta de que con esta franela se me traspasan burda los pezones. Me tapo con las manos, el policía sonríe. Cuando los pacos encuentran la ganja y las bolsas y los frascos de jarabe, sabes que te van a matraquear y lo hacen. Les damos el dinero y los celulares y las cámaras. Prosigan, ciudadanos.

Carlos fumaba piedra a veces. El crack es para los iluminados, decía.

Si llueve esta noche vamos a tener que desmontar las hamacas y compartir la carpa. Nos va a tocar dormir abrazados o no dormir y besarnos y manosearnos y chuparnos hasta que sol aparezca.

Avenida Boyacá, de este a oeste.

Mi poemario se iba a llamar A pesar de tu santa cólera. Me parecía que el título era lo suficientemente atractivo. Representaba con claridad mi intención de una poesía conversacional, reflexión sobre la agresividad de la cultura urbana contemporánea. Claro, esto es lo que iba a responder en la entrevista. Me imaginaba en la sección de cultura de algún periódico, citando mis influencias, mis intereses, mis intenciones. Una foto mía con el pelo suelto y los lentes negros de montura gruesa. 5 años trabajando 15 poemas, agregando, corrigiendo, incorporando oscuras referencias literarias, alusiones a la era digital mezcladas con misticismo solipsista pero sin tono mesiánico. Hasta que el perico me dejó muda. Es raro porque con perico hablo mucho.

La que mucho abarca poco aprieta.

No sabría decir con exactitud cuándo las cosas empezaron a ponerse raras entre Carlos y yo.

Crece en las húmedas tierras de Bolivia, si tienes suerte. Atraviesa artesanales procesos de producción. La siembra, la recolección, el kerosén, los pies de algún mugriento niño campesino, la pasta, la piedra, los alijos, la travesía nocturna, la montaña, la selva, la carretera, la frontera, la ciudad, el barrio, el corte, el talco, el bicarbonato, las bolsitas y de ahí a las manos del jíbaro que espera tu llamada para llevártela a tu casa y por tu nariz hasta la cabeza. El proceso es limpio y preciso. Tú no lo ves pero sabes cómo funciona. El hecho de que no lo veas lo hace incluso más interesante. Como el petróleo que sale de la tierra y se transforma en gasolina y alimenta mi carro y me acelera esta noche que voy jaladísima a 160 por la autopista. Ese espasmo helado que te sube por la espalda.

Francisco me llama para contarme que está preocupado por Maxi. Resulta que ahora se esnifa un gramo de perico, al mismo tiempo que se toma dos botellas de jarabe, al mismo tiempo que se traga dos piolas de speed. Francisco dice que no entiende nada. Yo le respondo la cosa es muy sencilla, Fran, tenemos un amigo que se quiere suicidar. Maxi está muerto desde hace rato. Es doloroso, baby, pero es así.

Nunca te entregues del todo.

Llego a la casa. Me quedo un buen rato en el estacionamiento, apago el motor, reclino el asiento, cierro los ojos. Espero a que mis papás se acuesten. Cuando vuelvo al mundo y veo la luz que se apaga, entro en la casa en silencio, la bolsa en el sostén, me voy directo al cuarto. Cierro con seguro, apago el celular, me pongo los audífonos. Rayas encima de la carátula de Hunky Dory. De repente Bowie se sale de la foto, hace un tirabuzón exótico soltando escarcha de colores. Se sienta en la esquina de la cama, conversa conmigo. Me llama su Reina Puta. Me advierte de que tenga cuidado, mis papás están seguro con el oído pegado en la puerta del cuarto. Discutimos largamente sobre si hay o no vida en Marte.

Ya no dejo que transcurra mucho tiempo entre raya y raya.

Carlos se me perdía, yo lo llamaba como loca, nunca me atendía el celular. Una vez apareció tres días después. Demacrado, ojeroso. Me contó que se había comido unos ácidos con Maxi en la playa de Chuao. Que Maxi y él lo habían visto todo. Que la conexión entre ellos fue increíble. Que fueron capaces de comunicarse sin hablar, gracias al enorme poder de los porros y las pepas y los Hoffman que se moncharon cada uno. Que sólo se oían las olas del mar y el viento entre las palmeras cuando, de repente, sin aviso, se intuyeron telepáticamente en pleno rumor playero. Que, tras este momento único, se volvieron el uno hacia el otro en la arena. Que escucharon claramente el llamado primal que venía de lo más profundo de sus conciencias. Se levantaron, corrieron por la marisma, se juntaron en un largo abrazo. Acabaron follando allí mismo, en la orilla de la playa, rompiendo con ese acto de lúcida fornicación todos los malditos prejuicios de género que les habían impuesto la sociedad, la cultura, sus padres, el colegio de curas, los entrenadores de fútbol, la canción Un hombre busca una mujer, de Luis Miguel, y cada una de las telenovelas de las nueve de la noche en que Arturo Peniche agarraba a Thalía fuertemente por los hombros, diciéndole no olvides que tú eres mía, Marimar. Carlos me confesó que había sido el mejor sexo de su vida. Que había recibido. Que había dado. Que se había pringado el estómago con el semen de Maxi. Que él había llenado con el suyo el culo de Maxi. Acabaron bañándose en el mar. El primer rayo del amanecer calentando sus cuerpos desnudos.

En nuestro grupo todos follamos con todos.

Hacia dónde vamos, dice mi papá. Por qué el Señor se ha olvidado de nosotros. Mi papá es medio fascista.

El perico te acelera pero te hace más lenta.

Empecé con la fotografía en la Escuela, un ejercicio para una clase. Ahora quiero ser fotógrafa. Se lo conté a mi papá y me regaló la Canon 6D, con los objetivos y el software más caro. Yo prefiero el Zeiss 50 mm porque desenfoca un montón el fondo, hoy están muy de moda los primeros planos con contexto ambiguo. Después vino la reflex Leica del 76, que pegaba tan bien con mi chaqueta vintage morada. Mi mejor foto es una de Carlos sacándole feedback al amplificador, mientras el Roro toca el ukelele al borde de la tarima. Llevo ya varias series, un par de exposiciones en restaurantes. Pero no sé si esto es lo que quiero. Soy fotógrafa con herramientas pero sin inspiración. Tengo los medios, no la energía. Como cuando quise ser poeta, actriz, diseñadora de modas. Gracias de todas maneras, papá.

No sé qué hacer con mi vida.

Al menos no soy como Ana, que desmenuzaba lo poco que se iba a llevar a la boca y contaba las calorías y los carbohidratos compulsivamente. Todos en el colegio la vimos crecer para quedarse niña, desarrollarse para involucionar. Su papá se fue a vivir con una secretaria veinteañera, su mamá se ahogó en un mar de ginebra y Lexotanil. Pobrecita, al final no era más que un saco de huesos, un esqueleto con forro transparente que escondía los vómitos en bolsas dentro del clóset. La última vez que la vi me dijo que quería hablar conmigo, que era importante. Me dio fastidio en ese momento calarme el melodrama. Al día siguiente estaba muerta.

Lo bueno de la cocaína es que te mantiene flaca.

Porque solo yo conozco las pequeñas historias detrás de las canciones de Carlos. Idilio sifrino y Otoño en Altamira. Sabrosas anécdotas sobre borracheras de sangría y anís y el piano que estaba a mano y la melodía que después fue tema que después fue disco.

Carlos amaba la poesía. Largas noches abrazados en la cama, debajo del ventilador de mi cuarto, rodeados de mis libros, buscando en ellos esas revelaciones siempre próximas que nunca llegan a producirse. La poesía es el arte del casi. Igual que el perico.

Un pase. Otro pase. Cinco horas comiendo techo.

Cuando fuimos a la clínica yo no paraba de llorar. Carlos tenía cara de fastidiado. En algún momento medio me acarició la mano. No quiso entrar.

El aborto es el “y vivieron felices para siempre” de las relaciones de usar y botar.

En la autopista de madrugada. Ciudad no es ciudad. Tiempo no es tiempo. Los carros se pasan unos a otros. Cambio de luces. Vivir lo más rápido posible.


Soy lo que está lejos de mí. El adicto es la droga de su droga.

Echados en la arena, la nota del ácido todavía removiéndoles el cerebro, Maxi y Carlos comprendieron que vaya mierda de mundo el que habíamos heredado. Que todo era culpa de Platón. Que lo mejor hubiera sido hacerle caso a Diógenes de Sínope desde el principio. Maxi estaba obsesionado con Diógenes el cínico, ese jipi de la Antigüedad que se burlaba de la sociedad ateniense desde su tonel.

Carlos y yo íbamos a controlar a Pinto Salinas. Todos conocíamos a Grecia, la del volkswagen escarabajo y los ciento cincuenta quilos (físicos y cocaínicos).

I’m torn between the Light and Dark, while others see their targets divine symmetry. Drogarse es jugar a no estar viva. Entre dosis y dosis, entre rumba y rumba, el tiempo va pasando y de repente son años y no recuerdas ni la mitad de lo que viviste en ellos. En los pocos momentos de lucidez es que te preguntas qué carajos te estás haciendo. Qué fue de ti, de la vieja tú. No me soporto cuando soy consciente de mí misma, necesito matarme cada vez más poco a poco. Necesito matar el tiempo. Necesito no vivirme viviéndome.

Carlos, mi roquero purista, mi poeta maldito, mi James Douglas Morrison caribeño, el amante de la musicalidad popular en los poemas de Ramón Palomares, ese ejemplo barbudo y grunge de flow puro y buena vibra por encima de todo, con esos solos tan casi Zappa brotando humeantes de su Telecaster, se convirtió de repente en otra persona, una especie de profeta, un Zaratustra trasnochado, alguien que, aunque me esforzaba que jode, era incapaz de reconocer. Cada uno de sus discursos era más demente que el anterior. Tenías que escucharlo, se te imponía en cualquier conversación, no te dejaba hablar. Una tarde en que quedamos en un café de Los Naranjos, le conté que por fin iba a recitar mis poemas en la Escuela. Le pedí que fuera a verme. Me respondió que él no asistía a eventos artísticos falsos, menos en esas universidades privadas en las que si logras estudiar es porque tu papi tiene plata. El arte, me dijo, debe ser espontáneo, telúrico, libre de conceptualizaciones éticas y estéticas, libre de esa palabrería hueca de académicos y críticos de literatura. Qué voy a hacer yo en esa universidad, cuyo centro cultural más importante es una feria de comida donde burguesitos en ciernes hablan de sus carros y sus jevas mientras se empapuzan sánduches de Subway o hamburguesas de Wendy’s. Olvídalo, yo tengo integridad artística.

Pablo quiso acompañarme.

En realidad sí que eran fastidiosos los recitales universitarios. Ese puñado de poetas torpes, con barros por toda la cara, nerviosos porque era la primera vez que mostraban sus composiciones al mundo. Aulas mínimas donde cinco bobos aplaudían cada vez que uno terminaba con su afectada declamación. Yo toda jalada fantaseando con quitarme la blusa, recitar mis poemas con las tetas al aire. A ver si así al menos ocurría algo memorable. Pero nada, estaba tan cagada como los demás. Después Pablo y yo comimos en Subway, transgrediendo con aquel acto el desprecio de Carlos por los sánduches corporativos.

El perico te hace olvidar el miedo escénico. Dos pases antes de salir al escenario y olvídate de las miradas de los demás.

Qué vaina la irritación en las fosas nasales.

Y cómo detesto ese intervalo maldito en que toda fiesta pierde intensidad. Cómo me ladilla ese momento en que la nota empieza a desaparecer y recuerdas lo verdaderamente aburrida que es la vida. Regresa la gravedad, el tiempo vuelve a transcurrir con su ritmo habitual, los nervios se recomponen, llegan señales al cerebro, experimentas cosas tan vulgares como el tránsito intestinal. A partir de ahora, ninguna de mis notas tendrá bajones.

Don’t believe in yourself. Don’t deceive with belief. Knowledge comes with death’s release.

Carlos y su encendido mitin contra el racionalismo, el utilitarismo, el materialismo, y las demás versiones reduccionistas de la realidad que no nos dejan percibir la poderosa energía universal y espiritual que reluce en cada hoja de hierba, que se oculta tras cada uno de los mágicos instantes de la existencia. Lorca decía que solo el misterio nos hace vivir, solo el misterio. Y Rimbaud tenía razón, somos otro, la verdadera vida está en otra parte. Habitamos el bosque de símbolos baudeleriano, inmersos en la interconexión absoluta de Thoreau. Todo es uno y uno es todo. Sencillo, profundo, como un poema de Whitman. Hasta el gordo fascista de Borges nos invitó con su Aleph a huir de este mundanal ruido de celulares y carros y Facebooks y seguir con Fray Luis la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido. Carlos lo entendió. Comprendió que el sistema nos empuja a creer que necesitamos cosas superficiales y luego nos hace sentir fracasados cuando no las alcanzamos ¿No lo ves? Es una conspiración de las grandes corporaciones. Desde hace años somos capaces de usar el agua como combustible, pero las petroleras lo ocultan porque no les conviene económicamente. Hay que escapar de esta enferma Babylon. Jah nos bendice, Jah nos invita a volver en el campo. Algún día me iré a Chuspa, me haré un rastafari auténtico, me dedicaré a sembrar mi conuco con puro amor por la Tierra que engendra y da vida. Haré música desde la Tierra, para ella, solo con mi guitarra.

La primera vez que esnifé fue en casa de Maximiliano. Estaba tan borracha que no me podía mantener de pie. Fui a recostarme en uno de los sillones de la sala. Desperté cuando alguien preguntó tarjeta de crédito y otro respondió billete. Vi 4 hermosas líneas blancas, perfectamente simétricas, flotando sobre el cristal de la mesa. Todo ha venido acelerándose desde esa noche. Como este carro que baja rabiosamente por la autopista.

Respira hondo. Un pase. Otro pase.

Mi papá y mi mamá se preocupan. Ay pero qué le habrá pasado a ella. Tan bella, tan inteligente, tan sensible.

Si lo contradecía o le preguntaba si había tomado anfetaminas otra vez, me gritaba. Después de un tiempo empezó a pegarme en público. Me llamaba borrega del sistema, me tiraba al suelo, me daba patadas.

¿Será que me limo el tabique?

El día de los 7 gramos para celebrar la publicación de su primer epé rastafari, le entró una paranoia loca. Decía que se había tripeado la vaina por fin, que me tenía pillada, que yo lo estaba espiando para las compañías discográficas. Intentó ahorcarme en el sofá de casa de Francisco. Se me lanzó encima, me puso las rodillas en el pecho y empezó a apretarme el cuello. Yo le decía estás loco, estás loco, estás loco. Pablo intervino. Se pelearon. Carlos y Pablo eran amigos del colegio, solo tenían en común el fútbol y la marihuana. Corrí hasta el baño. Me miré en el espejo. No entendía cuál de las dos era la imagen, cuál la de carne y hueso. Estaba triste. Me sentía humillada. Cuando terminó todo, Pablo me llevó a la casa en su carro, calmándome por el camino. Yo le acaricié las heridas.

Una cosa llevó a la otra.

Todos los hombres del grupo han pasado por mí. O quizá viceversa.

La tarjeta de crédito nos ayuda a preparar las rayas y comprar las bolsas. Mi cédula tiene los bordes blancos y doblados de tanto hurgar entre la mercancía. Nuestros padres no saben la ayuda que brindan a nuestra causa. Tan ocupados con la remodelación de la quinta o comprando el apartamento en Coral Gables. En los restaurantes y en las peluquerías hablan de lo maravillosos que son sus hijos. La mayor está estudiando en Yale. La menor es fotógrafa, ha presentado varias exposiciones. Un poco loquita, la jipi de la familia.

Todos tenemos plata, esta rumba no se va a terminar nunca.

On the route of the nineteen bus!

Ir drogada en el carro. Los vidrios abajo, el aire acondicionado prendido, la música a todo volumen. Escuchas London calling, te imaginas que eres una obrera inglesa en los setenta, cantando contra esta hipócrita sociedad, contra la mentira en los medios de comunicación y los políticos. Una raya más y pruebas la heroína.

No sé qué hacer con mi vida.

Si la red de autopistas de Caracas tiene sesenta kilómetros de largo, y una raya de coca, digamos, tres centímetros, ¿cuántas rayas tendría que esnifarme para recorrer la ciudad entera?

Me da igual caerme a pases sola. La gente se aprovecha, terminas con un cuarto de gramo, la esquinita de la bolsa, ganas de más.

La casa de mis papás me ladilla, me quiero mudar. Cada detalle es una oda al arribismo. Desde los cuadros comprados en galerías de San Francisco, pasando por la sirvienta con cofia y uniforme, hasta los suelos de granito. Desde las esculturas de bronce en el jardín, pasando por los televisores 3D en cada cuarto, hasta los sofás Chester del salón. Árboles rodeando la casa, enredaderas cubriendo los muros, parterres de bambú, trinitarias creciendo entre los resquicios de la cerca.

Blusa holgada, falda de algodón con florecitas de colores, collar de cuarzo color turquesa.

Primero lo acaricias por encima para que empiece a excitarse. Luego con la punta de lengua lo recorres de abajo a arriba y después de arriba a abajo y después de abajo a arriba. Lo sientes endurecerse con cada movimiento, calentarse, palpitar, hasta que se pone tan duro que parece que va a explotar. Lo agarras con la mano, lo meneas, te metes la punta en la boca. Sientes las venas presionando el paladar. Empiezas a chupar. Al principio despacito. Vas metiéndotelo más adentro, aceleras el ritmo. Aceleras. Nunca te avisan.

Otro pase. Otro pase. Hasta mañana.

Con Pablo todo es más aburrido. Lo suyo son los números y la oficina, las putas y las camisas mangalarga. Trabaja en una multinacional, buscando el guiso perfecto, alguna cláusula oculta de la que caiga la comisión como una fruta podrida. El negocio saldrá, miamor, el subcontratista me ofreció 150 mil dólares si lo ayudo con la concesión. Se la pasa hablando de lo que se va a gastar. El apartamento nuevo, el carro, la ropa, un viaje romántico a Praga para los dos. Le dijiste que ya no estás en drogas, acuérdate. Cuidado y metes la pata dejándote un rastro de coca en la nariz o mandibuleando demasiado. Recuerda, tú ya estás rehabilitada.

Sólo por hoy. Última raya. Lo prometo. Esta es la despedida. Yo puedo dejarlo cuando quiera.

Desde la Planicie hasta Tazón. De Petare a Caricuao.

En el funeral de Maxi me encontré con Carlos después de varios meses. Al parecer cumplió su promesa de irse a Chuspa a cultivar su huerto. Lo habían rebautizado en la religión rastafari, su nuevo nombre era Ras Muata Aduke. Me contó que estaba a punto de terminar su último disco, un canto desgarrado para Gea. Mitad oda, mitad elegía. Un manifiesto enérgico contra el capitalismo de consumo imperante en la macabra Babylon. Se acercó Pablo. Se dieron la mano, con calma, felices. Yo fui al baño, me metí cuatro pases: se había muerto Maxi, carajo.

Desde entonces mis papás me llaman todas las noches. Dónde estás, hija. Con quién estás. Qué estás haciendo. Me harto, apago el celular. De viernes a lunes sin aparecer por la casa.

Pobres de mis viejos, viviendo la triste ficción de que son algo en la vida.

Ya no me gusta mirarme en el espejo. Yo no sé quién es ese zombi pálido peliteñido, con los dientes amarillos, los labios quebrados, los ojos vidriosos. Esa excusa de mujer con las tetas chorreadas a los veinte, llena de várices y morados por todas partes. Entre más pases más ojeras, entre más rayas más arrugas. Tengo que dejar de ver mi imagen estando sobria. Con la coca soy la Mujercerveza.

Estaba tan jalada cuando me pidió matrimonio que respondí que sí. Mientras estás en el carro vas volando. Cuando te bajas, caes.

I went to the market to realize my soul, cause what I need I just don’t have.

Al menos no soy como Luis, que lo abandonó todo para hundirse en un océano de jarabe. Perdió el trabajo, la esposa lo dejó. El como si nada. Terminó mamándole el huevo a los farmaceutas por una botella. El día que se murió su papá, se presentó drogado al funeral. La hermana lo sacó a empujones. Ahora vive solo en su apartamento, rodeado de mugre y frascos vacíos y las sábanas y los muebles todos con quemaduras de cigarro. Su día consiste en levantarse a las tres, montarse en su carro destartalado, ir a la farmacia, comprarse los jarabes y volver al sofá a ver series hasta la noche. Si se muere en menos de seis meses gano la apuesta.

Pablo dice que cuando logre el negocio me va a regalar los implantes.

A veces salgo por ahí a tomar fotos. Me gusta ir a Sabana Grande en busca de miserias. Mis preferidos son los niños vendedores. Esos que van de carro a peatón ofreciendo yesqueros y rosas de plástico. La mejor imagen es una en la que aparece un niño extendiendo el brazo mientras la ventana de un carro se cierra: qué estética es la pobreza. También le tomo fotos a la basura, a la cochambre de aceite y humo, a los perros callejeros. Cada vez que encuentro un perro lo sigo para ver en qué anda, casi siempre me topo con dos machos y una hembra líder. Los fotografío mientras van escarbando las bolsas de desechos, lamen el suelo debajo de los carritos de perrocaliente o se lanzan a los carros de la Casanova. De ahí saldrá mi próxima serie: Ladra. Eso sí, voy vestida como una pata en el suelo y guardo la cámara en un bolsito de yute para que no me asalten. Mi mamá se alarma. Dice que por qué me pongo a mirar a los pobres. Hija, con la cantidad de paisajes bonitos que tiene Caracas. El Ávila cuando amanece, cuando atardece. Mira qué bonito el Ávila que no tiene ranchos.

Lo que le pasa a ella es que no sabe qué hacer con su vida.

El segundo aborto fue más fácil. Pablo me dio el dinero, me dijo me avisas cuando se haya terminado. En el carro me dio por silbar Nina Simone. Con lo que me sobró me compré 2 gramos. Esa misma noche me olvidé del feto.

First they curse, then they press me ’til I’m hurt.

La cena aquella en que fui a conocer a los padres de Pablo. Pases en el baño. El papá no dejaba de mirarme las piernas entre wiski y wiski. La mamá hablando de los Montes de Oca y su casa en Palm Beach.

Ningún día se parece al otro pero todos los días son iguales.

Mi mamá dice que no hay peor mujer que la solterona. Condenadas a pasarse la vida entre faldas de algodón y el dulce manoseo ocasional del ginecólogo. Por eso se me ocurrió la serie A vestir santos. Fui recopilando información. Conocí todo tipo. Solteronas de 60 y de 15 años. Solteronas opacas, solteronas alegres, solteronas con gato, solteronas con jardín y Feng Shui, solteronas cristianas, solteronas que mimaban el cáncer de su tío enfermo. Margarita, la solterona más triste, dedicaba el día entero a escuchar los discursos del Presidente. Gracias a él aprendió a leer y a manipular un fusil.

Lo que nos pasa a nosotras es que no sabemos qué hacer con nuestras vidas.

Pablo fuma porros pero muy de vez en cuando. Bebe moderadamente. Follamos siempre en misionero porque tiene problemas de espalda. Está todo el día con el Excel calculando ganancias, pérdidas, estimaciones. Mensuales, trimestrales, semestrales, anuales. Presentaciones de Power Point que me muestra orgulloso cada noche. Así van a quedar las instalaciones, miamor. Este es el complejo que estamos construyendo, así será la subestación eléctrica. Lo llaman de la planta en Punto Fijo para decirle que los transformadores dejaron de funcionar y que mañana tiene que ir para allá a repararlos como director del proyecto que es. El más joven de la empresa, se deja crecer la barba para parecer mayor. Si no, no te toman en serio, amor. Le toca despedir al ingeniero de obras, un cincuentón muy religioso con tres hijas y una hipoteca que lleva quince años en nómina. Lo que haga falta. Y no importa porque el jefe le tiene mucha confianza, ve en Pablo el futuro de su empresa. De vez en cuando le suelta algún hueso. El como un perro contento menea la cola, se pone a dar vueltas, ladra.

No sé bien por qué pero con el tiempo nuestro grupo se fue haciendo cada vez más reducido. La gente se emparejaba o entraba en rehabilitación o se iba a probar suerte en Europa. En un año cinco despedidas. Madrid, Londres, París, Buenos Aires, Barcelona. Para cada una fiesta y buenos deseos. Todos sabíamos que no iban a lograr nada.

Ya casi no me queda nadie con quien caerme a pases, empalmar un fin de semana seguido. Francisco era el único en seguirme el ritmo pero se puso serio después de que se acordó de Jesucristo. Un día llegó y me dijo ya no voy a drogarme más, debo salvar mi alma antes de que sea demasiado tarde. Tú deberías hacer lo mismo, el infierno te aguarda si sigues por esta senda de pecado.

Ahora me toca jalarme sola. Soy la reina del espacio infinito en mi cáscara de nuez. Esta es mi burbuja, de aquí no me saca nadie.

Como la vez que tuve que subir sola a Petare a buscar droga barrio adentro. Llevaba tres días enrumbada, no conseguía por ninguna parte. Un jíbaro en Baloa me dijo allá arriba, mamita. Me le quedé mirando. Ah no, si no me vas a creer te quedas sin perico. Ni de vaina. Vamos, pues. Subí con él. Interminables las escaleras y los niños que salían de las casas y se me quedaban mirando. La cabeza me daba vueltas, estaba mareada, sudaba frío. Esa mierda tenía más escalones que la Sagrada Familia, o sea. Subí y subí y los ranchos eran cada vez más y más cochambrosos. Cemento, ladrillo y cinc. Paredes sin terminar, cabiyas sueltas, techos amarrados con alambre, puertas que no abrían a ninguna parte. El cielo parecía una cerca, cruzado de cables superpuestos, amarrados a postes de madera medio caídos. Todo crecía desordenado, como el monte. Filtraciones, grietas, agujeros. Como que a mayor altura las personas eran más oscuras, más sucias. Seguí pisando con miedo los escalones, supuse que aquello contaría como un ejercicio de pilates. Paralelos a las escaleras se veían los canales de agua de lluvia, que no eran más que trozos dispersos de cemento. Entre los escalones había pequeños brotes de monte sin cortar. Las escaleras no tenían pasamanos, o solo en algunos tramos que parecían mejor cuidados que otros. Había ranchos con techos de cinc, otros con techos de madera, otros con techos de lona. A los lados de algunos de los ranchos colgaban matas de fruta o legumbre. Gatos subidos a los muros, perros que los miraban fijamente, gruñendo desde abajo. Un chamo mugriento con una franela de Bob Abreu salió corriendo y se me plantó delante. Me dijo riéndose ¿tú eres de aquí del Carpintero? Mujeres bajaban las escaleras con tobos de agua, ropa tendida por todas partes, niños jugando béisbol con chapita y palo de escoba. Imagen idealizada de la pobreza: barrio bonito. El malandro entrañable seguía delante de mí, cantando una cumbia sobre la mujer que lo dejó, lo despechado que se sentía y el aguardiente que se iba a tomar, carajo. Podía ver la pistola marcada en la parte de atrás de sus pantalones. Miré hacia abajo, no vi Baloa. Solo una maraña de anaranjado, gris, verde. Me estaba empezando a poner nerviosa cuando el malandro entrañable se volteó. Allá arriba mamita, me dijo otra vez. Me señaló el rancho más recóndito del solar más apartado de la altura más elevada del sector más asqueroso del barrio más paupérrimo de la ciudad más corrupta de América Latina. No me gustó ese lugar, no se parecía a Miami. Donde las calles son limpias y los policías simpáticos y la gente recicla y los presidentes luchan contra el terrorismo. El jíbaro abrió la puerta oxidada, pasamos. No había más nadie en la casa. Se sacó la bolsita del bolsillo, me la puso en la mano, me agarró por el pelo, me tiró al suelo, se bajó los pantalones y me dijo chupa, mamita. Ante mí el pipí más morado que había visto en mi vida y yo no hago esa vaina y empecé a gritar y a gritar. Me levanté de un brinco, empujé al jíbaro, salí corriendo escaleras abajo. Escuché disparos detrás de mí. Vi delante a un hombre con una bolsa de plátanos que cayó de bruces. Un tiro en la barriga, un grito de dolor y estaba muerto. Esa bala era para mí. Ni modo.

Lo bueno es que al final la bolsa me salió gratis.

Cuento perteneciente al libro Barrio bonito (Caracas, 2015, Editorial Dahbar)
Fotografía de José Ignacio Vielma Cabruja.

Cuento: Ironías

Tomó un trago amargo del vaso que sostenía entre sus manos, amargo como la vida que dejaba atrás en cada trago. El alcohol le dio las fuerzas que le faltaban, y una a una fue ingiriendo las pastillas que hacía ya un mes había comprado esperando el momento indicado para hacerlo. Cada pastilla que ingería era una mentira, un engaño, una desilusión, una enorme parte de su corta y trágica vida. Mantenía su postura erguida hasta ese último momento. Había arreglado su habitación, lo único que desentonaba eran las sandalias de charol negras tiradas en un rincón. Había pasado tanto tiempo que ya ni sabía como había empezado todo, tampoco quería recordarlo. Lo único que importaba era como iba a terminar.

Nunca fue dueña de su vida, cada paso que había dado sentía que lo daba simplemente porque alguien así lo había predispuesto. Incluso en los momentos en los que más cerca había estado de esa ilusión a los que algunos llaman libertad, parecía que la fuerza del destino la llevaba al camino que debía seguir. No creía en el destino, eso era lo irónico, pero de todas formas no importaba, su vida entera era una eterna ironía, parecía más muerte que vida. Ser dueña de su propia muerte era la única posibilidad que tenia de sentir un soplo de libertad. En todo esto pensaba mientras una a una ingería las pastillas. Le había dado muchas vueltas al asunto, pero sabía que esta vez no iba a arrepentirse, no tenía sentido hacerlo. Arrepentirse involucraba volver a su patética existencia; existencia en la que no era absolutamente nadie, tal vez simplemente la sombra de alguien más.

No recordaba ningún momento en el que hubiera sido feliz, ningún momento en el que hubiera reído con ganas. Mil y una vez había sonreído por mero compromiso, pero por motivos tan falsos que hasta ella no se creía. En realidad no era cierto, hacía mucho no reía, pero lo había hecho mucho, antes de que él se fuera. Cuando él estaba, ella de verdad había sido feliz. Pero no quería pensar en eso ahora, él no iba a volver, no había forma de que lo hiciera. Y desde que él se había ido, ella se había quedado completamente sola en compañía de su soledad.

Una vez que terminó el frasco, se recostó en la cama. Ni una lágrima corría por su rostro. No había ninguna señal en su cuerpo que mostrara lo que se acercaba. Vestía su mejor vestido, olía a su mejor perfume. Todo lo que le había faltado de libertad, le había sobrado en orgullo, y al menos eso quería mantenerlo hasta el último segundo. Quería que su orgullo y la libertad se chocaran de frente, quería demostrarse a sí misma que ella podía elegir. La elección ya estaba hecha, solo restaba cerrar los ojos y esperar que la última ironía de su vida llegara. La única elección que había hecho en su vida la estaba llevando a no poder elegir nunca más.

Lucía Domínguez

Cuento: Vortex

Cuento: Vortex

La página en blanco suele ser difícil para mí. La siento como un espejo que me refleja tal cual soy entonces, frente a la página vacía: vacío de contenido, con la mente en blanco. Embrutecido por su nada. Es algo así como si, desdoblándome esquizoidemente en el objeto con el cual trabajo, escribir se convirtiera, de alguna manera, en una trampa de la mente bajo la que escapo de este mundo a otro.[1] El dilema es que me siento igual de vacío que la página, frente a la nada de la página, y ese otro mundo (en blanco), en algún momento, aunque es por siempre vacío, por efecto de mi ojo empieza a simular objetos, formas, estructuras.  Igual que un desierto lleno de espejismos. Las páginas al final se pierden bajo la tierra, el polvo, el olvido que trae el tiempo corriendo en indiferentes direcciones a la vez. Si de explicarlo se trata, digo que es el olvido al que se someten los valores iniciales según los que los signos y la escritura se imprimen. Por supuesto, mis reflexiones están en deuda. Ahora no me siento obligado a delatarme. Los dichosos signos, al alejarse de la referencia de contexto según la que surjen en su origen, por el paso del tiempo y sus cambios se convierten en cascarones vacíos, en una autorreferencia pura (significantes sin significado, forma sin contenido), en materia de reciclaje del universo.Y cualquier contenido al que se atenga cualquier signo trata de pura forma, estructura. Pura simulación… sí, Monsieur B. En principio (en mi primera reacción a la página inmaculada), estas formas van surgiendo de un limbo, como si en el silencio sonara su perfección, vacío del otro lado, fuera de mí mismo. Dentro de mí cuando escribo, la página produce el efecto de vaciarme. Termina por abstraerme en un parpadeo idiotizado, frente a la hoja rayada o lisa, o la que fuera, o frente a la pantalla y la hoja digital de texto. Blanco, negro. Blanco, negro. Abro los ojos y los cierro y nada cambia… Es otro mundo que, algo así (más que solo imaginativamente), se venga de este, lo destruye, lo rearma según otra corriente, otro flujo y otra pulsación, un pulso mortal que toma camino de mis manos escribientes y solo por el infinito placer de vengarse. Eso sí, la mecánica de la trampa funciona, marcha apaciblemente tan solo como un placebo imaginativo y al parecer escapo de mí mismo. Al punto de que, sensorialmente, frente a la página vacía no soy nada más que un puro objeto, una pura página, unos dedos (sobre el teclado) o una mano (agarrando el lápiz o el lapicero) articulando movimiento, y texto, bajo el influjo de una mecánica casi puramente inconsciente… Mientras ese mundo está vacío, todo en mí es vacío. Cuando la página empieza a llenarse empiezo a errar. A correr por las ramas, las tangentes de indistintas problemáticas sobre las que entonces, al escribir, marcha mi pensamiento errante. Mas mi escritura, en sí, mientras se escribe un algo que no trasciende a nada más que a una magnitud de espacio/tiempo que con los días se va acabando, en un intento por codificarse del vacío de la información reciclable que transcribe mi cuerpo, es solo la tinta que limitan indiferentes signos sobre hojas siempre vacías.  Y es que en realidad, al final, escribir no lleva a ningún otro lugar. Y si frente a la página vacía todo en mí es vacío, mientras dreno información y voy llenando la página que poco a poco toma color, más blanco o, por defecto, más negro, más vacío se va haciendo el espacio dentro de mí.  Todo lo que es escribo termina por no ser más que tecleos (en la máquina) o simplemente escritura al aire. En la página, un mundo de fantasmas, de espectros, que no existe, que está allí haciéndose un eco de silencio su objeto, sus palabras sin interlocutores reales. Cualquier trabajo que sobre esta situación en blanco he hecho, ha derivado en fracaso. Esa nada poco a poco va atrayendo, o, más bien, gestando, en perfecto disimulo, organismos informes, destinados a morir. Todo mientras me abstraigo, perplejo, caminando, a veces corriendo, sobre las ramas de indistintos objetos de análisis que no paran de rondar alrededor de recuerdos, recuerdos de mis pasos por caminos escabrosos de la vida. Objetos de análisis que ahora no me importan absolutamente nada, escribiendo. Sí, mientras me abstraigo en ellos, los descarto como posibilidades. Y que, bueno, contienen bastante de mi vida cotidiana en un país de mierda, en una ciudad de mierda. Bulla. Bueno, ni tanto. Pero sí, ruido, distorsión. Y en la distorsión de mi perspectiva, una perspectiva distorsionada que no distingue las distancias (ni lejos ni cerca), veo pasar por el flujo de mi memoria estos objetos desarmándose, como saliéndose de su órbita átomos de uranio en una especie diferente de fisión nuclear de átomos de lenguaje, palabras, entre las estructuras profundas de mis pensamientos igual que signos que explotaran e implotaran (cosa compleja ¿no?) en el espacio, en el abismo del espacio de la página vacía y mi mente, igual que la página (vacía y llena de ilusiones, fantasmas), donde se arman y desarman edificaciones de palabras (discursos). Entrechocando unos con otros en esa especie de explosión/implosión del lenguaje al procesarse y codificarse alguna información en mi mente oficiosa, ¿u ociosa?, la que fuera: miles, millones, millones de millones de signos cambiando su valor unos y otros. Muchos de estos forman/conforman parte de mi deseo por fijar ese impresionante ruido que no para de golpear las paredes de mi mente mientras me encuentro, enfrentado, con la página en blanco dentro de los márgenes en donde escribo. Al parecer, se trata de una leve psicosis. ¿De locura? ¿O de un trabajo de ficción? La decadencia allá afuera, en la calle, y aquí adentro por doble efecto de rebote de la realidad, en mi casa, me hace un eco por dentro. Lo siento así, el eco. No se trata del maricón argumento que se aplica intrincadamente en una queja sin antes tener conocimiento de causa, ni antes haber enfrentado nada de aquello por lo cual se queja. Este vacío, por ejemplo. Se trata de una enfermedad. Esta infinita pulsión de asco. O debería decir repulsión… Ante un abismo sin fondo visible, en el medio de un desierto de conciencias muertas y pendiendo de un hilo todo aquello que sostiene la vida, es bueno, recomendable, esperar a la muerte tranquilo, seguro de que va a llegar en cualquier momento… Me lanzo. Y todo es cuestión de esperar… El organismo empieza a desarrollarse a partir de mis dedos tecleando incansables y discretos (al menos lo intentan) lo poco que pueden reproducir. ¿Palabras sinceras? Eso habrá que ponerlo a prueba.

 Jesús Lanz


[1] Me gusta pensar que la vida es una ilusión, que las sensaciones, las palabras, los hechos, las experiencias son realidades encerradas en sí mismas todo el tiempo reproduciéndose unas junto a otras: creciendo y alimentándose, desarrollándose y envejeciéndose, y muriendo luego de haberse vuelto a reproducir o luego de simplemente haberse vuelto a dejar marcas en la patente del otro (el otro que es siempre cambiante igual que el tiempo), al menos simbólicamente, como las vidas anteriores, como las ya viejas generaciones de la que ahora solo una historia hicieron, en siguientes generaciones de perspectiva. Parados entre una herencia y una ilusión. Hasta involuntariamente lo hacen… ilusión porque todas se sostienen sobre su propio fin, las vidas. Imagínense pender de un hilo, como si el hilo fuera un camino y uno caminara sobre él y pendiera tu vida de ese recorrido, como pasa en la cuerda floja a severos metros de altura. Tu vida allí ya no importa absolutamente un carajo… Importa, es lo único que importa. Pero en ese caso importa más mantener el equilibrio, los pies sobre el camino. Y para el universo, aparte del puro camino que recorramos, equivalemos a nada. No importa cuáles tomemos. Si te conforta equivalemos, como mucho para el universo, a un punto en el espacio recorriendo cierta trayectoria. Sobre un solo hilo (figurativamente pender de nada), que en el abismo no se segmenta de un lado a otro lado, entre dos puntos, como un solo camino y dos posibilidades paradójicas de principio y final. Sino que en una elipse, en un sinfín, torcida la recta del segmento que es el recorrido por esa figuración extraña que produce la nada en el ojo, el hilo pareciera curvearse en movimiento mientras caminamos sobre él y se tuerce nuestro tiempo, la nada lo desarma furiosamente y lo pone a andar hacia adelante en el tiempo y hacia atrás y se quiebran los segundos, el tiempo entero, y hacia un lado y otro van simulándose múltiples caminos de uno solo a la vez. Ya va, ya va. ¿Una trayectoria, un viaje que no es ni significa nada porque su naturaleza es aparentar muchas trayectorias, viajes o caminos, simularlos, y no ser el solo camino insignificante que es…? Al final es nada ¿no? Al parecer camino solo un camino que no significa nada y la página en blanco es ese recorrido. Tan solo un hilo, una línea recta perfectamente curveada a la que no le estorba su conciencia, como un puro objeto no representativo, girando en un sinfín, en una elipsis, sin principio ni final, infinitamente creciendo y decreciendo. Recorriendo esas extrañezas, o esa extrañeza, ese hilo, va muerta la vida por ahí como un espectro deambulando sin propósito, simulándose propósitos con cada posibilidad de caída y cada caída a la que se somete caminando, errando. En el fondo, se trata de un juego divertido y macabro, pero decir eso es tan solo lenguaje… No pretendo que me entiendan si algo tiene todo esto, algún contenido… se trata de poesía la problemática. En el vacío universal que se determina de todo el fin de alguna o cualquier cosa, al que muchas veces se alude cuando al tratar de abstraer y concretar qué es, o fue, esa cosa, una vida por ejemplo, y hacerla lenguaje uno no sabe a qué atenerse ni qué decir y habla el silencio (cuando, allí, mentir pierde sentido, paradójicamente); en el magma de millones de realidades jugando a las compatibilidades y entrando en conflicto todas entre ellas para ver cuál se queda y cuál no, igual que sucede con los signos en el lenguaje (otro plano de vacío), allí, en ese vacío no hay nada, ni lenguaje. Y al parecer, también paradójicamente, a la vez allí habla otro lenguaje.

Cuento: En blanco

           El señor de los ojos panda (el señor cansado, el señor con bolsas bajo los ojos, el hombre que tiene ojeras o lo que es lo mismo, el señor de los ojos panda, como yo le he  puesto) ha vuelto a salir gritando de su casa, esta mañana, como si estuviese fuera de sí y se llamara a sí mismo desde un lugar muy lejano. Los vecinos ya no se quejan, es parte de la rutina de cada mañana, ellos nos advirtieron que es mejor dejarlo gritar, su llamado acompaña la caminata de la señora Fernández, sobrepasa el ruido de las tijeras del jardinero  y acompaña los dibujos animados de la pulga, mi Albertito.

        El señor de los ojos panda será sedado en cualquier momento como parte de la rutina, y nosotros por otro lado, no nos sorprenderemos cuando mañana salga temprano otra vez a llamarse. El señor de los ojos panda llegó hace un año, yo he querido hablarle desde entonces, él y sus gritos han puesto vida a este edificio, lo hacen más que un espacio sin color, él y sus gritos constantes han hecho que yo vea el día, que salga al balcón temprano para ver cómo se lo llevan a la fuerza, y cómo él pelea. Él es el cuento corto de la esperanza, yo sueño a través de él que me escapo, y que tengo que llamarme como si estuviera del otro lado del mundo. A veces siento que estoy del otro lado del mundo, aunque no sé muy bien cuál es este.

          Albertito dejó de llorar hace mucho, y espero que sea de contento, porque sólo mira día tras día el televisor. La señora Fernández a veces nos invita a caminar, nos llama, nos saluda, yo sé que quiere ser simpática y lo es, pero me entran unas ganas terribles de degollarla, aunque luego se me olvida, se me olvida tanto como los días que el jardinero viene a cortar las flores, mis favoritas, porque ya están muertas, porque todo se muere, y me asusto cuando oigo las tijeras, aunque esté un piso más arriba, aunque toquen a mi puerta para avisarme. El señor de ojos panda se cruzó  conmigo en el pasillo, venía callado y fue difícil verlo, tenía la boca cerrada y al pasar junto a mí ha sonreído, luego siguió de largo y yo creo que ha sido el instante más hermoso desde que llegué hace tres años, la única sonrisa verdadera en estas paredes. No he dejado de pensar en eso y ahora no me puedo dormir, y espero enloquecida sus gritos que me llevan al otro lado del mundo. Le conté a Albertito, pero él dice aburrido sin mirarme que estoy loca, que todos lo estamos, y que el señor al que yo le he puesto ojos de panda es el más desquiciado, yo sé que exagera, que  no es más que un niño.

      Alguien me ha sacudido esta mañana, me ha quitado la cobija, y ha dicho que debo pararme de la cama, no sé quién es y ella se nombra mi amiga sonriendo, busco a Albertito con la mirada, en su sillón hay un muñeco y la televisión está apagada, antes de poder asustarme por la mujer que sigue hablándome, recuerdo al señor de los ojos panda y corro al balcón. Esta es su hora, lo sé porque allí anda la ridícula señora Fernández caminando, porque el jardinero corta las flores que le faltaron ayer, pero no oigo los gritos, en cambio, veo al señor de ojos panda, sentado en un banco y entonces, noto un vasto silencio blanco como un oso difunto, y grito llamando a la que fui hace tres años, pidiéndole que no degüelle a la niñera, ella no tuvo la culpa de que Albertito se ahogara.

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