Tres poemas de Ramón Palomares

En memoria del escritor venezolano Ramón Palomares, compartimos tres poemas de su autoría.

SALUDOS

Saludos, precioso pájaro.
Y no abandones el oro de las plumas
entre aquellas nubes
ni pierdas el canto en el dominio de los truenos.
No sea que pases del cielo
y quedes preso en los astros.

De viajes, cuánto se ha perdido,
cuánta ola estrellada en el acantilado,
mientras tus alas
robaban fulgores al poderoso perro del cielo.
Y cuánto de lluvias,
de verano, de hierba roja
por la implacable estación.
O de gris, nieblas y continuado fantasma
frente al joven enamorado de barcos.
Los vecinos perdidos,
el llanto de amigos
que he visto secar en paños
por olvidos e irremediable paso.
Ni qué decir de la muchacha
cuyo pecho hasta ayer fuera tan liso
y que luego se ha visto
como exquisito racimo.

Saludos.
Pero, amigo de viajes,
¿cómo poder contar las pérdidas,
ventas que se han hecho,
nuevas adquisiciones?
Y si la modesta familia
vende las posesiones de provincia
y compra apartamentos confortables,
¿no hemos vendido al corazón
y una y otra vez
cambiado los pareceres de conciencia
para entender mejor las noticias a la semana?
Y mientras tú por el pasado año
te entregabas a los aromosos cielos del norte,
aquí las muertes y los nacimientos
cambiaban las cuerdas del buque
y hacían trastabillar al viejo.
Y mientras robabas a ese perro
los bellos fulgores,
el oro para majestad en tus alas,
los cambios de ciudad,
las venidas al amor,
los cantos de una ilusionada nube
que nos ahogara en deseos
pintaban nuevas y extrañas figuras
en la quilla del buque.

Y entretanto no había más
que el incesante brillo
y el incesante batir de esas alas
sobre espumas y ciudades,
sobre campiñas y lejanas praderas;
más allá de las torres establecidas por la
caída de la noche.
No había más que esos ojos absortos,
fijos hacia el norte o el sur,
la cola firme,
a manera de timón,
y el impulso
y la ruta que algún hilo indicaba.

Y el cielo, y los aromas
de flores muertas o recién abiertas
y los aires cambiantes.

Y nada más había para ti,
amigo de viajes;
las idas, los regresos
encontraban esas pupilas
quietas, serenas, tendidas
en medio a las carreras que el cielo juega.

Saludos.
Apenas para ti hay tiempo de cantar
en el delicioso jardín
y sacudir en el estanque las alas
allí donde el viento no ha podido vencer.

MÁSCARAS


He aquí que existimos en el límite de la mentira
que nuestra vida es impalpable
que estas personas representadas pertenecen
a un dueño de otro orden.

Cumplimos cabalmente en escena
ante el gran público. Así recreamos bajo los astros
y acudimos a una cita en los vientos
saliendo al paso de nuestras fiestas.

Nuestro corazón está prestado a otros personajes,
murmuramos un sueño y nuestros labios no son responsables,
somos bellos o nobles según las circunstancias.
Nos asalta un delirio azaroso
y caemos en los escenarios bajo una voluntad extraña.
Y no tenemos vida,
pues andamos sobre ruedas en un país desconocido
cuyas flores nos interesan de manera frívola
y cuyas mujeres nos aman en alcobas de falsedad.

Producimos un fuego y su corazón azul
crepita con más fuerza que el nuestro
en tanto arden los leños a la manera de sangre.

Nos permitimos ser extraños. Falsos.
Llevar una emoción no sincera.
Mientras andamos, desterrados de nuestro cuerpo
en un interminable paseo.

ADIÓS

				Para Antonio Luis

Llovió y ha vuelto a llover
y cayeron las hojas y el sol las abrazó y el viento vino 
y arrastró las hojas y sonó la hojarasca
y otra vez cayeron las hojas y el sol las abrazó y vino el viento 
y el rocío se hizo en la yerba y se fue
y abrieron los capullos y el insecto rompió la húmeda cáscara y voló 
y otra vez el pájaro que cantaba en la cuerda
bajó a jugar bajo el rosal y volvió a su cielo
y cantó y la mariposa estuvo dormida al amanecer y con el sol caliente subía dando ligeros golpes 
y la lluvia la heló y otra mariposa voló por el jardín y el jardín de ayer 
quedó yerto y enrojeció y volvió a quedar yerto y pálido y las ramitas secas 
chasquearon y cayeron al césped y el sapo cambió de sombra y volvió a cambiar 
y ha buscado otra sombra húmeda
y el gusano ha terminado de hilar y ya voló y ya volvió a hilar y el viento 
mueve la hoja que lo hospeda
y los jejenes han ascendido en el vaho caluroso y caido con las aguas del cielo
y se han levantado de nuevo porque otra vez ha sido el día caluroso 
y la hilera de hormigas corta el campo en el claro seco y boronoso y ahora regresa al patio sembrado
y el ratón de monte ha dormitado largamente en su cueva y ha despertado por muchos días corriendo en secreto 
lejos del búho y ha caído lejos de las garras del búho y el búho comió y pasó noches de hambre y volvió a su comida 
y duerme este día y se despertó de nuevo y cazó la rata gris 
y un hombre encontró su pareja y se amaron y el hijo que nació encontró su pareja y la amó
y el hijo que de allí naciera encontró su pareja y la amó y de allí nació un hijo 
y el hombre murió y volvió otra muerte y se llevó otra vida y otra vida se apagó al entretanto 
y vinieron hermosas costumbres y cambiaron las
viejas costumbres y otras costumbres y modales se cambiaron y 
se levantaron templos prodigiosos y los templos prodigiosos se fueron y llegaron nuevos templos prodigiosos. 
Y se levantaron los ídolos todos de metal noble y refulgente y dieron vuelta y otro rostro cubrió el rostro de ellos 
y otra vuelta cambió este rostro por otro de otra forma
y el polvo hundió los ídolos y salieron flores del polvo y el desierto llegó a cantar un largo silencio 
y las ciudades despertaron y se durmieron y se ocultaron y desaparecieron 
y volvieron a nacer con sus comercios y sus tiendas y sus reyes y príncipes 
y poetas y bellas mujeres y mártires y guerreros y sacerdotes y santos y maestros
y muchachos atarantados y viejos
y la luna estaba dando vueltas y se encendía toda y se adelgazaba y se hacía tenue 
y se llenaba y se vaciaba de plata y volvía a llenarse y a subir tarde y tarde bajando tarde y tarde y noche y noche 
y la tierra corría y corría y regresaba y corría y la tierra en la noche en la oscuridad dando su cara negra y rodando su cara deslumbrante y su azul ligero y su azul negro y sus nubes y aladas 
y sus nubes estripotosas y deshechas con el mar que saltaba hacia su madre y saltaba desde el pecho de su madre 
y con el viento que lloraba y cantaba como un niño y lloraba y cantaba como una mujer y lloraba y cantaba como un anciano y como un perro 
y como un mar hasta que era otra vez viento y lloraba y cantaba 
y la tierra iba loca y bella entre sus madres entre sus padres loca como una jovencita y loca como una mujer en una fiesta 
y como un paso de baile y como una caída de flores y como un beso 
iba y venía mientras las grandes redes de estrellas subían y aleteaban como insectos 
desesperados de amor y como 
chispas que volaban desde la raza áspera y como cabelleras solas y como fuego solo y como 
oro raptado y oro yéndose y oro viniendo y oro jugando en todas partes y moscas plateadas y anillos perdidos y collares 
y cuellos y rostros de mujeres exquisitamente desenvueltas y allí las noches 
soltaban sus amarras y se aprisionaban y amaban la noche hembra y la noche viril 
y el tiempo hembra y el tiempo varón y la vastedad toda y los círculos de vastedad 
que iban y venían a sí mismo y de sí mismos alejándose y entregándose y frotándose 
como dos hocicos de hembra y macho encelados, tigres, lobos en celo. 
Y ha vuelto a llover y dime qué sol ha venido y qué canción has oído y que mariposa baja hasta la flor del patio 
y duerme y
dame ese perfume que todo es un perfume y una esencia y una vaga brisa que llega y se mueve anda y desanda 
y dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir
y si de ti todo se ha ido y todo está por llegar y todo está en viaje y todo es nuevo y vuelve.
Adiós Salud Adiós.

Adiós a Palomares

Ramón Palomares encarnó y verbalizó, es decir, dio cuerpo en las palabras a las circunstancias ideológicas, políticas, económicas y sociales de su generación, tanto en Venezuela como en la mayor parte de América Latina, marcadas por el abandono de las zonas rurales del interior para insertarse en una vida ciudadana interna y externamente.

En Caracas formó parte del grupo Sardio, con quienes publica su primer libro, El reino (1958). Ya desde ese momento estaba prefigurando lo que iba a ser su obra poética: un retorno físico e imaginario a su Escuque natal, para finalmente decirle adiós. El gran mérito está en haber objetivado con una sensibilidad particular esa experiencia en el lenguaje, revelando un estado de conciencia especialmente sensible en el que la bondad y la comunión con el entorno y sus seres son determinantes, además de recrear y detenerse en el decir andino en sus poemas.

Palomares tiene, en ese sentido, gran interés dentro de los actuales estudios lacanianos, amalgamando el lenguaje a las condiciones personales subjetivas y las externas colectivas, a través de un estado de conciencia. Es, para los poetas latinoamericanos contemporáneos, y de otras latitudes, un maestro dignísimo de estudiar e imitar con modestia y admiración. Su influencia en escritores consagrados, como Cristina Falcón Maldonado, por ejemplo, también es inmensa.

Salvador Garmendia ya había señalado que los países latinoamericanos fueron divididos de manera arbitraria. Y por eso, cada retorno al pueblo perdido tiene un ambiente y un lenguaje particular, como es el caso de Palomares. En estas diferencias, la experiencia poética de la realidad se vuelve un punto de encuentro entre este y otros autores de su generación y las siguientes, más allá o a pesar de las certitudes políticas e ideológicas divergentes. La patria en la obra de Palomares es el retorno a una aldea interna, que se encuentra, como dice Riley cuando habla de la Arcadia, en “la introvertida mente de los amantes”, entre la realidad y la irrealidad.

Y hoy, a pocas horas de la muerte del bardo andino, Ramón Palomares, uno y plural, nuestro y de todo el continente y el mundo, es necesario oír el eco del lenguaje musical de sus poemas, que corre por un pueblo de otro tiempo, como el frío río cristalino de la conciencia por el que todavía nadan las truchas de su legado. 

Miguel Pizarro, premonición de Isaac Chocrón

En uno de sus ensayos sobre el exilio, Roberto Bolaño decía que la única patria de los escritores es su biblioteca, una biblioteca que puede ocupar un espacio físico o que puede estar guardada en la memoria. Y desconfía, por tanto, de los escritores que sienten nostalgia por su patria geográfica. Mientras que los políticos, agrega, no deben ni pueden sentir nostalgia, razón por la que para ellos es difícil “medrar en el extranjero”. Así escribo esto, desde la patria perdida pero intacta en la memoria.

Isaac Chocrón mantuvo entre 1959 y 1969 una columna en el diario El Nacional, que más tarde pasó a conformar un libro y llamarse Señales de tránsito. Hoy recuerdo en particular uno de esos artículos, titulado “Tatuajes, por favor”, donde Chocrón percibe como característica de las jóvenes generaciones de esos años el uso de tatuajes, y los celebra diciendo que en un futuro cercano estos borrarán las nociones de racismo. Por algo sería.  

Ese artículo, siempre girando como un disco en la memoria, me hace pensar insistentemente en la tensión de Jimmy Hendrix cuando era llamado a tocar en beneficio de sus hermanos de color por las Panteras Negras, quienes le reclamaban que también actuase y trabajase para los blancos. Sin embargo, el propio peso de la realidad llevó a Hendrix a hacer conciertos y canciones en homenaje a Martin Luther King, sin nunca cambiar una visión del mundo en la que cabían todos los colores, como la visión prismática de esa misma realidad, alterada por el ácido lisérgico. Esa es la visión del mundo que se manifiesta en los tatuajes.

Y todo se me viene como una cascada a la cabeza, donde todavía está revuelta el agua de una clase sobre la historia del racismo en América Latina. Sólo puedo decir, en base a mi experiencia, que una sociedad es como un organismo o una casa, en cuyo inconsciente o sótano se almacenan los recuerdos e intuiciones lacerantes para la integridad de ese organismo o casa.

En ¡Dale más gasolina!, radical libro chavista de Ociel Alí Pérez, este elabora la noción de racismo en la Venezuela histórica y contemporánea, y da algunas cifras. Es una llave a ese sótano oscuro de la historia y el inconsciente colectivo, elaborada con teorías de tipo académico, que abre la puerta de un debate necesario, y más que eso, un aspecto incómodo de la realidad. Pero que desgraciadamente también abre la puerta a un racismo anti europeo, idealizando la condición venezolana con la herencia caribe (como excusa del inatajado problema de miseria y violencia) y cerrando paso a la realidad diversa, como lo prueba un penoso documental de VTV sobre “Emigración venezolana”, que además “encubre” la descarada vida de políticos como Diosdado Cabello.

Es en este doble sentido que el diputado de la Asamblea Nacional venezolana Miguel Pizarro, fogueado en la lectura anarquista y la música punk, es la premonición de Isaac Chocrón con respecto a un posible nuevo tiempo en la sociedad y el panorama político nacional: la superación de un idealismo de lo popular y la capacidad de sostener una visión plural del pueblo diverso, no retorizado, y sus necesidades.

Del discurso del diputado Pizarro me gustaría recalcar ciertos aspectos. En una entrevista que Andrés González Camino le hizo recientemente para Urbe Bikini, este señala que: “Pizarro además cuenta que su madre fue perseguida por su ahora colega y amigo Henry Ramos Allup.‘Hay que saber perdonar y asumir nuevos tiempos políticos’, comenta al respecto”. Manera inteligente de mejorar y mantener ciertas políticas sociales alcanzadas por el chavismo, pero de un modo inteligente, eficaz.

En una intervención del 14 de enero de 2016 en la Asamblea Nacional, en la que el diputado defendió la Autonomía Universitaria (tema complejo y el cual se estudia a fondo en la Escuela de Letras de la U.C.V), lanzó esta perla de razonamiento con respecto a la función social, en su contexto, de la Universidad.

“Y qué distinto sería, camaradas, si ustedes entendieran que los estudiantes de medicina de nuestras universidades públicas podrían andar en los Barrio Adentro y en los hospitales de este país; qué distinto sería si ustedes entendieran que nuestra Facultad de Ingeniería, nuestros agrónomos, nuestros veterinarios, nuestros urbanistas, pudieran desarrollar mejores ciudades y mejores infraestructuras, si ustedes no los satanizaran como lo hacen. Qué distinto sería para este país y la crisis que hoy en día vivimos, si en lugar de ver a la universidad pública y a la universidad autónoma como un enemigo, como ustedes la ven el día de hoy, la vieran como un enorme aliado para superar la crisis que hoy en día tenemos”.

Pizarro tiene la capacidad de hacer una lectura de la realidad con diversos aspectos de esta, integrando lo que su lógica (más que ideología) le dice es más eficaz y lo que mejor cristaliza las aspiraciones generales. Su discurso, por tanto, no plantea una erradicación del chavismo y sus múltiples impactos en la sociedad venezolana (pues lo contrario es irreal), sino una integración de la realidad sin maquillar ni intelectualizar en la construcción del futuro. En una de las emisiones del programa “Vladimir a la 1”, conducido por Vladimir Villegas, Pizarro y Jesús Farías dieron un debate público, en el que, más allá de las complejidades y argumentaciones, me llamó la atención la soberbia intelectual y erudita de Farías en relación a la capacidad de Pizarro para asumir su ignorancia. Ese punto me parece de mayor relevancia y pertinencia para abordar el ejercicio cotidiano de la política que las mismas y etéreas argumentaciones intelectuales, legitimadas por la tradición de la “seriedad”.  

En Venezuela somos un pueblo diverso, constituido igualmente por sifrinos y marginados, negros y blancos, indígenas y europeos, adictos aturdidos y gente sobria, homosexuales y heterosexuales, ignorantes y sabiondos, intelectuales recatados y bohemios, y un larguísimo e inacabable etcétera en vista de la imposibilidad de enumerar todos los vínculos que existen en nuestras diferencias y todas las diferencias que existen en nuestras similitudes. Ojalá se restituya la presencia a secas de cada uno de nosotros, sin pasar por el censor intelectual. Y sobre todo que, como dice Pizarro en su discurso y a través de sus tatuajes, todas esas diversidades se unan en un mismo proyecto de nación, para que Venezuela pase de ser un país invertebrado, como dijo José Ortega y Gasset de la España anterior a la Guerra Civil, a ser un país erguido.

Rafael Cadenas y Gustavo Pereira: país adentro, o había que llenar de vino el vaso

Entre los tres mil huéspedes de este príncipe
¿quién de nosotros recuerda aún algunos de sus nombres?
Si no gozamos de la vida, simplemente seremos dignos
de la piedad de nuestros descendientes.

“En el Pabellón Meridional de Han Tan, mirando a las cortesanas”, Li Po

 

Una isla (1958), Cuadernos del destierro (1959), Preparativos de viaje (1964) y En plena estación (1966)

Me interesa el enfrentamiento de los escritores con la realidad, ya sean venezolanos o de otro países. Pero sólo quisiera reflexionar un poco sobre ese acercamiento en la obra de Rafael Cadenas y Gustavo Pereira, porque quizás son dos de las propuestas que mejor se han proyectado en la poesía venezolana, en cuanto a posturas éticas y estéticas ante la realidad, o irrealidad, durante la segunda mitad del siglo pasado y este en Venezuela. Para empezar, quizás es bueno recordar aquello que planteaba Jesús Sanoja Hernández (compañero de Cadenas en Tabla Redonda): en el prólogo a su antología de la poesía de Salustio González Rincones, Sanoja inscribe a Cadenas en una tradición del exilio en nuestra poesía, en la que lo anteceden autores como José Antonio Ramos Sucre y el mismo Salustio. Cada uno con sus particularidades casi divergentes, pero encontradas, como todo, en ciertos puntos.

El hecho es que me interesa partir de aquí por la sencilla razón de que de aquí parte la obra de Cadenas: Una isla y Cuadernos del destierro. Para mí, Cuadernos…, sin olvidar que formalmente es una narración, puede resumirse y prosificarse diciendo que es el testimonio de un hombre en el exilio de sí mismo y de un país y una ciudad (de sus ancestros) que en ese nuevo entorno oscilante entre la ficción y la realidad, buscando un nuevo lenguaje con el cual narrar su experiencia; el libro ya está anticipado temáticamente en Una isla. Esta realidad lingüística que crea el poemario es también una desmarcación del pasado y de los ancestros, el testimonio de un hombre que antes fue rey, ahora desvalido y en proceso de conseguir algo más en la vida circundante. Está de más notar la soberbia del rey que determina la posterior búsqueda despojada en su poesía. Por eso (ese exilio interno y anecdótico también) es que Sanoja ubica a Cadenas en esa tradición que él mismo observa en nuestra literatura.

Ahora, estableciendo un paralelismo con el primer libro de Gustavo Pereira, Preparativos de viaje, me sorprende la resonancia de las primeras líneas de los Cuadernos… de Cadenas y las del poema “Escribo tu nombre” de Pereira.

Dice Cadenas: “YO pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor”. Nótese que se escribe desde el desarraigo y la diferencia, la marca de alteridad, quizás, que porta la voz del antiguo rey narrador en el resto del poemario: “Pero mi raza era de distinto linaje (…) Era dable advertirla, hurgando un poco la historia de los derrumbes humanos, en los portones de las casas, en sus trajes, en sus vocablos”. En cambio, en la poesía de Pereira, se inicia una relación completamente diferente con el pueblo: “Aquí escribo tu nombre pueblo mío / Descubridor de todos los buenos sentimientos / Creador y magnificador / Verdadero y presente”.

En ambos poemarios, además, está por consiguiente expresada la relación del hablante (dos distintos a primera vista, pero ambos hundidos a voluntad en un lúcido delirio y a momentos la miseria) con la ciudad y el país. Así todo en abstracto y no hablando con nombres propios, porque es la relación que el sujeto-poeta establece con el país y la ciudad que subjetivamente procesa, así como todos nosotros a diario, ciudadanos como los poetas, procesamos de manera subjetiva y abstracta la realidad concreta que nos rodea en el país que habitamos por dentro y hacia afuera. Además, encontramos en ambas obras la idea de que el sujeto empírico, el yo que firma los poemas (Rafael Cadenas y Gustavo Pereira) son anulados al momento de la escritura y quien termina verdaderamente poniendo las palabras es un fuerza otra que posee.

En los Cuadernos… de Cadenas, la ciudad o, mejor dicho, la vida ciudadana, está en directa relación con el desdoblamiento del sujeto y por consiguiente su exilio de las tierras del amor y de sí mismo: “Una ciudad arrojandome del amor (…) Yo apenas sospechaba que había tierra, luz, agua, aire, que vivía y estaba obligado a llevar mi cuerpo de un lado a otro, alimentándolo, limpiándolo, cuidándolo para que luciera más o menos presentable en el animado concierto de la honorabilidad ciudadana”. Ese es el exilio de sí mismo, y sobre todo del cuerpo que es el alma, como dice Walt Whitman, ocasionado por la vida ciudadana. Y si bien habíamos visto en las primeras líneas una diferencia con el pueblo (también en abstracto), es este a su vez quien logra sacar a flote la voz del rey narrador en el exilio de la irrealidad: “Un pueblo aplastado por las pezuñas de la luna desentierra voces sepultadas por marejadas de exilio. Un adolescente oscuro mira desde un trono de luciérnagas el paso de las cebras como cordón de brasas. Pasa un elefante”. Esto podría tomarse en un doble sentido: como el exilio donde la irrealidad se realiza o como una tensión entre las voces exiliadas y la presencia de la naturaleza, a su vez asociada a lo exiliado.

También podemos verlo resumido en un verso de Pereira, aunque ya En plena estación: “Un árbol lleno de calles con semáforos”, del poema “Los ojos vacíos”, que precisamente termina: “Un país que amo / Un país que amo locamente / Un país que amo ciegamente”. Y ahí, ante esa situación, están las dos posturas filtradas por la subjetividad expresiva. Parece que en estos versos de Pereira resonara la voz de Antonio Arráiz diciéndole mala madre a Venezuela y que, a pesar de eso, él estaría adherido de amor a ella. Podemos decir entonces que, desde su inicio, la poesía de Gustavo Pereira se define como nacionalista apasionada, aunque también el hablante se fugue hacia el delirio o sentimiento de irrealidad propiciado por la patria y la urbe, como en el caso de Cadenas (¿no es también ese el delirio colectivo del país en que ambos viven internamente en sus primeros poemas, con sus semejanzas compartidas?). Quizás este último sea el tema del poema de Pereira en sus Preparativos…, “Ciudad que se retuerce”.

“Derrota” (1963), Falsas maniobras (1965), Hasta reventar (1966), El interior de las sombras (1968), Poesía de qué (1970)

La poesía de Cadenas se concentra cada vez más en la búsqueda del individuo, y el país y la ciudad apenas son un rumor al fondo, del cual el individuo se aparta para conseguirse. Ya esta postura se observa desde “Derrota”:

“que todo el día tapo mi rebelión

que no me he ido a las guerrillas

que no he hecho nada por mi pueblo

que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas y por otras cuya enumeración sería interminable”.

No obstante, no los pierde de vista y en Falsas maniobras escribe “Beloved country”, donde quizás resuena algo del cariño por el país de Pereira; no nacionalismo. En la poesía de Pereira es al revés: el hombre está inserto en la ciudad y compartiendo con el pueblo que habita su mismo país, y no es sino hasta que comienza a avanzar en la escritura de su obra que empieza a preguntarse con más insistencia por el individuo (siempre inserto en ese país) y su relación con el idioma, pregunta esta última insistente también en la poesía de Cadenas. Como dice José Balza en un prólogo a una antología de Pereira: “interrogantes a la soledad individual, siempre extendida o moviéndose dentro de la colectividad”.

Otro punto de encuentro entre ambos es la búsqued del amor, y el sosiego, expresado estéticamente a través de un depuramiento, concisión y precisión del lenguaje empleado en el poema, pero sobre todo en la materialidad que este cobra y la agudeza con que (re)produce la sensación de realidad vívida. En “Un gran amor sobre la tierra”, de Hasta reventar, dice Pereira:

“Un gran amor sobre la tierra desde las alturas 
       infinitas que palidecen avergonzadas
Como dos amantes que únicamente poseen las manos 
       con que se entrelazan”.

Y desde los Cuadernos… de Cadenas ya venimos encontrando reiteradamente la figura de los amantes, y la relación de pareja, incierta a veces, del hablante con una mujer imprecisa y casi onírica, parte de ese sueño de la realidad revuelta contra la que el poeta se rebela y nos devuelve procesada. En el caso de Pereira estos poemas serenos parecen anunciar sus “somaris” y ser el resultado de un encuentro con la fuerza benéfica de las palabras. Dice apenas después de haber encontrado ese bello amor contra el que nadie puede hacer nada, en “Canción del hijo en el vientre” (el cual tiene algo también de su acercamiento posterior al mundo indígena):

“A través de tu estómago me llegan
       las dulces palabras que me susurras desde arriba
madre que apenas conozco”.

Paso muy por encima de El interior de las sombras, apenas diciendo que es un libro donde Pereira consigue un lenguaje sólido y contestatario, realzando también allí el encuentro de los amantes (“Dos que se encuentran en la calle”), para pasar a Poesía de qué, libro en que, al igual que Cadenas, se despoja de las nociones de poesía y se entrega al descubrimiento de un lenguaje que manifiesta la vida. Este libro marca una emergencia de las que cosas de abajo hacia arriba (ese camino entre lo alto y lo bajo), que a su vez conlleva una difusión de la identidad en los espacios domésticos, como son también los de Cadenas en Falsas maniobras, y relacionada al cuestionamiento de la poesía. Ejemplo de lo primero es el “Somari” con epígrafe de unas palabras de Li Tai Po a Tu Fu y el “Autorretrato de la taza de té”. De otro modo, pero parecido, este cuestionamiento ocurre en poemas de Cadenas como “El monstruo” o “Reconocimiento”.

Al parecer es un momento donde ambas obras comparten si no una misma poética, al menos sí dos muy afines. Rafael Cadenas la continuó desarrollando de manera más fija e insistente que Pereira, y desde Falsas maniobras ya se anticipa a la escritura de su libro de ensayos Realidad y literatura (1979), aunque en algunos de sus poemas filosóficos más recientes esta claridad y concisión del lenguaje se encuentre en ambos frecuentemente.

Para resumir esta poética de alguna manera, podría decirse que es el ejercicio vital de acercarse a la realidad sin la niebla ciudadana que el mundo moderno pone entre nuestros sentidos y la vida psíquica, y los tratos con lo que se se encuentra afuera y por lo tanto pasa a adentro (como si uno viera a la calle a través de una ventana empañada por nuestro propio aliento); el lenguaje, en este punto, en vez de crear una realidad propia y cerrada y ajena a la externa que siempre se impone, y por lo tanto adentro, se convierte en una herramienta extra-artística para un nuevo encuentro del sujeto consigo y dicha realidad (como si con la manga de la camisa frotasemos un poco el vidrio empañado). Las angustias por las alienaciones humanas dejan de encarnarse falsamente en las palabras, desapareciendo estas a su vez como conceptos y pensamientos razonantes, y se abre el camino para que las palabras encarnen las formas de la realidad, “los firmes objetos”, como dice Cadenas en “Imago”.

Sin embargo, esta perspectiva también puede llegar a ser una idealización e irrealización de la realidad, dándole a ésta un sentido restrictivo y restándole su potencialidad plural.

Intemperie (1977), Memorial (1977), Amante (1983), Los cuatro horizontes del cielo (1973), El libro de los somaris (1974), El segundo libro de los somaris (1979), Tiempos oscuros tiempos de sol (1981)

Después de definir un poco el acercamiento a la estética y relación con las palabras encontradas por ambos en la primera parte de su obra, vemos que en estos tres libros de cada uno se encuentra una reflexión honda del “yo”, pero también muchas de las claves políticas en ambas obras y vidas: la manera en que cada uno se relaciona con su pasado, es decir, con los años 60´s y 70´s marcados por una revolución de las conciencias a nivel global y las cuales, precisamente en los años de publicación de estos libros, era “imperativo” mantener en movimiento, en estado de alerta. De modo que en estos libros están ya planteadas las posturas de ambos autores frente al chavismo, presentes en las líneas que esa fuerza que ellos mencionan dejó escritas en los libros firmados con sus nombres propios.

Empiezo con Los cuatro horizontes del cielo de Pereira. Desde el “II” poema de este libro ya vemos una de las inquietudes básicas, esa que mueve a su persona y forma parte de la fuerza que lo empuja ante la página en blanco y la realidad y dice:

“Calle vacía que recoge nuestros pasos

poco hemos hecho

Páncreas desnudo metido hasta el alma

poco hemos hecho

Ojo triste de nuestro interior

poco hemos hecho

Temblor que parte la última ola en huesos
poco hemos hecho”.

Hay un dilema ético en su poesía, como vemos: la acción; no sólo hacer cuerpo con el país sino hacer país con el cuerpo y por lo tanto el alma, trazar las líneas de la patria. Y esa tensión entre poesía y acción, ese “dilema”, como él mismo dice más adelante, es algo que va a estar presente en su propia vida y sus declaraciones. Como dijo Juan Liscano, en su poesía “lo ideológico sentido con autenticidad se armoniza con lo introspectivo propio y lírico”. Esta es la razón por la que, como dice Balza: “la invocación al cambio social, a la justicia inmediata e histórica, saltó de sus propios versos a la situación del país a partir de 1998, cuando formó parte de la Asamblea Constituyente, en la cual redactó el ‘Preámbulo’ para la nueva Constitución. Aparece allí la palabra cultura como un derecho absoluto del pueblo venezolano”. Esta preocupación había llegado, 25 años antes, a un punto crítico cuando escribe en “XII”:

“Y este país
         que amo con rabia
y desprecio hasta adentro
Este país vasallo sediento y sin embargo apagado
Este país que carece del más elemental sentido de su interior
Este país detrás de las pequeñas iluminaciones detrás de los mitos que envuelve
También conforme a que lo pisen o lo degüellen
Este país que no tiene un punto fijo sino los cuatro horizontes del cielo
      para perderse o para salvarse!”.

Se desprenden de estos versos el tema de la soberanía del país y la no dependencia de una “potencia extranjera”, la larga historia de los Estados Unidos y nuestro petróleo y la ciudad como hecho político que se va formando y engendrando dos mentalidades, dando pie al enfrentamiento político de ideologías divergentes. Y la otra cosa que se desprende es la de la propia identidad, que Pereira buscará yendo a nuestras raíces indígenas (otra similitud con Antonio Arráiz), lo cual forma parte importante del desarrollo posterior de su obra y de otro de sus mejores libros, Escrito de salvaje, en que resalta los contrastes del mundo moderno y la sociedad banal y de consumo estadounidense con respecto a la cultura y sabiduría de los pueblos originarios de América y otros países del mundo en otros momentos históricos. Puede decirse que aquí ya está traducida la postura política posterior de Pereira por esa fuerza que escribe su poesía, pero la cual la termina firmando él.

De igual manera, puede decirse que la postura ante la política de Cadenas ya se fija también en estos años (aunque esto puede complejizarse). En el mismo descrédito del pensamiento se inscribe su duda. En Memorial está manifiesta su atención ante el devenir de la realidad: “Escoge el mejor vino, el que transporta la intensidad, el vino de los atentos”, dice en “Reaparición”, lo cual pudiera extrapolarse a las experiencias del socialismo que ya en esos años eran puestas en entredicho por muchos intelectuales a quienes el velo de los intereses, o lo sentidamente  ideológico, no se les había metido por los ojos. Además, podría verse en él una ruptura y reinterpretación de su pasado comunista. Dice Cadenas algunas cosas en su poema “El enemigo” de las que podríamos inferir esto:

“De pronto aparece en la puerta, como tallado, el acreedor.

Viene en busca de su salario. Tiende su mano izquierda desde la entrada, inmóvil. Los dos nos miramos sin comprender (…)

Mi costumbre es tomar su bando. Le permito que hable por mí.

Me convierte en plato de su odio (…)

Sí, me usa para sus fines, que también se vuelven contra él (…)

Siempre firmé sus acusaciones, sus ataques sorpresivos, sus listas de agravios (…)

Sí, siempre a mi acusador lo encontré más eficaz, y a su casuística atroz sólo podía oponerle unos ojos inmóviles”.

Son dos miradas sobre un posible proyecto de nación que encarnase gran parte de las ideas de esos años de su juventud, y que si bien aquí se presentan como dilema no concreto en la realidad inmediata también pudieron servir a sus autores como entrenamiento para un futuro enfrentamiento del panorama político y la postura ante él.

Cuando Gustavo Pereira ganó el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora en 2011 fue entrevistado por Aporrea. Y en esa entrevista volvió una y otra vez sobre el peligro de la burocratización en los países donde el socialismo se ha intentado, porque para él la corrupción se trata de un asunto cultural, en el que el arte y la cultura son útiles herramientas de solidarización y sensibilización con el prójimo. En la entrevista lanza un argumento, mencionando a Cadenas, que resume todo lo dicho hasta el momento. Sin embargo, en toda la entrevista se siente una tensión de Pereira, quizás presintiendo cierto fracaso de la revolución en el plano de los servicios públicos burocratizados.

La poesía -dijo en la entrevista- es un servicio público, y los poetas somos servidores públicos: nadie cobra nada, ni siquiera por publicar un poema (…) Yo soy uno de los privilegiados, de los afortunados que logró ingresar a una universidad como docente. Yo le decía a Cadenas, a Rafael Cadenas, hace muchos años: nosotros deberíamos sentirnos muy dichosos, cero tristeza (… a mí me encanta la alegría, a mí no me gusta la tristeza), porque nosotros tuvimos el privilegio, la fortuna, la suerte, de ingresar a la universidad, en donde tenemos un salario, en donde tenemos unas vacaciones, en donde al fin y al cabo tenemos un bono vacacional; tenemos hasta un año sabático, en donde uno sale a trabajar en lo que uno quiere trabajar. ¿Tú te imaginas mayor fortuna para un poeta? Qué privilegio.  En cambio, el 90 % de nuestros queridos camaradas poetas están en una oficina, están ejerciendo los oficios más dispares para ganar el sustento, porque nadie le paga a un poeta para que publique.

Ese es el conflicto moral, político, que se mueve en su poesía entre el poeta y la sociedad que habita. En Cadenas, en cambio, un distanciamiento y cierto aire pesimista es quizás lo que lo preserva de implicarse en la posibilidad fallida de un cambio social eficiente, pues tal vez precisamente el distanciamiento le ayudó a ver lo que se avecinaba, sin dejar a un lado la gran y absoluta validez de los argumentos de Pereira. Otro de los peligros de esa moralidad respaldada siempre en “el peso de la historia” parece estar abordada en su poema “Inquisidores”. De todos modos, Cadenas también se ha adentrado en uno de los temas en los que se siente útil para el país: la educación.

Gestiones (1992), Vivir contra morir (1988), La fiesta sigue (1992), Escrito de salvaje (1993), Oficio de partir (1999)

Como es constante en buena parte de la poesía venezolana, los poemarios de vejez ganan una hondura filosófica calma y una apaciguada actitud reflexiva ante la vida. Lo mismo ocurre, por supuesto, en el caso de Cadenas y Pereira, desde donde podría hacerse a su vez un repaso de lo dicho y un recuento del ensayo aproximativo a sus obras y posturas ante un bien conocido (por ellos) país interno.  

En “Entrevista” Cadenas recuerda la que Grazia Livi le hizo a Ezra Pound en la casa de su hija en Venecia, donde

“En sus últimos días

el viejo poeta

llegó a la Gran Incertidumbre

(…) pero a lo largo de la conversación

sí se observa entre líneas un dilema: el arte

es ofrenda

o vanidad”.

Quizás resulte interesante el hecho de que directa o indirectamente la poesía de Pound está presente en la poesía de Pereira, muchas veces en un gran interés por la poesía china y su sensibilidad y relación el lenguaje y la vida social. Un poema de Escrito de salvaje como “Con Li Po en el Festival de la Luna de Octubre” recuerda muchísimo aquel poema de Pound: “Carta de la mujer del mercader del río”. Pero en el de Pereira también podemos leer un conflicto que se plantea entre esa necesidad vital en su vida y obra por hacer país y el conflicto del artista entre habitar “la casa de los desposeídos” y empezar a habitar el palacio de los poderosos y príncipes soberbios.

Con el correr del tiempo, los emperadores chinos,

antaño poderosísimos príncipes, bajaron al fondo

de la historia y fueron pasto del olvido

(…) Una escultura de jade, un farol palaciego orlado en oro,

una taza de marfil, un bajorelieve con dragones,

la cabeza de un Buda o un fénix de bronce sobrevivieron

sin embargo al polvo y a las sombras,

como Li Po al olvido

(…) Con oro amarillo y trozos de blanco jade compramos

canciones y risas

y ebrios meses y meses

nos burlamos de reyes y príncipes”.

La única necesidad que tiene el artista de los poderosos es la de la subsistencia y la sensación de que “es sólo a través de estos que ellos pueden influir en la sociedad” en que están insertos. Enmendar los errores de la historia, para artistas intelectuales como Pound (quien quiso enmendar la usura de los prestamistas judíos y terminó apoyando a Hitler y a Mussolini, y luego juzgado por su país de origen, Estados Unidos) es, en la poesía de Cadenas, una muestra de soberbia y no el arte como ofrenda. Entonces, vemos que ese conflicto del artista entre la reflexión y la acción, en un país que por pensarlo de manera “intelectual” se complejiza en su interior, lleva a distintas resoluciones que se traducen en las actitudes de ambos poetas ante la realidad.

La poesía de Cadenas es el testimonio de una voz soberbia que se inicia internamente (en ese sentido soberbio) del lado de los reyes poderosos y con el tiempo se va decantando por la sencillez y la inmovilidad intelectual, asumiendo el flujo de la vida y la incapacidad para influir notablemente en la sociedad que habita y por lo tanto de enmendar los “errores de la historia”, barriendo esta noción (como puede verse su poema “Historia”, de Memorial): un aprender del error del Pound. En Gustavo Pereira, el poeta como “servidor público”, como sujeto que ofrenda lo que escarba en sí mismo y en los libros y seres que lo rodean, también está presente en su poesía, pero con el detalle de que esta se sale de sus versos y pasa al asunto público. Por ejemplo en “Adagio de la desconocida”, de La fiesta sigue.

“Pero yo no tenía en el alma nada que ofrendarte

salvo el agotado compás de aquella última canción que la

radio abandonada rastreó como un quejido

y que resuena todavía en la penumbra de una insulsa

habitación

de hotel”.

Así más o menos quedan planteados algunos encuentros y desencuentros de estas dos obras poéticas, de inestimable valor en el desarrollo de nuestra lírica, y los puntos divergentes y subjetivos que motivaron distintos acercamientos a la experiencia de la vida en relación al panorama político del país y la reflexión “intelectual”. Queda aquí el recorrido subjetivo por dos caminos país adentro, pero mejor llenar de vino el vaso.

De la antipoesía al rap

En una entrevista, Nicanor Parra contaba el proceso a través del cual dio con la antipoesía: crítica del aire europeizante de las vanguardias, el gastado lenguaje poético convertido en retórica y luego, estudiando la historia de la poesía, da, en el Medioevo, con fórmulas poéticas populares en las que se incluían hechos de la inmediatez. Y es entonces cuando se da cuenta de la riqueza que había en las zonas populares de Chile, donde se canta(ba)n cuecas, y no en los cafés y las peñas literarias a las que solía ir. La antipoesía, podemos pensar a la luz de sus declaraciones, lleva consigo una manera de ser que reivindica la vulgaridad y el sentido humor, en contra de la predominante tradición literaria occidental de la seriedad y la tristeza. Y esta actitud es también reflejo de una identidad que encuentra sus expresiones en estas formas populares de la poesía. El sonado asunto de la emergencia del continente latinoamericano, encuentra en Parra sus cauces para el siglo XXI, como los encontró en Vallejo en el XX.  

La poesía, como se la conocía hasta ese momento, entra en crisis profunda con todos sus valores, y hasta hoy no sale de ella. En ciertos casos, el debate se expande y ha llevado a replantearse el tema de los géneros. Esto se observa en relación al rap con toda su carga cultural y política (entendidas ambas como la misma cosa) e interpretado como la forma más acabada de poesía en la contemporaneidad. Conviene aclarar que no se trata de cualquier rap, sino de uno que escapa a la actitud materialista del capitalismo, muy cercana en ciertas de sus expresiones culturales a la narco cultura. Un símbolo por excelencia de ese rap comercial es 50 cent. Ya Carlos Monsiváis, en Viento rojo, decía de la narco cultura (entendiéndola como una manera de asimilar y vivir el mundo con una identidad propia que se expresa en la música, cine, manera de vestir, hablar, etc.): “La emergencia del narco no es ni la causa ni la consecuencia de la pérdida de valores: es, hasta hoy, el episodio más grave de criminalidad neoliberal”. Por su parte, Omar Rincón, en un estudio sobre la narco cultura colombiana (pero entendida como un fenómeno global) propone que esta es la verdadera identidad popular latinoamericana, a diferencia del gusto “ilustrado”, “burgués”.

Tomando en cuentas ambas ideas, podemos decir, hay una emergencia del rap en América Latina y en Europa que se ubica un paso más allá de la antipoesía de Parra, pero en la misma línea trazada por él, y uno más acá que la narco cultura, despejando a su vez ese otro sueño autodestructivo de Rincón. En Venezuela podemos ver esta emergencia en raperos como el tempranamente fallecido Canserbero (Tyrone José González), McKlopedia (Ramsés Guillermo Meneses) o Apache (Larry Rada). Por el momento me quedo con estos tres para explicar la distinción de este movimiento con respecto a los excesos de la “criminalidad neoliberal” en otro tipo de rap de carácter meramente comercial. Los tres son polifacéticos, no se conforman con un ambiente lírico y elevado y armonioso, sino que también apuestan por un rap pesado de denuncia social y cargado de violencia y la presencia de la muerte, sin hacerle ascos a esos otros momentos armoniosos donde exaltan los buenos modales.

La rebelión más grande en ellos es precisamente esa: apostar por esos valores en un mundo hostil al que ya no le interesan, en un mundo controlado por los intereses económicos, la falsedad, la muerte, la ironía, el desprecio, la violencia, la corrupción, y donde tampoco se encuentra orilla en quienes piensan esquemáticamente la realidad desde otro modelo mental gastado. Ellos no están vitalmente ni en la mentalidad ilustrada ni en la de la cultura narco: quedaron atrapados en un limbo terrenal, condenados por su propia lucidez, y en él se abren camino a punta de líricas salvajes que describen ese mundo y otro.

En “Llovía”, tema que despliega inmensas habilidades narrativas para contar la historia prototípica de un malandro en un barrio venezolano, Canserbero también hace gala de recursos poéticos intuitivos, y dice:

Ventana oscura

conciencia oscura

noche oscura

(…)

Respeto no merece el malo

sino el que consigue la felicidad,

ese sí es el más malandro.

Estas últimas líneas son su más grande acto subversivo. Ya lo decía Octavio Paz en El labentiro de la soledad: el amor es el mayor acto de rebeldía en la sociedad ultramoderna.

En un melancólico y sentido tema grabado en Bogotá en 2014, días antes del Festival Sin Fronteras, y en el que participan César López en el piano y guitarra, Canserbero, McKlopedia y el español Rapsusklei (Diego Gil Fernández), despliegan este acto subversivo noqueando almas y conciencias con palabras. El tema no necesita explicación, pero de todos modos: Canserbero toma el hecho cotidiano de subir al transporte público y lo armoniza en un gesto utópico a través de sus líricas, sustituye el mundo irónico y violento que es por el mundo amable y amoroso que debería ser, luego Mcklopedia hace un retrato reflexivo y lírico de la juventud venezolana y su situación actual para abrirle paso al golpe poético final de Rapusklei, quien sencillamente termina de perderse en ese mundo lírico del rap con el acompañamiento armonioso y triste de la guitarra y el piano y el prado y el faro y las estrellas y la luna son las imágenes que su voz nos va revelando mientras suenan, haciendo creer a los escuchas que de pronto salimos de este mundo y nos adentramos en ese otro. Esa es, puede decirse, la función social de este rap: predisponer al público para percibir el Bien, como decía Andrei Tarkovski, pero sin olvidar la percepción imperante del Mal. Muy lejos de la narco cultura que Omar Rincón propone como una identidad popular latinoamericana, y a su vez proponiendo otra manera de ser latinoamericano.   

Otra de las expresiones más acabadas de este lirismo se da en el tema “Como somos”, complicidad de McKlopedia y Apache, donde este último lanza:

Ese polvo de estrella que cuando pasa como una centella deja huella de una luz radiante y bella, anécdota cualquiera es tocar madera, vivir a plenitud en todas sus formas y maneras, porque somos partículas que el viento sopló y transformó en materia hasta que un día evolucionó, soy un despojó de todas las cosas que ahora valoro, lo más grande de mi vida, mi invaluable tesoro.

Estas reflexiones me parecen oportunas para ser tomadas en cuenta por la crítica literaria propiamente dicha. Si se estudia la historia de la literatura y se hace crítica de la poesía contemporánea, en Venezuela, por ejemplo, ¿debemos remitirnos exclusivamente a la poesía escrita o hay otras formas de poesía consolidadas y en correspondencia con la tradición literaria que conocemos y en cierto modo excluidas del pensamiento literario?