La fórmula secreta de Juan Rulfo

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Se escucha con regularidad, a modo de provocación, aunque no sin cierta verdad, que Juan Rulfo (1917 – 1986) es el mayor poeta mexicano. Una posición que nace como una propuesta subversiva frente a la hegemonía dominante de poetas en México, pero que si nos detenemos a pensar resulta ser algo más que una provocación. Pedro Páramo y El llano en llamas son dos ejemplos de la más alta poesía —por sus imágenes delirantes, por el registro de sus voces, por la posibilidad de su ritmo—, dos poemas narrativos de largo aliento que vienen a suplir la ausencia de poesía épica que tanto hemos rascado en México.

 

Junto a esas dos propuestas corrosivas que proponen una alternativa y un compás a nuestra tradición lírica de largo aliento que tutelan “Piedra de Sol”, “Muerte sin fin”, “Canto a un dios mineral” y, en menor medida, “Sindbad el varado”, Juan Rulfo escribió, para un mediometraje de Rubén Gámez, así llamado La fórmula secreta o Coca Cola en la sangre (1965), un poema que poco circula y que vale la pena traer a escena. De este poema hay en internet una excelente la lectura que hizo Jaime Sabines para la película y que pueden consultar en el siguiente video:

 

Presento este poema siguiendo el corte de versos que aparece en El gallo de oro; aunque desde mi punto de vista dicha edición del texto no es del todo afortunada y conviene buscar y modular la propia lectura.

 

2

 

La fórmula secreta

 

i

Ustedes dirán que es pura necedad la mía,

que es un desatino lamentarse de la suerte,

y cuantimás de esta tierra pasmada

donde nos olvidó el destino

 

La verdad es que cuesta trabajo

aclimatarse al hambre

 

Y aunque digan que el hambre

repartida entre muchos

toca a menos,

lo único cierto es que aquí

todos

estamos a medio morir

y no tenemos ni siquiera

dónde caernos muertos

 

Según parece

ya nos viene de a derecho la de malas.

Nada de que hay que echarle nudo ciego

a este asunto.

Nada de eso.

Desde que el mundo es mundo

hemos andado con el ombligo pegado al espinazo

y agarrándonos del viento con las uñas.

 

Se nos regatea hasta la sombra

y a pesar de todo

así seguimos:

medio aturdidos por el maldecido sol

que nos cunde a diario a despedazos,

siempre con la misma jeringa,

como si quisiera revivir más el rescoldo.

Aunque bien sabemos

que ni ardiendo en brasas

se nos prenderá la suerte.

 

Pero somos porfiados.

Tal vez esto tenga compostura.

 

El mundo está inundado de gente como nosotros,

de mucha gente como nosotros.

Y alguien tiene que oírnos,

alguien y algunos más,

aunque les revienten o reboten

nuestros gritos.

 

No es que seamos alzados,

ni le estamos pidiendo limosnas a la luna.

Ni está en nuestro camino buscar de prisa la covacha

o arrancar pa’l monte

cada que nos cuchilean los perros.

 

Alguien tendrá que oírnos

 

Cuando dejemos de gruñir como avispas en

enjambre,

o nos volvamos cola de remolino,

o cuando terminemos por escurrirnos sobre

la tierra

como un relámpago de muertos,

entonces

tal vez

nos llegue a todos

el remedio.

 

ii

 

Cola de relámpago,

remolino de muertos.

Con el vuelo que llevan,

poco les durará el esfuerzo.

Tal vez acaben deshechos en espuma

o se los trague este aire lleno de cenizas.

Y hasta pueden perderse

yendo a tientas

entre la revuelta obscuridad.

 

Al fin al cabo ya son puro escombro.

 

El alma se la han de haber partido a golpes

de tanto potreones a la vida.

Puede que se acalambren entre las hebras

heladas de la noche,

o el miedo los liquide

borrándoles hasta el resuello.

 

San Mateo amaneció desde ayer

con la cara ensombrecida.

                                   Ruega por nosotros.

 

Ánimas benditas del purgatorio.

                                   Ruega por nosotros.

 

Tan alta que está la noche y ni con qué velarlos.

                                   Ruega por nosotros.

 

Santo Dios, Santo Inmortal.

                                   Ruega por nosotros.

 

Ya están todos medio pachiches de tanto que el sol

les ha sorbido el jugo.

                                   Ruega por nosotros.

 

Santo san Antoñito.

                                   Ruega por nosotros.

 

Atajo de malvados, punta de holgazanes.

                                   Ruega por nosotros.

 

Sarta de bribones, retahíla de vagos.

                                   Ruega por nosotros.

 

Cáfila de bandidos.

                                   Ruega por nosotros.

 

Al menos éstos ya no vivirán calados por el hambre.

 

 

Nellie Campobello, poeta mexicana

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Antes de comenzar convengo en tirar algunas líneas que han de definir el tono de este espacio. Y para ello, un poco de historia: Alejandro, editor de Cantera, me ha invitado, generoso, a presentar algo del material poético que ha circulado en México, principalmente aquel editado a partir del siglo XX, y que hemos de llamar, no sin cierta arbitrariedad y reserva, poesía mexicana.

De esta frontera —geográfica e imaginaria— hemos de tomar algunos ejemplos con los cuales dibujaremos un mapa que pretende escapar, intencionalmente, de aquel canon —más o menos visitado, más o menos viralizado, más o menos escudriñada— que figuras como Jorge Cuesta, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis, Alí Chumacero y Gabriel Zaid se encargaron de construir a lo largo del siglo pasado con inopinado éxito. De éstos, Antología de la poesía mexicana moderna, Poesía en movimiento y Ómnibus de poesía mexicana son libros importantísimos para el lector interesado en la actual genealogía de la poesía mexicana. Pero aquellos nombres, cuya atención ha sido ya sobada, nos son prescindibles en este espacio. Lo que aquí nos interesa poner en movimiento es la poesía borrada, negada o marginada; poetas de tono menor que no figuran en el canon o que figuran de manera tangencial; la poesía de aquello que no ha sido llamado poesía o de lo que ha sido y se ha olvidado.

Sea pues la muestra aquí inaugurada una selección no exhaustiva (ninguna selección lo es) de lo que en principio de cuentas obedece y adolece (de) mi propio criterio. Sean estas poesías valoradas o desechadas por sus lectores.


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Y ahora, en el tenor de lo anunciado, presentamos el nombre de Nellie Campobello (1900 – 1986), porque si bien la crítica la ha comenzado a valorar —aunque no suficientemente— como unx de lxs narradorxs más relevantes en México, la poesía al interior de sus narraciones ha sido poco menos que estudiada. Bajo esa justificación presento algunos textos de su libro Cartucho (1931), una suerte de recopilación de estampas de lo que fue el paso de la revolución mexicana para una apenas niña de una ciudad del norte de México.

La poesía es ajena a la demarcación obtusa de los géneros. No me voy a ocupar de argumentarlo, copiosos ejemplos existen al respecto. No hay prosa, no hay poema, hay poesía. Nosotros curamos nuestra propia mitología.

 


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Desde una ventana

Una ventana de dos metros de altura en una esquina. Dos niñas viendo abajo un grupo de diez hombres con las armas preparadas apuntando a un joven sin rasurar y mugroso, que arrodillado suplicaba desesperado, terriblemente enfermo se retorcía de terror, alargaba las manos hacia los soldados, se moría de miedo. El oficial, junto a ellos, va dando las señales con la espada; cuando la elevó como para picar el cielo, salieron de  los treintas diez fogonazos que se incrustaron en su cuerpo hinchado de alcohol y cobardía. Un salto terrible al recibir los balazos, luego cayó manándole sangre por muchos agujeros. Sus manos se le quedaron pegadas en la boca. Allí estuvo tirado tres días; se lo llevaron una tarde, quién sabe quién.

Como estuvo tres noches tirado, ya me había acostumbrado a ver el garabato de su cuerpo, caído hacia su izquierda con las manos en la cara, durmiendo allí, junto de mí. Me parecía mío aquel muerto. Había momentos que, temerosa de que se lo hubieran llevado, me levantaba corriendo y me trepaba en la ventana, era mi obsesión en las noches, me gustaba verlo porque me parecía que tenía mucho miedo.

Un día, después de comer, me fui corriendo para contemplarlo desde la ventana; ya no estaba. El muerto tímido había sido robado por alguien, la tierra se quedó dibujada y sola. Me dormí aquel día soñando en que fusilarían otro y deseando que fuera junto a mi casa.

Las sandías

Mamá dijo que aquel día empezó el sol a quemar desde temprana hora. Ella iba para Juárez. Los soles del Norte son fuertes, lo dicen las caras curtidas y quebradas de sus hombres. Una columna de jinetes avanzaba por aquellos llanos. Entre Chihuahua y Juárez no había agua; ellos tenían sed, se fueron acercando a la vía. El tren que viene de México a Juárez carga sandías en Santa Rosalía; el general Villa lo supo y se lo dijo a sus hombres; iban a detenerlo; tenían sed, necesitaban las sandías. Así fue como llegaron hasta la vía y, al grito de ¡Viva Villa!, detuvieron los convoyes. Villa le gritó a sus muchachos: “Bajen hasta la última sandilla, y que se vaya el tren!”. Todo el pasaje se quedó sorprendido al saber que aquellos hombres no querían otra cosa.

La marcha siguió, yo creo que la cola del tren, con sus pequeños balanceos, se hizo un punto en el desierto. Los villistas se quedarían muy contentos, cada uno abrazaba su sandía.

Cuatro soldados sin 30-30

Y pasaba todos los días, flaco, mal vestido, era un soldado. Se hizo mi amigo porque un día nuestras sonrisas fueron iguales. Le enseñé mis muñecas, él sonreía, había hambre en su risa, yo pensé que si le regalaba unas gorditas de harina haría muy bien. Al otro día, cuando él pasaba al cerro, le ofrecí las gordas; su cuerpo flaco sonrió y sus labios pálidos se elasticaron con un “yo me llamo Rafael, soy trompeta del cerro de La Iguana”. Apretó la servilleta contra su estómago helado y se fue; parecía por detrás un espantapájaros; me dio risa y pensé que llevaba los pantalones de un muerto.

Hubo un combate de tres días en Parral; se combatía mucho.

“Traen a un muerto —dijeron—, el único que hubo en el cerro de La Iguana”. En una camilla de ramas de álamo pasó frente a mi casa; lo llevaban cuatro soldados. Me quedé sin voz, con los ojos abiertos abiertos, sufrí tanto, se lo llevaban, tenía unos balazos, vi su pantalón, hoy sí era el de un muerto.