Cuento: Periquera

Publicado en el sexto número de Cantera

La red de autopistas de Caracas es una raya de coca de sesenta kilómetros de largo. Desde la Planicie hasta Tazón, de Petare a Caricuao.

Tercera, cuarta, tercera. Acelera, recorta, acelera.

Tanque de gasolina lleno. 30 litros. Bolsa repleta. 3 gramos.

Lo que me pasa a mí es que soy muy autodestructiva.

A través del parabrisas el mundo parece una película. 24 cuadros por segundo a cien kilómetros por hora. Hileras de edificios aparecen y desaparecen. La Urbina. Estoy jaladísima. A ver dónde me paro.

Cuando estoy drogada los semáforos se ponen verdes para mí.

Un pase. Otro pase. Otro pase.

Antímano, Carapita, Gramovén. Nombres que conozco pero no son yo. Mundos ajenos.

Ese deseo intenso de sentir la nota, ese cosquilleo en la nariz, ese impulso en la barriga. Quieres controlarlo pero no puedes. Te domina.

Mi mamá dice que tengo que cuidar mi apariencia. Me lleva los domingos al gimnasio. Yo estoy enratonada pero ella no se da cuenta. Hija, pero si tienes estrías en los muslos. Recuerda vestir bien, oler bien, sonreír bien, sentarte bien, hablar bajito, decir por favor y gracias, ser dulce con los ricos y amarga con los pobres.

Quizá si no fuera tan autodestructiva no tendría que andar arrastrándome, pidiéndole al más idiota que me quiera.

No sé qué hacer con mi vida.

Carlos, Pablo. Cada uno más imbécil que el anterior.

No olvides que debes estar lo más buena posible. Media hora para alisarte el cabello, media hora para depilarte, difícil la simetría en la cresta púbica. Todas las noches cremas de albaricoque para mantener la piel tersa y apetecible. Me acuerdo de que a los doce años empecé a comer mucha clara de huevo. Según mi mamá la que tiene las tetas pequeñas tiene poco futuro.

Lo bueno de la cocaína es que te mantiene flaca.

Dos hombres, dos abortos.

Al principio siempre raspa. Te dan ganas de estornudar, papel de lija escalando las fosas nasales.

En las fiestas competencia de escotes. Las mujeres dando vueltas y saltos o bailando, riéndonos a todo pulmón. A ver quién es la que grita más fuerte, cuál de nosotras llama más la atención. Rímel y licra. Desde su rincón los hombres beben y hablan mientras nos miran los culos.

Pero ya después no hay sensación. Entraste en la burbuja, te sientes en calma.

No dejo el perico. Por ahora, no lo dejo.

Todo el mundo grita y las bolsas pasan de mano en mano. Hoy somos el mejor amigo del que tiene más. Mandíbulas desencajadas, ojos saltones. Una espesa nube de marihuana queda suspendida sobre la sala. Nadie abre las ventanas. Esa voz que escuchas es la de Tom Zé.

Carlos decía que no sabía si era adicto porque era músico o si era músico porque era adicto.

Muchas de nuestras rumbas más voladas las hacíamos en la casa de playa de los papás de Maximiliano. Nuestro alto pana para todo lo que se terciara. En casa de Maxi cualquier cosa era posible. Todos lo adorábamos pero era imposible seguirle el ritmo. Era el más drogadicto del grupo. El más yonki.

La historia de mi primer aborto es la siguiente. A Carlos y a mí nos gustaba tirar en el asiento de atrás de su carro, en el estacionamiento de su edificio. Borrachos y jalados. Bájate las pantaletas.

Cuando el vigilante tocó el cristal con la linterna, no nos dio tiempo de vestirnos. Yo salí del carro con las tetas al aire. Carlos le dijo qué te pasa. El vigilante le pegó con la linterna en la frente. Carlos empezó a sangrar. Yo pegué un alarido que se escuchó en todo el edificio. El vigilante salió corriendo. Carlos le gritó te voy denunciar, mamahuevo.

Carlos, el roquero maldito.

Esta noche estamos tranquilos porque sabemos que de un momento a otro vamos a empezar a drogarnos y la fiesta se va animar. Esto seguro se acaba en una arepera, llenos de arepa nihilista y batido de parchita. Sólo esperamos a que a alguno se le ocurra la genial idea, invite a los demás, nos convenza de lo que ya tenemos aceptado. Al tercer ron todos queremos jalarnos. El más ansioso llama al jíbaro. Los Ruices. Una comitiva sale en la busca. Recopilamos billetes, esperamos. 3 rones más. Conforme sube el volumen de la música y el nivel de alcohol en el organismo, las conversaciones se vuelven incoherentes. El jíbaro hace un gesto Scarface cuando nos pasa la merca. Adiós.

Maxi pasó por el alcohol, los porros, el perico, los ácidos, los hongos, las anfetas, las benzodiazepinas, el jarabe, los antipsicóticos, los antidepresivos, las pepas, la piedra, la morfina en pastillas, la heroína fumada. Se hacía panita de los jíbaros. Subía a los barrios, entraba en los ranchos de los malandros, jugaban Fifa en el Playstation.

Fumaba piedra con los mendigos de las bombas. A veces esnifaba 95 sin plomo de los tanques de gasolina. Olía pegamento, thinner, pintura. Luego llegaba a casa de sus papás. Se tomaba una caja entera de Rivotril para bajar el acelerón y se quedaba dormido tres o cuatro días seguidos.

Me gusto más con el corte escalonado largo y la pollina hacia la derecha.

Carlos llevaba 9 discos editados. Empezó a los 18 y no ha parado de producir desde el estudio de su casa, sacando un álbum al año. Todos caseros, con ese sonido tan crudo y verdadero del lo-fi. No le interesaba pertenecer al mainstream. Lo que importa es la expresión artística, decía. Quería que su música fuera apreciada por un público selecto de iniciados. Ofrecía los discos gratis en su página web, acompañados de las letras y todo.

Si te da congestión nasal jálate un poquito vaporú.

Al principio Carlos era la cosita más tierna e ingenua que había conocido en mi vida. Tan sensible, tan culto, tan tímido. Había personas que opinaban que era medio retrasado mental. Lo que no sabían era que en la adolescencia sufrió de Asperger y la mamá lo mantuvo aislado de la gente. Vivía encerrado en sí mismo. Por eso tocaba tan bien guitarra y piano y componía y escribía sus propias letras. El Cheky lo admiraba demasiado. El Roro lloraba cada vez que escuchaba sus maquetas. Tomás, el pana-mánager-productor-baterista-percusionista le conseguía toques en pequeños locales de la ciudad y de Maracaibo y de Barquisimeto y de Valencia.

Inoportuno el escritor cita a Lyotard y el artista plástico le responde ya te estás poniendo teórico otra vez. La vida hay que vivirla, pana. Tómate otro trago. De qué sirve pensar en modernidades y posmodernismos. Una canción tras otra va sonando. Increíble el bajo en Mistress Flouxetine y uff, alucinante cómo entra la guitarra en Lonsome streets of Preveral.

Un pase. Otro. Otro. Acelera.

Yo tranquila leyendo Auroras de otoño cuando Carlos se acerca y me recita ocurre solamente que el movimiento y el calor son como el calor y el movimiento de una mujer. Levanto los ojos del libro, enamorada ya, y allí está a él. Alto, delgado, barbudo, con su chaqueta bluyín, sus Ray Ban y su disociada abundancia de ser. Verso a primera vista.

Mis papás se sienten importantes pero no son nadie. Los pobres. Hace siglos participaron en la carrera electoral de un tal Alvarez Paz, un maracucho panzón sin carisma que acabó perdiendo estrepitosamente contra el falangista Rafael Caldera. Pa’ lante, era su eslogan de campaña. Qué frase tan estúpida.

Con Carlos aprendí a dejarme llevar, a no enrollarme, a vivir la vida flow y guguancó. La primera noche nos pegamos una tremenda rumba de cerveza y tequila y porros y acabamos follando en el suelo de su cuarto. Enredándonos con los cables, tumbando las guitarras. Presionábamos sin querer los pedales, componiendo loops distintos con cada polvo. Desde entonces fui roquera con él, me empapé de su carisma y su discurso.

La cocaína es la amiga que más nos quiere en el mundo. No exige nada, lo da todo. Cuando me jalo, los demás desean estar conmigo, nuestra conexión es la más profunda. Hermanos todos, noches y noches reflexionando sobre el amor eterno que nos rodea, sobre cómo el arte salvará la humanidad. Proyectos creativos acelerados en los que el cineasta pacta un guión con el escritor, el diseñador se compromete a trabajar los decorados, y el músico promete que se ocupará de la banda sonora. El día puede ser duro, podemos haber sido humillados por los jefes, raspados por los profesores, insultados por nuestros padres. El país puede estar yéndose a la mierda, pero no importa. Tres rayas y todo bien.

El mejor rock es el clásico, si no es old school no es nada. Vacílate la dinámica en Harvest, de Neil Young.

Y al día siguiente la esponja en la cabeza. Sudor, náuseas y por qué no te bañas. Culpa y odio. Una cervecita para activarse. A cuadrar la próxima rumba.

Siempre me mostraba en la Telecaster las melodías que se le iban ocurriendo. Yo toda pendeja mirándolo tocar.

Pero cómo no amar su melena negra, cómo no amar su amor por la vida, el vino, la buena vibra por encima de todo. Cómo no amar su corazón infantil, sus pataleos de niño malcriado, su amor por los sonetos de Quevedo y Gutiérrez de Cetina. Yo lo acompañaba a cada ensayo con el Roro y el Cheky. El toque es este viernes y a nadie le cuadró la agenda hasta hoy.

Nada como bajar a la playa a tomarse unas birritas, comer pescado frito, escuchar The Abyssinians, tragarse unas piolas y caerse a porros a la luz de la luna.

Con este biquini se me nota demasiado la celulitis.

No es que no me guste el sexo. El sexo es el medio, nunca el fin. Helena fue la que me besó primero. Después vino la lengua y nos gustó la cosa. Seguimos besándonos, empezamos a tocarnos y cómo me excitaba la idea de todos ellos mirándonos perplejos.

Hubo un tiempo en que lloraba mucho.

Mi papá dice que me interno o me centro, me paso 6 meses en rehabilitación o me caso, me suicido o me busco un hombre decente y trabajador. La elección es tuya: la muerte o la edad adulta. Mi papá no se mete mucho en mi vida porque se pasa el día intentando componer los asuntos del país. Hacia dónde vamos, dice. Tienes que votar en las próximas elecciones, dice. Tienes que ir a la marcha.

Antes muerta que internada. Asistir cada día a reuniones pavosas donde se habla de cómo mi gato se murió y lo triste que me puse. Grupos de apoyo para leer y reflexionar sobre las profundísimas enseñanzas del Solo por hoy. Cerramos los ojos para meditar y yo pensando qué carajos querrán decir con Poder Superior. Si sigues las reglas, te damos puntos por buen comportamieto. Si llegas a 100, igual te dejamos salir al patio a hablar con los pajaritos. Lo llamamos plan motivacional.

Cuando las gotas comienzan a bajarte por detrás de las fosas nasales. Nosotros los pitiyanquis le decimos dripping.

Al ver la alcabala policial, sabes que te van a hacer bajar del carro y lo hacen. Ciudadano, muéstreme la licencia. Todos parados a un lado de la carretera, mirando el pavimento, bajo una valla enorme en que aparece la simpar Mujercerveza. Estamos temblorosos porque el carro es del papá de Francisco, si lo llaman vamos a caer todos. Un niño que pasa en una camioneta se caga de risa al vernos. Uno de los policías se me queda mirando, me doy cuenta de que con esta franela se me traspasan burda los pezones. Me tapo con las manos, el policía sonríe. Cuando los pacos encuentran la ganja y las bolsas y los frascos de jarabe, sabes que te van a matraquear y lo hacen. Les damos el dinero y los celulares y las cámaras. Prosigan, ciudadanos.

Carlos fumaba piedra a veces. El crack es para los iluminados, decía.

Si llueve esta noche vamos a tener que desmontar las hamacas y compartir la carpa. Nos va a tocar dormir abrazados o no dormir y besarnos y manosearnos y chuparnos hasta que sol aparezca.

Avenida Boyacá, de este a oeste.

Mi poemario se iba a llamar A pesar de tu santa cólera. Me parecía que el título era lo suficientemente atractivo. Representaba con claridad mi intención de una poesía conversacional, reflexión sobre la agresividad de la cultura urbana contemporánea. Claro, esto es lo que iba a responder en la entrevista. Me imaginaba en la sección de cultura de algún periódico, citando mis influencias, mis intereses, mis intenciones. Una foto mía con el pelo suelto y los lentes negros de montura gruesa. 5 años trabajando 15 poemas, agregando, corrigiendo, incorporando oscuras referencias literarias, alusiones a la era digital mezcladas con misticismo solipsista pero sin tono mesiánico. Hasta que el perico me dejó muda. Es raro porque con perico hablo mucho.

La que mucho abarca poco aprieta.

No sabría decir con exactitud cuándo las cosas empezaron a ponerse raras entre Carlos y yo.

Crece en las húmedas tierras de Bolivia, si tienes suerte. Atraviesa artesanales procesos de producción. La siembra, la recolección, el kerosén, los pies de algún mugriento niño campesino, la pasta, la piedra, los alijos, la travesía nocturna, la montaña, la selva, la carretera, la frontera, la ciudad, el barrio, el corte, el talco, el bicarbonato, las bolsitas y de ahí a las manos del jíbaro que espera tu llamada para llevártela a tu casa y por tu nariz hasta la cabeza. El proceso es limpio y preciso. Tú no lo ves pero sabes cómo funciona. El hecho de que no lo veas lo hace incluso más interesante. Como el petróleo que sale de la tierra y se transforma en gasolina y alimenta mi carro y me acelera esta noche que voy jaladísima a 160 por la autopista. Ese espasmo helado que te sube por la espalda.

Francisco me llama para contarme que está preocupado por Maxi. Resulta que ahora se esnifa un gramo de perico, al mismo tiempo que se toma dos botellas de jarabe, al mismo tiempo que se traga dos piolas de speed. Francisco dice que no entiende nada. Yo le respondo la cosa es muy sencilla, Fran, tenemos un amigo que se quiere suicidar. Maxi está muerto desde hace rato. Es doloroso, baby, pero es así.

Nunca te entregues del todo.

Llego a la casa. Me quedo un buen rato en el estacionamiento, apago el motor, reclino el asiento, cierro los ojos. Espero a que mis papás se acuesten. Cuando vuelvo al mundo y veo la luz que se apaga, entro en la casa en silencio, la bolsa en el sostén, me voy directo al cuarto. Cierro con seguro, apago el celular, me pongo los audífonos. Rayas encima de la carátula de Hunky Dory. De repente Bowie se sale de la foto, hace un tirabuzón exótico soltando escarcha de colores. Se sienta en la esquina de la cama, conversa conmigo. Me llama su Reina Puta. Me advierte de que tenga cuidado, mis papás están seguro con el oído pegado en la puerta del cuarto. Discutimos largamente sobre si hay o no vida en Marte.

Ya no dejo que transcurra mucho tiempo entre raya y raya.

Carlos se me perdía, yo lo llamaba como loca, nunca me atendía el celular. Una vez apareció tres días después. Demacrado, ojeroso. Me contó que se había comido unos ácidos con Maxi en la playa de Chuao. Que Maxi y él lo habían visto todo. Que la conexión entre ellos fue increíble. Que fueron capaces de comunicarse sin hablar, gracias al enorme poder de los porros y las pepas y los Hoffman que se moncharon cada uno. Que sólo se oían las olas del mar y el viento entre las palmeras cuando, de repente, sin aviso, se intuyeron telepáticamente en pleno rumor playero. Que, tras este momento único, se volvieron el uno hacia el otro en la arena. Que escucharon claramente el llamado primal que venía de lo más profundo de sus conciencias. Se levantaron, corrieron por la marisma, se juntaron en un largo abrazo. Acabaron follando allí mismo, en la orilla de la playa, rompiendo con ese acto de lúcida fornicación todos los malditos prejuicios de género que les habían impuesto la sociedad, la cultura, sus padres, el colegio de curas, los entrenadores de fútbol, la canción Un hombre busca una mujer, de Luis Miguel, y cada una de las telenovelas de las nueve de la noche en que Arturo Peniche agarraba a Thalía fuertemente por los hombros, diciéndole no olvides que tú eres mía, Marimar. Carlos me confesó que había sido el mejor sexo de su vida. Que había recibido. Que había dado. Que se había pringado el estómago con el semen de Maxi. Que él había llenado con el suyo el culo de Maxi. Acabaron bañándose en el mar. El primer rayo del amanecer calentando sus cuerpos desnudos.

En nuestro grupo todos follamos con todos.

Hacia dónde vamos, dice mi papá. Por qué el Señor se ha olvidado de nosotros. Mi papá es medio fascista.

El perico te acelera pero te hace más lenta.

Empecé con la fotografía en la Escuela, un ejercicio para una clase. Ahora quiero ser fotógrafa. Se lo conté a mi papá y me regaló la Canon 6D, con los objetivos y el software más caro. Yo prefiero el Zeiss 50 mm porque desenfoca un montón el fondo, hoy están muy de moda los primeros planos con contexto ambiguo. Después vino la reflex Leica del 76, que pegaba tan bien con mi chaqueta vintage morada. Mi mejor foto es una de Carlos sacándole feedback al amplificador, mientras el Roro toca el ukelele al borde de la tarima. Llevo ya varias series, un par de exposiciones en restaurantes. Pero no sé si esto es lo que quiero. Soy fotógrafa con herramientas pero sin inspiración. Tengo los medios, no la energía. Como cuando quise ser poeta, actriz, diseñadora de modas. Gracias de todas maneras, papá.

No sé qué hacer con mi vida.

Al menos no soy como Ana, que desmenuzaba lo poco que se iba a llevar a la boca y contaba las calorías y los carbohidratos compulsivamente. Todos en el colegio la vimos crecer para quedarse niña, desarrollarse para involucionar. Su papá se fue a vivir con una secretaria veinteañera, su mamá se ahogó en un mar de ginebra y Lexotanil. Pobrecita, al final no era más que un saco de huesos, un esqueleto con forro transparente que escondía los vómitos en bolsas dentro del clóset. La última vez que la vi me dijo que quería hablar conmigo, que era importante. Me dio fastidio en ese momento calarme el melodrama. Al día siguiente estaba muerta.

Lo bueno de la cocaína es que te mantiene flaca.

Porque solo yo conozco las pequeñas historias detrás de las canciones de Carlos. Idilio sifrino y Otoño en Altamira. Sabrosas anécdotas sobre borracheras de sangría y anís y el piano que estaba a mano y la melodía que después fue tema que después fue disco.

Carlos amaba la poesía. Largas noches abrazados en la cama, debajo del ventilador de mi cuarto, rodeados de mis libros, buscando en ellos esas revelaciones siempre próximas que nunca llegan a producirse. La poesía es el arte del casi. Igual que el perico.

Un pase. Otro pase. Cinco horas comiendo techo.

Cuando fuimos a la clínica yo no paraba de llorar. Carlos tenía cara de fastidiado. En algún momento medio me acarició la mano. No quiso entrar.

El aborto es el “y vivieron felices para siempre” de las relaciones de usar y botar.

En la autopista de madrugada. Ciudad no es ciudad. Tiempo no es tiempo. Los carros se pasan unos a otros. Cambio de luces. Vivir lo más rápido posible.


Soy lo que está lejos de mí. El adicto es la droga de su droga.

Echados en la arena, la nota del ácido todavía removiéndoles el cerebro, Maxi y Carlos comprendieron que vaya mierda de mundo el que habíamos heredado. Que todo era culpa de Platón. Que lo mejor hubiera sido hacerle caso a Diógenes de Sínope desde el principio. Maxi estaba obsesionado con Diógenes el cínico, ese jipi de la Antigüedad que se burlaba de la sociedad ateniense desde su tonel.

Carlos y yo íbamos a controlar a Pinto Salinas. Todos conocíamos a Grecia, la del volkswagen escarabajo y los ciento cincuenta quilos (físicos y cocaínicos).

I’m torn between the Light and Dark, while others see their targets divine symmetry. Drogarse es jugar a no estar viva. Entre dosis y dosis, entre rumba y rumba, el tiempo va pasando y de repente son años y no recuerdas ni la mitad de lo que viviste en ellos. En los pocos momentos de lucidez es que te preguntas qué carajos te estás haciendo. Qué fue de ti, de la vieja tú. No me soporto cuando soy consciente de mí misma, necesito matarme cada vez más poco a poco. Necesito matar el tiempo. Necesito no vivirme viviéndome.

Carlos, mi roquero purista, mi poeta maldito, mi James Douglas Morrison caribeño, el amante de la musicalidad popular en los poemas de Ramón Palomares, ese ejemplo barbudo y grunge de flow puro y buena vibra por encima de todo, con esos solos tan casi Zappa brotando humeantes de su Telecaster, se convirtió de repente en otra persona, una especie de profeta, un Zaratustra trasnochado, alguien que, aunque me esforzaba que jode, era incapaz de reconocer. Cada uno de sus discursos era más demente que el anterior. Tenías que escucharlo, se te imponía en cualquier conversación, no te dejaba hablar. Una tarde en que quedamos en un café de Los Naranjos, le conté que por fin iba a recitar mis poemas en la Escuela. Le pedí que fuera a verme. Me respondió que él no asistía a eventos artísticos falsos, menos en esas universidades privadas en las que si logras estudiar es porque tu papi tiene plata. El arte, me dijo, debe ser espontáneo, telúrico, libre de conceptualizaciones éticas y estéticas, libre de esa palabrería hueca de académicos y críticos de literatura. Qué voy a hacer yo en esa universidad, cuyo centro cultural más importante es una feria de comida donde burguesitos en ciernes hablan de sus carros y sus jevas mientras se empapuzan sánduches de Subway o hamburguesas de Wendy’s. Olvídalo, yo tengo integridad artística.

Pablo quiso acompañarme.

En realidad sí que eran fastidiosos los recitales universitarios. Ese puñado de poetas torpes, con barros por toda la cara, nerviosos porque era la primera vez que mostraban sus composiciones al mundo. Aulas mínimas donde cinco bobos aplaudían cada vez que uno terminaba con su afectada declamación. Yo toda jalada fantaseando con quitarme la blusa, recitar mis poemas con las tetas al aire. A ver si así al menos ocurría algo memorable. Pero nada, estaba tan cagada como los demás. Después Pablo y yo comimos en Subway, transgrediendo con aquel acto el desprecio de Carlos por los sánduches corporativos.

El perico te hace olvidar el miedo escénico. Dos pases antes de salir al escenario y olvídate de las miradas de los demás.

Qué vaina la irritación en las fosas nasales.

Y cómo detesto ese intervalo maldito en que toda fiesta pierde intensidad. Cómo me ladilla ese momento en que la nota empieza a desaparecer y recuerdas lo verdaderamente aburrida que es la vida. Regresa la gravedad, el tiempo vuelve a transcurrir con su ritmo habitual, los nervios se recomponen, llegan señales al cerebro, experimentas cosas tan vulgares como el tránsito intestinal. A partir de ahora, ninguna de mis notas tendrá bajones.

Don’t believe in yourself. Don’t deceive with belief. Knowledge comes with death’s release.

Carlos y su encendido mitin contra el racionalismo, el utilitarismo, el materialismo, y las demás versiones reduccionistas de la realidad que no nos dejan percibir la poderosa energía universal y espiritual que reluce en cada hoja de hierba, que se oculta tras cada uno de los mágicos instantes de la existencia. Lorca decía que solo el misterio nos hace vivir, solo el misterio. Y Rimbaud tenía razón, somos otro, la verdadera vida está en otra parte. Habitamos el bosque de símbolos baudeleriano, inmersos en la interconexión absoluta de Thoreau. Todo es uno y uno es todo. Sencillo, profundo, como un poema de Whitman. Hasta el gordo fascista de Borges nos invitó con su Aleph a huir de este mundanal ruido de celulares y carros y Facebooks y seguir con Fray Luis la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido. Carlos lo entendió. Comprendió que el sistema nos empuja a creer que necesitamos cosas superficiales y luego nos hace sentir fracasados cuando no las alcanzamos ¿No lo ves? Es una conspiración de las grandes corporaciones. Desde hace años somos capaces de usar el agua como combustible, pero las petroleras lo ocultan porque no les conviene económicamente. Hay que escapar de esta enferma Babylon. Jah nos bendice, Jah nos invita a volver en el campo. Algún día me iré a Chuspa, me haré un rastafari auténtico, me dedicaré a sembrar mi conuco con puro amor por la Tierra que engendra y da vida. Haré música desde la Tierra, para ella, solo con mi guitarra.

La primera vez que esnifé fue en casa de Maximiliano. Estaba tan borracha que no me podía mantener de pie. Fui a recostarme en uno de los sillones de la sala. Desperté cuando alguien preguntó tarjeta de crédito y otro respondió billete. Vi 4 hermosas líneas blancas, perfectamente simétricas, flotando sobre el cristal de la mesa. Todo ha venido acelerándose desde esa noche. Como este carro que baja rabiosamente por la autopista.

Respira hondo. Un pase. Otro pase.

Mi papá y mi mamá se preocupan. Ay pero qué le habrá pasado a ella. Tan bella, tan inteligente, tan sensible.

Si lo contradecía o le preguntaba si había tomado anfetaminas otra vez, me gritaba. Después de un tiempo empezó a pegarme en público. Me llamaba borrega del sistema, me tiraba al suelo, me daba patadas.

¿Será que me limo el tabique?

El día de los 7 gramos para celebrar la publicación de su primer epé rastafari, le entró una paranoia loca. Decía que se había tripeado la vaina por fin, que me tenía pillada, que yo lo estaba espiando para las compañías discográficas. Intentó ahorcarme en el sofá de casa de Francisco. Se me lanzó encima, me puso las rodillas en el pecho y empezó a apretarme el cuello. Yo le decía estás loco, estás loco, estás loco. Pablo intervino. Se pelearon. Carlos y Pablo eran amigos del colegio, solo tenían en común el fútbol y la marihuana. Corrí hasta el baño. Me miré en el espejo. No entendía cuál de las dos era la imagen, cuál la de carne y hueso. Estaba triste. Me sentía humillada. Cuando terminó todo, Pablo me llevó a la casa en su carro, calmándome por el camino. Yo le acaricié las heridas.

Una cosa llevó a la otra.

Todos los hombres del grupo han pasado por mí. O quizá viceversa.

La tarjeta de crédito nos ayuda a preparar las rayas y comprar las bolsas. Mi cédula tiene los bordes blancos y doblados de tanto hurgar entre la mercancía. Nuestros padres no saben la ayuda que brindan a nuestra causa. Tan ocupados con la remodelación de la quinta o comprando el apartamento en Coral Gables. En los restaurantes y en las peluquerías hablan de lo maravillosos que son sus hijos. La mayor está estudiando en Yale. La menor es fotógrafa, ha presentado varias exposiciones. Un poco loquita, la jipi de la familia.

Todos tenemos plata, esta rumba no se va a terminar nunca.

On the route of the nineteen bus!

Ir drogada en el carro. Los vidrios abajo, el aire acondicionado prendido, la música a todo volumen. Escuchas London calling, te imaginas que eres una obrera inglesa en los setenta, cantando contra esta hipócrita sociedad, contra la mentira en los medios de comunicación y los políticos. Una raya más y pruebas la heroína.

No sé qué hacer con mi vida.

Si la red de autopistas de Caracas tiene sesenta kilómetros de largo, y una raya de coca, digamos, tres centímetros, ¿cuántas rayas tendría que esnifarme para recorrer la ciudad entera?

Me da igual caerme a pases sola. La gente se aprovecha, terminas con un cuarto de gramo, la esquinita de la bolsa, ganas de más.

La casa de mis papás me ladilla, me quiero mudar. Cada detalle es una oda al arribismo. Desde los cuadros comprados en galerías de San Francisco, pasando por la sirvienta con cofia y uniforme, hasta los suelos de granito. Desde las esculturas de bronce en el jardín, pasando por los televisores 3D en cada cuarto, hasta los sofás Chester del salón. Árboles rodeando la casa, enredaderas cubriendo los muros, parterres de bambú, trinitarias creciendo entre los resquicios de la cerca.

Blusa holgada, falda de algodón con florecitas de colores, collar de cuarzo color turquesa.

Primero lo acaricias por encima para que empiece a excitarse. Luego con la punta de lengua lo recorres de abajo a arriba y después de arriba a abajo y después de abajo a arriba. Lo sientes endurecerse con cada movimiento, calentarse, palpitar, hasta que se pone tan duro que parece que va a explotar. Lo agarras con la mano, lo meneas, te metes la punta en la boca. Sientes las venas presionando el paladar. Empiezas a chupar. Al principio despacito. Vas metiéndotelo más adentro, aceleras el ritmo. Aceleras. Nunca te avisan.

Otro pase. Otro pase. Hasta mañana.

Con Pablo todo es más aburrido. Lo suyo son los números y la oficina, las putas y las camisas mangalarga. Trabaja en una multinacional, buscando el guiso perfecto, alguna cláusula oculta de la que caiga la comisión como una fruta podrida. El negocio saldrá, miamor, el subcontratista me ofreció 150 mil dólares si lo ayudo con la concesión. Se la pasa hablando de lo que se va a gastar. El apartamento nuevo, el carro, la ropa, un viaje romántico a Praga para los dos. Le dijiste que ya no estás en drogas, acuérdate. Cuidado y metes la pata dejándote un rastro de coca en la nariz o mandibuleando demasiado. Recuerda, tú ya estás rehabilitada.

Sólo por hoy. Última raya. Lo prometo. Esta es la despedida. Yo puedo dejarlo cuando quiera.

Desde la Planicie hasta Tazón. De Petare a Caricuao.

En el funeral de Maxi me encontré con Carlos después de varios meses. Al parecer cumplió su promesa de irse a Chuspa a cultivar su huerto. Lo habían rebautizado en la religión rastafari, su nuevo nombre era Ras Muata Aduke. Me contó que estaba a punto de terminar su último disco, un canto desgarrado para Gea. Mitad oda, mitad elegía. Un manifiesto enérgico contra el capitalismo de consumo imperante en la macabra Babylon. Se acercó Pablo. Se dieron la mano, con calma, felices. Yo fui al baño, me metí cuatro pases: se había muerto Maxi, carajo.

Desde entonces mis papás me llaman todas las noches. Dónde estás, hija. Con quién estás. Qué estás haciendo. Me harto, apago el celular. De viernes a lunes sin aparecer por la casa.

Pobres de mis viejos, viviendo la triste ficción de que son algo en la vida.

Ya no me gusta mirarme en el espejo. Yo no sé quién es ese zombi pálido peliteñido, con los dientes amarillos, los labios quebrados, los ojos vidriosos. Esa excusa de mujer con las tetas chorreadas a los veinte, llena de várices y morados por todas partes. Entre más pases más ojeras, entre más rayas más arrugas. Tengo que dejar de ver mi imagen estando sobria. Con la coca soy la Mujercerveza.

Estaba tan jalada cuando me pidió matrimonio que respondí que sí. Mientras estás en el carro vas volando. Cuando te bajas, caes.

I went to the market to realize my soul, cause what I need I just don’t have.

Al menos no soy como Luis, que lo abandonó todo para hundirse en un océano de jarabe. Perdió el trabajo, la esposa lo dejó. El como si nada. Terminó mamándole el huevo a los farmaceutas por una botella. El día que se murió su papá, se presentó drogado al funeral. La hermana lo sacó a empujones. Ahora vive solo en su apartamento, rodeado de mugre y frascos vacíos y las sábanas y los muebles todos con quemaduras de cigarro. Su día consiste en levantarse a las tres, montarse en su carro destartalado, ir a la farmacia, comprarse los jarabes y volver al sofá a ver series hasta la noche. Si se muere en menos de seis meses gano la apuesta.

Pablo dice que cuando logre el negocio me va a regalar los implantes.

A veces salgo por ahí a tomar fotos. Me gusta ir a Sabana Grande en busca de miserias. Mis preferidos son los niños vendedores. Esos que van de carro a peatón ofreciendo yesqueros y rosas de plástico. La mejor imagen es una en la que aparece un niño extendiendo el brazo mientras la ventana de un carro se cierra: qué estética es la pobreza. También le tomo fotos a la basura, a la cochambre de aceite y humo, a los perros callejeros. Cada vez que encuentro un perro lo sigo para ver en qué anda, casi siempre me topo con dos machos y una hembra líder. Los fotografío mientras van escarbando las bolsas de desechos, lamen el suelo debajo de los carritos de perrocaliente o se lanzan a los carros de la Casanova. De ahí saldrá mi próxima serie: Ladra. Eso sí, voy vestida como una pata en el suelo y guardo la cámara en un bolsito de yute para que no me asalten. Mi mamá se alarma. Dice que por qué me pongo a mirar a los pobres. Hija, con la cantidad de paisajes bonitos que tiene Caracas. El Ávila cuando amanece, cuando atardece. Mira qué bonito el Ávila que no tiene ranchos.

Lo que le pasa a ella es que no sabe qué hacer con su vida.

El segundo aborto fue más fácil. Pablo me dio el dinero, me dijo me avisas cuando se haya terminado. En el carro me dio por silbar Nina Simone. Con lo que me sobró me compré 2 gramos. Esa misma noche me olvidé del feto.

First they curse, then they press me ’til I’m hurt.

La cena aquella en que fui a conocer a los padres de Pablo. Pases en el baño. El papá no dejaba de mirarme las piernas entre wiski y wiski. La mamá hablando de los Montes de Oca y su casa en Palm Beach.

Ningún día se parece al otro pero todos los días son iguales.

Mi mamá dice que no hay peor mujer que la solterona. Condenadas a pasarse la vida entre faldas de algodón y el dulce manoseo ocasional del ginecólogo. Por eso se me ocurrió la serie A vestir santos. Fui recopilando información. Conocí todo tipo. Solteronas de 60 y de 15 años. Solteronas opacas, solteronas alegres, solteronas con gato, solteronas con jardín y Feng Shui, solteronas cristianas, solteronas que mimaban el cáncer de su tío enfermo. Margarita, la solterona más triste, dedicaba el día entero a escuchar los discursos del Presidente. Gracias a él aprendió a leer y a manipular un fusil.

Lo que nos pasa a nosotras es que no sabemos qué hacer con nuestras vidas.

Pablo fuma porros pero muy de vez en cuando. Bebe moderadamente. Follamos siempre en misionero porque tiene problemas de espalda. Está todo el día con el Excel calculando ganancias, pérdidas, estimaciones. Mensuales, trimestrales, semestrales, anuales. Presentaciones de Power Point que me muestra orgulloso cada noche. Así van a quedar las instalaciones, miamor. Este es el complejo que estamos construyendo, así será la subestación eléctrica. Lo llaman de la planta en Punto Fijo para decirle que los transformadores dejaron de funcionar y que mañana tiene que ir para allá a repararlos como director del proyecto que es. El más joven de la empresa, se deja crecer la barba para parecer mayor. Si no, no te toman en serio, amor. Le toca despedir al ingeniero de obras, un cincuentón muy religioso con tres hijas y una hipoteca que lleva quince años en nómina. Lo que haga falta. Y no importa porque el jefe le tiene mucha confianza, ve en Pablo el futuro de su empresa. De vez en cuando le suelta algún hueso. El como un perro contento menea la cola, se pone a dar vueltas, ladra.

No sé bien por qué pero con el tiempo nuestro grupo se fue haciendo cada vez más reducido. La gente se emparejaba o entraba en rehabilitación o se iba a probar suerte en Europa. En un año cinco despedidas. Madrid, Londres, París, Buenos Aires, Barcelona. Para cada una fiesta y buenos deseos. Todos sabíamos que no iban a lograr nada.

Ya casi no me queda nadie con quien caerme a pases, empalmar un fin de semana seguido. Francisco era el único en seguirme el ritmo pero se puso serio después de que se acordó de Jesucristo. Un día llegó y me dijo ya no voy a drogarme más, debo salvar mi alma antes de que sea demasiado tarde. Tú deberías hacer lo mismo, el infierno te aguarda si sigues por esta senda de pecado.

Ahora me toca jalarme sola. Soy la reina del espacio infinito en mi cáscara de nuez. Esta es mi burbuja, de aquí no me saca nadie.

Como la vez que tuve que subir sola a Petare a buscar droga barrio adentro. Llevaba tres días enrumbada, no conseguía por ninguna parte. Un jíbaro en Baloa me dijo allá arriba, mamita. Me le quedé mirando. Ah no, si no me vas a creer te quedas sin perico. Ni de vaina. Vamos, pues. Subí con él. Interminables las escaleras y los niños que salían de las casas y se me quedaban mirando. La cabeza me daba vueltas, estaba mareada, sudaba frío. Esa mierda tenía más escalones que la Sagrada Familia, o sea. Subí y subí y los ranchos eran cada vez más y más cochambrosos. Cemento, ladrillo y cinc. Paredes sin terminar, cabiyas sueltas, techos amarrados con alambre, puertas que no abrían a ninguna parte. El cielo parecía una cerca, cruzado de cables superpuestos, amarrados a postes de madera medio caídos. Todo crecía desordenado, como el monte. Filtraciones, grietas, agujeros. Como que a mayor altura las personas eran más oscuras, más sucias. Seguí pisando con miedo los escalones, supuse que aquello contaría como un ejercicio de pilates. Paralelos a las escaleras se veían los canales de agua de lluvia, que no eran más que trozos dispersos de cemento. Entre los escalones había pequeños brotes de monte sin cortar. Las escaleras no tenían pasamanos, o solo en algunos tramos que parecían mejor cuidados que otros. Había ranchos con techos de cinc, otros con techos de madera, otros con techos de lona. A los lados de algunos de los ranchos colgaban matas de fruta o legumbre. Gatos subidos a los muros, perros que los miraban fijamente, gruñendo desde abajo. Un chamo mugriento con una franela de Bob Abreu salió corriendo y se me plantó delante. Me dijo riéndose ¿tú eres de aquí del Carpintero? Mujeres bajaban las escaleras con tobos de agua, ropa tendida por todas partes, niños jugando béisbol con chapita y palo de escoba. Imagen idealizada de la pobreza: barrio bonito. El malandro entrañable seguía delante de mí, cantando una cumbia sobre la mujer que lo dejó, lo despechado que se sentía y el aguardiente que se iba a tomar, carajo. Podía ver la pistola marcada en la parte de atrás de sus pantalones. Miré hacia abajo, no vi Baloa. Solo una maraña de anaranjado, gris, verde. Me estaba empezando a poner nerviosa cuando el malandro entrañable se volteó. Allá arriba mamita, me dijo otra vez. Me señaló el rancho más recóndito del solar más apartado de la altura más elevada del sector más asqueroso del barrio más paupérrimo de la ciudad más corrupta de América Latina. No me gustó ese lugar, no se parecía a Miami. Donde las calles son limpias y los policías simpáticos y la gente recicla y los presidentes luchan contra el terrorismo. El jíbaro abrió la puerta oxidada, pasamos. No había más nadie en la casa. Se sacó la bolsita del bolsillo, me la puso en la mano, me agarró por el pelo, me tiró al suelo, se bajó los pantalones y me dijo chupa, mamita. Ante mí el pipí más morado que había visto en mi vida y yo no hago esa vaina y empecé a gritar y a gritar. Me levanté de un brinco, empujé al jíbaro, salí corriendo escaleras abajo. Escuché disparos detrás de mí. Vi delante a un hombre con una bolsa de plátanos que cayó de bruces. Un tiro en la barriga, un grito de dolor y estaba muerto. Esa bala era para mí. Ni modo.

Lo bueno es que al final la bolsa me salió gratis.

Cuento perteneciente al libro Barrio bonito (Caracas, 2015, Editorial Dahbar)
Fotografía de José Ignacio Vielma Cabruja.

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