Nellie Campobello, poeta mexicana

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Antes de comenzar convengo en tirar algunas líneas que han de definir el tono de este espacio. Y para ello, un poco de historia: Alejandro, editor de Cantera, me ha invitado, generoso, a presentar algo del material poético que ha circulado en México, principalmente aquel editado a partir del siglo XX, y que hemos de llamar, no sin cierta arbitrariedad y reserva, poesía mexicana.

De esta frontera —geográfica e imaginaria— hemos de tomar algunos ejemplos con los cuales dibujaremos un mapa que pretende escapar, intencionalmente, de aquel canon —más o menos visitado, más o menos viralizado, más o menos escudriñada— que figuras como Jorge Cuesta, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis, Alí Chumacero y Gabriel Zaid se encargaron de construir a lo largo del siglo pasado con inopinado éxito. De éstos, Antología de la poesía mexicana moderna, Poesía en movimiento y Ómnibus de poesía mexicana son libros importantísimos para el lector interesado en la actual genealogía de la poesía mexicana. Pero aquellos nombres, cuya atención ha sido ya sobada, nos son prescindibles en este espacio. Lo que aquí nos interesa poner en movimiento es la poesía borrada, negada o marginada; poetas de tono menor que no figuran en el canon o que figuran de manera tangencial; la poesía de aquello que no ha sido llamado poesía o de lo que ha sido y se ha olvidado.

Sea pues la muestra aquí inaugurada una selección no exhaustiva (ninguna selección lo es) de lo que en principio de cuentas obedece y adolece (de) mi propio criterio. Sean estas poesías valoradas o desechadas por sus lectores.


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Y ahora, en el tenor de lo anunciado, presentamos el nombre de Nellie Campobello (1900 – 1986), porque si bien la crítica la ha comenzado a valorar —aunque no suficientemente— como unx de lxs narradorxs más relevantes en México, la poesía al interior de sus narraciones ha sido poco menos que estudiada. Bajo esa justificación presento algunos textos de su libro Cartucho (1931), una suerte de recopilación de estampas de lo que fue el paso de la revolución mexicana para una apenas niña de una ciudad del norte de México.

La poesía es ajena a la demarcación obtusa de los géneros. No me voy a ocupar de argumentarlo, copiosos ejemplos existen al respecto. No hay prosa, no hay poema, hay poesía. Nosotros curamos nuestra propia mitología.

 


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Desde una ventana

Una ventana de dos metros de altura en una esquina. Dos niñas viendo abajo un grupo de diez hombres con las armas preparadas apuntando a un joven sin rasurar y mugroso, que arrodillado suplicaba desesperado, terriblemente enfermo se retorcía de terror, alargaba las manos hacia los soldados, se moría de miedo. El oficial, junto a ellos, va dando las señales con la espada; cuando la elevó como para picar el cielo, salieron de  los treintas diez fogonazos que se incrustaron en su cuerpo hinchado de alcohol y cobardía. Un salto terrible al recibir los balazos, luego cayó manándole sangre por muchos agujeros. Sus manos se le quedaron pegadas en la boca. Allí estuvo tirado tres días; se lo llevaron una tarde, quién sabe quién.

Como estuvo tres noches tirado, ya me había acostumbrado a ver el garabato de su cuerpo, caído hacia su izquierda con las manos en la cara, durmiendo allí, junto de mí. Me parecía mío aquel muerto. Había momentos que, temerosa de que se lo hubieran llevado, me levantaba corriendo y me trepaba en la ventana, era mi obsesión en las noches, me gustaba verlo porque me parecía que tenía mucho miedo.

Un día, después de comer, me fui corriendo para contemplarlo desde la ventana; ya no estaba. El muerto tímido había sido robado por alguien, la tierra se quedó dibujada y sola. Me dormí aquel día soñando en que fusilarían otro y deseando que fuera junto a mi casa.

Las sandías

Mamá dijo que aquel día empezó el sol a quemar desde temprana hora. Ella iba para Juárez. Los soles del Norte son fuertes, lo dicen las caras curtidas y quebradas de sus hombres. Una columna de jinetes avanzaba por aquellos llanos. Entre Chihuahua y Juárez no había agua; ellos tenían sed, se fueron acercando a la vía. El tren que viene de México a Juárez carga sandías en Santa Rosalía; el general Villa lo supo y se lo dijo a sus hombres; iban a detenerlo; tenían sed, necesitaban las sandías. Así fue como llegaron hasta la vía y, al grito de ¡Viva Villa!, detuvieron los convoyes. Villa le gritó a sus muchachos: “Bajen hasta la última sandilla, y que se vaya el tren!”. Todo el pasaje se quedó sorprendido al saber que aquellos hombres no querían otra cosa.

La marcha siguió, yo creo que la cola del tren, con sus pequeños balanceos, se hizo un punto en el desierto. Los villistas se quedarían muy contentos, cada uno abrazaba su sandía.

Cuatro soldados sin 30-30

Y pasaba todos los días, flaco, mal vestido, era un soldado. Se hizo mi amigo porque un día nuestras sonrisas fueron iguales. Le enseñé mis muñecas, él sonreía, había hambre en su risa, yo pensé que si le regalaba unas gorditas de harina haría muy bien. Al otro día, cuando él pasaba al cerro, le ofrecí las gordas; su cuerpo flaco sonrió y sus labios pálidos se elasticaron con un “yo me llamo Rafael, soy trompeta del cerro de La Iguana”. Apretó la servilleta contra su estómago helado y se fue; parecía por detrás un espantapájaros; me dio risa y pensé que llevaba los pantalones de un muerto.

Hubo un combate de tres días en Parral; se combatía mucho.

“Traen a un muerto —dijeron—, el único que hubo en el cerro de La Iguana”. En una camilla de ramas de álamo pasó frente a mi casa; lo llevaban cuatro soldados. Me quedé sin voz, con los ojos abiertos abiertos, sufrí tanto, se lo llevaban, tenía unos balazos, vi su pantalón, hoy sí era el de un muerto.

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