La visión de la Venezuela petrolera en los poemarios ‘De un pueblo y sus visiones’ de J.M. Villaroel París y ‘Bajo la grúa Sobre el andamio’ de Simón Petit

Ponencia leída en la XI Jornada de Jóvenes Críticos

La literatura del petróleo.

Si existe un hecho concreto que ha cambiado la sociedad venezolana en tiempos contemporáneos ha sido el descubrimiento de los pozos petroleros hace poco más de cien años, que supuso la instalación y posterior crecimiento de la industria petrolera. Es imposible negar que este hecho haya condicionado la economía del país, pero no sólo eso, también ha penetrado en la cultura nacional, en el modo de vida de los venezolanos y propiciado profundos cambios en la morfología de los espacios urbanos, hasta el punto de que algunos estudiosos han acuñado el término “cultura del petróleo”.

A pesar de lo anteriormente expuesto y de manera paradójica, el significado que tiene el petróleo y su industria para el país ha sido poco retratado en la literatura nacional. Específicamente en el género de la narrativa, Campos[1] señala cómo el tema petrolero en Venezuela parece carecer de importancia para los escritores e intelectuales, resalta a su vez a Ramón Díaz Sánchez como uno de los pocos escritores que ha retratado el tema de manera recurrente en sus obras,  y agrega que quienes han tocado el tema en sus obras lo han hecho de una manera descuidada en cuanto a la estética de la misma, tendiendo más hacia la crítica social y política, al panfleto o simplemente a la crónica o el estudio antropológico. Algunos otros escritores que han abordado el tema han sido Cesar Uribe Piedrahita, Rómulo Gallegos, Valmore Rodríguez, Jesús Enrique Lossada, además del ya mencionado Díaz Sánchez.

En lo que se refiere a la poesía venezolana no dista de lo que sucede con la narrativa, si en este último género son escasas las obras que abordan el tema del petróleo, en la poesía es aún más escasa, Antonio López Ortega ratifica esto cuando dice “es mucho lo que la crítica ha dicho sobre la gravitación del tema en nuestra narrativa pero es poco en verdad lo que se ha señalado en torno a la poesía. Tema que se ha evadido con maestría sospechosa, como si nuestro siglo XX no estuviera enmarcado por su impronta…”[2]. La poesía venezolana del tema petrolero al igual que en la narrativa ha sido acusada de tener un tono de denuncia hacia hechos políticos, sociales y económicos que rozan lo panfletario. Sin embargo, hay dos poetas que han tratado el tema del petróleo de una manera distinta, separándose en su lenguaje y en el tratamiento de éste de lo que tanto han criticado a otros escritores y que no por ello dejan de mostrar una realidad social y cultural donde la queja, la denuncia y la inconformidad hacia esa realidad están presentes. Estos poetas son José Miguel Villarroel París y su obra De un pueblo y sus visiones[3] y Simón Petit con Bajo la grúa sobre el andamio [4], las características ya mencionadas de estos poetas la corroboran dos opiniones, el primero de ellos Mandrillo que sobre la obra de París comenta:

Falta entonces en este libro la agresividad presente en otros autores que abordaron el tema. Sin duda, es posible encontrar en los versos de Villaroel París el dolor de quien contempla el paisaje recién destruido por la naciente industria; la rabia que produce la creciente discriminación de los criollos por parte del extranjero; sorpresa por las grandes migraciones que integran quienes aspiran a enrolarse en las nóminas de esas compañías; pero nada de ello tendrá el carácter agraviado, iracundo o analíticamente objetivo que tienen los versos de poetas como Udón Pérez, Miguel Otero Silva o el chino Valera Mora, por nombrar sólo a tres.[5]

Debemos tener en cuenta que este poemario de Villarroel París fue publicado por primera vez en el año 1979, años en los que la industria petrolera daba sus primeros embates, lejos todavía de lo que es la industria petrolera actualmente, es por ello que en los poemas encontraremos con recurrencia la transformación que sufrieron las ciudades en aquellos tiempos y la añoranza por el “viejo pueblo”, en su sentencia Mandrillo sólo menciona tres poetas que mantienen ciertas características semejantes pero como él mismo comenta podrían ser muchos más, con respecto a Simón Petit, Poeta falconiano, López Ortega asevera:

Habrá que ver en los libros Bajo la Grúa y Sobre el andamio de Simón Petit una tentativa loable de acercamiento. Con un añadido particular en su caso: no ver el petróleo desde una épica externa, cuasi enciclopédica, de valoración o rechazo, sino desde una perspectiva perfectamente subjetiva. De allí que la subjetividad que prevalece en estos poemarios sea la de un hablante que ni siquiera aspira a revelarse como consciencia de un colectivo.[6]

Con estos dos comentarios acerca de estos dos poetas, podemos afirmar que estamos en presencia de dos poéticas de una autenticidad que se distancia de las formas y el lenguaje con que otros poetas han abordado el tema petrolero, de poéticas que más que mostrar un hecho exterior, reflejan la interiorización de ese paisaje transformándolo en un trabajo que muestra sensibilidad ante lo que se expresa y se vive.

De aquí en adelante se interpretará las obras mencionadas de estos dos poetas, acercándonos a todas las posibilidades de lectura y de sub-temas que nos ofrece la misma, teniendo en consideración que ambos poetas han vivido y palpado en primera persona esas realidades que se manifiestan luego en el texto poético, Petit como falconiano en la refinería de Amuay y Villlaroel París como nativo de San Antonio de Maturín estado Anzoátegui, vivió de cerca la transformación que sufrieron las ciudades del oriente del país con la implantación de los llamados campos petroleros.  De esta manera con París nos adentraremos en esos inicios de la industria petrolera, sus primeros impactos en la sociedad y la cultura del venezolano y con Petit palparemos el acontecer cotidiano del trabajador de la industria petrolera, del obrero petrolero.

El viaje y la transformación de las ciudades

El descubrimiento de los pozos petroleros en Venezuela y la posterior implantación de los campos petroleros por compañías transnacionales, crearon una serie de transformaciones en la cultura nacional, y en el modo de vida de los habitantes, esta transformación de igual manera se dio en la estructura física de los espacios urbanos, las ciudades y los pueblos jamás volvieron a ser los mismos después de la instauración de estos campos.  Esto dio paso a los que algunos han denominado la “ciudad petróleo”, la cual Rodolfo Quintero describe de esta forma:

En la “ciudad petróleo” lo extranjero representa el progreso. Su funcionamiento es obstaculizado por a) la falta de unidad; b) una marcada diferencia urbanística del centro con la periferia; c) la falta de coordinación entre población, empleo y construcción; d) la carencia de entidades de servicios públicos.(…) viven en las “ciudades petróleo” descendientes de los que fueron dueños de las tierras que ahora son propiedad de las compañías: unos, de las rentas que les producen viejas casas heredadas; otros, cobran pensiones quincenales o mensuales en las taquillas de las empresas.[7]

Todas esas características de estas ciudades se manifiestan en la obra de Villaroel París, en donde el poeta habla desde la mirada del niño que acompaña al padre en su travesía por esas tierras, es una mirada inocente que se sorprende ante lo que se manifiesta a su alrededor, pero es también la mirada de ese niño ya adulto que recuerda y añora lo que una vez fueron esas ciudades. En este poemario de Villaroel París, el poeta va descubriendo y describiendo distintas ciudades, distintos pueblos del oriente del país, en un viaje que lo lleva por El Tigre, Caripito, El Tejero, Caño San Juan, Pueto la Cruz entre otros. Todo esto encontraremos en poema titulado “El Tejero”:

El Tejero no era el mismo pueblo

Cuando los jurungos reventaron el primer pozo

El tejero era el tiempo sumergido en las ruinas

Borroso distante inexistente

Rodando sobre una bicicleta de werehouse en werehouse

Por el campamento de la mene grande Oil Company

Circulo anaranjado Fierro de asfalto Alto sol de alambradas

El Tejero es un pueblo de fifty fifty pasado y presente

Zona de regateo donde el gobierno

Reclamaba cincuenta por cincuenta del desastre

No importaba la gente ni los recursos naturales

Sólo interesaba la mitad de cada dólar

Uno podía encontrarse con la misma gente de tantos campos

Cerrados y perdidos

Con un muñón en la entrepierna y un brazo descolgado

Era como si nunca nos hubiéramos mudado

Circulo anaranjado Visión de un mismo blanco[8]

(…)

En este fragmento del poema se refleja en un primer término el cambio que ha sufrido el pueblo, el poeta nos muestra un espacio venido a menos, abandonado. Hay un toque de añoranza en esos primeros versos, luego en el poema se refleja el lado más crítico y denunciante ante las acciones de las compañías transnacionales y los gobiernos de turno, la insensibilidad de estos para con los habitantes del pueblo y para con el pueblo como espacio habitable. El poeta no deja de mostrar su queja ante esa realidad, pero no la asume de manera objetivada, ni descuida el lenguaje poético. En este poema se puede palpar también uno de los aspectos recurrentes en la temática del petróleo en la literatura, como es la presencia de lo extranjero, que se manifiesta en las empresas que se instalaron en el país para extraer el petróleo de los yacimientos o en la penetración de la cultura extranjera, en especial la norteamericana que se evidencia en el poema en algunas frases y nombres de compañías petroleras.

Lo que sigue después del trabajo.

Uno de los aspectos que podemos encontrar tanto en la obra de Villaroel Paris como en la de Simón Petit son los espacios que habita y frecuenta el trabajador petrolero, sitios que se han ido construyendo con el cambio que se han generado en las ciudades donde la industria del petróleo llegó a instaurarse. En varios poemas se hace referencia a lugares como los bares, los sitios de apuestas, prostíbulos donde se congregan todo aquel que tiene relación con la vida petrolera y en donde se suscitan diversas situaciones, discusiones, pleitos y en donde no falta el alcohol, y es que “la falta de recreación constructiva hace que los pobladores de los campos petroleros visiten con frecuencia los expendios de licores y los centros de prostitución que brotan como hongos en los alrededores”[9]. Aquí aparecen diversos personajes y se pone de manifiesto la conducta de quienes cada vez más se adentran en estilo de vida del trabajador de la industria. Uno de esos personajes es Lievano, que aparece en el poema del mismo nombre

Traia su violín la fiesta entera

El negro Liévano el más amado el bien recibido en las barracas

Un negro de la sierra costeña peón de haciendas

Se vino con su música en la cuadrilla de la Sinclair

Trabajaba en el Sinco en El Venado acuñador de abajo

Cuando la lovera descendía sus tubos

Sus manos duras como  petróleo seco reivindicaban

Una magia sobre el cuello del violín los domingos

Golpes y bailes

Improvisando toda una larga noche viejos temas de campos

Lievano el mago se iba con su parranda por la calle Bolívar

Hasta que un día unos torpucios se lo llevaron para Yoco[10]

Se muestra en este poema un personaje de los cuales popularmente en Venezuela se le conoce como “chicharachero”, que representa esa persona que le gusta la fiesta, la parranda, que es conversador y entabla amistad con cierta facilidad lo que le permite ser conocido por muchos y ser muy popular, es este tipo de personaje arquetípico de la cultura venezolana que siempre está presente en los distintos espacios sociales. Se hace referencia en el poema a las barracas, sitios dispuestos para la fiesta y en donde se canta y se baila. Revisemos a continuación  el poema “El Mosquero”

Allí estaban las pintadas las cariñosas las amorosas

Mujeres portátiles de campamentos

Entre largas barracas para todos los gustos

eran las mismas caras que retozaban la Flint

entre viejas rockolas

mujeres venidas de Colombia Panamá Barcelona y el Zulia

Panteras amaestradas en el amor donde el hombre

Desahoga su muerte

Eran las moscas larvadas del petróleo sobrevolando campos

Quincalla arrumada en la opulencia del desorden

Las noctambulas trotando la sabana de Guanipa

En el Mosquero al lado sur de El Tigre

Mujeres de canciones y barras que celebraban

El reventón de un pozo la semana de pago

Mujeres que compartían el sudor las puñaladas

Un territorio rojo Un mundo errante[11]

Es evidente la referencia que hace el poeta a las prostitutas que rodean a las ciudades petroleras, en busca del mejor postor a sabiendas del dinero que se maneja en esas zonas, este poema perfectamente se puede equiparar con el siguiente poema de Simón Petit:

Por el bar Tiuna

Anda una mujer

De pelo negro

Que afina sus cejas

Que se desliza en las mesas

Como culebra habla ronco.

Ella la carnadura del viernes.

La contorsionista que estremece

Las visiones en la sombra.

Mujer Vampiro

Clavando colmillos

en todo aquel

que huela a azufre.[12]

Ambos poemas muestran a estas figuras femeninas que son las prostitutas, casi pareciera que ambos poetas se han puesto de acuerdo en la descripción de las mismas, ya que las características son muy semejantes, son mujeres que deambulan en esos espacios en los que se adentra el trabajador petrolero después de su faena: los bares, clubes, sitios de apuestas, lugares nocturnos. En ambos poemas se las describe como mujeres especialistas en la seducción con la finalidad de aprovecharse de aquel que busca distracción y drenar la carga que representa el trabajo, además sacar provecho económico en el momento en que sus víctimas tienen más posibilidades de derrochar dinero, ambos utilizan metáforas que buscan representar lo que son estas figuras, si para París son Panteras amaestradas, Petit las llamará Mujer Vampiro.

Las condiciones de trabajo del obrero en la industria del petróleo.

A partir de aquí nos adentramos con Simón Petit en el trabajo de la industria petrolera. En el poemario Bajo la grúa sobre el andamio, todo se nombra desde la mirada del trabajador-obrero de la industria, para Petit la vida del obrero y la industria le es cercana “ya que Simón ha padecido en carne propia los trasiegos de esa oscura administración del negocio petrolero”[13]. El poeta no hace más que recrear una experiencia que le es propia, reflejando los detalles que ocurren en el acontecer cotidiano del trabajador y de todo lo que a este le rodea. Uno de estos aspectos que se manifiestan en los poemas es la descripción del espacio físico y las condiciones de trabajo del obrero:

(…)

Somos aquellos

Que inhalamos el humo negro

De las chimeneas

Y los que tomamos

el terroso asiento

de las aguas.

Somos carne, petróleo y hueso

Somos sol somos tierra,

Portamos el hedor de las Antillas

A la hora de limpiarnos el pellejo

(…)[14]

Apreciamos como el poeta habla en primera persona, es parte de ese ambiente y se propone describirlo, en los versos se crea una sensación de estar en un ambiente caluroso donde hay chimeneas, el trabajador se desenvuelve en condiciones precarias, el aspecto físico de éstos también se manifiesta como “sucio y pestilente” palpables en las frases “humo negro” y “hedor” y donde el obrero  se representa en aquello que lo rodea. Leamos el siguiente poema:

Y aprendí a tomar agua en el casco

A tragar tierra

A comer grasa

A insultar a los demás

Y besar de nuevo la rocola

y no recuerdo qué más

(…)[15]

Nuevamente en este poema se evidencia como convive el obrero en su jornada de trabajo, éste debe aprender a vivir con lo que tiene a su alcance y en los versos se vuelve a reafirmar la condición precaria e inhumana en la que está el trabajador, además se muestra también las costumbres que adopta el obrero en la convivencia con sus compañeros de trabajo a través de insultos, y frecuentar los bares donde suena una rocola.

La relación jefe-obrero

Otro de los aspectos que subyace en la obra de Simón Petit es la relación de trabajo entre la figura del obrero y el jefe, como es de suponer existe una relación de subordinación del primero hacia el segundo, esta condición de subordinación ha estado presente históricamente desde los comienzos de la industria petrolera: “el campo petrolero es un instrumento de los capitalistas extranjeros para crear y mantener una estructura de clases, de explotadores y explotados; un armazón sostenida jerárquicamente por jefes y administradores”[16]. En la obra de Petit no aparece la figura del extranjero como si la encontramos en la de Villarroel Paris, esto es evidente ya que Petit nos muestra la industria petrolera de finales del siglo XX, pero  la figura del jefe que ya no es extranjero, es retratado en varios poemas, como el siguiente:

Mosca,

Ahí viene el jefe.

Agarra la pala y cava hondo

Para ausentarnos

Mosca,

ahí viene el jefe

agarra el martillo,

que tiemble la tierra

como otras veces

para morir de nuevo

en el asfalto.[17]

La figura del jefe se presenta temible por parte de los trabajadores, el poeta recrea un dialogo cotidiano entre trabajadores ante la cercanía del éste, en donde la forma de escapar a su mirada y una posible sanción es la fuerza de trabajo continúa, como diciéndonos: ante la presencia del patrón no se puede estar quieto. Revisemos el siguiente poema:

Los que aquí estamos

Venimos de afuera

A levantar el sol

Mientras el jefe viene

Con una máscara de guerra

Y en torno mío

Hay un silencio como la muerte

En eso suena el pito,

Desaparecemos

Y comienza la historia.[18]

Se plantea en este poema al trabajador como una especie de autómata dentro de la industria, tal es así que responde al sonido de un pito. el jefe es quien ordena y manda, es una figura de poder al que el trabajador no le discute ni le refuta nada, solo obedece en silencio y como en el poema anterior se muestra un temor hacia él.

De esta manera concluimos este camino poético por la industria petrolera pasando desde sus inicios hasta los momentos actuales, donde percibimos como cada poeta con su particularidad manifiesta una experiencia de vida sin presentarse está de manera objetivada sino convertida en un hecho artístico a través del lenguaje poético.

 CITAS

[1] Miguel Angel Campos. Las novedades del petróleo. Caracas, Fundarte, 1994.136P.

[2] Antonio López Ortega, presentación en: Bajo la grua Sobre el andamio. Paraguaná, Fondo Editorial Ateneo de Punto Fijo, 1999. p. 7.

[3] J.M. Villarroel París. De un pueblo y sus visiones. Barcelona, Venezuela, Fondo editorial del Caribe, 2009 (1º Edición 1979), 45P.

[4] Simón Petit. Bajo la grua Sobre el andamio. Paraguaná, Barcelona, Venezuela, Fondo Editorial Ateneo de Punto Fijo, 1999. 69P.

[5] Cósimo Mandrillo. Intimidad y nostalgia en de un pueblo y sus visiones de J.M Villarroel París en: De un pueblo y sus visiones. Barcelona, Venezuela, Fondo Editorial del Caribe, 2009. p.8.

[6] Op.Cit.p.7.

[7] Rodolfo Quintero. La cultura del petróleo. Caracas,  Ediciones Facultad de Ciencia Económicas y Sociales UCV, 1968. p.62

[8] Op.Cit. p.39.

[9] Rodolfo Quintero. Op.Cit. p.37

[10] Op.Cit. p.39.

[11] Ibid. p.33

[12] Op.Cit. p.61.

[13] Ramón Ordaz. Piedra de aceite: oro negro en la poesía Venezolana en : Piedra de aceite recepción del tema petrolero en la poesía venezolana. Barcelona, Venezuela, Fondo Editorial del Caribe, 2012. p.12.

[14] Op. Cit. p.36-37.

[15] Ibid. p.32

[16] Rodolfo Quintero. Op. Cit. p.34

[17] Op. Cit. p.13

[18] Ibid. p.11

Comentarios

comentarios

One comment

  1. Habemus petroleum

    —lapsus memoriae—

    Monstruo Sagrado, venido de las fauces más insondables de la tierra. Irrumpiste por ente mil vericuetos, echaste a andar, ennegreciendo todos los caminos. Encumbrado en nuestro Lago, anclaste en nuestro Río Padre más allá del viento y sus raudales. De pronto todo se tiñó de polvo. Eran los caminos, los lobos, las jaurías, que salían en busca de tus huellas, tras su presa nueva. Desoladas quedaron las comarcas. Tremenda soledad acurrucó los sueños. En los ríos no volvieron a beber las recuas sudorosas de la hacienda. Hasta los peces se quedaron solos. Tempestuosa orfandad nubló las esperanzas.

    Te albergaste en mil cuevas. Y todo fue un mar de oro en nuestras gentes. Apenas comenzamos a contar tu historia a nuestros hijos, te apoderaste de todos los cimientos sin que ninguna vereda escapara de tu paso. Saliste pronto a recorrer el mundo, diciendo que eras nuestro, siendo hasta ajena la esperanza de tus propios idólatras acampados en tu sombra. Por ti dejaron de ser las más legítimas estirpes. Sabana, monte, nube, ventisquero, tus bocas engulleron. Creamos castillos en el aire, rascacielos en el lodo. Anubladas, las enramadas se murieron. Todo fue gris en el azul de la colina y la arboleda. Un día el café fundó nuestro destino hasta que, disfrazado de cabria, despuntó en nuestros mares y echóse a andar, las guerras en el mundo aparecieron. Entonces tu vientre de tristeza estremeció. Y vinieron extraños emisarios a exprimir tus vísceras. Un mundo de celuloide construyeron con tu fuerza y con tu venia.

    Pueblos, aldeas, metrópolis, encementaron con tus sobras. Todo fue un bosque de hormigón. Y vino la abundancia, el despilfarro, el vicio. Y todo lo que tiembla, brilla y muere. Quedó sola la floresta. Los vientos del Norte trajeron el polen de sus mil patrañas y un quiste purulento, cancerígeno, en nuestras plantas se incrustó. Empezamos a morir de pie. Tus botines, los botines de la tierra, conquistados en las más recónditas simas diluviales, empezaron a arrebatártelos inhumanos, dispuestos a arrasar con tus comarcas, tus huertas, tus harenes.

    Tu tierra se cubrió de cieno. Se volvió lodazal, pocilga, cañería. Todo vino a menos. Fuiste el Monstruo de los Mil Atajos. Eres el Monstruo de los Mil Caminos. Serás el Monstruo de las Mil Patrañas. Por ti dejamos huerta y alpargata, se nos olvidó el nombre de las rosas, los aljibes pasaron a la historia, muy lejos quedaron los caminos, los caminos que tejen las montañas, que inundan la llanura, que trenzan la esperanza y el coraje, las pisadas nocturnas del labriego.

    Muchas noches, te vieron, en grandes orgías, amanecer entre luces incandescentes de rocolas, después de indescriptibles bacanales. Danzaste con los mayores de la Tierra. Los cabarés del mundo ampararon tus apetitos, tus angustias, tus andanzas nocturnales, otoñales. Iluminaste las noches de Shanghai, París, Tokio, Nueva York y Río.

    Te pusieron precio, ajustado a todas las cuentas y costos de la bolsa, y no ha habido día desde que tú existes sin que un cambio no haya habido en la boca de tus pretendientes; mientras el pueblo tendido ante tu sombra, bamboleante, quiere verte convertido en pan, tractor, árbol, fuente y todo lo que dé vida a los que viven o vengan a vivir.

    Nos liberamos, te liberamos. Sin embargo la libertad se escapa cada día, se aleja, vuelve, corre, viene, y nunca termina de quedarse en nuestra casa. Arcas ajenas cuentan con tu consentimiento mientras las nuestras cada día más desvencijadas. Imperceptibles suelos deleznables corroen tus entrañas donde tú desde antaño afincas la esperanza, tus dominios. Dardos divinos de guerra descarrilan tus corrientes subterráneas. Gigantescas cárcavas en avulsiones enrojecidas afloran en tu suelo.

    Definitivamente, Monstruo de las Mil Rarezas, viniste de la tierra y hacia ella vas. En el aquelarre más turbulento y tenebroso, te ejecutarán una noche de la que el mundo no se olvidará y menos los pueblos que te conocieron. Pasada ya tu era, te evocarán los tiempos como una ave rapaz, de paso, que cargó y acabó con la conciencia de los hombres, con las cosechas de la aldea. Como una estrella fugaz que ocultó la lumbre de los árboles. Como un devorador de sementeras que dejó sin aliento los sueños de los surcos de los bueyes. Como el más avaro de los dioses de barro que por querer trepar el firmamento, consumido por las más fulmíneas hogueras, consiguió el más horrendo alcatrazo de la muerte hasta caer en el abismo de los mares, de donde viene toda vida y a donde va todo sol. Arrancado del vientre de la noche, la tierra en tempestuosa fogarada, fecundará millares de arboledas

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