Cuento: En blanco

           El señor de los ojos panda (el señor cansado, el señor con bolsas bajo los ojos, el hombre que tiene ojeras o lo que es lo mismo, el señor de los ojos panda, como yo le he  puesto) ha vuelto a salir gritando de su casa, esta mañana, como si estuviese fuera de sí y se llamara a sí mismo desde un lugar muy lejano. Los vecinos ya no se quejan, es parte de la rutina de cada mañana, ellos nos advirtieron que es mejor dejarlo gritar, su llamado acompaña la caminata de la señora Fernández, sobrepasa el ruido de las tijeras del jardinero  y acompaña los dibujos animados de la pulga, mi Albertito.

        El señor de los ojos panda será sedado en cualquier momento como parte de la rutina, y nosotros por otro lado, no nos sorprenderemos cuando mañana salga temprano otra vez a llamarse. El señor de los ojos panda llegó hace un año, yo he querido hablarle desde entonces, él y sus gritos han puesto vida a este edificio, lo hacen más que un espacio sin color, él y sus gritos constantes han hecho que yo vea el día, que salga al balcón temprano para ver cómo se lo llevan a la fuerza, y cómo él pelea. Él es el cuento corto de la esperanza, yo sueño a través de él que me escapo, y que tengo que llamarme como si estuviera del otro lado del mundo. A veces siento que estoy del otro lado del mundo, aunque no sé muy bien cuál es este.

          Albertito dejó de llorar hace mucho, y espero que sea de contento, porque sólo mira día tras día el televisor. La señora Fernández a veces nos invita a caminar, nos llama, nos saluda, yo sé que quiere ser simpática y lo es, pero me entran unas ganas terribles de degollarla, aunque luego se me olvida, se me olvida tanto como los días que el jardinero viene a cortar las flores, mis favoritas, porque ya están muertas, porque todo se muere, y me asusto cuando oigo las tijeras, aunque esté un piso más arriba, aunque toquen a mi puerta para avisarme. El señor de ojos panda se cruzó  conmigo en el pasillo, venía callado y fue difícil verlo, tenía la boca cerrada y al pasar junto a mí ha sonreído, luego siguió de largo y yo creo que ha sido el instante más hermoso desde que llegué hace tres años, la única sonrisa verdadera en estas paredes. No he dejado de pensar en eso y ahora no me puedo dormir, y espero enloquecida sus gritos que me llevan al otro lado del mundo. Le conté a Albertito, pero él dice aburrido sin mirarme que estoy loca, que todos lo estamos, y que el señor al que yo le he puesto ojos de panda es el más desquiciado, yo sé que exagera, que  no es más que un niño.

      Alguien me ha sacudido esta mañana, me ha quitado la cobija, y ha dicho que debo pararme de la cama, no sé quién es y ella se nombra mi amiga sonriendo, busco a Albertito con la mirada, en su sillón hay un muñeco y la televisión está apagada, antes de poder asustarme por la mujer que sigue hablándome, recuerdo al señor de los ojos panda y corro al balcón. Esta es su hora, lo sé porque allí anda la ridícula señora Fernández caminando, porque el jardinero corta las flores que le faltaron ayer, pero no oigo los gritos, en cambio, veo al señor de ojos panda, sentado en un banco y entonces, noto un vasto silencio blanco como un oso difunto, y grito llamando a la que fui hace tres años, pidiéndole que no degüelle a la niñera, ella no tuvo la culpa de que Albertito se ahogara.

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