Poesía: #ModeOn

Néstor PerlongherLa relación sujeto-objeto se altera cuando la mente se posiciona en modo poético. Tanto el que escribe como el que lee ve cómo la distorsión de los símbolos, en tanto representación del mundo, configuran un nuevo “teatro de operaciones” en el que el sujeto y el objeto adquieren papeles y dimensiones distintos a los de la realidad. Acaso sea esa una de las principales razones por las que la producción y lectura de la poesía es tan elusiva y escasa en la actualidad, la distinción entre presentación y representación se encuentran en el centro de la creación poética.

En la Edad Media, la pintura, mayormente religiosa, era profundamente alegórica presentaba ideas, de modo que lo abstracto adquiría corporeidad a través de los íconos de las figuras místicas. Con el Renacimiento se reintroduce el arte de la representación, es decir, el ansia de mimetizar el mundo que nos rodea, las ideas abstractas pasan a un segundo plano en la creación. De manera análoga, la distinción entre presentación y re-presentación se encuentra viva hoy más que nunca en la poesía contemporánea, el sujeto poético se ve desprovisto de su “subjetividad”, una suerte de despersonalización que busca desajustar la configuración de theatrum mundis que toda comunicación establece.

En tal sentido, Nestor Perlongher propuso el concepto de poesía neobarrosa, idea que mezcla la noción de lo barroco y el barro de su Buenos Aires natal. Según explica Eduardo Milán, “el poema neobarroso desconfía del orden poético a partir de la desconfianza en un orden mayor, el del mundo” (2010:62). La mimetización del orden universal, que había sido el sujeto de la representación poética hasta el siglo pasado, pasa a ser la manifestación de una gran duda, el yo que habla en la poesía pierde su carácter deíctico y de configurador imaginativo; en su lugar se transforma en el deconstructor y difuminador de las líneas limítrofes del orden del mundo. Así, por ejemplo en su poema Cadáveres (1987) Prolongher construye un yo poético desprovisto de subjetividad, entendida como autoafirmación. La configuración de un mundo en el que predominan los cadáveres permite al sujeto embarrar el orden universal:

Empero, en la lingüita de ese zapato que se lía disimuladamente, al

 espejuelo, en la

correíta de esa hebilla que se corre, sin querer, en el techo, patas

arriba de ese monedero que se deshincha, como un buhón, y, sin

embargo, en esa c… que, cómo se escribía? c. .. de qué?, mas, Con

 Todo

Sobretodo

Hay Cadáveres

Al tiempo que construye un mundo plagado de cadáveres deconstruye la relación del sujeto con el objeto. El orden al que se ve sometido el mundo se borra, se embarra, porque no sólo la lengua es limitada sino que el mundo también lo es. En el corazón de la relación sujeto/objeto se encuentra el problema de la enunciación poética, ¿qué quiere decir yo y qué quiere decir mundo dentro de la enunciación? La episteme poética es la que permite aceptar una nueva configuración del imaginario poético, acaso ya no sea la presentación de símbolos para representar la realidad, sino la representación de una realidad como símbolo de un caos inefable.

Con todo, el modo poético con el que se acepta la creación lírica está fundamentado en el entendido de que el theatrum munids del poema es un mundo ordenado, aún si ese orden está signado por el caos, como en el caso de Perlongher. Nosotros, como receptores del mensaje poético aceptamos sin pestañeo la configuración de un mundo calavérico, incompleto y fragmentado, y no la entendemos como representación de nuestra realidad, sino como la presentación del símbolo de la desconfianza absoluta en el mundo y su enunciación.

Cuando leemos poesía nuestra cosmovisión, nuestra epistemología y nuestra mente entran en modo poético, y por tanto, dejamos de cuestionar el orden del teatro de operaciones en el que se transforma la lírica. La poesía moderna presenta símbolos que embarran la relación sujeto/objeto y la enunciación poética introduce al lector a un nueva manera de pensar: poesía #modeOn.

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