Historia universal de la demagogia, de Andrés Mariño Palacio

Rescatamos el ensayo “Historia Universal de la Demagogia”, del escritor venezolano Andrés Mariño Palacio (1927-1965). Este texto está recogido en el libro Ensayos (1967), prácticamente inencontrable hoy.

HISTORIA UNIVERSAL DE LA DEMAGOGIA

Andrés Mariño Palacio

Antes de hacer la historia viva de la demagogia, hay que narrar la historia misma del vocablo. Su significado intrínseco, natural, es el engaño de las masas por el político habilidoso, para alcanzar sus ambiciosas finalidades de poder. Pero el tiempo y los hombres, los hechos y sus consecuencias, van modificando paulatinamente el contenido vital de cada frase. Así vemos cómo unos vocablos se han aristocratizado mejorando notablemente su calidad inicial; así vemos cómo otros, en lugar de experimentar tan notable ascenso han caído en la más anonadante de las degradaciones.

El vocablo demagogia ha tenido una evolución maravillosa. El tiempo, los hombres y las épocas le han sido favorables: se han hecho a través de distintas metamorfosis un vocablo de purísimo contenido estético. Ya no tiene una solitaria significación política, sino que representa al lado de su estupenda aliada la imaginación, algo así como un elixir que a todos nos embriaga, que a todos nos seduce y obnubila, y que nos hace ver exquisitos mundos de ensueño donde nada en realidad prístina existe. Hoy por hoy, pues, el concepto de demagogia es concepto estético del existir a través de la ilusión, de cambiar el pan cuotidiano de todos los días, por el pan maravilloso hecho de nubes y ensueños, delirio y sonambulismo. Todo ello ha sido engendrado por un vocablo; un vocablo que es en sí raíz de una época, sedimento de muchas pasiones, substancia de demasiadas realidades que lucen verdaderas siendo solamente demagógicas.

¿Qué podemos hacer ante la demagogia; ante la demagogia y su continuo inmiscuirse en todos los asuntos humanos? Acaso ¿cruzarnos de brazos o dejarla pasar en su avance arrollador a través del tiempo, o en última instancia, tornarnos en fieros opositores de lo que no existe, de lo que no es tangible y concreto y por lo tanto se halla exento de cualquier clase de oposición? A la demagogia no podemos oponernos porque sencillamente no existe, no posee forma corpórea ni tangible. De allí nace su absoluta impunidad, su terrible omnipotencia, su estable poderío. ¿Cómo luchar contra lo que vive en el aire y por el aire es alimentado y en el aire desarrolla sus hechos y ese mismo aire quizás sea su propio destructor algún día?

No lo sabemos. Las visiones hay que destruirlas mirándolas de frente, sin temor alguno, con el corazón arraigado en su sitio de combate.

El tiempo que vivimos es tiempo de confusiones y alegorías, es tiempo de río revuelto, es tiempo de humo y laberinto, es decir: es tiempo de demagogia y demagogos, y a él y a ellos tenemos que remitirnos.

Humildemente trataremos de echar las bases para una Historia Universal de la Demagogia.

1. LA POLÍTICA

Esta para algunos es el más justo sinónimo de la demagogia. Surgida de las costumbres de los pueblos que buscan siempre el mejor modo de convivir en calma depositando en manos de los llamados dirigentes las circunstancias del poder, ha tenido que apelar más que ninguna de las otras manifestaciones demagógicas al engaño y al sortilegio hechizante. El político goza del dominio de las formas: debe tener algo de fakir, mucho de ilusionista, en exceso de encantador de serpientes.

¿Cuando un orador henchido y despampanante sube a la tribuna para arengar a las masas no os imagináis al instante que cuando lleva la mano a su bolsillo interior va a sacar taumatúrgicamente una liebre o varias ágiles palomas?

Encantador de serpientes, fakir o ilusionista, lo cierto del caso es que el político a todos engaña con su mágica flauta. Y es el más demagogo de los demagogos porque nunca su demagogia alcanza esos planos excelsos del arte por el arte que podemos advertir en el poeta, el novelista, el amante o el beodo. La demagogia del político tiene siempre fines rigurosamente prácticos. Y para llegar a esos fines terriblemente prácticos tiene que utilizar medios increíblemente severos.

Así nos explicamos ese rostro grave y sesudo de los estadistas, sus ceños comprometedores, sus miradas que parecen semejantes a las de Jehová cuando estaba creando el universo y los seres que le poblarían. ¿Y no es, acaso, el político un Jehová resurrecto que crea de la nada, que transforma los castillos de naipes en sólidos basamentos, que saca de las costillas del Tesoro Nacional miles de graciosas y ondulantes Evas? He aquí, pues, que se imponía la simpática comparación y el digno paralelo.

El demagogo convence a todo el mundo. Debe comenzar su terrible hazaña de transformación por convencerse a sí mismo de la seriedad de sus fines y de la trascendencia de sus propósitos; y llega siempre a magníficos resultados; el demagogo es capaz de dejarse llevar a la guillotina o al Congreso o a una cartera de Ministro para no renunciar a sus ideas. ¿Y cuáles son las ideas más verticales del demagogo? Pueden sintetizarse en tres consignas sagradas: poder, poder y poder. Siempre el poder. Para el demagogo el poder es la vara taumaturga del mago cuando aún las bambalinas se estremecen con los aplausos del público.

Podemos cerrar este primer capítulo de nuestra Historia Universal considerando a la política como madre putativa de la Demagogia.

2. EL PERIÓDICO

Muchos pensarán que en lugar del periódico me iba a ocupar de la historia como una de la mala demagogia. No; aunque si bien es cierto que ésta nutre, alimenta, sustenta e inspira a la gran mayoría de los demagogos no podemos hacerla culpable de ningún modo ni manera puesto que al fin y al cabo la mayoría de los ilusionistas quedan vencidos frente a la gran ilusión de la historia.

En cambio ¡oh el periódico! es uno de los baluarte más sólidos e interesantes de la demagogia. Y explica claramente el que hayamos dicho en nuestra introducción que el tiempo que vivimos es tiempo de demagogia.

Es tiempo de demagogia, repetimos, porque, sencillamente es tiempo de periodismo veloz e informativo, gas sobre gas, aire sobre aire, sutileza sobre sutileza es una de las razones modernas que mejor alimentan el desarrollo de la demagogia.

El periódico crea conceptos fáciles, sintéticos y ligeros sobre todos los humanos asuntos. Hace de la política una función tan trivial y amena como el juego de béisbol o el nuevo bolero que ha estrenado el cantante de moda. Convierte el último libro del prosopopéyico escritor en una brevísima crítica donde se les dice explícitamente a los lectores si el libro es bueno o malo. Hace de las más terribles desgracias y conflictos sentimentales el más escueto relato policíaco. Quita a los grandes temas —la sociología, la inmigración, la inflación, la próxima guerra— todas sus principales argumentaciones y las reduce al comentario ágil en media cuartilla de la distinguida colaboradora Madame Equis.

El periódico hace y deshace famas y nombradías; usted puede ser el mes pasado el hombre sin menor importancia de toda su nación, pero se le ocurre retratarse tres veces por semana en los periódicos, hacerse escribir sugerentes leyendas, no dejar que su nombre se escape de la mente de los lectores, y será al poco tiempo una gran personalidad entre las muchas grandes personalidades que ha creado el mejor auxiliar de la demagogia, o sea, el periódico.

El periódico es el máximo ayudante, a su vez, del político. El político sin el periódico se sentiría perdido. A través de ese vocero donde las ideas pueden reducirse a su esqueleto más ayuno de carnes no hay que tener ideas sino esqueletos de ideas; de allí nace esa manera de pensar por intermedio de slogans y consignas que caracterizan al político moderno.

Una de las más grandes demagogias del periódico y de los periodistas es hablar de libertad de prensa. El periodista no piensa sino como robot de las administraciones. Hablemos entonces de la libertad de administración. El día en que cada periodista tenga su periódico habrá, sí, libertad de prensa, auténtica, verdadera.

3. LA MUERTE Y EL TIEMPO

Agotamos la vida a toda prisa y vamos embarcados en el navío de la muerte que es el tiempo mismo.

Tiempo y muerte: he aquí presentes dos estupendas acepciones de la demagogia.

Comenzamos a tener conciencia del tiempo cuando tenemos conciencia de nosotros mismos y adquirimos la obsesión de la muerte cuando tenemos conciencia del tiempo.

¿Hemos vivido? Nos preguntamos a veces al contemplar cómo los meses caen del calendario y en nuestra memoria nada existe sino vagos recuerdos, pequeñas sensaciones, sutiles remembranzas. Ese gran demagogo que es el tiempo todo lo modifica, todo lo cambia.

El tiempo aniquila al héroe, destruye al vencedor, envejece a Don Juan, quita la inspiración al poeta. El tiempo es el aliado de la muerte y ambos son aliados de la nada, es decir: de la demagogia.

Ocurren hazañas, crímenes, sucesos, amores, triunfos, y el tiempo implacable lo borra todo al final. Y al final nada queda; todo era ilusión de los sentidos y delirio de la imaginación. Cada día que nos despertamos al mundo estamos naciendo de nuevo. Neonacemos con cada alba que nos alumbra.

Hay un momento en nuestra vida en que tememos a la muerte; en que pensamos en la inmortalidad del ser metafísico que anima nuestra carne; pesamos con terribles mediciones las horas de la soledad; tratamos de encontrar una solución para el proceso cruel de nuestra fuga mortal; ¡y a qué dolorosa conclusión llegamos luego!; la muerte, como tantas otras hijas de la demagogia, es la nada, es el siempre desaparecer, el hacer mutis por el foro de las circunstancias teatrales.

La muerte y el tiempo: dos encantadoras formas que complementan el gran todo.

El tiempo se apodera de nosotros, nos obliga a hacer todo lo que le apetece, quiebra nuestras voluntades, mixtifica nuestros sueños, anula nuestras realidades, y, finalmente, se burla gloriosamente de nosotros diciéndonos: —Nada era cierto: he aquí que yo les conducía hasta el embarcadero de la muerte.

4. EL POETA Y EL AMOR

¿Qué culpa tiene el poeta de que le incluyan en esta Historia Universal de la Demagogia? ¿No es acaso un feroz atrevimiento del autor para quien ha sabido ser el más puro, el más creyente, el más iluminado de los demagogos? ¿Quién podría negar al poeta la fe estupenda que tiene en sus metáforas, en sus ensueños, en sus mitos? Esto es algo que nos lleva a meditar largamente entre si incluirle o no incluirle en nuestra enumeración. Cierto es que el poeta lleva a cabo el arte por el arte, o sea: la demagogia por la demagogia misma. A nadie pretende convencer, como el político, a nadie pretende engañar, como el periódico, a ninguno conduce por miles de angustias y obsesiones para concluir en la nada, como el tiempo. Entonces ¿por qué razón le condenamos a figurar en esta odiosa antología de la demagogia?

He aquí una buena razón: el poeta es quien hace posible el amor; y el amor ¿no es una estupenda manifestación de la más espléndida demagogia?

Los sentidos pierdes sus naturales perspectivas cuando el amor prende en nosotros. Adivinamos cualidades en el objeto amado que éste nunca ha poseído; es más: le cargamos nuestras propias cualidades sin cargarle nuestros propios defectos y al contrario, con este acto le estamos despojando de los que pudiere tener. La imaginación ocupa el puesto de la razón; por los días en que el amor vence a los sentidos somos los más fervientes creyentes en el hecho mágico de la vida y en ese otro hecho divino que se llama utópicamente la bondad de lo hombres. Los enamorados son seres inofensivos y expuestos a todos los riesgos imaginables. Desde el matrimonio hasta un accidente automovilístico. Los enamorados pierden el sentido de la economía y del arribismo, adquieren en cambio el del sagrado hedonismo y la felicidad burguesa; creen, finalmente, hasta en el Paraíso recobrado.

Y ¿quién es causante de todas estas circunstancias demagógicas? Nadie más que el poeta. Él, ha cantado las formas delirantes del travieso dios amor; ha divinizado a la mujer poetizando sus ojos y su cabellera, sus manos y sus sentimientos, su rostro y todo lo que de ella emana y deriva. Por eso, yo sería partidario de que cada enamorado caído en el despecho en lugar de suicidarse fuera a buscar al poeta causante de su erupción demagógica y le propinara cuatro palos.

Esto último, sin embargo, es un mero decir.

El poeta y su correspondiente el amor son dos de las formas más delicadas de la demagogia. Y aquí comienza a hacerse un poco simpática, un poco agradable, esta inteligente harpía que ya nos estaba resultando superiormente tediosa.

El poeta nos da la magia del amor y el amor nos entrega, en cambio, la magia de cada cosa a cambio de un trastorno absoluto de los sentidos.

Son dos formas demagógicas dignas de ser cultivadas muy asiduamente por los hipersensibles.

5. EL MAR Y LA BELLEZA

Cuando nos encaminamos a la orilla del mar parece que estuviéramos dejando muy atrás todo lo que constituye la resaca de nuestras existencias. Sucede que el océano actúa sobre los hombres en una forma decididamente profiláctica; no sólo en el aspecto físico, sino también en el espiritual; a la orilla del mar, en esos atardeceres espléndidos signados de curvilíneas gaviotas, damos libre curso a la veta de ensueño que en toda alma común existe. Aquí el mar es un recurso magnífico para los fabricantes de ilusiones; su misma razón de cuerpo inquieto y móvil; los elementos marinos tan propicios a las poetizaciones inmediatas; su maravillosa conciencia del hecho material que nos lleva a buscar en cada alga o en cada estrella de mar un correspondiente necesario dentro de nosotros mismos.

Talismán que nos conduce al sueño, llave magnífica que nos libera de la opresión de la sociedad y de nosotros mismos —más grave opresión, quizás—, condiciones éstas que hacen del mar un elemento demagógico de gran aprecio para las mentalidades afirmes a la divagación.

Pero el mar nos lleva también a meditar en el hecho de la belleza. La belleza misma en su significado puramente femenino se encuentra ligada inexorablemente al mar. He aquí que casi siempre la mujer que más nos conmueve es aquella en quien adivinamos reminiscencias marinas. Hay pupilas de mujeres que nos hacen soñar con océanos maravillosos; hay mujeres que al caminar arrastran tras de sí toda una estela de navío en alta mar. No podemos desligar la belleza de la mujer de la belleza del mar. Ni el engaño que el mar despierta en nuestros sentidos haciéndonos sentir falsamente poderosos, ni la quimera que la belleza despierta en nuestros instintos conduciéndonos a las más atrevidas aventuras.

¿Cómo definir el hecho mismo de la belleza sino a través de la imaginación que corretea en nosotros como un travieso duende? En ocasiones la razón de lo bello no está en el objeto que amamos sino en nosotros mismos; en nosotros mismos que a conciencia y placer lo vamos provocando; gozamos con el descubrimiento y no nos importa a fin de cuentas si esa belleza, si esa aproximación a lo bello, no es verídica o carece de comprobación inmediata.

La belleza, pues, es una manifestación más de los desequilibrios imaginativos que sufren nuestros sentidos y órganos perceptores; ella tiene algo de sirena y mucho de ninfa perversa, nos ciega siempre y cuando lo hace, nunca es para bien nuestro, sino, al contrario para perdernos en el más encantador y peligroso de los humanos laberintos.

6. EL PLACER Y LA EMBRIAGUEZ

Hay un nuevo capítulo que escribir en esta Historia Universal; es el que corresponde al placer. ¿Se vive o no se vive para el placer? ¿Qué es lo que impulsa al hombre en sus empresas y hazañas más heroicas sino el hecho de tratar de colocarse ante el mundo en la mejor forma posible de tener acceso al placer? Y el placer es una negación de la realidad, puesto que reside en la sensación, y la sensación viene a ser un examen lógico, un embrujo de los sentidos: es decir: demagogia pura, metafísica elegante, simbolismo alucinado.

¿Cómo probarnos a nosotros mismos después de haber conocido el goce, el deleite supremo, que éste era verdadero, auténtico? La duda queda y el hombre se lanza de nuevo desesperado a la conquista del placer mientras éste le sonríe detrás de una gruta florecida y huye de nuevo en fuga grotesca con agilidad de ciervo. Esa es la consigna que rige a los humanos —esclavos en la noria— en su búsqueda del goce por entre las jornadas lentas que marca obsesionante el señor Tiempo.

Y algunos, sin embargo creen tener el placer llegando al clímax de la embriaguez. O sea, que esta fórmula puede sintetizarse diciendo: metafísica más metafísica para llegar como resultado a metafísica pura. Lo abstracto para conquistar lo abstracto, lo invisible para conquistar lo invisible: neblina para vencer el humo.

La embriaguez es la solución más a la mano para hacer que los proyectos se lleven a cabo sin necesidad alguna de vivirlos. ¿Qué necesita el amante de la ebriedad en su deslumbrante universo de fantasmas y alegorías de la presencia odiosa de la realidad? Cuando se está ebrio anulamos la marcha del tiempo; éste pierde su condición de omnipotente. Es nuestra imaginación quien entonces regula los relojes y quien da marcha atrás o marcha adelante a los aconteceres históricos.

El prisionero de la embriaguez juega con las siluetas del pasado, traza sombríos bocetos sobre la blancura inmaculada del presente y se lanza sobre el porvenir como el bailarín inverosímil que ha perdido el control de sus ritmos en la geografía del escenario.

¡Ah! la embriaguez crea posibilidades, rescata situaciones dormidas, hace que veamos desde una nube la realidad terrena y que tengamos oscuro temor de todo lo que es sensato, de todo lo que es venerado por los que se llaman a sí mismos gente cuerda.

7. EL ARTE Y LA NOVELA

Todas las manifestaciones del arte vienen siendo en síntesis cabal manifestaciones purísimas de la más perfecta demagogia.

El artista lucha contra la realidad, se enfrenta a ella con el escudo de la imaginación, deforma a las instituciones, las cambia y las modifica, anula los sentimientos, crea el símbolo audaz, da nacimiento al mito que es el alimento de los pueblos en el devenir de los siglos.

El arte hereda los derechos del sueño. El artista con las bombas fabricadas en la imaginación destruye las bases sociales de su época y da lugar a nuevos conceptos, a nuevos estilos para vivir, amar u odiar. Tanto el renacentista como el surrealista han actuado en forma más contundente sobre los hechos terrenos que todos los políticos reformadores y revolucionarios juntos. El artista ataca el punto más débil del hombre civilizado: la imaginación. De allí nace esa su habilidad taumatúrgica para ser siempre el dragomán de su tiempo. Homero vence a Ulises, Platón a Pericles, Erasmo a Lutero, Rimbaud a Robespierre, Víctor Hugo a Napoleón III, Thomas Mann a Adolfo Hitler. No es lo mismo ser demagogo por la demagogia misma, que demagogo por la especulación de la materia. El político es demagogo de la demagogia misma, el poeta en cambio, es demagogo puro: el que falsea la realidad por el simple hecho de soñar.

La novela transforma la vida diaria en boceto glorioso donde el tiempo del personaje es tiempo de trascendencia y aventura, donde hasta las formas del tedio y la desesperación dejan de ser ingratas para convertirse en heroicas. El novelista exalta siempre el sufrimiento, dignifica la angustia, embellece las situaciones dramáticas. En la novela el hombre se convierte casi siempre en héroe.

Aun la novela que pretende ser realista es por lo común irreal, puesto que olvida una de las bases más reales de la vida, esto es: la imaginación, la mentalidad del hombre deformando los hechos. Puesto que puede considerarse la mente humana como una sutilísima retorta literaria donde conviven símbolos y metáforas extraídas de la experiencia diaria y que cambia dentro de cada quien todos los sucesos externos. De dos personas que contemplan un crimen, cada una de ellas tiene en su imaginación una metáfora mental del suceso completamente distinta a la del otro. De allí surge nuestra teoría de la novela como magnífica demagogia sobre la realidad vital. La novela se adelanta a la vida, supera a la vida, puesto que es una cosmovisión de escenarios y personalidades. Mientras que el existir terreno nunca está sujeto a las leyes, resultados ni técnicas: sino a ese sencillo, humano y lógico fluir, a veces grato, a veces ingrato, pero siempre encantador.

EPÍLOGO PARA ESTA HISTORIA UNIVERSAL

¿A cuáles conclusiones llegar después de finalizar esta historia enumerativa de las posibles manifestaciones demagógicas? Pienso como primera conclusión, afirmar que nuestra época, este siglo, es tiempo de demagogia, de especulaciones sobre la imaginación y sus derivados intelectuales. La órbita de acción práctica de cada hombre se ha reducido notablemente con la marcha precipitada de la civilización. Hoy todas nuestras actividades se encaminan a suscitar reacciones intelectuales en cada hombre. Ya los resultados materiales no convencen a nadie. El mejor resultado práctico ha venido a ser, aunque luzca paradójico, el símbolo. Ningún hecho material conmueve a las masas, como antes, ninguna hazaña o heroicidad. Superior a las campañas de Alejandro es para el hombre moderno —hombre metafísico en esencia—, la campaña intelectual enrevesada de Marcel Proust en En Busca del Tiempo Perdido, asimismo, la Teoría de la Relatividad de Einstein nos deja más perplejos que las aterradoras correrías de Benvenuto.

Como segunda conclusión quiero anotar que la vida, el existir terreno, no es más que demagogia, demagogia pura voluta que se eleva hacia los cielos y que el viento se lleva y desmenuza. Ya lo ha escrito Dostoiewski interrogándose: “¿Y no es un sueño nuestra vida?” Como única prueba de que hemos vivido apenas tenemos la memoria y lo que somos y constituimos en el devenir del tiempo como esencia y prolongación de actos y pensamientos. Es decir: no tenemos ninguna prueba. Somos partes, átomos integrantes de la Comedia Humana. Balzac tiene la razón y es, quizás, más creador que Jehová mismo.

Como tercera y última conclusión escribiré que quizás este intento de Historia Universal, sea, como los capítulos anteriormente enumerados, una manifestación más de la demagogia que circunvala por el mundo envuelta en su abrigo de niebla.

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