Miguel Pizarro, premonición de Isaac Chocrón

En uno de sus ensayos sobre el exilio, Roberto Bolaño decía que la única patria de los escritores es su biblioteca, una biblioteca que puede ocupar un espacio físico o que puede estar guardada en la memoria. Y desconfía, por tanto, de los escritores que sienten nostalgia por su patria geográfica. Mientras que los políticos, agrega, no deben ni pueden sentir nostalgia, razón por la que para ellos es difícil “medrar en el extranjero”. Así escribo esto, desde la patria perdida pero intacta en la memoria.

Isaac Chocrón mantuvo entre 1959 y 1969 una columna en el diario El Nacional, que más tarde pasó a conformar un libro y llamarse Señales de tránsito. Hoy recuerdo en particular uno de esos artículos, titulado “Tatuajes, por favor”, donde Chocrón percibe como característica de las jóvenes generaciones de esos años el uso de tatuajes, y los celebra diciendo que en un futuro cercano estos borrarán las nociones de racismo. Por algo sería.  

Ese artículo, siempre girando como un disco en la memoria, me hace pensar insistentemente en la tensión de Jimmy Hendrix cuando era llamado a tocar en beneficio de sus hermanos de color por las Panteras Negras, quienes le reclamaban que también actuase y trabajase para los blancos. Sin embargo, el propio peso de la realidad llevó a Hendrix a hacer conciertos y canciones en homenaje a Martin Luther King, sin nunca cambiar una visión del mundo en la que cabían todos los colores, como la visión prismática de esa misma realidad, alterada por el ácido lisérgico. Esa es la visión del mundo que se manifiesta en los tatuajes.

Y todo se me viene como una cascada a la cabeza, donde todavía está revuelta el agua de una clase sobre la historia del racismo en América Latina. Sólo puedo decir, en base a mi experiencia, que una sociedad es como un organismo o una casa, en cuyo inconsciente o sótano se almacenan los recuerdos e intuiciones lacerantes para la integridad de ese organismo o casa.

En ¡Dale más gasolina!, radical libro chavista de Ociel Alí Pérez, este elabora la noción de racismo en la Venezuela histórica y contemporánea, y da algunas cifras. Es una llave a ese sótano oscuro de la historia y el inconsciente colectivo, elaborada con teorías de tipo académico, que abre la puerta de un debate necesario, y más que eso, un aspecto incómodo de la realidad. Pero que desgraciadamente también abre la puerta a un racismo anti europeo, idealizando la condición venezolana con la herencia caribe (como excusa del inatajado problema de miseria y violencia) y cerrando paso a la realidad diversa, como lo prueba un penoso documental de VTV sobre “Emigración venezolana”, que además “encubre” la descarada vida de políticos como Diosdado Cabello.

Es en este doble sentido que el diputado de la Asamblea Nacional venezolana Miguel Pizarro, fogueado en la lectura anarquista y la música punk, es la premonición de Isaac Chocrón con respecto a un posible nuevo tiempo en la sociedad y el panorama político nacional: la superación de un idealismo de lo popular y la capacidad de sostener una visión plural del pueblo diverso, no retorizado, y sus necesidades.

Del discurso del diputado Pizarro me gustaría recalcar ciertos aspectos. En una entrevista que Andrés González Camino le hizo recientemente para Urbe Bikini, este señala que: “Pizarro además cuenta que su madre fue perseguida por su ahora colega y amigo Henry Ramos Allup.‘Hay que saber perdonar y asumir nuevos tiempos políticos’, comenta al respecto”. Manera inteligente de mejorar y mantener ciertas políticas sociales alcanzadas por el chavismo, pero de un modo inteligente, eficaz.

En una intervención del 14 de enero de 2016 en la Asamblea Nacional, en la que el diputado defendió la Autonomía Universitaria (tema complejo y el cual se estudia a fondo en la Escuela de Letras de la U.C.V), lanzó esta perla de razonamiento con respecto a la función social, en su contexto, de la Universidad.

“Y qué distinto sería, camaradas, si ustedes entendieran que los estudiantes de medicina de nuestras universidades públicas podrían andar en los Barrio Adentro y en los hospitales de este país; qué distinto sería si ustedes entendieran que nuestra Facultad de Ingeniería, nuestros agrónomos, nuestros veterinarios, nuestros urbanistas, pudieran desarrollar mejores ciudades y mejores infraestructuras, si ustedes no los satanizaran como lo hacen. Qué distinto sería para este país y la crisis que hoy en día vivimos, si en lugar de ver a la universidad pública y a la universidad autónoma como un enemigo, como ustedes la ven el día de hoy, la vieran como un enorme aliado para superar la crisis que hoy en día tenemos”.

Pizarro tiene la capacidad de hacer una lectura de la realidad con diversos aspectos de esta, integrando lo que su lógica (más que ideología) le dice es más eficaz y lo que mejor cristaliza las aspiraciones generales. Su discurso, por tanto, no plantea una erradicación del chavismo y sus múltiples impactos en la sociedad venezolana (pues lo contrario es irreal), sino una integración de la realidad sin maquillar ni intelectualizar en la construcción del futuro. En una de las emisiones del programa “Vladimir a la 1”, conducido por Vladimir Villegas, Pizarro y Jesús Farías dieron un debate público, en el que, más allá de las complejidades y argumentaciones, me llamó la atención la soberbia intelectual y erudita de Farías en relación a la capacidad de Pizarro para asumir su ignorancia. Ese punto me parece de mayor relevancia y pertinencia para abordar el ejercicio cotidiano de la política que las mismas y etéreas argumentaciones intelectuales, legitimadas por la tradición de la “seriedad”.  

En Venezuela somos un pueblo diverso, constituido igualmente por sifrinos y marginados, negros y blancos, indígenas y europeos, adictos aturdidos y gente sobria, homosexuales y heterosexuales, ignorantes y sabiondos, intelectuales recatados y bohemios, y un larguísimo e inacabable etcétera en vista de la imposibilidad de enumerar todos los vínculos que existen en nuestras diferencias y todas las diferencias que existen en nuestras similitudes. Ojalá se restituya la presencia a secas de cada uno de nosotros, sin pasar por el censor intelectual. Y sobre todo que, como dice Pizarro en su discurso y a través de sus tatuajes, todas esas diversidades se unan en un mismo proyecto de nación, para que Venezuela pase de ser un país invertebrado, como dijo José Ortega y Gasset de la España anterior a la Guerra Civil, a ser un país erguido.

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