Esta no es una vida minúscula: Jeidi, la virgen de Villa Prat por Berenice Romero

El jingle con el que daba inicio la caricatura ochentera Heidi repetía en su estribillo, en un tono agudo pero contundente (al menos para el doblaje en español), una serie de cuestionamientos por parte de la niña de mejillas rosadas dirigidos a su abuelo; la mayoría de las preguntas versaban sobre los momentos felices de la infante y con un énfasis especial, gritaba: «¿Por qué? ¿Por qué?»

Ángela Muñoz, la protagonista de esta novela y a quien todos en el pueblo conocen como Jeidi porque vive en un cerro en Villa Prat, donde apenas se asoma el proceso modernizador, no es una niña en la que predomine la felicidad: es huérfana de madre y abandonada por su padre, a los once años vive un embarazo virginal. Es 1986 y el campo chileno descrito es crédulo, ingenuo y con un profundo interés de ser noticia, de afianzar sus costumbres y religiosidad. Conforme avanza el embarazo el pueblo se somete a una especie de adoración sobrenatural, pero para Jeidi sólo significa sentir acrecentar su miedo, ve afectada la vida de su abuelo, la turbación de sus amigos Ariel y Vicky, y aunque es un personaje con un inagotable humor risueño, al percibir los cambios de su cuerpo, se mira frente al espejo y sabemos, a través de un narrador benevolente que se siente: «[…] idiota, irascible, sensiblera y taciturna», que «apenas se soporta y se siente muy cansada. Le pesa todo, por dentro y por fuera. Antes no entendía ni de lejos por qué alguien se quitaría la vida. […] Ahora no le parece tan deschavetado que te parta un rayo y no saber más.»

«¿Por qué? ¿Por qué?» si la niña de las colinas verdes era quien se cuestionaba incesantemente, ahora es el lector quien se lo pregunta conforme avanza la lectura. El lector moderno, que siempre tiene un pie en la tierra y espera un toque de realidad –quizá por un asunto de reconocimiento y/o identificación- desea saber por qué Ángela, qué sucede con la infante. Hay una búsqueda racional para ese embarazo milagroso. Se potencializa como primera salida fácil una niña que como producto de su soledad y aislamiento (la niña aunque tiene profundo cariño por Vicky, ha creado una relación diaria de conversación con un calcetín y una braga amarilla) está algo desequilibrada. La autora sabe manejar muy bien este titubeo entre mostrar pasajes con toques sumamente apegados a la realidad y la cotidianidad a la que se enfrentan los cuerpos femeninos y la intervención de lo fantástico en incluso de un realismo mágico.

Jeidi es una novela chilenísima, el uso a diestra y siniestra del español chileno se desborda por toda la novela lo que la hace parecer una historia que sólo puede suceder en el campo chileno de los años ochenta, sin embargo el uso de ese lenguaje construye un mundo narrativo que tiene una configuración capaz de representar la provincia, cualquier provincia. Hay humor, cierto, pero sólo para hacer más llevadera la dureza de algunos temas que sin duda son importantes para la narradora y por qué no para un numeroso grupo de cuerpos femeninos («El tío no la tocó más desde el incidente del brasero, y esa cicatriz en el brazo siempre roja e inflamada le recuerda su victoria. No es raro que los hombres la repugnen. Descubrir cómo unos viejos que creía respetables le miraban con descaro los pechos le confirmó la idea de que todos eran unos cerdos»).

Con Jeidi, Isabel M. Bustos se hace valer como autora y hace valer el trabajo de escribir y de contar historias y emitir construcciones que entre el manejo de la ironía y un humor sutil aborda temas tan fuertes como dolorosos en cuanto a las dualidades público/privado, laicidad/religión, familia/individualidad.

Esta novela se vuelve entrañable porque estamos frente a una autora que quiere a sus personajes, que los cobija, los cuida. El lector lo percibe y los mima y aprecia de la misma forma. Leemos por ejemplo: «Se para sobre un cajón para mirarse la guata en el pedazo de espejo. Se ve bastante más crecida. La toca en redondo con las dos manos y con toda la ternura que antes dedicaba a los animales. Se pone la venda para sujetarse las pechugas, que están casi como las de la Vicki. No se acostumbra a ellas y por eso se las aplasta aunque le duelen. Se viste con una camisa del abuelo y le cambia el agua con ceniza a las olivas.»

El lector de esta novela no sólo está frente a una historia bien escrita sino una narración renovada y trabajada con la sinceridad de la que algunos autores ahora se han olvidado de exhibir. Bustos no tiene miedo de experimentar y divertirse hollando caminos poco claros moralmente para la curia de los políticamente correctos. Dispuesta al humor y al asombro, pero en el borde de lo psíquico, la narración de Isabel M. Bustos logra una fuerza narrativa que alude a la experimentación pero desde un ejercicio de naturalidad. El texto se sale del marco de la posmemoria y decide adentrarse en la ficción, en la escritura fluida y en la posibilidad escéptica regalada al lector.

 


Berenice Romero es doctoranda en Literatura en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Licenciada en Comunicación por la Universidad de las Américas Puebla y Magíster en Literatura Mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Es editora de la revista Taller de Letras de la Facultad de Letras de la Católica de Chile. Ha publicado en distintos medios y revistas, así como ha participado en varios congresos de literatura. Su área de interés es la narrativa latinoamericana y japonesa reciente. Sus investigaciones versan entre la intertextualidad, la literatura comparada, la narrativa trasatlántica, el orientalismo y la ecocrítica desde un vínculo sintoísta.

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