«Incorregiblemente romántica»

la trama nupcialLa trama nupcial (2013), escrita por el novelista norteamericano Jeffrey Eugenides, ese que sólo se atreve a publicar una novela cada diez u once años, está ambientada en la década de los ochenta, lo cual no es casual. Porque los ochenta fue una época de cambios, de revoluciones (en el plano intelectual), de cambios de perspectiva, el momento del surgimiento de la moda hipster y, con ella, de los «intensos». Comienza a leerse en las universidades norteamericanas a críticos, semiólogos y filósofos como Roland Barthes, Jacques Derrida o Maurice Blanchot. Su pensamiento y sus planteamientos van penetrando cada vez más entre los estudiantes de literatura (y también de los de otras áreas) y los nuevos lectores. Los libros comienzan a ser vistos como «textos» más que como obras literarias u obras de arte, la categoría de autor como «creador» comenzaba a dejarse de lado para darle mayor importancia al lector y las infinitas posibilidades que este podía hallar en esos textos. Libros como De la gramatología pasan de mano en mano, ganándole seguidores y hasta idólatras a su autor. En fin, todo va tomando nuevos giros, nuevas miradas sobre la literatura se van canonizando y se dejan atrás muchas de las categorías que antes se asumían como naturales, difíciles (imposible, creían algunos) de desacralizar.

Pero la protagonista es Madeleine Hanna (¿no es un nombre con reminiscencias de heroína de novela decimonónica?), una chica, diríamos hoy, «chapada a la antigua», sobre todo en cuestiones literarias. Entre sus autores predilectos figuran Henry James, Jane Austen, Edith Wharton, George Eliot, las hermanas Brönte y otros tales tan pasados de moda y tan obsoletos como estos. Es una de esas lectoras que se identifica con las desdichadas protagonistas de estas novelas: sueña, sufre, llora, ríe, se enamora, se desilusiona con y como ellas. Su idea del amor se ha ido formando a partir de estas lecturas. Nada sabe, ni le interesa saber, de tipejos más en la honda como Peter Handke, Umberto Eco, Jonathan Culler, Thomas Pynchon, Ferdinand de Saussure y otros escritores, críticos y lingüistas tan dementes como ellos, de esos que se dedican a desplegar sus «intensidades» en las páginas para confundir al ingenuo lector o para que el lector «intenso» se sienta aludido, halagado y hasta identificado con eso.

Pero si ahora todos leen esas cosas y lo demás va quedando paulatinamente atrás, ¿cómo hacer para encajar, para formar parte de algo y no quedar relegada a esa categoría, aparentemente detestada por la nueva crítica y lectores especializados, que es la de «romántica»? Si esa palabra va cargándose cada vez más de un sentido peyorativo y hasta humillante para quien se dedica a leer literatura, ¿es necesario distanciarse de los libros (las tramas, los personajes, las desilusiones amorosas)  y no vivirlos, sentirlos como, al parecer, estaba permitido hacer en el pasado? Si ahora, según dicen, la ficción no es más que discurso, lenguaje, símbolo, ¿vale la pena seguir leyendo libros e inmiscuirse en las vidas ficticias creadas en las novelas?

Pues Madeleine cree (asegura) que sí. Y no sólo se dedica a leerlos, sino que los vive, busca intencionadamente que la ficción se convierta en realidad, que las barreras entre una y otra se disuelvan, quiere (necesita) que la palabra escrita cobre vida, desea fervientemente transformarse en heroína de una novela de Jane Austen o de Henry James. Porque detesta el mundo en el que le toca desenvolverse, las nuevas doctrinas filosóficas y literarias no tienen cabida en su universo propio. Se empeña en rechazar las absurdas propuestas de Derrida y compañía, todo eso le parece pura palabrería, y no es para menos, si tenemos en cuenta que eso entra en conflicto con la idea que ella se ha ido formando de la literatura. Por eso el narrador llega a decir en algún momento que

 

seguía sintiendo debilidad por aquella entidad cada día más eclipsada: el escritor. Madeleine tenía el presentimiento de que la mayoría de los teóricos de la semiótica no habían tenido muchos amigos de niños; de que con frecuencia se les había hecho poco caso o habían sido víctimas de matones, de forma que habían dirigido su rabia aún viva contra la literatura. Querían degradar al autor. Querían que un libro—esa cosa obtenida con tanto esfuerzo, tan trascendente— fuera un texto, algo contingente, indeterminado y abierto a las sugerencias. Querían que el lector fuera lo más importante. Porque ellos eran lectores. (Eugenides, Jeffrey. 2013: pp.  64-65).

¿Y cuál es la forma que encuentra Madeleine para rendirle homenaje al escritor, esa misteriosa figura que tanto le fascina? ¿Cuál es la mejor manera de rendirle homenaje, en fin, a la literatura? Sencillo: recurriendo al amor. Lo cual resulta bastante lógico. La trama nupcial (según sostiene en su tesis de pregrado) es el eje central de la novela romántica, el motivo que dirige a todos los personajes (femeninos, sobre todo) y la razón por la que escriben los autores del XIX. El amor es lo que proporciona unidad a las narraciones y este amor tiene (debe tener) su concreción en el matrimonio. Por eso la novela, en su forma más clásica, muere cuando perece también la trama nupcial, cuando el matrimonio deja de servir como punto de unión de todas las partes y el amor ya no es motor de las narraciones, la búsqueda primera de los personajes. Por eso lo novelesco pierde credibilidad, comienza a ganar mayor sentido el discurso, y, por tanto, es necesario empezar a preguntarse (a replantearse) qué es lo que constituye lo literario, qué contiene ese lenguaje que lo  hace diferente a los demás discursos. Cuestiones que eran impensables para aquellos escritores con los que Madeleine se siente cómoda. Esa es la razón de que surja la necesidad del amor. Madeleine se propone encarnar a una heroína de esas novelas. Decide hilvanar su propia trama nupcial. El amor se convierte en su centro, en su única salvación. Y es ahí donde reside la rebeldía de este personaje, ese carácter subversivo que tiene dentro de la misma novela. Recuperar la tradición y ampararse en ella tiene aquí un resabio de negación, de oposición y de altanería ante la propuesta contemporánea, eso que se presenta como nuevo, inédito.

¿Y qué es el enamorado sino un ser que utiliza como excusa al amor para preocuparse mucho más de sí mismo, para colocarse como centro único del mundo, para desplazar al resto y construirse todo un universo propio, un universo donde la individualidad, el vivir para sí, es el motor principal? Por eso no sorprende que la novela de Eugenides se abra con una imagen de derrota, de completa desilusión; una imagen que no se comprende al principio, pero que se va aclarando a medida que van pasando las páginas. Y la razón de esta primera impresión que tenemos de Madeleine es, cómo no, la decepción amorosa.

Madeleine se ha enamorado. Ha alcanzado su propósito, pero el amor la ha decepcionado. Leonard Bankhead, el objeto de su arrebatada pasión, la ha abandonado. Y es aquí donde comienzan los verdaderos conflictos de Madeleine. Si decimos que el amor se convierte en su centro, en la razón que tiene para vivir, y este termina por defraudarla, ¿cómo seguir confiando en él? ¿Cómo se puede reaccionar? Para seguir confiando en el amor es necesario que toda la culpa recaiga en el otro, en el amado, ese eterno ingrato. Recordemos que Madeleine ha reaccionado de forma violenta (como es natural en el sujeto amoroso) ante la ruptura de Leonard, ante su amarga insolencia para con ella: le lanza un libro directamente a la cabeza, y no cualquier libro, sino El discurso amoroso. Porque quien cometió el fallo fue el otro, no ella. Y por eso tiene que pagar.

De aquí en adelante lo que resalta es la indignación, el dolor de Madeleine ante su pérdida. Llega incluso a preguntarse «por qué  todo el mundo estaba siendo tan mezquino con ella» (pp. 34). Todo le es adverso. Comienzan las quejas, los remordimientos. Y es ella quien se coloca en el medio de todo, como si el mundo no tuviera que ver con nada más que ella. Recurre, entonces, al encierro. Y se refugia en un libro, el mismo que días antes le había aventado a Leonard: El discurso amoroso. Ya hemos dicho que la culpa es del otro, no de ella y mucho menos del amor. El libro de Barthes viene a ser, pues, el único sitio donde puede replegarse, donde puede conseguir cierta tranquilidad. Porque en él se habla de las tragedias que sufre el enamorado, de lo ingrato que es siempre el otro, de las maledicencias e infortunios a que está condenado el «sujeto amoroso». Aquí es cuando comprende en plenitud por qué el discurso del enamorado es de una «soledad extrema». El ser enamorado está solo contra todos, nadie le ayuda, nadie le comprende. La única opción que tiene es recurrir a sí mismo, a su individualidad, a su interior siempre comprensivo. Quien sufre los embates del amor es el enamorado, y quien propicia estos golpes es el otro. El estado de enamoramiento es, pues, la consagración del “yo”, Narciso observando su hermosa imagen en las cristalinas aguas del lago. Y esto se debe a que, según Lipovetsky, «el narcisismo no sólo designa la pasión del conocimiento de uno mismo sino incluso la pasión de la revelación íntima del Yo» (pp. 64). Y cuando se está enamorado, esta «revelación íntima del Yo» se alcanza en toda su complejidad. Madeleine Hanna (y todos los enamorados) es buena prueba de ello.

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