Sobre ‘La trama nupcial’ y la deshumanización del texto literario

Ponencia leída en la XI Jornada de Jóvenes Críticos

La trama nupcial, la última novela de Jeffrey Eugenides,está ambientada en la década de los ochenta, época de cambios, de revoluciones (en el plano intelectual), de cambios de perspectiva, el momento del surgimiento de la moda hipster y, con ella, de los (mal) llamados «intensos». Los planteamientos de críticos, semiólogos y filósofos como Roland Barthes, Jacques Derrida o Maurice Blanchot van calando cada vez más entre los estudiantes de literatura (y también de los de otras áreas) y los nuevos lectores. Los libros comienzan a ser vistos como «textos» más que como obras literarias u obras de arte, la categoría de autor como «creador» va dejándose de lado para darle mayor importancia al lector y las infinitas posibilidades que este puede hallar en esos textos. Libros como De la gramatología pasan de mano en mano, ganándole seguidores y hasta idólatras a su autor. En fin, todo va tomando nuevos giros, nuevas miradas sobre la literatura se van canonizando y se dejan atrás muchas de las categorías que antes se asumían como naturales, difíciles (creían algunos) de desacralizar.

Pero la protagonista de la novela es Madeleine Hanna, una chica, diríamos hoy, desfasada, ingenua, puede incluso que un tanto imbécil, al menos en cuestiones literarias. Entre sus autores predilectos figuran Henry James, Jane Austen, Edith Wharton, George Eliot, las hermanas Brönte, escritores cuyas historias ya no interesan a nadie. Madeleine es una de esas lectoras que se identifica con las desdichadas protagonistas de estas novelas: sueña, sufre, llora, ríe, se enamora, se desilusiona con y como ellas. Para ella la palabra literatura equivale a decir Época victoriana inglesa. Nada sabe, ni le interesa saber, de tipos más en la honda como Peter Handke, Umberto Eco, Jonathan Culler, Thomas Pynchon, Ferdinand de Saussure y otros escritores, críticos y lingüistas tan dementes como ellos, de esos que se dedican a desplegar sus «intensidades» en las páginas para confundir al ingenuo lector, porque los libros de esos autores se definen más por su oscuridad que por su claridad.

Pero si ahora todos leen esas cosas y lo demás va quedando paulatinamente atrás, ¿cómo hacer para encajar, para formar parte de algo y no quedar relegada a esa categoría, aparentemente detestada por la nueva crítica y lectores especializados, que es la de «romántica»? Porque quien lea lo que Madeleine lee y como ella lo lee, es un romántico. Si esa palabra va cargándose cada vez más de un sentido peyorativo y hasta humillante para quien se dedica a leer literatura, ¿es necesario distanciarse de los libros (las tramas, los personajes, las desilusiones amorosas) y no vivirlos, sentirlos como, al parecer, estaba permitido hacer en el pasado? Si ahora, según dicen, la ficción no es más que discurso, lenguaje, símbolo, ¿vale la pena seguir leyendo libros e inmiscuirse en las vidas ficticias creadas en las novelas?

Pues Madeleine cree (asegura) que sí. Y no sólo se dedica a leerlos, sino que los vive, busca intencionadamente (nunca de manera ingenua) que la ficción se convierta en realidad, que las barreras entre una y otra se disuelvan, quiere (necesita) que la palabra escrita cobre vida, desea fervientemente transformarse en heroína de una novela de Jane Austen o de Henry James. Porque detesta el mundo en el que le toca desenvolverse, las nuevas doctrinas filosóficas y literarias no tienen cabida en su universo propio. Se empeña en rechazar las absurdas propuestas de Derrida y compañía, todo eso le parece pura palabrería, y no es para menos, si tenemos en cuenta que eso entra en conflicto con la idea que ella se ha ido formando de la literatura. Por eso el narrador llega a decir en algún momento que

seguía sintiendo debilidad por aquella entidad cada día más eclipsada: el escritor. Madeleine tenía el presentimiento de que la mayoría de los teóricos de la semiótica no habían tenido muchos amigos de niños; de que con frecuencia se les había hecho poco caso o habían sido víctimas de matones, de forma que habían dirigido su rabia aún viva contra la literatura. Querían degradar al autor. Querían que un libro—esa cosa obtenida con tanto esfuerzo, tan trascendente— fuera un texto, algo contingente, indeterminado y abierto a las sugerencias. Querían que el lector fuera lo más importante. Porque ellos eran lectores. (Eugenides, 2011: 64-65).

¿Y cuál es la forma que encuentra Madeleine para rendirle homenaje al escritor, esa misteriosa figura que tanto le fascina? ¿Cuál es la mejor manera de rendirle homenaje, en fin, a la literatura? Sencillo: recurriendo al amor. Lo cual resulta bastante lógico. La trama nupcial, al menos como se entiende en el libro de Eugenides, es el eje central de la novela romántica, el motivo que dirige a todos los personajes (femeninos, sobre todo) y la razón por la que escriben los autores del XIX. El amor es lo que proporciona unidad a las narraciones y este amor tiene (debe tener) su concreción en el matrimonio. Por eso la novela, en su forma más clásica, muere cuando perece también la trama nupcial, cuando el matrimonio deja de servir como punto de unión de todas las partes y el amor ya no es motor de las narraciones, la búsqueda primera de los personajes. Por eso lo novelesco pierde credibilidad, comienza a ganar mayor sentido el discurso, y, por tanto, es necesario empezar a preguntarse (a replantearse) qué es lo que constituye lo literario, qué contiene ese lenguaje que lo hace diferente a los demás discursos. Cuestiones que eran impensables para aquellos escritores con los que Madeleine se siente cómoda. Esa es la razón de que surja la necesidad del amor. Madeleine se propone encarnar a una heroína de esas novelas. Decide hilvanar su propia trama nupcial. El amor, entendido en su forma más clásica, se convierte en su centro, en su única salvación. Y es ahí donde reside la rebeldía de este personaje, ese carácter subversivo que tiene dentro de la misma novela. Recuperar la tradición y ampararse en ella tiene aquí un resabio de negación, de oposición y de altanería ante la propuesta contemporánea, eso que se presenta como nuevo, inédito.

            Así pues, en cierto punto de la novela, Madeleine se enamora perdidamente de un popular, inteligente y atractivo chico, con intereses parecidos a los de ella. Por esa época, por cuestiones de la universidad, estaba leyendo un libro: Fragmentos de un discurso amoroso,de Roland Barthes. Lo raro es que la lectura de ese libro no cambia para nada la idea que ella tiene del amor: más bien la reafirma, la patentiza. Aunque entiende que Barthes le está diciendo que el amor no es más que discurso, Madeleine no puede dejar de notar que todo lo que siente por Leonard es lo mismo que el semiólogo francés describe en el libro. Ella no lee Fragmentos de un discurso amoroso como lo haría un crítico literario, con la distancia necesaria para que deje de ser «libro» y se convierta en «texto», sino que se deja seducir por la forma en que el libro está compuesto: como el delirante diario de un loco enamorado.

            La novela de Jeffrey Eugenides vuelve sobre los temas más clásicos, sobre los temas que siempre se repiten, pero que se niegan a morir: el amor, la juventud, el matrimonio, pero sobre todo la literatura y el acto de leer literatura. Todos los personajes que pueblan La trama nupcial están constantemente leyendo libros, y cada uno de estos libros les crea conflictos, les cambia la vida. Todos están conscientes de que los libros están cargados de ficción, y sin embargo insisten en apoderarse de esas ficciones y hacerlas suyas, partes de sí, porque quieren que sus vidas den vuelcos, que la realidad se desmorone y se reconstruya de manera distinta.

            Los de La trama nupcial son personajes que miran el mundo literariamente y pretenden vivir sus vidas también de manera literaria. Saben que las novelas están compuestas de forma artificiosa, que las acciones están dispuestas de una manera concreta porque es necesario que exista una tensión dramática que articule y sobre la que se sustente el texto. Y sin embargo, buscan deliberadamente que sus vidas se parezcan a esos universos ficticios e imposibles, que cada situación de sus existencias tenga una significación esencial para la construcción del relato de cada uno, como si en la realidad los eventos se sucedieran con fines dramáticos o novelescos. Estos son, en fin, personajes que creen sinceramente que la literatura es un espacio de «creación», una generadora de sueños. Están plenamente conscientes de que la literatura es construcción discursiva, uso artificioso del lenguaje, pero optan, de forma premeditada, por acercarse a los libros como insulsos lectores, con el fin de poner en evidencia que también la teoría francesa —llámese estructuralismo, deconstruccionismo u otro de esos ismos— no es sino un discurso más, por muy brillante (o no) que este sea. El drama verdadero, lo absolutamente novelesco de sus vidas reside en el nudo de esta empresa romántica que tan decididamente se han empeñado a acometer.

            Eugenides nos recuerda, como lo hace el estructuralismo y la semiótica, que los libros son el producto de otros libros, que las historias son siempre las mismas, que las tramas varían muy poco. Los lectores ya conocen de antemano el principio, el nudo y el final de esas historias, y sin embargo siguen leyéndolas, deleitándose e identificándose con ellas. La trama nupcial es el producto de todas las tramas nupciales que conocemos, y desde el título eso queda claro. Es una novela que combate la noción de que no importa de qué trata el libro y que lo único importante es el procedimiento que el autor utilizó para construir el texto. En La trama nupcial lo que más interesa es lo que se cuenta. La estructura, el procedimiento, ya lo conocemos, y el mismo título lo anuncia: es un libro escrito a la manera de la novela victoriana. La construcción de los personajes, los escenarios en que se desenvuelven, la disposición de las acciones, el tipo de narrador, los diálogos, todo apunta a la novela inglesa de mediados y finales del siglo XIX. Y sin embargo el texto es absolutamente contemporáneo, porque el autor traduce los códigos que sirvieron para dar cuenta de la realidad de un momento específico y los convierte en algo nuevo, los reordena y hace con ellos algo distinto. Se retoma la trama amorosa, con los pretendientes, los amoríos, las continuas rupturas y reconciliaciones, las propuestas matrimoniales; pero todo se pone al servicio de la reconstrucción literaria y de la crítica. La novela de Eugenides echa una nueva mirada sobre los clásicos, porque los clásicos no están sólo para ser contemplados, también deben ser criticados, reelaborados, reescritos. En un contexto como el nuestro en el que la ruptura parece haberse vuelto condición obligatoria de gran parte de los escritores contemporáneos, el narrador norteamericano apuesta por la tradición, y eso, paradójicamente, se vuelve aquí también ruptural, ruptura de la ruptura, podríamos decir.

Un lector contemporáneo —y me incluyo entre ellos—, al acercarse al texto, puede sentir la tentación de leer como lo haría un romántico, de querer y de creer que esas ficciones son reales. Aunque también puede que no. Este último, me aventuro, se pierde lo mejor.

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